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El enemigo está dentro

José Antonio Martín Pereira | 10 de abril de 2015 a las 12:15

En el tiempo en que la nostalgia busca su propio espejo en el recuerdo, y en los que la aliviada sombra de la Palabra, rica y esperanzadora en la Pascua que conmemoramos, es siempre motivo de alegría, multitud de análisis tratan de abrirse camino entre una maleza cofradiera en la que cada vez resulta más complicado encontrar brotes frescos. Con la popularización de perfiles en las distintas redes sociales, y en los numerosos blogs y portales webs que encuentran cabida en los distintos alojamientos, la Semana Santa de todo el año ha desbancado con creces a los días señalados del calendario litúrgico, relegados al uno más en medio de la mediocridad y el frikismo.

Es la vivencia de la religiosidad popular como una afición sin Dios la que no deja de asombrarnos al comprobar como en los conciertos de Cuaresma no se cabe y en muchos de los cultos que celebran las hermandades el público se cuenta en apenas en tres o cuatro de decenas de asistentes. Y precisamente de la Cuaresma y de algunos de sus actos los friki-frades han tomado absoluta posesión y control, por ello observamos retransmisiones de Vía Crucis o panales de pantallitas iluminadas enfocando algunos de los solemnes traslados de sagradas imágenes a sus altares itinerantes de culto, con el peligro incluso de que empiezan a resultarnos situaciones normales.

Y no digamos ya de esa Semana Santa transfigurada en la que la música, las flores, los costaleros o la vestimenta de las veneradas imágenes centran debates en los que se olvida proporcionalmente lo que significan las salidas procesionales que ejercen nuestras cofradías. La continuación de este fenómeno cae por su propio peso y se torna evidente en las desagradables estampas que parte del cuerpo de nazarenos, costaleros, músicos y demás componentes de las cofradías reparten a lo largo de sus estaciones de penitencia y que, merced al uso generalizado de los dispositivos móviles, son captadas y entregadas a una masa que se enfurece sin preocuparse por poner remedio para que ello no adquiera continuidad en el futuro.

La clave es la formación en el seno de las hermandades, y por supuesto que se apliquen las reglas. Toda vez alcancemos o nos aproximemos a ese punto, podremos rendir cuentas a lo que nos rodea. Mientras tanto la tendencia invitará a pensar que el mal endémico o el enemigo de las cofradías no está fuera de las mismas sino dentro.

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La cofradía de la Cárcel Real

José Antonio Martín Pereira | 23 de abril de 2020 a las 14:03

Los historiadores coinciden en determinar el que el origen de la Semana Santa sevillana guarda relación directa con el nacimiento de las cofradías. Existen, incluso, documentos históricos que demuestran la existencia de cofradías en Sevilla desde el siglo XIII, como agrupaciones de fieles que vivían la religiosidad, de modo discreto, en el interior de templos y conventos.

En este sentido, todo parece indicar que la primera procesión de Semana Santa de Sevilla se inició con el Vía Crucis a la Cruz del Campo, una costumbre que instauró el Marqués de Tarifa, Fadrique Enríquez de Ribera, en 1521 tras su regreso a la ciudad procedente de Jerusalén.

No sería hasta mediados del siglo XVI cuando el Concilio de Trento, ante la incipiente crisis de la Iglesia, recomendó sacar pasos a la calle para llegar a más fieles, momento en el que las hermandades empezaron a portar sus imágenes.

Confluirán desde entonces los grupos de disciplinantes que ya existían previamente, la transformación de muchas hermandades de gloria, gremiales o étnicas en torno a una advocación y la modificación de la tradición medieval de las representaciones con personajes vivos de escenas de la Pasión.

En ese contexto surge una peculiar cofradía de penitencia a fines de siglo en la Cárcel pública de Sevilla, cuya existencia no es del todo considerada por los cronistas oficiales de la Semana Santa, quizás por el reducido entorno en que se desenvolvía.

Dicha organización fue creada por el Padre León, empezando como una hermandad anti-blasfemia y evolucionando hasta convertirse en cofradía de penitentes. El Padre Pedro de León (1544-1632) fue un jesuita de las primeras promociones sevillanas. Ejerció su ministerio en la Cárcel pública de Sevilla desde 1578 hasta 1616, entre otros destinos. Allí asistía a los presos, intercedía por ellos y los confesaba antes de morir.

La Cárcel Real de Sevilla se encontraba en un edificio medieval en la actual calle Sierpes reformado en los siglos XVI, XVII y XVIII y que se mantuvo en uso hasta el siglo XIX. Sus techos albergaron presos ilustres del Siglo de Oro Español, e incluso se dice que allí comenzó Cervantes a gestar su obra insigne, El Quijote.

Al parecer la procesión desfilaba el Viernes Santo por el interior de la misma, con disciplinantes e insignias, como cualquier otra cofradía sevillana; contaba incluso con una pequeña “bolsa de caridad” con la que se libraban algunos presos por deudas.

En su obra ‘Compendio’, el Padre Pedro de León relata algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía de Jesús. Se cree que debió terminarse de escribir en 1616, cuando el autor contaba 71 años de edad y dejaba el ministerio de la Cárcel de Sevilla para marchar de Rector al Colegio de Cádiz.

En dicha obra el propio pastor ofrece algunos detalles de esta singular procesión: “Procuré con muchas veras estirpar el abuso notable que había en las cárceles de jurar y blasfemar, predicándoles de los males y daños que han venido al mundo por este vicio. Y para más obligarlos, hice una cofradía o congregación del nombre de Jesús contra los juramentos, en la cual se asentaron todos los que actualmente estaban presos entonces, y se iban asentando los que de nuevo entraban y estaban algún tiempo presos; y se avisaban unos a otros cuando se oían jurar, que era una de las reglas de la cofradía, y aprovechaba mucho este cuidado, e hiciéronse algunos años las fiestas con mucha música y muchos señores de los oidores y alcaldes, que se hallaban en ellas; y alguna vez el señor Regente y el Asistente y los treinta de la Congregación que después se instituyó y a la Misa comulgaron estos caballeros y algunos de los presos, cosa que causaba mucha devoción, predicándoles a las Misa algunos de los Nuestros.

Y llegó a tanto su devoción que no se contentaron los presos con que fuese esta cofradía para estorbar pecados, no jurando, sino para hacer penitencia de lo que habían jurado, y el Viernes Santo hacían por dentro de la cárcel su procesión de azotes y sus insignias, como si fuera por las calles y con mucha sangre, y azotábanse con tal denuedo que hasta caían por ahí desmayados. No había quien les quitase las diciplinas de las manos y era tan de ver la procesión, que venían gentes de fuera de la cárcel a verla, y decían que no había ninguna tan devota con sus pasos de la pasión y su estandarte y sus bocinas y muy gran número de disciplinantes, todos presos, y con muy grande concierto, y a la verdad como era dentro de la cárcel parecía que tenía un no sé qué de correspondencia con los azotes, que le habían dado a Nuestro Señor Jesús en la cárcel y prisión.

De lo que sobraba de la cera y del gasto para la fiesta se sacaban presos de deudas o de los que estaban por algunas costas; y todos estos gastos eran de las penas que se les llevaban a los que juraban, y de lo que dentro de la misma cárcel se juntaba de limosna que pedían así los que venían a ver los presos, como de lo que se les pedía a ellos mismos”.

Fuentes:

– “De las cofradías sevillanas en el siglo XVI”, Alberto Pozo Ruiz. Universidad de Sevilla.
– “Pedro de Leon, jesuita del siglo XVI-XVII (1544-1632)”, Universidad de Sevilla.

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Hoy sale mi cofradía

José Antonio Martín Pereira | 10 de abril de 2020 a las 11:40

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, y es por eso que de nuevo cientos de familias se han vuelto a reencontrar. Las túnicas descansan de las perchas para volver al origen. ¡Cuidado con no confundir los antifaces! La papeleta que no se arrugue. Un puñado de estampas, este año del rostro de la Virgen, y otro de caramelos. En casa las medallas se reparten según la oscuridad del cordón, la más gastada es la del abuelo. Alfileres al bolsillo, que nunca se sabe lo que puede pasar. Es día de nervios.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, porque las fachadas de la calle Castilla lucen tapizadas de colgaduras color sangre. Un mar de capas blancas ya inunda las arterias del barrio. Todas en la misma dirección, camino del templo por el trayecto más corto. Unos avanzan solos, otros lo hacen de la mano, y también los hay que titubean desordenadamente jugando con la varita que les prestó su Hermandad. Alguna que otra estampa, y caramelo, se pierde entre esos aledaños.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, que desde el Altozano vienen regueros de ver como la Esperanza se recogía. Refleja el sol en el metal de los instrumentos, mientras las aceras se llenan de público. La fachada resplandece. Al fondo, de donde bajan aires aljarafeños, un puñado de coloridos globos desafía las leyes de la gravedad.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, lo veo en la larga fila de capirotes que aguarda revisión del diputado. Dentro los primeros besos y abrazos. A mirar el listado. En uno o dos años cambiamos de tramo. Los mayores dan pellizcos en la cara en señal de afecto, mientras los pequeños, impacientes, coquetean con sus canastillas. Hay ejércitos de cirios en cada esquina. Impaciencia.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡qué bonita está la Virgen! Primero nos hacemos la foto con el Cristo, que sino luego no se puede. ¡Cómo impone con potencias y corona! De pronto el hermano al que estabas buscando, tu diputado. Otro año más, aquí estamos. Hay nervios, pero por lo menos esta vez disfrutamos de la tranquilidad de no mirar al cielo. Ya verás el calor que pasamos cruzando el puente. Primeras llamadas, se disgrega el altar de insignias. Si ya te están doliendo los pies, mal asunto pues todavía nos queda un rato.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡qué ya están repartiendo los cirios! No tengas prisa, que hay para todos. Se forman los primeros tramos. En la lejanía del templo, aquel hermano al que hace tiempo que no ves. Hace calor. Fuera se escuchan murmullos, y también a los músicos poniendo a punto sus instrumentos. Rezamos la oración conjunta. Todo está dispuesto.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, que las primeras parejas se sitúan ya junto a la puerta. Rostros que se cubren de manera secuencial. Primeros recuerdos, primeras lágrimas. Últimos abrazos. Una mano se posa en el hombro. De repente un golpe seco da paso a la luz brillante que procede del exterior. Aplausos y cornetería. La cruz de guía, escoltada por dos faroles, traspasa el dintel. Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡ES VIERNES SANTO!

Cachorro_TrianaFoto: El Correo de Andalucía /Pepo Herrera

El hábito nazareno

José Antonio Martín Pereira | 2 de abril de 2020 a las 10:39

Se conoce con el gentilicio de nazarenos a todos los penitentes que forman parte de la estación de penitencia, debido a que es la Hermandad de Jesús Nazareno de Sevilla, el Silencio, la primera que adapta la túnica con reminiscencias medievales que se usaba anteriormente al estilo actual. Dicho estilo será el que posteriormente se exporte a otras muchas localidades.

Vestir la túnica de nazareno por tanto, se envuelve de un rico ceremonial cargado de simbología y cada uno de los elementos que la componen tiene su propio significado.

Si hablamos del capirote, éste era empleado por la Inquisición para que aquellas personas que tenían que cumplir penitencia, sufrieran además de una mortificación física, la vergüenza pública al ser reconocido por todos como pecadores, llevándolo por las calles y plazas que tenía que recorrer, siendo este capirote de gran tamaño y muy vistoso.

También se daba a conocer el pecado que la persona había cometido, a través de un trozo de tela en el que iba escrito y que le colgaba por el pecho y la espalda, llamado sambenito. De ahí proviene el actual escapulario que forma parte de muchas indumentarias.

Otro elemento es el cinturón o fajín de esparto, usado en muchas partes de España para realizar penitencia provocando sufrimiento físico, formado por gruesas cintas o cuerdas de cáñamo o esparto unidas y anudadas a la cintura apretándola moderadamente, vestigio de aquellos hermanos disciplinantes que formaban parte de los cortejos, que con su espalda descubierta se infligían dolor corporal azotándose con flagelos o látigos.

La prenda fundamental de la indumentaria penitencial es la túnica, no siendo ésta más que una sotana que viste al nazareno, al igual que las que llevó Nuestro Señor Jesucristo.

La túnica originariamente estaba realizada con telas de modesta calidad y bajo coste, acentuando así el carácter ascético del ejercicio que se realizaba. Con ella se trataba de hacer a todas las personas iguales por unas horas al año, sin importar su condición social o económica. En un principio eran cortas, no llegaban a cubrir más allá de las rodillas.

Las túnicas tenían una prolongación de tela por su parte posterior conocida por cola, (que simbolizaban nuestros pecados) que se llevaba recogida del brazo y que en momentos concretos del recorrido se dejaba caer al suelo acentuando así el carácter penitencial y de duelo.

Posteriormente por motivos más prácticos se anudará o introducirá por dentro del esparto. También se le daba utilidad como tela empleada para amortajar a los difuntos, siendo enterrado éste con su hábito nazareno, práctica que aún hoy se conserva.

Por su parte el cubrerrostro o morrión cumple la función de mantener el anonimato. Los nazarenos solían realizar su penitencia descalzos, y posteriormente comienzan a usar alpargatas.

Por último, señalar que el atuendo del nazareno no sufre grandes modificaciones, hasta que en 1888 un bordador y dibujante sevillano, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, diseña una revolucionaria túnica para la Hermandad de la Macarena. Los elementos de la túnica se van modificando; los altos capirotes se sustituyen por otros más pequeños, la tela de mala calidad pasa a ser de lana pura de oveja merina, cambiando en algunos casos sus colores por otros más vivos.

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Foto: Hermandad del Dulce Nombre

El númerus clausus no es la solución

José Antonio Martín Pereira | 21 de noviembre de 2017 a las 21:12

Se viene hablando recientemente, más concretamente durante los últimos días, de la imperiosa necesidad por dimensionar la Semana Santa actual conforme a las limitaciones que se deducen de la indivisible conjunción espacio-tiempo.

Nada más lejos, y sea cual sea cada parecer, todos los que nos sentimos integrantes de la misma en mayor o menor medida participamos de esa percepción, admitiendo que el modelo tal y como se concibe actualmente urge de retoques incuestionables. Pero es que además, si es la propia Policía la que recomienda al Consejo adoptar medidas como el númerus clausus para solventar (junto con otro tipo de propuestas) los graves problemas que rodean a la Madrugá, la cosa no sólo se complica sino que requiere de un análisis mucho más profundo.

El tema, como otros muchos de los que rodean a una de las manifestaciones culturales y religiosas más conocidas del mundo como es la Semana Santa de Sevilla, ni es nuevo ni de llevarse a la práctica solucionaría el conjunto que inquietudes que hoy día alteran la celebración. Es más, a la vista de las numerosas de opiniones vertidas al respecto, unas con más acierto que otras, podría inclusive conllevar efectos contraproducentes.

Lo que es irrebatible, como decía anteriormente, es que razones no faltan para tener en cuenta ésta o cualquier otro tipo de alternativa que repercuta en mejoras en la seguridad, pero siempre con matices porque si nos quedamos sólo ahí estaríamos cayendo en un grave error. Sirva como elemento de partida que (aunque se esté llevando especialmente la cuestión para las hermandades de la Madrugá) no todas las cofradías llevan una línea ascendente en cuanto al número de hermanos que componen sus cortejos, como tampoco todas cuentan con un exceso de nazarenos en sus filas en proporción a sus respectivas nóminas, y mucho menos aún si derivamos esa perspectiva desde la óptica de una ciudad que cuenta con aproximadamente 700.000 habitantes (sólo su núcleo, sin contar su área metropolitana).

Llama poderosamente la atención, y no es casualidad, que haya quien secunde esta teoría desde su posición de acomodado de silla en la Campana. Es lógico, hasta el mayor de los capillitas puede aburrirse viendo pasar cortejos con 2000 y 3000 nazarenos. Pero la situación en las calles es otra, amén de los embotellamientos que se forman en lugares de sobra conocidos, permitidos por el uso de las sillitas plegables y otras malas prácticas recientes (ahí es donde verdaderamente habría que actuar), moverse como se ha hecho toda la vida sigue siendo relativamente fácil (sobretodo en ciertas jornadas y en determinadas horas). De modo que aquí lo que sobra es cierto público que no sale a ver cofradías sino a pasar una tarde de camping en el centro de la ciudad y rodeado de pasos.

Dicho esto, se antoja temerario plantear límites sobre el derecho de los hermanos (que recordemos son los que con sus cuotas sustentan a las hermandades y con ello a todo lo que sale de ellas), máxime si destapando la cortina nos asomamos fuera de la ciudad y comprobamos como en muchas otras localidades los cuerpos de nazarenos, los costaleros, las personas que quieren ser miembros de junta y hasta el público escasean de manera preocupante. No es menos cierto, en el polo opuesto, que la Semana Santa de Sevilla está de moda, para lo bueno y para lo malo, y nuestra obligación es la de contribuir de cara al auge en la formación dentro y fuera de las hermandades, para que ésta repercuta en favor de una sociedad en valores. Miremos al pasado, echemos mano a los libros o tiremos de memoria, quizás así aprendamos que para asestarle puñaladas ya vendrán otros.

Los gitanos Sevilla

‘Stop’ Halloween

José Antonio Martín Pereira | 29 de octubre de 2017 a las 10:08

Pasan los años y la irrefutable realidad es que la americanada celebración de Halloween, vulgo noche de los muertos vivientes, sigue acomodándose en las entrañas de nuestra rutina al punto inclusive de haber adelantado por la derecha a la mayor parte de las fiestas de nuestro calendario particular.

Síntoma evidente de las voraces garras de la Globalización, las modas y el consumismo, las mismas cuales vientos huracanados zarandean las ya descosidas raíces culturales que visten nuestro día a día, de igual forma que lo hacen las extraordinarias estanterías de mantecados que aguardan a la entrada de los supermercados a dos meses de la Navidad; o el cada vez mayor apego por la cocina de vanguardia que exponen las sacrílegas cartas de muchos nuestros restaurantes, capaces de destrozar hasta los encantos de la tortilla de patatas o el salmorejo a cambio de un puñado de ingredientes innecesarios y mucho reborde de plato blanco. La estandarización a la que socialmente estamos sometidos no parece tener límites.

Así entró Halloween, arrollando el entorno de nuestra conciencia colectiva tal vez porque no supimos, o simplemente no quisimos detenerlo como fenómeno voraz disfrazado con aires de libertad incontrolada. Puede sin embargo, que su introducción y asimilación únicamente se deba a que los tiempos de manera irremediable cambian, y como tal hay que saber adaptarse y convivir con estas circunstancias. Lo que está claro es que ahora es imposible detener la magnitud que ha alcanzado, al punto que ya cuenta hasta con sus propias vísperas. Surrealista.

Del mismo modo entristece, y mucho, comprobar como las nuevas generaciones ni siquiera tienen la posibilidad de elegir culturalmente hablando, ya que las propias administraciones, en unos casos por odio manifiesto a nuestras tradiciones, en otros por evidentes complejos para plantar cara y defenderlas, y siempre secundadas por los usos y el poder con los que cuentan los medios de comunicación, siembran cada vez con mayor ahínco un campo en favor de otros. Prueba sintomática es el calendario escolar, mediatizado al punto de que los niños entienden como de toda la vida una tradición que por lo menos aquí en España cuenta su profundidad con los dedos de la mano, y sin embargo toman con naturalidad que elementos propios de nuestra cultura sean silenciados e incluso prohibidos en favor de no se sabe muy bien qué.

Es absurdo pensar que las costumbres constituyen la idiosincrasia solo para un pueblo carca y manido, como lo es la insistencia de transformar el recuerdo de los que no están por un escenario virtual representado en la calle, el trabajo o en locales de fiesta, en el que los disfraces de brujas, diablesas, esqueletos y chamanes sajones, y el acopio calabazas huecas iluminadas con una vela dentro absorban totalmente la independencia que hemos adquirido como sociedad. No nos vendría mal hacer un poco de ejercicio de conciencia para intentar cambiar de tendencia.calabaza_de_halloween-540x405.

¿Qué hacer?

José Antonio Martín Pereira | 15 de mayo de 2017 a las 10:23

¿Qué hacer? ¿Cómo proceder? En la última semana dos robos en sendas hermandades han sacudido la actualidad cofradiera, poniendo de nuevo en relieve la difícil tesitura a la que se enfrenta el patrimonio religioso a diario. Si bien el pasado domingo día 7 era la hermandad Sacramental de Umbrete la que denunciaba el robo de una parte importante del ajuar del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz y María Santísima de los Dolores, el miércoles fue la hermandad de la Resurrección de la capital la que a través de los miembros de su junta de gobierno hacía lo propio en relación al robo de varias de las joyas que la Virgen de la Aurora portaba en ese momento en su capilla.

El problema se agrava si hacemos un repaso por la hemeroteca. Es fácil seguir sumando ejemplos, como los que tienen que ver con las cofradías del Transporte o la Cena de Jerez de la Frontera, o el conocido también que afectó a la corporación de la Soledad de Parla (Madrid), todos ellos acontecidos en lo que va de 2017. El tema en sí causa revuelo, pero como azucarillo se diluye al paso de los días sin que se atisben vías posibles de solución común. Es más, son muchas las ocasiones en que las sustracciones ni siquiera alcanzan a la opinión pública, generalmente porque o bien afectan a parroquias pequeñas, o simplemente porque el valor de lo que desaparece no alcanza la cuantía suficiente para hacer saltar las alarmas.

Lo cierto es que, en definitiva, la economía marca el discurrir para todos, y cuando decimos para todos aquí se engloban por supuesto hermandades e Iglesia, perjudicadas por este mal silencioso y en su mayoría con escasos recursos para intentar ponerle freno. En este sentido, a nadie se le ocurriría pensar en un museo cualquiera sin sus correspondientes medidas de seguridad y vigilancia, sin embargo a todos nos extraña encontrarnos con una cámara en alguna esquina superior de un determinado templo. La comparación es más curiosa si nos atenemos al valor patrimonial que generalmente custodian los templos, superior al de muchos museos en innumerables ocasiones.

Difícil encrucijada entonces teniendo en cuenta la innegable dificultad que ya se le plantea a la Iglesia, y dentro de la iglesia a las propias corporaciones, en aquello referente al mantenimiento y conservación de su patrimonio sin descuidar la incansable labor asistencial de la que dependen un sinfín de instituciones y personas cada día. Entre tanto imploramos para que este tipo de acciones no se conviertan en recurrentes, no estaría de más aunar criterios que planteen al menos alguna que otra alternativa para la resolución de un dilema que en cierta medida nos afecta a todos. La cuestión inicial sigue pendiente.

 

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Iglesia de Santa Marina. Foto: Diario de Sevilla

Bofetada a la Historia de las cofradías de Sevilla

José Antonio Martín Pereira | 29 de febrero de 2016 a las 11:18

El pasado viernes muchos sevillanos se manifestaban a las puertas del Consistorio, como respuesta a una convocatoria espontánea y en un alarde de identidad ante las amenazas de la extrema izquierda con representación política en el Ayuntamiento de Sevilla (Participa Sevilla, marca blanca de Podemos, e Izquierda Unida), tras conocerse que llevarían al pleno ocho medidas para una supuesta laicidad. Un alarde de fuerza y contundencia que sin embargo no tiene que quedar ahí, porque como bien sabemos el enemigo de las propias cofradías, de la propia Semana Santa y de los propios católicos no está fuera, sino muy adentro.

Hablamos de un fenómeno que experimenta sus orígenes a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, pero que en los últimos años se ha desmadrado especialmente durante el transcurso de los últimos fines de semana de Cuaresma. Se trata de las asociaciones cofrades civiles, que tienen hasta su particular órgano de unión, la Federación de Asociaciones Cofrades de Sevilla (FECO), y que en las últimas semanas de Cuaresma proliferan cual hongos especialmente por los barrios del extrarradio de Sevilla, si bien también las hay que utilizan las calles del centro de la ciudad para sus exposiciones públicas de lo que quiera que sea lo que hacen. Todas tienen en común el dar rienda suelta a sus intenciones fuera del amparo de la autoridad eclesiástica.

Ya en su día, allá por el año 2012, el Vicario de la Archidiócesis, Teodoro León, con buen criterio dirigió una carta a parroquias y Hermandades y Cofradías, instando a que no acoger a las este tipo de cofradías civiles, urgiendo a buscar una real inserción eclesial, y abriendo el debate sobre la conveniencia o no de estas asociaciones de fieles o cofrades de procesionar al margen de la Iglesia.

No obstante, lo que parece evidente es que no se ha hecho lo suficiente y estas salidas lejos de agotarse cada vez extienden con mayor énfasis un modelo que no representa el concepto con el que a partir del siglo XVI, como culminación de un proceso que trasladó la contemplación de Jesús desde su divinidad hasta el sufrimiento, germinó hasta evolucionar en la Semana Santa que hoy conocemos. Como defensa, sus participantes se escudan en el desarrollo de una supuesta labor social que se puede hacer de mil medios, pero no a cambio de abofetear la Historia (en negrita y con mayúscula), la dignidad y el esfuerzo que durante siglos han llevado a cabo las cofradías en Sevilla. En el fondo, lo que da que pensar es que son gente que evita la integración en los colectivos ya existentes, para saciar su ansia de protagonismo alrededor de algo, y aún a costa de que ése algo perjudique a la imagen de la ciudad y a su patrimonio cultural y sentimental.

Nos debe incluso dar que pensar la facilidad que poseen un grupo de chavales (y no tan chavales) para congregar nada menos que dos cuadrillas de costaleros, mientras que durante la celebración de cualquier quinario en hermandades de más de 2000 hermanos, salvo en las Funciones Principales de Instituto, se cuentan los asistentes por unas cuantas decenas. Y peor aún, debe asustarnos la habilidad con la que contratan una banda, reclaman la atención del friki de turno para que les mueva las redes sociales, consiguen los permisos del CECOP, y hasta les abren las puertas del convento las Hermanas de la Cruz. En consecuencia, salta a la vista el papel de costaleros y bandas de música como principal reclamo de esta tipología eventos.

Lo de ayer domingo, con las calles del centro abarrotadas por las buenas condiciones meteorológicas y por la jornada festiva, celebrábamos el Día de Andalucía, se hace complicado de calificar. Conste que no pensaba ilustrar con ninguna imagen, pero es que a veces sólo con ver un ejemplo es suficiente. Todo lo que se diga, sobra.

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CcU-4YNXIAAT5QO_002Fotos: Antonio Casado

La Semana Santa se vende sola

José Antonio Martín Pereira | 23 de febrero de 2016 a las 10:52

Tal vez últimamente la proliferación de malas hierbas nos impidan alcanzar el frondoso bosque. Ocurre entre los medios de difusión cofrade y las principales corrientes de opinión que se ha instaurado una negatividad producto de las prácticas observadas, en respuesta al reflejo de pautas de comportamiento generalizadas dentro del contexto actual.

Acudiendo a la Resolución de 4 de noviembre de 2015, de la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas, por la que se incoa expediente de declaración de la Semana Santa como manifestación representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, encontramos sin embargo aspectos muy interesantes que reflejan en cierto grado el valor o el potencial que adquiere la Semana Santa como celebración socio-religiosa y cultural.

«Desde época medieval, las celebraciones de Semana Santa han funcionado como formas de expresión de la religiosidad popular y como referentes identitarios, no sólo para el mundo católico, sino también para gran parte del conjunto de la población y para las comunidades implicadas, que han convertido a la Semana Santa en un fenómeno plural en el que participan todos los géneros y capas sociales, en muchos casos al margen de la práctica religiosa.

Por otro lado, los aspectos materiales de las celebraciones de Semana Santa (pasos, imaginería, textiles y objetos relacionados) son en muchos casos de un gran valor simbólico y artístico, por lo que forman parte del Patrimonio Histórico español. Dado que generalmente están estrechamente vinculados a oficios tradicionales y talleres artesanos, merecen el reconocimiento y valorización social e institucional. Además, forman parte del patrimonio relacionado con la Semana Santa aspectos como el extenso vocabulario, la música y la gastronomía.

Hay que tener también en cuenta que la Semana Santa en España, como fenómeno plural, tiene una gran proyección internacional, en especial para Latinoamérica, no sólo como referente religioso, sino también como referencia social e identitaria».

Con ello no es de extrañar que surjan iniciativas tal cual la de la productora audiovisual Kreativa Visual, como respuesta al «respeto por el pasado y en ese cuidado por una tradición que hace falta ver, oír, oler y sentir varias veces para llegar a entenderla con el corazón». Una reproducción en la que se exponen algunos de los componentes que hacen de la Semana Santa de Sevilla un acontecimiento que por ser único se vende a sí mismo, atrayendo a miles de visitantes cada año.

Fuente del vídeo: Kreativa Visual

Religión al rincón

José Antonio Martín Pereira | 23 de octubre de 2015 a las 12:04

En pleno inicio de la carrera electoral, los diferentes partidos definen su estrategia de cara a las elecciones generales de finales de año; y poco a poco exponen públicamente sus argumentos, con mayor o menor acierto porque la política, al menos la que se revela en España, carece hoy en día del principio básico que no es otro que la confianza de un electorado al que visto lo visto le pueden el desgano y la apatía ante los escándalos que salpican a sus dirigentes(pero ése es otro tema).

A esta circunstancia se suma el todo vale con el que la política actual sienta sus bases en nuestro país, donde se huye de formalismos y de los viejos usos, en un cambio de modelo que busca atraer a esos ciudadanos no convencidos pero, sobretodo, a los medios de comunicación. De esta manera se logra captar a votantes ajenos a una determinada ideología pero a los que, de alguna manera, le llaman la atención las nuevas formas de utopía sembradas.

Y luego están los que pretenden coartar la libertad atacando siempre por la misma vía. En esta perspectiva encajaría el borrador del programa electoral del PSOE, titulado «Un proyecto de país: conocimiento, crecimiento y cohesión. El cambio que une», que contiene alrededor de 1.200 medidas recopiladas en 258 páginas y que está dando mucho que hablar no precisamente por sus pautas de progreso social, sino más bien por todo lo contrario.

En este sentido el documento plantea un amplio número de iniciativas donde destacan diversas propuestas orientadas a derogar medidas aprobadas por el Gobierno del PP en esta última legislatura, como la reforma laboral, la ley educativa o la de seguridad ciudadana, circunstancia lógica en un país de vaivenes como es éste; pero también pretende intervenir sobre el ámbito de la libertad privada en lo que a la religión se refiere.

De este modo, recoge el borrador de dicho programa para las generales intervenciones como las siguientes:

- Suprimir de la escuela pública la enseñanza de la asignatura de religión. Supresión de la religión del currículum y horario escolar. Los colegios concertados y privados que quieran dar religión tendrán que hacerlo, por tanto, en horario extraescolar.
– Revisar el Concordato con la Santa Sede y retirar los símbolos religiosos de los edificios de carácter público, salvo que sean elementos estéticos o artísticos o estén en espacios de culto.
– Reclamar la titularidad del dominio o de otros derechos sobre los bienes que desde 1998 han sido inmatriculados a favor de la Iglesia Católica si este proceso se produjo sin la existencia de un título material y previo que justificase su titularidad.
– Transformar los lugares de culto en los centros públicos de internamiento como prisiones y hospitales en lugares de oración multiconfesionales y garantizarles la asistencia religiosa que soliciten.

En resumidas cuentas, resulta significativo como el partido que se erige en el garante de las libertades, con el señor Sánchez a la cabeza, tal vez dentro de una estrategia para apartar un discurso o un ideario que no atraen, lo que pretenden es intervenir en un estado laico coartando la libertad privada, prohibiendo lo que no prohíbe la Constitución.

Es curioso pero sólo hace falta tomar como botón de muestra los menús de los comedores en los colegios públicos para conocer cuál es el procedimiento con los alumnos musulmanes. Es decir, el laicismo impuesto por unos y consentido por otros mira siempre al mismo lado, y mientras entre unos y otros siguen empujando a la religión al rincón la comunidad cristiana calla y otorga. Así nos va.