En ocasiones, veo muertos

Alfonso Crespo | 27 de junio de 2012 a las 15:58

Por su funcionamiento más íntimo y primero, en el cinematógrafo siempre se trató de una tensión entre lo fijo y lo móvil, entre la parada, el instante, y el misterioso animismo que le insufla vida a lo quieto. Teóricos como Bellour o Mulvey han explorado esta cuestión ontológica, escrutando el camino que va de Muybridge o Marey a los Lumière (ahí donde, según Godard, hay que regresar para repensar el cine), y advirtiendo que esa tensión originaria entre lo fotográfico y lo cinemático no sólo nutre el vasto y multiforme campo del ensayismo o el avant-garde, sino que también puede rastrearse en el cine de ficción. Habría entonces que mirar de otra manera a la historia del cine, quizás de esa manera que la cinefilia, extraña raza, lleva muchos años haciendo, atendiendo a la sincera y profunda empatía –nada que ver con la siempre dudosa proyección afectiva en los actores– que puede establecerse entre el espectador y un personaje, entre sus cuerpos y sus psiques, cuando la película, claro está, es ya mucho más que una historia, puede que una insólita y contradictoria dimensión entre la materia y el espíritu. Sí, hay que delirar un poco, trascender la idea de manierismo, autorreflexividad y cine-dentro-del-cine, y seguir de cerca a esos hombres y mujeres a los que se les revela algo, y quisieran parar, salir del engranaje, de las ruedas, del bucle zootrópico, aunque con ello desvelen sutilmente la naturaleza del artificio.

 

Placer del analista, para ellos la parada, no obstante, sería el fin, el fotograma encallado que arde, y sabemos que sus deseos de cambio y el estatuto liminar del que hacen gala obedecen a las líneas del guión. ¿Pero acaso no notan su angustia, un tormento ahogado por el insensible funcionamiento del proyector, por las ruedas del tren que llega a la ciudad?

1. L’ angelo bianco (Raffaello Matarazzo, 1955).

2. Murder is my beat (Edgar G. Ulmer, 1955).


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