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Ausencia

Alfonso Crespo | 1 de agosto de 2012 a las 14:03

 

Proust, al que no interesaban ni fotografía –por lo mórbido de toda parada del tiempo– ni cine –donde veía justo lo contrario, la acumulación vertiginosa de lo nuevo–, es sin embargo una de las fuentes más provechosas para pensar el hecho foto y cinematográfico. Kracauer, por ejemplo, acudió a él para ponerle palabras a uno de los más potentes efectos del cine, el de sorprender la realidad. Así, como Proust, que una vez entró sin ser notado en una habitación donde estaba su abuela y experimentó el dulce vértigo de sentirse testigo de su ausencia (un vislumbre de cómo se comporta el mundo cuando no nos saben presentes, en especial en lo que a los seres queridos se refiere), la máquina cinematográfica, ojo mejorado, mecánico e impasible, podría, aún más fácilmente, registrar esos bellos y raros momentos y servirlos en bandeja al público. Esos besos robados a lo real no han sido casi nunca el objetivo de los realizadores, normalmente absortos en las posibilidades narrativas y espectaculares del medio, y casi no han abandonado las lindes del documental y el cine doméstico (y cuando lo han hecho ha sido sobre todo en clave siniestra, para alimentar el voyeurismo televisivo). Ha habido, no obstante, cineastas que descubrieron una cantera para este tipo de epifanías a la hora de filmar la infancia. Es decir, al “niño cuando era niño”, ese que, en palabras de Peter Handke, “no ponía caras cuando lo fotografiaban”. Estamos en el reverso de aquello que Chris Marker, descanse en paz, denominó como los efectos de “la presión de la cámara”, en el terreno, si acaso, de una conmovedora explotación de la inocencia. La fuerza es innegable, tanto que un cineasta como Víctor Erice reconoce que el mejor plano de su vida es el que robó a las niñas Isabel Tellería y Ana Torrent mientras, boquiabiertas, recorrían con sus ojos el celuloide de Frankenstein.

 

They took us to the sea (John Krish, 1961).

En Babel

Alfonso Crespo | 10 de junio de 2012 a las 11:53

 

 

Para describir a Boris Lehman nada mejor que rescatar la frase con la que Boylesve resumió a un ya decrépito Proust: “Joven, viejo, enfermo, mujer… ¡Extraño personaje!”.