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Un niño

Alfonso Crespo | 28 de noviembre de 2012 a las 16:19

 

 

-Love Streams (John Cassavetes, 1984).

-Cités de la plaine (Robert Kramer, 2001).

-Le garçu (Maurice Pialat, 1995).

Salir del plano

Alfonso Crespo | 13 de julio de 2012 a las 15:17

Las filmografías suelen leerse interesadamente como reunión de hitos en la consecución de un estilo reconocible o cuenta de ensayos discordantes. En la de Kiarostami, Gozaresh (El informe, 1977) pasaría un poco como una de esas películas que dejan intuir una senda, aquí en relación además con el nuevo cine de Irán, que luego no se llegaría a pisar. Lógico, podría pensarse, pues se trata de su película más prohibida, la disección de una crisis matrimonial que depara una crónica desapasionada y oscura de la vida en el Irán prerrevolucionario, que no vieron con buenos ojos ni las autoridades del shah primero ni las islamistas después. Gozaresh, que a un europeo le suena a Bergman o Fassbinder por su aspereza y asfixiantes entramados geométricos, no nos resulta sin embargo tan ajena al cine más reconocible de Kiarostami, por su eco autobiográfico y espesor caligráfico, por su consideración del plano como una unidad que puede tanto regocijarse en su autonomía y quebrar el ritmo como buscar su lugar metonímico y metafórico en el conjunto de la narración.

En Gozaresh no es fácil salir y entrar de los planos. Casi siempre umbrales, puertas y escaleras vigilan las entradas y salidas. Cuando se entreabren postigos y hojas, además, nos damos de bruces con una superficie plana, sin líneas de fuga.

 

La presión arquitectónica y de mobiliario va in crescendo hasta llegar a la secuencia más famosa del filme, en la que Firuzkui le propina una brutal paliza a su esposa en presencia de la pequeña hija de ambos, que llora desconsoladamente en una posición de testigo inmóvil que subraya el estatus de la propia mirada del espectador. Se trata de un plano esencialmente kiarostamiano en el que el off sonoro –el lamento de la pequeña Behnush encabalgado en el ruido de golpes y gritos– abre perspectivas en una toma de escasa visibilidad y la colorea dramáticamente.

Pero, sin embargo, la mayor agresión para el espectador de Gozaresh está justo antes del colofón de la trifulca, en el momento en el que Azam, la esposa, intenta abandonar la casa con su maleta y su hija, y pertenece al orden de la mostración. Kiarostami, que ya era y luego sería aún más famoso por hacer de los niños el centro de su poética, recurre a Behnush como tema de guión –mercancía en el chantaje emocional entre esposos– y cuerpo en-medio. Y cuando Azam, que incluso está dispuesta a dejar a la pequeña con Firuzkui con tal de salir del apartamento, se sienta derrotada ante el poderío físico y la enajenación de su marido y recule, será para salir del plano, de ese plano de los impedimentos, con similar violencia, llevándose a su propia hija por delante, golpeándola con una maleta que es frágil indicio de otra vida posible que no tendrá lugar.

Premeditado o no, el azar intensifica un gesto que es casual, simbólico y mitológico a partes iguales. Ahora el europeo piensa en Pialat (Le garçu) o Cassavetes (Love streams), en las mujeres de Irán, antes y después de la revolución, en por qué hay películas que se ven (Nader y Simin: una separación) y otras no.