Archivos para el tag ‘robert kramer’

Frauen

Alfonso Crespo | 2 de septiembre de 2013 a las 20:12

 

Ya lo habíamos experimentado ante, por ejemplo, los documentales de Thomas Heise, o aquella aventura de los Junge, Und wenn Sie nicht gestorben sind… die Kinder von Golzow (2006), algo así como una mágica suspensión de la intimidación que la cámara suele provocar en alguien que es entrevistado sobre asuntos muy personales. Winter adé (1988), de Helke Misselwitz, tiene algo de Robert Kramer –Route One USA llegaría un año después–, pues también es este un viaje a los orígenes, igualmente el efecto de atravesar un país, aquí la Alemania Democrática al borde del colapso, y sintonizar con un desaliento que abre lo personal a lo plural. Muchos subrayaron ante esta colección de mujeres que hablan sin tapujos sobre la vida, el amor o el trabajo la prueba de que al otro lado del telón de acero no se había conseguido algo ni remotamente parecido a la igualdad entre sexos. Menos fueron los que atendieron a que sólo en un país con otro sistema de valores en lo que respecta a lo público y lo privado o a lo individual y lo colectivo podía tener lugar esa desarmante franqueza con la que estas mujeres miran y hablan a la cámara, lejos de narcisismos, lejos de exhibicionismos, a la distancia justa.

 

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-Winter adé (Helke Misselwitz, 1988).

 

Un niño

Alfonso Crespo | 28 de noviembre de 2012 a las 16:19

 

 

-Love Streams (John Cassavetes, 1984).

-Cités de la plaine (Robert Kramer, 2001).

-Le garçu (Maurice Pialat, 1995).

Profanación

Alfonso Crespo | 28 de julio de 2012 a las 15:05

 

Como toda gran película, Linha vermelha (2012) de José Filipe Costa busca su lugar en la historia del cine. Y quizás éste se encuentre en una constelación no muy lejana a la de Chris Marker, otro cineasta que, desde la serenidad, escrutó las imágenes y sonidos del pasado revolucionario para completar, ampliar y, sobre todo, comentar: es del arte de la paráfrasis del que tocaría hablar. El Medvedkin de Marker en Le tombeau d’Alexandre (1993) es aquí Thomas Harlan, cineasta a contrarreloj, en perpetua alerta e irresuelto combate edípico con Veit, el padre, el realizador nazi de ficción por antonomasia. Al Portugal revolucionario arribaría el alemán, a donde llegaría poco después Robert Kramer –que a su vez quedaría unido a Harlan a partir de Notre nazi (1985)–  para filmar Scenes from the class struggle in Portugal, y allí terminaría dando forma fílmica a la ocupación de una finca ducal en Torre Bela. Al restaurar y revivir ese proceso desde los rescoldos del presente, José Filipe Costa deviene en atemperado analista, parando ese cine que tuvo que calentarse con dramatismo, sopesando los siempre llamativos escrúpulos “de izquierda” ante la sombra de la propaganda, los límites y virtudes del filme militante, y advirtiendo, en este registro histórico con voluntad épica, un valor de presente y futuro. Todo para corroborar los poderes del cine, la intrincada red de realidad y ficción en cada película y la colisión de tiempos que habita en su seno, el peso de los imaginarios, la urgencia por imprimir la leyenda. Ecos hay aquí del último Jordá, el de Veinte años no es nada (2004), de fantasmas renuentes a desaparecer, y de otros sabios maestros que clamaron contra el déficit que suele presentar la buena voluntad, sobre la necesidad de comprender que el régimen económico y social en el que se vive siempre deja huellas en uno mismo (el enemigo íntimo).

 

Viridiana (Luis Buñuel, 1961).

Torre Bela (Thomas Harlan, con la ayuda de Jacques D’Arthuys, Anna Devoto, Luc Mohler, Luisa Orioli, 1975).