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¡Ya es Semana Santa!

José Antonio Martín Pereira | 23 de marzo de 2018 a las 10:31

El tiempo se define como edad vivida, estado atmosférico o estación del año. Se considera además, la magnitud de carácter físico empleada para realizar la medición de lo que dura algo que es susceptible de cambio, y que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Como seres humanos, constantemente recurrimos al interés por perderlo o ganarlo, pero lo cierto es que ni siquiera puede atesorarse, avanza sin que podamos evitarlo y sin que seamos capaces de alterar sus medidas.

Para los cofrades, la Cuaresma amén de un escenario de preparación personal destinada al encuentro con Dios conlleva también un profundo interés por el tiempo en todas las vertientes de su acepción. Sin embargo, es precisamente el conteo de los días el que nos invita a levantamos con celeridad acosando con la mirada al calendario, porque en el fondo somos conscientes de que el caudal de la cuenta atrás desembocará en un mar amurallado de vida. Y no importa que se escape, casi sin quererlo abrimos de par en par portalón para darle salida alimentando el ansia con la que los dominios del silencio ceden pausadamente paso a la algarabía propia de una ciudad que tiende, con la más precisa de las naturalidades, su mano al fulgor de la primavera.

Pero la percepción cambia radicalmente la cuartilla en la que cada año las primeras letras toman forma cuando la Soledad de San Lorenzo escribe, como solo Ella sabe hacer, el final y el principio de una historia plagada de simbologías. Así, en esta previa en la que los versos del ayer coordinan las directrices de lo que ahora sobreviene desajustamos la medida temporal permitiendo que brote una nueva fuente. Es precisamente a lo largo de la semana que comienza cuando crece el esmero, amontonando vivencias sobre el particular lienzo que dibuja la memoria. Antes descontábamos sin temor, y ahora contamos lo que inevitablemente se nos escapa de las manos.

Y con el horizonte puesto en la Resurección, la intensidad del tiempo que expira deposita su testigo sobre el marco efímero de la imperfecta plaza donde la primavera se asentó con premura. Aún con la blanca tez de los naranjos por instalarse, la ceniza ya enfila su destino en la virtuosa morfología de ramilletes de palmas que recién cortadas aguardan el privilegiado lugar otorgado. Idealizada senda, final del singular trayecto escrito en la liturgia de lo sempiterno, que terminará por cruzar la estrecha línea que separa al anhelo de esas dos almendras huecas por las que, en escasos días, fluirán las emociones. Será entonces cuando aumentemos el esfuerzo para no dejar volar ni un simple segundo. ¡Ya es Semana Santa!

Macarena_Sevilla

Foto: Sebas Gallardo

Los ojos que NO nos ven

José Antonio Martín Pereira | 22 de marzo de 2018 a las 17:39

Si ayer me remitía a la perpleja percepción que dispensan los visitantes que la ciudad recibe durante la celebración de su Semana Mayor, aludiendo a la admiración que produce el derrame grandioso de belleza como medio para hurgar respuestas que nos propongan una mejora del sentido que tratamos de expresar religiosa y culturalmente, hoy propongo trasladar los derroteros al polo opuesto.

Tomando la otra arista del prisma, porque la Semana Santa sevillana esconde la esencia que reiteradamente intentamos descifrar incluso allí, en los entornos más lejanos y hostiles a la conciencia generalizada. Y se hace el silencio, inmenso vacío que destrona el languidecer del reloj sin ataduras del diputado mayor, silencio que precede a la cofradía más austera y a la que nadie en pleno uso de facultades solicitaría ser listado. La Semana Santa que divaga por los pasillos es fría, desconocida y asediada por las mutilaciones del olvido. Conviene siempre, pero más si cabe ahora que la cercanía se colma de evidencias acordarse del que sufre, especialmente de los enfermos que en estos días que llegan elevarán con sus pensamientos la magistral pieza de Font de Anta cuyo título enlaza con el Domingo de Ramos en forma de Dolorosa de rostro sereno.

La de los hospitales es una Semana Santa distinta. Y es que allí lo más parecido a la Cuaresma que hoy reluce son los improvisados retablos levantados a base de estampas en lo alto del cabecero de la cama, o el color albo de los uniformes del personal sanitario que rememora las túnicas de La Cena, San Gonzalo o Los Negritos. Allí donde la crudeza se alivia con el recuerdo de tiempos mejores también está presente la Palabra de Cristo; allí donde la incertidumbre y el pronóstico se dan la mano, la luz supera cualquiera de los modelos meteorológicos que en estos días nos esforzamos por adivinar; allí donde nadie imagina ver los días que conducen al gozo, la Mocita que está en San Gil, la que sonríe de vuelta por Parras y Escoberos, se presenta en cada gesto de consuelo de los familiares y amigos que hacen del infortunio una penitencia llevadera; allí donde un grupo de pequeños representan un mural pictórico con la Semana Santa más perfecta, aquella idealizada que con los años se escapa, el azahar viaja en diferente peana; allí donde la sonrisa se convierte en maniguetera del paso que conduce al restablecimiento; allí, en los hospitales, centros de recuperación y penumbra en los que la vida rachea a base de pasos cortos, la Cuaresma también perderá su ropaje de hebrea para recibir a la Gloria en menos de lo que la imaginación alcance.

Entre tanto, papeletas de sitio con destino al domicilio esperan ser prontamente retiradas. Como selladas por el mayordomo de la cofradía del Viernes Santo, la de los nazarenos de los ojos que no nos ven sueña también con ser testigo del caminar de Dios desde San Lorenzo al Monte Calvario, en estas noches en las que el aroma de los naranjos despunta las esquinas de la inmediatez.

semanasanta_hospital

La ilusión por volver

José Antonio Martín Pereira | 30 de enero de 2017 a las 10:47

Nada como una maravillosa ilustración. Aquella que, integrada en el extraordinario poder que le confieren la unión entre el testimonio gráfico y el recuerdo en primera persona, contribuye a mitigar el peso de la carga que todos en nuestro día a día afrontamos.

En el interior del gran templo, sobre el frío mármol y bajo la atenta mirada de muros centenarios, la cofradía se rearma de valor para afrontar el largo trecho de vuelta, y completar una vez más el círculo anual de los deseos de sus hermanos. Así con las indicaciones de una brújula cuyo norte señala Triana, la llama del Viernes Santo comienza lentamente a desvanecerse, dejando paso a lo que nunca podrá borrarse: la ilusión por volver.

Cachorro Catedral

Foto: Fran Silva

Puertas abiertas

José Antonio Martín Pereira | 14 de marzo de 2016 a las 10:47

Con la ciudad vestida por el aroma de sus naranjos, y bajo la envoltura del dominio de una climatología prácticamente inmejorable, una marea encendida se hizo dueña de los templos en un fin de semana de incesante actividad. Lo del sábado, y lo de ayer especialmente, podría servirnos de botón de muestra ejecutando un vago ejercicio de análisis de lo que está por llegar. Hay ganas, muchas ganas, de otra forma no se concibe la algarabía que colmaba los templos desde primera hora de la mañana y hasta casi entrada la noche. Lo que no deja claro el fin de semana de puertas abiertas más importante del particular calendario sevillano es si nos conformamos sólo con admirar, o queda hueco aún para sentir. Las acciones percibidas admiten la duda en el aire.

iglesia de los terceros

Febrero…

José Antonio Martín Pereira | 1 de febrero de 2015 a las 12:53

Febrero arriba como bocanada inagotable de ilusiones frescas para otorgar, con permiso del minutero del reloj que vigila intenciones desde San Lorenzo, ese protagonismo a las tardes en detrimento de las noches que culminará en la previa del Domingo soñado. Entretanto, el aire devuelve circundantes paradojas barrocas sobre tropelías aún por asentar. Algo ocurre, real e imperceptible, que desata savia rozagante presta para el deleite colectivo en la ciudad donde los contrastes confluyen al veredicto del sol. La armonía siembra frutos en el huerto donde renacerá el milagro de la vida. Febrero ha llegado, y en esta ocasión sin jugar un papel de inicio y final ha decidido conformarse como éter pasajero, irreal e insólito. Soñemos…

Plaza San Lorenzo Sevilla

La verdadera lección

José Antonio Martín Pereira | 8 de abril de 2013 a las 11:46

El día que nos centremos exclusivamente en las canastillas, podrá decirse que habremos terminado por sepultar gran parte de los sentimientos que despierta la Semana más hermosa del año. En estas, difícil es acertar a describir la sensación de vacío que queda cuando vemos alejarse la trasera de un paso de palio. Miramos a nuestro alrededor, y probablemente no exista más que aquello que nos hayamos esforzado por cuidar y conservar. El transitar de una cofradía, es sabido, se realza entre un cúmulo de nimiedades efímeras, sin que podamos hacer nada por retener lo que, seguramente, si de nosotros dependiera no dejaríamos escapar de las manos, e incluso nos atreveríamos a retener con cierto egoísmo.

Hoy, cuando de lo que fue solo quedan marcas, restos que la vida corroerá en su inapelable transitar, ése vacío solo colma a base de personas, anónimos servidores de Cristo en la difícil tarea de mirar al horizonte con el mejor de los rostros. Caprichoso destino, una tarde de sábado, de las pocas en las que la lluvia no hizo acto de presencia en la pasada Cuaresma, una estampa del que Todo lo puede, al que Triana tutea al nombre de Cachorro, me sirvió de puente a la mejor de las sonrisas, la de mi amigo Pablo. Pequeño gran luchador, emblema del buen hacer del Centro de Estimulación del Buen Fin, que es, con sus gestos, la alegría de todos cuantos le rodean.

Si la Semana Santa, la personal, se nutre de vivencias exclusivamente propias, a las que no alcanza ninguna fotografía ni acierta a describir ningún verso, los que hemos tenido la suerte de involucrarnos en el cariño que Pablo recibe de cuantos se impactan por su desparpajo, concebimos la idea de que no hay nada más grande que la estrecha unión forjada entre padre e hijo. Quizás, la verdadera lección de fraternidad se halle ahí, y no en el mismísimo transitar con la Cruz a cuestas del Gran Poder en la Madrugá sevillana. Vaya desde aquí un fuerte abrazo para ése futuro hermano del Cachorro.

 

Spes Nostra

José Antonio Martín Pereira | 17 de diciembre de 2012 a las 11:15

Entre las virtudes teologales, la Esperanza. Segunda en el orden, reconocida virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios. Aunque el motivo propio de la Esperanza es Dios, por voluntad de Él mismo, también se puede poner en la Humanidad de Cristo, en la Virgen, Esperanza Nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias, que no abandona a los hermanos de su Hijo peregrinos en la tierra, y en los santos, que nos ayudan con su intercesión. Es por tanto la Esperanza cristiana una virtud teologal infundida por Dios. Teologal, porque tiene por objeto directo e inmediato al mismo Dios, tal cual la Fe y la Caridad. La Esperanza, como hábito, reside en la voluntad, ya que su acto propio es un movimiento del apetito racional hacia el bien, que es el objeto de la voluntad.

Tomando prestadas las palabras del padre Adrián Sanabria en su última relfexión (Aprovecha el Adviento), pudieramos decir que «la Esperanza tal vez sea la palabra que más resuena en este tiempo. Esperamos la venida del Señor, y esperamos que su salvación se realice en nosotros y en nuestro mundo. Lo sabemos, desde luego, que esta esperanza no se realizará definitivamente hasta que llegue el Reino de Dios para siempre, al término de todo, en la vida eterna. Y sabemos también que nuestro camino en este mundo está orientado y encaminado hasta este momento último, pleno, cuando Dios reunirá a sus hijos e hijas en su cielo nuevo, donde ya no habrá dolor ni penas ni tristezas».

Asimismo, los grandes pensadores también se han referido a ella. Como dejara escrito el insigne filósofo griego Aristóteles, la esperanza es el sueño del hombre despierto; tal cual su homónimo Tales de Mileto, quien entendió a la esperanza (como) el único bien común a todos los hombres. pos que todo lo han perdido la poseen aún; o el siempre reseñable humanista Martin Luther King, según el cual podríamos decir que todo cuanto se hace en el mundo es obra de la esperanza.

Lo cierto es que ni las personas, ni por ende las sucesivas generaciones desarolladas a lo largo de la historia sobre la faz de la tierra, han sabido vivir sin ella, porque la esperanza es el mecanismo que mantiene las constantes vitales de la humanidad tenzmente activas, otorgando licencia para soñar, crear, proyectar y construir. En absoluto es opuesto al realismo, sino la antítesis del escepticismo y la desesperación.

Esperanza, Macarena, a la que en Sevilla tenemos suerte de venerar con rostro propio. Esperanza tantas veces descrita a través del arte de las palabras, la fotografía o la pintura. Esperanza que requiebra almas. Esperanza explosión de sol y armonía, parafraseando a Manuel Machado. Esperanza inspiradora de plegarias y oraciones. Esperanza, la misma que existe en cada una de nuestros propósitos de enmienda. Esperanza que pervive allí donde el recuerdo o una estampa así lo dictan. Esperanza que nos ofrece su mano.

Ahora más que nunca, Spes Nostra…

Foto: Marina Lorente

 

El valor de la tranquilidad

José Antonio Martín Pereira | 5 de julio de 2012 a las 15:03

Julio, con el correspondiente calor que precede amaneceres, simula el pie de una pirámide de lejano vértice. Atrás queda un mes inusualmente intenso revestido de gloria al recordar la mañana del 3 de junio, día aquel en el cual Monseñor Asenjo consagraba la Basílica del Cachorro, cuarto templo de tal rango de cuantos dispone la ciudad.

A este respecto, quien más quien menos cierra un curso cuyo valor discute entre la pluralidad de opiniones, sensaciones y vivencias. Es momento pues de invadir el terreno de lo cotidiano, relegando preocupaciones, sustituyendo sinsabores y aprovechando para dibujar la senda que conduzca hacia el merecido sosiego.

A pesar que el ‘Lorenzo’ trabe sobre ciertas horas, Sevilla seguirá inalterable en los compuestos químicos que la determinan única e irremplazable. El valor de la tranquilidad en ocasiones solapa a la contemplación fugaz o prolongada de una imagen, porque puede que ahí se escondan deseos por cumplir.

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Visto en el Corpus de Triana

José Antonio Martín Pereira | 10 de junio de 2012 a las 17:47

La grandeza es la cualidad del grande y de su magnitud. Es la dignidad y excelencia. Es la calidad o bondad superior por la que algo o alguien goza de especial valor o estima. La naturaleza del hombre se puede observar de dos modos, según su propósito, que es cuando logra ser grande y diferente, y según la multitud, que es cuando se asemeja a cualquiera.

Y si grande era el día porque así lo quiso Dios con su Palabra, servida inmejorablemente por nuestro Pastor Monseñor Asenjo desde el atril de la Real Parroquia de la ‘Señá’ ‘Santana’, más grande fueron capaces de convertirlo los verdaderos protagonistas de la solemnidad, con la inocencia de la ilusión cual ramillete de romero recién cortado.

Visto en la calle San Jacinto, al paso de la comitiva del Corpus de Triana. Un altar hecho por niños, con la humildad que ello les caracteriza. Observándolo caemos en la cuenta: nos queda tanto por aprender…

Foto: Jesús Macarro

Acabas de irte…

José Antonio Martín Pereira | 9 de abril de 2012 a las 11:37

Acabas de irte, y ya se te extraña. No por repetirse la historia acierta a comprender la conciencia aquello que pasó por delante del sinfín de miradas, y que ahora no habita más que en lo recóndito de cada interior. Diciendo adiós los fulgores mediante los cuales la barroca imperfección de los mil y un rasgos sesgó a las nubes, la contradictoria percepción del recuerdo toma de nuevo el pulso sobre una realidad que exhibe deseos a base de instrumentos que traspasan la empalizada cerco de la visceral Semana.

Acabas de irte dejando atrás las decepciones que hoy encuentran refugio en el regazo de la Palabra, habiendo consumado el ciclo que brotara de pequeñas manos por medio de las cuales descubriera el camino del Señor en su Entrada Triunfal, en un Domingo de Ramos atípico. Semilla que ya busca raíces en el delicado huerto que Sevilla reserva al anhelo, a la espera de que el futuro depare provechosas tardes de sol.

Acabas de irte, y ya se te espera…