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Actrices

Alfonso Crespo | 26 de julio de 2012 a las 19:35

 

Bangiku (Mikio Naruse, 1954).

Femmes, femmes (Paul Vecchiali, 1974).

 

Rápido/lento. En la encrucijada

Alfonso Crespo | 14 de junio de 2012 a las 10:34

Siempre se asoció el cine de Naruse al retrato de mujeres sacrificadas. Hay, sin embargo, muchos tipos de mujeres en su cine. El tema, más bien, sería el de la representación al que se acogen mujeres y hombres, y los motivos de sus elecciones de distintas máscaras. Pocos cineastas han filmado tantas veces a los actores y a las audiencias, tradicionales o modernas, de teatro, cine o espectáculos callejeros. Hay algo en él de materialista, de cineasta pendiente de los procesos que el medio pone en funcionamiento, de la fascinación que involucra y de las tensiones que establece con el mundo real. En el Naruse más famoso, el de los años cincuenta, todas estas fricciones están ya tan sutilmente estilizadas que pasan por las bondades de un cineasta del realismo y la transparencia (es lo que provoca la inefabilidad de por ejemplo Meshi, Tsuma, Bangiku, Nagareru o Anzukko). Hay, sin embargo, en los años treinta una película que deja entrever el camino que el cineasta iría desbrozando con los años, al tiempo que explicita ese componente de fenomenología cinematográfica.

En la agridulce Ashita no namikimichi (Morning’s Tree-lined Street, 1936) evolucionamos junto a Chiyo (Sachiko Chiba), chica de pueblo llegada a la gran ciudad, donde termina de camarera. A su bar acude el oficinista Ogawa (Heihachirô Ôkawa), popular entre sus compañeras, quien parece interesado en Chiyo. Al final de la película, tras una noche en que ha bebido más de la cuenta precisamente acompañando al cliente, Chiyo tiene un sueño, uno que remite al propio legado de Naruse, sobre todo el de la etapa muda (pero no sólo a ella), al melodrama sensacionalista de carreras, persecuciones, atropellos, robos y suicidios dobles. Se debe filmar rápido:

 

 

Y los sentimientos y la psicología deben asomar en las líneas de diálogo:

 

 

A la mañana siguiente, Chiyo se entera de que Ogawa va a ser transferido a otra parte del país. Éste se presenta en la puerta del bar, donde tiene lugar la despedida. Se debe filmar lento,

 

 

ya que el quid de la cuestión está en la dialéctica entre lo que la cámara registra en los rostros y lo que los personajes se dicen, entre la dinámica del plano/contraplano y las frases de cortesía y lo que muestran unos ojos que atraviesan esa gramática. El cine se suspende como lenguaje y recupera su condición de crisol de tiempo donde el presente es una superficie porosa en la que se filtran memoria, deseo, potencia de transformación.

 

 

Quizás Chiyo, en esa realidad diurna, se habría suicidado junto a Ogawa si se lo hubiera pedido, pero éste sólo acierta a darle un papel con su dirección, para que le escriba; nadie tiene muy claro qué es lo que quiere en la vida, y ésta fluye. ¿Qué esconde su sonrisa, entre la corriente del río y el cielo? A Chiyo la imaginamos yendo mucho al cine.