Archivos para el tag ‘cine británico’

This is England. Tait

Alfonso Crespo | 5 de agosto de 2012 a las 11:52

 

La escocesa Margaret Tait es uno de los eslabones perdidos del cine británico que podrían explicarlo todo. Con ella sería factible llegar de Humphrey Jennings a Guy Sherwin, Ben Rivers y Tacita Dean, o de Michael Powell a Terence Davies y Bill Douglas. De su formación en la Roma de la eclosión neorrealista le quedó la enseñanza de que era esencial aprender a mirar, sobre todo allí donde estamos seguros de todo, donde estamos acostumbrados a vivir. También la humildad a partir de la cual el cine puede registrar la naturaleza y sus ritmos y hasta vincularse con ellos. Esto deparó un cine del detalle, del retrato, lírico, melancólico, no muy lejos de Jonas Mekas: Portrait of Ga, Where I am is here, Hugh MacDiarmid, Place of work.

 

A principios de los noventa, Tait rodó su único largometraje de ficción, Blue black permanent. Y allí la mirada se presentaba decantada y pura pero sin dejar de ser tremendamente sencilla. Especie de autobiografía abstracta y en abismo, en ella no sobra nada, y cada plano es el efecto de una concentración de sentido; cada encuadre celebra el suplemento que pone a la realidad rumbo a la alegoría.

Aquí Tait hasta rueda una pesadilla, cerrando el círculo de su obra como no podía ser de otro modo, celebrando el revés fantasmagórico del entramado cinematográfico.

-Portrait of Ga (Margaret Tait, 1955).

-Blue black permanent (Margaret Tait, 1992).

This is England. Rivers

Alfonso Crespo | 10 de julio de 2012 a las 11:38

 

En Rivers se trata de un mundo en trance de desaparecer o de renacer. Cine de residuos, de trazos, de huellas, de plásticos retorcidos, pero también de paisajes rebeldes y sublimes, de nuevas texturas y colores. Y allí la presencia humana está comprometida, representada a su vez por últimos testigos, laboriosos ermitaños, o nuevas formaciones, la descendencia de una tribu postapocalíptica que reinventa el ciclo humano y pisa con orgullo la tierra devastada que terminará por consumirla. Como todo cine que descansa en la virtualidad de las imágenes cinematográficas y sus transiciones una vez esfumados los asideros gramaticales, aquí se invoca y hasta se fabrica una determinada pureza de lo visual y sonoro, lo que depara un exceso de materia fílmica que tiene como principal consecuencia el aplazamiento del cierre simbólico. Rivers filma la cotidianidad de manera que resulte fantástica, y lo fantástico para que pase como ordinario. Las metáforas cuelgan suspendidas entre la ambigüedad y la incredulidad.

 

The coming race (Ben Rivers, 2005).

Jeder für sich und Gott gegen alle (Werner Herzog, 1974).

This is England. Welsby

Alfonso Crespo | 4 de julio de 2012 a las 12:14

 

Una plausible historia del rigor cinematográfico británico tendría que contar con Chris Welsby, uno entre muchos a la hora de dar pistas para desterrar las fatídicas categorías de “realismo”, “verosimilitud” o “cine social” en las que se suelen ahogar las reflexiones sobre el audiovisual de las islas. Y eso porque el cine, en el rozamiento de presencias y ausencias, establece siempre un conflicto entre real e imaginario; uno, no debe olvidarse, servido por máquinas. En la serie Windmill (1973-74), Welsby pone en escena y desvela el proceso cinematográfico concitando el otro par conceptual que abre en él la posibilidad de lo artístico –el de premeditación/azar–, para lo que añade un nuevo y artesanal objeto dentro del clásico entramado tecnológico: se trata de un molinillo de aspas reflectantes colocado entre la cámara y el paisaje, un parque.

Un molino a modo de obturador-espejo que es movido por el viento, que sopla donde quiere, y que revela, en palpitante amalgama, el triple espacio que se juega en todo encuentro cinematográfico: el de lo real tras los mecanismos,

 

el de la trastienda técnica (la bella y siniestra espalda del cine),

y el del delirio plástico e imaginario, fantasmagórico y simbólico.

Welsby, que tiene algo de romántico en su pretensión de rimar el rigor del ritmo cinematográfico con el propio y misterioso de la naturaleza, termina autorretratado por su criatura, un destello lógico dentro de la tradición de desvelamiento propia del cine estructuralista, pero que también lo emparenta con los grandes cineastas del yo que han vivido y viven por allí (Davies, Douglas, Tait, Smith, Burgan…).