Herencia

Alfonso Crespo | 19 de octubre de 2014 a las 17:05

 

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La cinefilia, se sabe y se ha escrito, tiene que ver con la transmisión, con la filiación. Así lo sintieron los modernos, que buscaban padres putativos entre las sombras, y añadían bellas metáforas a los argumentos sobre orfandades. Es una historia más o menos secreta, masculina, de padres e hijos, donde las mujeres aguardan para denunciar, velar, imponer la ley y recomponer el hogar. El niño, como acertó a ver la Duras en el final de La noche del cazador, termina por comprender que el padre no es sólo un asesino.

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Es decir, que también puede ser quien dona una herencia y permite una iniciación, por dolorosa que sea; quien, en definitiva, salva una vida. Estas películas hablan de que el cine fue (¿es?) un legado en el margen, fuera de la sociedad (que siempre espera abajo, entre la turba y los medios de comunicación), un contrabando primordial. En los tejados oscuros, o en los sótanos, se sella un pacto hecho a espaldas de la realidad, misterioso pero también vergonzoso.

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-The Night of the Hunter (Charles Laughton, 1955).

-Stranger on the Prowl (Joseph Losey, 1952).

-SCHEFER, J. L.: L’homme ordinaire du cinéma. Cahiers du cinéma / Gallimard, 1980, pág. 196.

Única luz

Alfonso Crespo | 23 de septiembre de 2014 a las 12:46

 

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-Feng Ai [‘Til Madness Do Us Part] (Wang Bing, 2013).

-Die eine Orange war das einzige Licht (Egon Schiele, 1911).

 

Gottfried (1942-2014)

Alfonso Crespo | 8 de septiembre de 2014 a las 16:49

 

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-Berlin Alexanderplatz (R. W. Fassbinder, 1980).

Adolescencia

Alfonso Crespo | 7 de agosto de 2014 a las 9:14

 

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Una chica quema la panadería familiar y sale al exterior, rumbo a la fiesta que las obligaciones le habían alejado. Allí estaría todo el mundo, también el joven apático, nietzscheano y mentiroso con el que ha descubierto el deseo. Travolta et moi trata de un cambio imperceptible, uno que se produce en el interior y que sólo se deja ver tarde y tergiversado por lo externo, es decir, en tanto que rozamiento con los otros, con las distintas decantaciones de lo social. El reto, entonces, fue hacer una película sobre ese momento crucial, no sobre un tema, aprovechar que ese “invisible que se hace visible” emparentaba íntimamente la vida y la tarea del cine, experiencias del tiempo que nunca son del todo fáciles de identificar e interpretar. Cuando en pleno delirio Christine sale de la panadería se produce una inesperada explosión que nos sobrecoge, una intensificación de lo real que desvanece en buena medida toda la simbología aplicable al fuego (años después, con menos garra, Claire Simon intentaría algo parecido en Ça brûle) que pudiera nombrar, desde la antropología y el imaginario, eso que estamos viendo. Hay aquí una maravillosa crueldad –la inclinación que sin duda más han compartido los grandes cineastas– que Patricia Mazuy saca a relucir para, muy bazinianamente, mostrar las entrañas del momento adolescente: la emergencia de lo siniestro, de un peligro de muerte, nos hace bascular entre el pensamiento por el personaje y por la actriz que lo encarna; sentimos más allá de las palabras el estatuto doble que desde esa tierna edad todos intentamos gestionar lo mejor que podemos y sabemos.

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-Travolta et moi (Patricia Mazuy, 1994).