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Ojo/mano: la Era Glacial

Alfonso Crespo | 6 de diciembre de 2012 a las 17:11

 

No creo que se trate de atacar al ojo, de herirlo. Más bien de celebrar el gozoso descubrimiento de que en el cine, amén de la fuerza horizontal –el carro del que tiran los bueyes de la narración– hay otra que se dirige abiertamente al cuerpo y a la mente del espectador. Es decir, que las imágenes nos miran, y que el cineasta debe aprovecharse de ese rayo. Buñuel y Kluge se percataron de ello al debutar, de manera instintiva, quizás porque llegaron desde fuera y no imaginaban que se quedarían tanto tiempo entre las imágenes. Ambos inciden en el aspecto artesanal del cine, y son éstas algo así como secuencias-molde. El cine puede y debe hacer pensar porque en él encuentran acomodo aquellas antiguas figuras retóricas que se estudiaban en el colegio (la metáfora, la sinécdoque, la metonimia; pero también la aliteración, la anáfora o la epanadiplosis) y que simplemente apuntan a un suplemento, de pensamiento, de poesía. Del ojo a la mano, de Buñuel a Kluge, y de Kluge a Godard, el tercero invisible de este 1+1: 3, para el que el montaje siempre fue una consecuencia de la aventura de “pensar con las manos” y escuchar los latidos de las imágenes.

 

Como advirtiera Agamben a partir de su reflexión sobre las ninfas, las imágenes, valga la redundancia, están creadas a imagen y semejanza del hombre, son su sombra. Lo acompañan y desean y a su vez son deseadas por él, pero sólo adquieren alma cuando se produce un encuentro y el hombre las fecunda. En el caso del cine, este ideal primero y paradisíaco ha sido olvidado, aplastado por tanta obra maestra. Por eso es tan importante repensar las nociones básicas, pues nuestra historia es la de nuestros fantasmas e imágenes, y es en nuestra imaginación donde todo se juega. El cine, como espacio virtual donde los tiempos colisionan, sigue haciendo ruido a lo lejos, agitando su bolsa de canicas, que no son sino huellas, restos de las ansiedades, miedos y alegrías de los hombres que nos precedieron. Como se sabe, nada se pierde nunca del todo, y los fragmentos siguen blandiendo su vigencia entre repeticiones y eternos retornos, persistencias y supervivencias que reaniman la memoria y nos ayudan a entender dónde nos encontramos ahora:

 

-Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929).

-Abschied von Gestern (Alexander Kluge, 1966).

 

 

Profanación

Alfonso Crespo | 28 de julio de 2012 a las 15:05

 

Como toda gran película, Linha vermelha (2012) de José Filipe Costa busca su lugar en la historia del cine. Y quizás éste se encuentre en una constelación no muy lejana a la de Chris Marker, otro cineasta que, desde la serenidad, escrutó las imágenes y sonidos del pasado revolucionario para completar, ampliar y, sobre todo, comentar: es del arte de la paráfrasis del que tocaría hablar. El Medvedkin de Marker en Le tombeau d’Alexandre (1993) es aquí Thomas Harlan, cineasta a contrarreloj, en perpetua alerta e irresuelto combate edípico con Veit, el padre, el realizador nazi de ficción por antonomasia. Al Portugal revolucionario arribaría el alemán, a donde llegaría poco después Robert Kramer –que a su vez quedaría unido a Harlan a partir de Notre nazi (1985)–  para filmar Scenes from the class struggle in Portugal, y allí terminaría dando forma fílmica a la ocupación de una finca ducal en Torre Bela. Al restaurar y revivir ese proceso desde los rescoldos del presente, José Filipe Costa deviene en atemperado analista, parando ese cine que tuvo que calentarse con dramatismo, sopesando los siempre llamativos escrúpulos “de izquierda” ante la sombra de la propaganda, los límites y virtudes del filme militante, y advirtiendo, en este registro histórico con voluntad épica, un valor de presente y futuro. Todo para corroborar los poderes del cine, la intrincada red de realidad y ficción en cada película y la colisión de tiempos que habita en su seno, el peso de los imaginarios, la urgencia por imprimir la leyenda. Ecos hay aquí del último Jordá, el de Veinte años no es nada (2004), de fantasmas renuentes a desaparecer, y de otros sabios maestros que clamaron contra el déficit que suele presentar la buena voluntad, sobre la necesidad de comprender que el régimen económico y social en el que se vive siempre deja huellas en uno mismo (el enemigo íntimo).

 

Viridiana (Luis Buñuel, 1961).

Torre Bela (Thomas Harlan, con la ayuda de Jacques D’Arthuys, Anna Devoto, Luc Mohler, Luisa Orioli, 1975).