Archivos para el tag ‘Semana Santa’

¡Un auténtico cartel!

José Antonio Martín Pereira | 7 de octubre de 2018 a las 10:39

Sin desmerecer a los profesionales de la pintura, esenciales para que la ciudad siga luciendo sus encantos (algunos lamentablemente perdidos, y sólo visibles mediante las distintas expresiones artísticas), la cuestión que desde hace algún tiempo muchos nos planteamos, entre los que me incluyo, es por qué la fotografía no recupera, en lo que respecta al cartel de Semana Santa que edita el Consejo, el trono que dispuso hasta recién entrada la década de los 90.

En este sentido, la última pieza editada con tales características fue en 1991, con la Virgen del Valle como protagonista en la esquina de la calle Laraña, en una instantánea de Antonio Pérez González. A partir de entonces el dominio de la pintura es absoluto, y concretamente en los últimos años lo que predomina con rotundidad es el collage, hasta tal punto que para el cofrade de a pie, ni las explicaciones del artista en cuestión son suficientes cuando se trata de asimilar la obra. Prácticamente se necesita ser profesional de la materia para entender la Semana Santa que, mal que bien, intentan transmitir las últimas obras.

Por eso, cuando uno se topa con una estampa del nivel de la presente, sobreviene esa duda. Y la razón es sencilla, ahí aparece la Semana Santa, sin matices ni variantes que necesiten ser desgranadas. A simple vista, cualquiera sería capaz de entender y verificar lo que ocurre en esa imagen, a la que por ponerle una pega, podríamos decir le falta impregnarnos el salón de olor a incienso. Su autor es el enérgico Fran Silva, que cada día por medio de su perfil en Twitter nos regala argumentos para soñar con lo que fue y con lo que vendrá. Y como él otros tantos, virtuosos de la paciencia y el encuadre, anhelan esa oportunidad de la que un día fueron partícipes y que hoy está fuera toda quiniela. Sirva de muestra un auténtico cartel como éste.

Fran_SilvaFoto: Fran Silva

¡Ya es Semana Santa!

José Antonio Martín Pereira | 23 de marzo de 2018 a las 10:31

El tiempo se define como edad vivida, estado atmosférico o estación del año. Se considera además, la magnitud de carácter físico empleada para realizar la medición de lo que dura algo que es susceptible de cambio, y que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Como seres humanos, constantemente recurrimos al interés por perderlo o ganarlo, pero lo cierto es que ni siquiera puede atesorarse, avanza sin que podamos evitarlo y sin que seamos capaces de alterar sus medidas.

Para los cofrades, la Cuaresma amén de un escenario de preparación personal destinada al encuentro con Dios conlleva también un profundo interés por el tiempo en todas las vertientes de su acepción. Sin embargo, es precisamente el conteo de los días el que nos invita a levantamos con celeridad acosando con la mirada al calendario, porque en el fondo somos conscientes de que el caudal de la cuenta atrás desembocará en un mar amurallado de vida. Y no importa que se escape, casi sin quererlo abrimos de par en par portalón para darle salida alimentando el ansia con la que los dominios del silencio ceden pausadamente paso a la algarabía propia de una ciudad que tiende, con la más precisa de las naturalidades, su mano al fulgor de la primavera.

Pero la percepción cambia radicalmente la cuartilla en la que cada año las primeras letras toman forma cuando la Soledad de San Lorenzo escribe, como solo Ella sabe hacer, el final y el principio de una historia plagada de simbologías. Así, en esta previa en la que los versos del ayer coordinan las directrices de lo que ahora sobreviene desajustamos la medida temporal permitiendo que brote una nueva fuente. Es precisamente a lo largo de la semana que comienza cuando crece el esmero, amontonando vivencias sobre el particular lienzo que dibuja la memoria. Antes descontábamos sin temor, y ahora contamos lo que inevitablemente se nos escapa de las manos.

Y con el horizonte puesto en la Resurección, la intensidad del tiempo que expira deposita su testigo sobre el marco efímero de la imperfecta plaza donde la primavera se asentó con premura. Aún con la blanca tez de los naranjos por instalarse, la ceniza ya enfila su destino en la virtuosa morfología de ramilletes de palmas que recién cortadas aguardan el privilegiado lugar otorgado. Idealizada senda, final del singular trayecto escrito en la liturgia de lo sempiterno, que terminará por cruzar la estrecha línea que separa al anhelo de esas dos almendras huecas por las que, en escasos días, fluirán las emociones. Será entonces cuando aumentemos el esfuerzo para no dejar volar ni un simple segundo. ¡Ya es Semana Santa!

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Foto: Sebas Gallardo

Los ojos que NO nos ven

José Antonio Martín Pereira | 22 de marzo de 2018 a las 17:39

Si ayer me remitía a la perpleja percepción que dispensan los visitantes que la ciudad recibe durante la celebración de su Semana Mayor, aludiendo a la admiración que produce el derrame grandioso de belleza como medio para hurgar respuestas que nos propongan una mejora del sentido que tratamos de expresar religiosa y culturalmente, hoy propongo trasladar los derroteros al polo opuesto.

Tomando la otra arista del prisma, porque la Semana Santa sevillana esconde la esencia que reiteradamente intentamos descifrar incluso allí, en los entornos más lejanos y hostiles a la conciencia generalizada. Y se hace el silencio, inmenso vacío que destrona el languidecer del reloj sin ataduras del diputado mayor, silencio que precede a la cofradía más austera y a la que nadie en pleno uso de facultades solicitaría ser listado. La Semana Santa que divaga por los pasillos es fría, desconocida y asediada por las mutilaciones del olvido. Conviene siempre, pero más si cabe ahora que la cercanía se colma de evidencias acordarse del que sufre, especialmente de los enfermos que en estos días que llegan elevarán con sus pensamientos la magistral pieza de Font de Anta cuyo título enlaza con el Domingo de Ramos en forma de Dolorosa de rostro sereno.

La de los hospitales es una Semana Santa distinta. Y es que allí lo más parecido a la Cuaresma que hoy reluce son los improvisados retablos levantados a base de estampas en lo alto del cabecero de la cama, o el color albo de los uniformes del personal sanitario que rememora las túnicas de La Cena, San Gonzalo o Los Negritos. Allí donde la crudeza se alivia con el recuerdo de tiempos mejores también está presente la Palabra de Cristo; allí donde la incertidumbre y el pronóstico se dan la mano, la luz supera cualquiera de los modelos meteorológicos que en estos días nos esforzamos por adivinar; allí donde nadie imagina ver los días que conducen al gozo, la Mocita que está en San Gil, la que sonríe de vuelta por Parras y Escoberos, se presenta en cada gesto de consuelo de los familiares y amigos que hacen del infortunio una penitencia llevadera; allí donde un grupo de pequeños representan un mural pictórico con la Semana Santa más perfecta, aquella idealizada que con los años se escapa, el azahar viaja en diferente peana; allí donde la sonrisa se convierte en maniguetera del paso que conduce al restablecimiento; allí, en los hospitales, centros de recuperación y penumbra en los que la vida rachea a base de pasos cortos, la Cuaresma también perderá su ropaje de hebrea para recibir a la Gloria en menos de lo que la imaginación alcance.

Entre tanto, papeletas de sitio con destino al domicilio esperan ser prontamente retiradas. Como selladas por el mayordomo de la cofradía del Viernes Santo, la de los nazarenos de los ojos que no nos ven sueña también con ser testigo del caminar de Dios desde San Lorenzo al Monte Calvario, en estas noches en las que el aroma de los naranjos despunta las esquinas de la inmediatez.

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Los ojos que nos ven

José Antonio Martín Pereira | 21 de marzo de 2018 a las 15:15

Describir la Semana Santa sevillana desde cualquiera de las verticales del prisma que la conforman significaría dejar a un lado gran parte de la esencia mediante la cual se ha transmitido hasta nuestros días. Hablar de esta Fiesta implica tener en cuenta el carácter religioso, las más sublimes manifestaciones artísticas y las expresiones de un pueblo, de una ciudad, que ve su vida pasar por la estrechez de siete pero intensos largos días.

Ahora bien, dejando a un lado aquellos aspectos sentimentales que afloran con vigorosidad a lo largo y ancho del tiempo litúrgico presente, síntoma de que la espera acorta la distancia que desembocará en la confluencia del paralelo y meridiano que atraviesa el barrio del Porvenir, de lo que no hay dudas es de que si la Semana Santa no existiera habría que inventarla, expresión que no por repetida desluce ni un ápice la frondosidad de sus atributos.

No en vano, el desarrollo de la celebración, amén de colocar en el epicentro de la cristiandad a la ciudad de Sevilla, sanea las arcas de muchos comercios y, en definitiva, de numerosos hogares. Se trata, pues, de una prueba de superación que cada año se escenifica con más notoriedad.

En el seno de las hermandades se dice incluso que vivimos una nueva edad de oro. Discutible, con una baraja de matices que propiciarían una amplia gama de debates; pero hasta cierto punto cierto si atendemos al crecimiento de las cofradías penitenciales en lo que llevamos de siglo XXI. Por consiguiente en 1999 existían 57 cofradías con este carácter, mientras que a día de hoy con la última incorporación hace un par de años, la de la Hermandad de La Milagrosa del barrio de Ciudad Jardín, el total se ha establecido en 70. Todo ello se traslada por ende a los innumerables negocios que sobreviven y crecen gracias al fenómeno productivo y generador de riqueza que nace del desarrollo de las propias corporaciones. Subsisten por tanto oficios y profesiones artesanales (orfebres, bordadores, imagineros…) que de otro modo habrían desaparecido, y que con su supervivencia otorgan variedad al patrimonio cultural local y regional.

Y parte de ése aura que parece proteger a la Semana Santa, de la balsa sobre la que se asienta un desarrollo económico cuyo desgrane daría como mínimo para la confección de varias tesis doctorales, de la continua adaptación y de las perspectivas de futuro, se debe a los cientos de miles de visitantes que cada primavera eligen Sevilla como origen de su destino turístico. De este modo, año tras año los hoteles cuelgan el cartel de no hay billetes.

Por todo ello se hace especialmente vital el cuidado de la imagen que a través de su Fiesta Mayor la ciudad arroja al mundo. Y no hablamos de las proyecciones en FITUR (Feria Internacional de Turismo), ni de otras iniciativas con las que los distintos equipos de gobierno local han tratado en los últimos tiempos de elevar sus perspectivas, sino que es algo más metafísico. En este sentido, es posible que todos, alguna vez, nos hayamos puesto en la piel del visitante que en los días señalados de nuestro calendario camina con cámara y mapa en mano desorientado, aturdido, asombrado por tanto derroche gratuito de belleza, perplejo ante la inmensidad de una demostración mayúscula de solemnidad, devoción y amor. Son sin embargo sus férreas miradas las que deberían causarnos admiración, porque es ahí donde aún podemos hallar una pureza que no ha sido corrompida, ultrajada o manipulada. Tal vez a través de los ojos que nos ven seamos capaces de descubrir algunas de las respuestas que nos dirijan a mejorar una celebración que hoy por hoy evoluciona entre claroscuros.

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Foto: Diario de Sevilla

Los niños del Buen Fin

José Antonio Martín Pereira | 19 de marzo de 2018 a las 9:57

La Semana Santa de Sevilla se conforma quizás exclusivamente en el imaginario de nuestros sentimientos, de la memoria. Es un sueño avivado por el ideal armónico, simbólico y abstracto mediante el cual la belleza se exhibe ante nuestros sentidos sin que podamos retenerla. Tan exacta y precisa que es capaz de tumbar los designios de la nostalgia y el recuerdo, trasladándonos el perpetuo deseo de contemplar una ciudad perfecta, en esa búsqueda compulsiva del éxtasis como director de un proceso histórico que clava sus raíces en los dobleces más abisales de nuestra religión y de nuestra cultura. Así ha sido a lo largo de los siglos de ritos repetidos, y así se sigue dibujando desde la soledad interior de los cientos de miles de capirotes que esgrimen la liturgia cada año con la luz esperanzadora de una primera vez.

El génesis aún resplandece a través de los rescoldos que han hecho perdurar la fiesta. Los dos tramos de niños de la cofradía del Buen Fin representan esa Semana Santa añorada a la que intentamos recurrir constantemente, y que tal vez exista únicamente en los vagos recuerdos que nos quedan de aquel tiempo en el que también jugamos a ser nazarenos vestidos con la túnica de la hermandad desde que los primeros rayos de sol despegaban las hojas de la persiana. El testimonio más certero de la exposición de la fe es el que realizan ellos, desde sus carritos empujados o de la mano de sus padres y madres, abuelos y abuelas, como si la transmisión de emociones no entendiera de edades ni de circunstancias personales.

Probablemente ajenos a la exquisita sensación que dejan a su paso, entre el amplio despliegue de caramelos y estampitas repartidos sin filtro al público que presencia el discurrir de hábitos franciscanos en primera fila, e indiferentes al extraordinario poder de admiración que producen su Cristo dormido y su Virgen de tímida sonrisa, este grupo de pequeños perfectamente organizados realizan cada año una demostración perfecta de la revelación colectiva, curiosamente enfundados en la idiosincrasia de una Hermandad que ejecuta una grata labor con el grupo infantil que más lo necesita a través de su Centro de Estimulación Precoz.

Esa Semana Santa natural que no ha sido corrompida y que no entiende de la exigencia de horarios e itinerarios, se desarrolla con la escrupulosa plenitud de la ilusión llevada a su máximo exponente. Y lo es porque estos niños nos enseñan que a lo establecido sólo le cabe un traje, con menos costuras, y que a pesar que la sociedad derive situando los valores frente a un peligroso acantilado los cristianos seguimos llamados a acudir a Cristo constantemente. La metáfora de los niños como vehículo conductor hacia el Dios Verdadero de los Sagrarios. Si me pidieran que resumiera lo que está por venir, lo haría mil veces tomando el mismo ejemplo. Los niños del Buen Fin me cautivaron.

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¡Dejen de meter miedo!

José Antonio Martín Pereira | 2 de marzo de 2018 a las 13:25

La seguridad se ha convertido en uno de los objetos de debate prioritarios para cualquier equipo de gobierno que se preste. La extrema sensibilidad con la que los ciudadanos afrontamos el tema sitúa a las Administraciones ante una responsabilidad sin precedentes hasta ahora, y a la Semana Santa de Sevilla, expuesta a una encrucijada de intereses peligrosamente contrapuestos.

Partiendo de la base que en la Semana Santa de Sevilla son casi 3.000 los agentes de la Policía Local y fuerzas de seguridad del Estado quienes integran el operativo puesto en marcha para la ocasión, fruto de la colaboración entre la Delegación del Gobierno en Andalucía, el Ayuntamiento y la Delegación de la Junta en Sevilla, los graves incidentes acaecidos durante la pasada Madrugá han determinado un giro radical de cara a este año, concretado en una serie de medidas destinadas a evitar situaciones similares.

En este sentido, amén de ciertas innovaciones técnicas preventivas añadidas a algunas modificaciones de horarios e itinerarios, hemos pasado, radicalmente, de intentar buscar las causas y los culpables de aquellos desgraciados incidentes, que los hubo (y sino que pregunten a los Diputados Mayores de Gobierno de las distintas cofradías implicadas), a la última de todas, es decir a que nos intenten hacer creer que una serie de mensajes en cadena difundidos a través de WhatsApp y Twitter van a salvarnos de la histeria colectiva que genera la propia naturaleza humana ante lo gravemente desconocido.

Todo en mitad de una Semana Santa cada vez más encorsetada, la de los últimos años, en la que los cortejos atraviesan calles desiertas o, en su defecto, caminan en el sentido que marcan las vallas de color limón. Una Semana Santa gobernada por una falta de educación exacerbada, por la constante desacralización de sus otrora fervientes signos, y por la escasa unión que demostramos los cofrades cuando se trata de afrontar aspectos básicos. Una Semana Santa, además, en la que interesadamente el pánico ya derrama chorreones de cera hirviente, en la que se ponen parches a no se sabe el qué, pero que hábilmente están consiguiendo fermentar entre intereses personales para, tal vez, dejar constancia de algo que para nada necesitamos.

Llegados a este punto nos preguntamos, ¿qué pasará?; ¿a quién debemos temer?; ¿quién es nuestro enemigo?; ¿contra quién saldremos a luchar?. Miedo, si repasamos la Historia, pasarían nuestros hermanos en tiempos de la Segunda República, por citar sólo un ejemplo de uno de los períodos más infaustos a los que han sobrevivido nuestras cofradías, porque lo que ahora se observa más bien se entiende como relativización de intereses de cara a colocar a la Semana Santa y a sus cofradías una bomba de ventilación para insuflar respiración asistida ante determinados problemas de salud que no se corresponden como mal endémico de la celebración, sino que más bien pertenecen a la degradación colectiva de la sociedad que formamos parte.

Y es que desgraciadamente , los problemas a los que se enfrentan las cofradías no son exclusivos a la celebración de la fiesta, sino que afectan a lo cotidiano y precisamente por ello pasan desapercibidos a la conciencia universalizada. La Semana Santa en general, la Madrugá de Sevilla en concreto como principal objeto de debate, se alza como un simple altavoz por la dimensión que obtiene todo cuanto se le interpone.

Por ello pienso que si no se atajan de raíz las verdaderas inquietudes en materia de seguridad que como vecinos nos intimidan en nuestro día a día, los que se evidencian provocados por la masificación de las calles en Semana Santa, buena parte o todo lo que intentemos caerá en saco roto, porque los problemas no vienen cuando una cruz de guía traspasa el dintel de su templo y pisa la calle, ni tampoco lo traemos los cientos de miles de personas que tranquila y educadamente, como por cierto se viene haciendo desde que las cofradías tienen su origen, salimos a conversar con Cristo y su Bendita Madre contemplando serenamente el milagro de cada primavera y disfrutando de la ciudad a la que amamos; los problemas los traen, y reitero no exclusivamente en Semana Santa, quienes ponen su ausencia de civismo y valores al servicio de la ley que los ampara, protege y acoge.

¿O es que acaso los botellones y las peleas ocurren sólo cuando hay hermandades en la calle? Siendo así, es decir, utilizando a la Semana Santa como gran laboratorio de pruebas, hemos de reconocer que la mayor preocupación para muchos de los que salimos, insisto tranquila y educadamente, a participar de la protestación colectiva de fe que es la Semana Santa, pasa por las dichosas sillitas plegables, las cuales cumplen una década entre nosotros y a las que nada ni nadie parece poner remedio.

Dejando claro, pues, que toda acción formativa debe tener como principal objetivo ser de utilidad, y que algo es útil cuando satisface una necesidad, y la seguridad no sólo es necesaria, sino obligatoria para todos, resulta evidente también que la Semana Santa de Sevilla requiere de una reforma integral en la que participen de manera unánime cada uno de sus agentes. Cierto es, y así lo reconocemos quienes participamos de ella durante los 365 días del año, que las hermandades son reticentes a cambios drásticos inmediatos, pero no es menos cierto que si no hubieran sabido adaptarse a los vaivenes del tiempo con toda seguridad no habrían llegado al presente, con lo cual ese cambio, en el que a menudo se omite a Dios, no pasa ni de lejos por el control de las redes sociales ni tampoco puede ser guiado por agentes externos ajenos en buena parte a la integridad moral y sustancial de nuestras cofradías, y que han visto aquí un extraordinario filón de negocio.

Empecemos a construir por abajo, y no desde arriba, fomentando la educación en valores en casa, en los centros educativos o en las propias hermandades, puesto que ahí reside la clave, permitiendo dicho sea de paso a la Semana Santa aprovecharse de la modernidad que nos rodea sin renunciar a la esencia y al compromiso cristiano que la sostienen. Abracemos su combinación. ¡Dejen de meter miedo!

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Fariseos cofrades

José Antonio Martín Pereira | 15 de diciembre de 2017 a las 21:31

La hermandad de la Macarena ha dado a conocer en la tarde de este viernes los nombramientos de sus cargos de confianza una vez que ha tomado posesión la nueva junta de gobierno presidida por José Antonio Fernández Cabrero, y con ello lo que a lo largo de los últimos días se venía especulando con fuerza, el cese del hasta ahora capataz general de la cofradía, Antonio Santiago, puesto que desde hoy pasa a desempeñar José María Rojas Marcos.

Hasta ahí todo normal, ya que los nuevos gestores de la hermandad (faltaría más) están en su soberano derecho de decidir sobre éste y el resto de funciones para las que han sido encomendados. Pero esto es Sevilla, y además la Macarena, así que el revuelo que se ha montado no nos coge por sorpresa.

Verá usted, no voy a ser yo quien defienda al señor Santiago, entre otras cuestiones porque durante mis años del costal no tuve la oportunidad de trabajar con el, pero sólo hay que fijarse en su dilatada trayectoria para intuir la dificultad que conlleva mantenerse tantos años al frente de algunas de las cofradías más señeras de la ciudad. No obstante, y eso es innegable, la decisión del nuevo hermano mayor ha sido valiente, la Macarena (y ahí están los documentos gráficos) había perdido esa gracia, esa coquetería para la que fue diseñado su extraordinario paso de palio, pero eso es una cosa y otra bien distinta la de burradas (sí, burradas) que están colmando las redes sociales (en muchos casos desde la valentía que otorga el anonimato) a raíz del asunto, entrando en cuestiones personales que desvirtúan completamente un hecho que deberíamos tomar con mayor naturalidad y sensatez.

¿Acaso nos hemos parado a pensar en cómo estarán esa persona y su familia viviendo estas horas? Por muy poco que nos pueda gustar como capataz (y sus virtudes no tienen discusión), y por mucho que pensemos que en el mundo de la faja y el costal está ya está todo inventado, que lo está, Sevilla que es una ciudad muy de besos y abrazos cuando de cofradías estamos, también posee la innata capacidad que entre todos le damos para fustigar con el látigo del olvido a las primeras de cambio. Y eso, si de verdad nos consideramos personas de Iglesia, nos deja en un lugar lamentable. Sigamos buscando la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio.

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Foto: Diario de Sevilla. Juan Carlos Muñoz

El númerus clausus no es la solución

José Antonio Martín Pereira | 21 de noviembre de 2017 a las 21:12

Se viene hablando recientemente, más concretamente durante los últimos días, de la imperiosa necesidad por dimensionar la Semana Santa actual conforme a las limitaciones que se deducen de la indivisible conjunción espacio-tiempo.

Nada más lejos, y sea cual sea cada parecer, todos los que nos sentimos integrantes de la misma en mayor o menor medida participamos de esa percepción, admitiendo que el modelo tal y como se concibe actualmente urge de retoques incuestionables. Pero es que además, si es la propia Policía la que recomienda al Consejo adoptar medidas como el númerus clausus para solventar (junto con otro tipo de propuestas) los graves problemas que rodean a la Madrugá, la cosa no sólo se complica sino que requiere de un análisis mucho más profundo.

El tema, como otros muchos de los que rodean a una de las manifestaciones culturales y religiosas más conocidas del mundo como es la Semana Santa de Sevilla, ni es nuevo ni de llevarse a la práctica solucionaría el conjunto que inquietudes que hoy día alteran la celebración. Es más, a la vista de las numerosas de opiniones vertidas al respecto, unas con más acierto que otras, podría inclusive conllevar efectos contraproducentes.

Lo que es irrebatible, como decía anteriormente, es que razones no faltan para tener en cuenta ésta o cualquier otro tipo de alternativa que repercuta en mejoras en la seguridad, pero siempre con matices porque si nos quedamos sólo ahí estaríamos cayendo en un grave error. Sirva como elemento de partida que (aunque se esté llevando especialmente la cuestión para las hermandades de la Madrugá) no todas las cofradías llevan una línea ascendente en cuanto al número de hermanos que componen sus cortejos, como tampoco todas cuentan con un exceso de nazarenos en sus filas en proporción a sus respectivas nóminas, y mucho menos aún si derivamos esa perspectiva desde la óptica de una ciudad que cuenta con aproximadamente 700.000 habitantes (sólo su núcleo, sin contar su área metropolitana).

Llama poderosamente la atención, y no es casualidad, que haya quien secunde esta teoría desde su posición de acomodado de silla en la Campana. Es lógico, hasta el mayor de los capillitas puede aburrirse viendo pasar cortejos con 2000 y 3000 nazarenos. Pero la situación en las calles es otra, amén de los embotellamientos que se forman en lugares de sobra conocidos, permitidos por el uso de las sillitas plegables y otras malas prácticas recientes (ahí es donde verdaderamente habría que actuar), moverse como se ha hecho toda la vida sigue siendo relativamente fácil (sobretodo en ciertas jornadas y en determinadas horas). De modo que aquí lo que sobra es cierto público que no sale a ver cofradías sino a pasar una tarde de camping en el centro de la ciudad y rodeado de pasos.

Dicho esto, se antoja temerario plantear límites sobre el derecho de los hermanos (que recordemos son los que con sus cuotas sustentan a las hermandades y con ello a todo lo que sale de ellas), máxime si destapando la cortina nos asomamos fuera de la ciudad y comprobamos como en muchas otras localidades los cuerpos de nazarenos, los costaleros, las personas que quieren ser miembros de junta y hasta el público escasean de manera preocupante. No es menos cierto, en el polo opuesto, que la Semana Santa de Sevilla está de moda, para lo bueno y para lo malo, y nuestra obligación es la de contribuir de cara al auge en la formación dentro y fuera de las hermandades, para que ésta repercuta en favor de una sociedad en valores. Miremos al pasado, echemos mano a los libros o tiremos de memoria, quizás así aprendamos que para asestarle puñaladas ya vendrán otros.

Los gitanos Sevilla

El ‘Cachorro’ de Popayán

José Antonio Martín Pereira | 6 de agosto de 2017 a las 11:12

Si de algo puede presumir la Semana Santa de Sevilla en virtud a sus hermandades, es de haber servido de iluminación a lo largo de los siglos a tantos ojos como la han contemplado. En este sentido, numerosas son las curiosidades que rodean a una celebración religiosa que aún hoy despierta un ferviente interés entre propios y extraños tal como se observa en sus calles a rebosar cada primavera.

Y dentro de ese aura, sobresalen imágenes que bien por su calidad artística, su devoción incuantificable o por ambas realidades, desde su concepción han sido erigidas como referentes fuera de las fronteras a las que el Giralillo alcanza con su figura. Una de ellas, el Santísimo Cristo de la Expiración, conocido popularmente como el ‘Cachorro’, sirvió incluso de inspiración para la imagen del mismo nombre que se venera en la localidad de Popayán (Colombia), capital del departamento del Cauca localizada en el valle de Pubenza, entre la Cordillera Occidental y Central al suroccidente del país.

Desde 1954 procesiona dicha imagen esculpida a semejanza de la obra creada por Francisco Antonio Ruiz Gijón para satisfacer el gusto de la cofradía trianera en 1682. El Cristo de la Expiración de Popayán es obra del artista español José Lamiel en 1952, respondiendo a los deseos del entonces Embajador en España Don Guillermo León Valencia, natural de dicha localidad y que incluso a la postre llegaría a ser máximo mandatario de su país entre los años 1962 y 1966. Según narra el erudito local Carlos Gustavo Wilches-Chaux, «habiendo asistido Don Guillermo León a la procesión de Sevilla, situado en un balcón alto y en una de las calles centrales de la ciudad, al desfilar el paso frente a su balcón la mirada del Santo Cristo, denominado El ‘Cachorro’, coincidió con la suya quien, extasiado ante aquellos dulces y penetrantes ojos, concibió la idea de obtener auténtica copia y traerla a Popayán para sus procesiones, anhelo que cumplió sigilosamente». Se da la circunstancia además de que la talla de Lamiel está concebida con corona de espinas, probablemente a similitud de como lo haría aquella tarde de Viernes Santo la imagen titular de la corporación de la calle Castilla.

Una obra que participa cada Jueves Santo como parte del cortejo de procesión del Santo Cristo de la Vera-Cruz, partiendo de la iglesia de San Francisco. De este modo, una parte de Triana siempre está presente al otro lado del Atlántico.

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Cristo de la Expiración de Popayán, año 2009. Fuente: Wikimedia

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Cristo de la Expiración de Popayán,  Altar Mayor de la Iglesia de San Francisco.

Fuente: Semana Santa en Popayán, Carlos Gustavo Wilches-Chaux

El «efecto contagio»

José Antonio Martín Pereira | 16 de julio de 2017 a las 12:51

El pasado viernes conocíamos el primer avance de las conclusiones de la investigación en relación al origen de las carreras en la Madrugá, elaborado por la Brigada Provincial de Información de la Policía Nacional . Dicho informe se ha basado según las propias fuentes oficiales en 70 testimonios de agentes que estaban aquella noche, así como en 1.188 archivos de audio de las comunicaciones de la Policía Nacional durante un intervalo de tiempo determinado. Del mismo modo, se han tenido en cuenta también 40 llamadas al 112, 8 informes facilitados por el personal de seguridad privada que prestaba servicio en la Madrugá, 10 capturas de vídeo de las cámaras de videovigilancia repartidas por el Cecop por el casco histórico y 58 vídeos aportados por los medios de comunicación, amén de otros 15 seleccionados de la plataforma Youtube. Todo ello además, con las declaraciones de los 58 testigos que resultaron heridos que presentaron denuncia y, sobre todo, los datos objetivos presentados por las hermandades.

Al hilo de lo anterior, la conclusión a la que se ha llegado es que el ruido de una pelea en la calle Arfe provocó una primera avalancha a las 4.10 horas, la cual afectó a 62 calles del centro de Sevilla. Así lo confirmaba el jefe superior de la Policía Nacional en Andalucía Occidental, que apuntó que ese ruido fue el detonante de una situación previa de temor provocada por los recientes atentados terroristas de aquella fecha e incluso a una alarma producida anteriormente cuando un senegalés gritó «Alá es grande» a las 3.53 horas en Reyes Católicos. De igual modo, la Policía descarta absolutamente que hubiera «ningún tipo de planificación, coordinación ni connivencia» entre los sucesos distribuidos por los distintos puntos de la ciudad, cifran por tanto lo ocurrido en el «efecto contagio».

Llegados a este punto, al cofrade de a pie le asaltan más dudas que respuestas. A todos o a casi todos nos vino a la mente el carpetazo cargado de interrogantes con el que se cerraron los incidentes de la famosa Madrugá del 2000. El caso es que 17 años después, el río desemboca en el mar y aquí pasó lo que pasó que fue nada. Obviamente cuesta creer que así fuera, y lo cierto es que la decepción generalizada es inevitable a la vista de las explicaciones aportadas. Esperábamos más, esperábamos la primera piedra de entidad para solucionar una jornada que va camino del cuarto de siglo desangrándose, desmembrada y desprovista en buena parte del clima que la hizo única y que quizás nunca logremos restaurar. La pelota queda ahora en el tejado de las seis hermandades implicadas, si toman el informe como verdad irrefutable entonces perfecto, pero si no es así ya van tarde a la hora de exigir otro tipo de responsabilidades. De momento el miedo sigue por delante en el marcador.

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