Juif

Alfonso Crespo | 12 de noviembre de 2012 a las 15:45

 

“Es aquel, aquel mismo, que fue maldecido con las maldiciones del cielo, maldecido con las maldiciones de la tierra, maldecido con las maldiciones del abismo.

Es aquel por quien la maldición descendió hasta el centro del globo, para encender allí la cólera que debía dormir hasta el Día del gran Juicio.

Es aquel que fue maldecido por los clamores del Pobre, más terribles que el rugido de los volcanes.

Es aquel de quien los cuervos de los torrentes han dicho a los guijarros que ruedan en el fondo de los ríos, que fue maldecido por todos los soplos que pasan sobre los campos en flor…

Fue maldecido por la blanca espuma de las olas que bate la tempestad, por la serenidad del cielo azul, por la Dulzura y el Esplendor, por el humo que se eleva de las chozas a la hora de la comida de los seres humildes…

Y como si todo esto no bastara, fue maldecido, en su infame corazón por AQUEL que tiene necesidad, que tiene eternamente necesidad, y a quien jamás socorrió.

Acaso se llama Judas, pero los Serafines, que son los más altos Ángeles, no podrían pronunciar su nombre.

Tiene el aire de marchar en medio de una columna de bronce.

Nada lo salvará. Ni las súplicas de María, ni los brazos en cruz de todos los Mártires, ni las alas desplegadas de los Querubines y de los Espíritus Bienaventurados…”

 

-Bruxelles-Transit (Samy Szlingerbaum, 1982).

-La salvación por los judíos (Léon Bloy, 1892).


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