Archivos para el tag ‘john ford’

Take Shelter (II)

Alfonso Crespo | 9 de junio de 2013 a las 12:17

 

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-Duo Sang [A borrowed Life] (Wu Nien-Jen, 1994).

-Agatha et les lectures illimitées (Marguerite Duras, 1979).

-The quiet Man (John Ford, 1952).

-La vie comme ça (Jean-Claude Brisseau, 1978).

-Man on the flying Trapece (Clyde Bruckman, 1935).

-Adhémar ou le jouet de la fatalité (Fernandel, 1951).

-Tsuma to shite onna to shite [Poignant Story] (Mikio Naruse, 1961).

Animismo

Alfonso Crespo | 20 de noviembre de 2012 a las 9:47

 

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-The Wings of Eagles (John Ford, 1957).

-How green was my Valley (John Ford, 1941).

Ilusiones

Alfonso Crespo | 23 de septiembre de 2012 a las 19:04

 

“Entonces, tanto los alcohólicos como los criminales son, por razones muy diferentes, comunidades. Es por eso que se entienden. Y es por eso que no pueden hacerse ilusiones sobre sí mismos. Se hacen los listos, pero no se hacen ilusiones sobre sí mismos. Saben algo, saben algo muy profundo. London, cada vez más inspirado, decía: «El alcohol es la razón pura» (risas). Es sublime como fórmula. El alcohol es la razón pura, es decir lo contrario del sueño, lo contrario de la imaginación. Todo esto está en un libro muy bello de London donde encontramos lo peor y lo mejor. Lo mejor es cuando habla de lo que es el alcohol. Se llama El cabaret de la última oportunidad. Era su manifiesto contra el alcohol y tuvo una enorme importancia en los Estados Unidos. Tanto el crimen como el alcohol son comunidades que, según los americanos, podemos llamar «patógenas» puesto que ya no pueden hacerse ilusiones acerca de sí mismas. Vuelvo entonces a mi tema. Puedo muy bien decir que una comunidad es sana desde el momento en que todavía puede hacerse ilusiones acerca de sí misma. Ustedes pueden decir que es falso, que no es verdad, pero lo que intento es reconstituir el pensamiento americano del sueño americano. Haga lo que haga, una comunidad es sana, es fundamentalmente buena y liberal cuando todavía puede hacerse ilusiones acerca de sí misma.

 

De acuerdo, entonces, el sueño americano no era más que un sueño. Pero es por eso que es potente. De allí las fórmulas de Ford: «Yo creo en el sueño americano». No quiere decir en absoluto que el sueño americano es una realidad, sino exactamente lo contrario. Cree en la eficacia del sueño americano en tanto que sueño. Es decir, cree que son todavía una comunidad capaz de hacerse ilusiones sobre sí misma. Y que por eso mismo hay algo bueno en esa nación. Pero no duró. Ya no pueden hacerse tantas ilusiones. Pasaron a un estado mucho más semejante al de la vieja Europa, que desde hacía un largo tiempo ya no podía hacerse ilusiones sobre sí misma. Nosotros éramos especialistas, éramos realmente la civilización de los alcohólicos perfectos. La ilusión no era nuestro fuerte”.

 

-Gilles Deleuze, 25 de enero de 1983. En DELEUZE, Gilles: Cine II. Los signos del movimiento y del tiempo. Cactus, Buenos Aires, 2011.

-On the Bowery (Lionel Rogosin, 1956).

El chasquido

Alfonso Crespo | 20 de junio de 2012 a las 14:52

Todo pasmosamente natural y sencillo: ejecutan, en off por supuesto, a la práctica totalidad de los acusados por el asesinato de Abraham Lincoln. Hemos visto ya sus caras, en la secuencia del juicio –farsa a la que llegaban, en una imagen difícil de olvidar, con un saco en la cabeza–.

Los rostros fueron expuestos a la luz con violencia.

Sin piedad para los hombres,

y con una mayor e improductiva lentitud en el caso de la única mujer condenada.

Ahora los matan frente al público que había reclamado con algarabía el ojo por ojo para los condenados de antemano. Entre la audiencia sólo la mujer del Dr. Mudd no puede reprimir la ansiedad y la angustia, que seguirán incluso cuando comprenda que su marido no se encuentra entre los que van a ser ejecutados, y será la única que esconda la mirada.

Ford toma esos rostros, expectantes, tensionados por la pulsión de querer ver lo intolerable,

y registra la mueca de desagrado que se dibuja en ellos ante la caída de los cuerpos.

Hay una corporalidad última que vincula a todos los humanos, un reflejo innato frente a la violencia desmedida que quiebra antinaturalmente una vida. Es una de las múltiples secuencias que, en poco más de media hora, hacen de The prisioner of Shark Island (El prisionero del odio, 1936) un filme imprescindible. Ahí donde cualquier realizador hubiera intentado subrayar su postura frente a la condena a pena de muerte y posterior ejecución de los prisioneros, es donde triunfa Ford apostando por un trabajo minucioso de puesta en escena que intenta acercarse, con cuidado, a la revelación de un sentido que se aleja del vulgar patrimonio de “un señor que opina”, por acertado que esté. Es el cine narrativo como arte. Hollywood y John Ford.

"Well, I guess the show is over".