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Costillas de cerdo con cebolla caramelizada

Alberto Blanco | 29 de septiembre de 2011 a las 20:03

El paseo hasta la Plaza Mayor ha sido bastante agotador…
Además, esta mañana no hemos tenido tiempo de comprar nada para llenar la depensa (lo de llenar, con la crisis que está cayendo, es un decir bastante arriesgado).
– “¿Qué te apetece cenar?” – me pregunta Maridó.
A estas horas y con este cansancio, pocas ganas tengo de hacer la cena, pero tengo un hambre canina y, encima, la dieta, siempre la dieta…
– “Pues a mí me apetece algo sustancioso. Carne, por favor.” -Respondo sin mucha convicción de que sea una respuesta consensuada.
– “A mí también”.

Para mi sorpresa, mi mujer está de acuerdo con la sugerencia y nos dirigimos a la carnicería sin tiempo que perder porque son las 20.15h. A ver si ahora nos cierran…

Mientras nos dirigimos a comprar la carne, vamos pensando el menú que va pasando desde jeta de cerdo, filetes de lomo… hasta pavo que, aunque lo comentamos, decidimos que es demasiado ligero para el hambre que tenemos.

Le pregunto a David, el carnicero, si tiene jeta de cerdo pero me dice que no se la traen hasta mañana, así que me decido por medio costillar de cerdo que veo en el mostrador y que me está llamando: ¡Cómeme!

Nos vamos para casa, contentos de tener algo más de medio kilo de costillar en ciernes de ser cenado y empiezan a entrarme ganas de cocinarlo. Pero como no tengo muchas ganas creo que “sólo” las voy a hacer al horno… con cebolla caramelizada.

Ingredientes:

– 600 grs. de costillas de cerdo en una pieza.
– 2 cebollas grandes
– 5 cucharadas de aceite de oliva
-1 vaso de agua
– 1 cucharadita de miel
– sal
– pimienta

Pon las costillas con la parte de la carne hacia abajo en una fuente refractaria y salpiméntalas. No añadas aceite.
Mételas en la zona media del horno precalentado (200ºC) durante 50 minutos.
Mientras tanto, corta las cebollas en juliana (es decir, a tiras) y ponlas en una sartén con aceite.
Échale sal a tu gusto y rehógalas hasta que las cebollas cojan un tono dorado y estén tiernas.
En ese momento, echa el vaso de agua con la cucharadita de miel (yo la disuelvo en el vaso de agua previamente calentado) y deja que reduzca. Cuando reduzca todo el agua y quede sólo la cebolla con la salsa caramelizada, resérvala.

A los 50 minutos de tener las costillas en el horno, dales la vuelta (es decir, ahora quedará la carne hacia arriba) y pon el grill unos 10 minutos.

Saca las costillas y acompáñalas con la cebolla.

¡Riquísimas!

El Secreto de Tía Sofía (Pan casero)

Alberto Blanco | 28 de septiembre de 2011 a las 15:54

Nada hay en la cocina más antiguo y más misterioso que la fabricación del pan… o, al menos, así lo creo yo.

Hay algo que… ¡vamos!, que no tiene explicación. De hecho, hay personas que aún siguen intentando hacer su pan en casa y todavía no han logrado algo, digamos, parecido.

Pero, tía Sofía tiene su secreto…

(Nota: Para aquéllos que no conozcáis a tío Manolo y tía Sofía, haced click en el post http://lacocinadepeto.blogspot.com/2011/08/judias-moradas-con-salsa-de-tomate.html del blog La Cocina de Peto).

Me remonto un tiempo atrás cuando hablaba con Tía Sofía sobre mi interés en la cocina.
En mitad de la conversación le guiño el ojo y le digo:
– “Sí, tía, a veces me atrevo incluso a hacer pan”.
Ella, sin borrar esa sonrisa perenne de su cara y sin darle mayor importancia a la cosa me dice:
– “Yo era panadera cuando era joven”.
– “¡Quéeeeeeeeeeee!” – imaginad mis ojos como platos del tamaño del sombrero del Quijote y sin poder articular palabra.
“Es decir, esto…, ¿usted sabe hacer pan? -le solté de sopetón.
– “Pues, claro, hombre. A eso se dedica un panadero.” – Y se ríe ligeramente y me da una palmadita cariñosa en la espalda.
– “¿Cómo se hace?” – ya se me olvidaban la educación y las formas.
El “saber estar” ya no entraba en mi cabeza cuando delante de mí tenía a una auténtica panadera de las de antaño, de las que saben el secreto de un pan tierno pero crujiente, salado pero con regusto dulzón, apetitoso manjar de dioses…y de pobres.
Y para más inri, es la tía Sofía, la tía de mi madre.
– “Fácil” – sin tiempo a coger una hoja y un lápiz para apuntar empieza a contar…
-“Shhhh” – el tío Manolo pide silencio. “¡A ver, señores, que la tía Sofía va a dar una conferencia y será mejor que atiendan!”
Como mi madre sigue hablando con la prima Elsa, tío Manolo pide otra vez silencio y nos callamos todos.
– “Fácil”, decía, ” harina, agua, sal y levadura”.
– “Pe…P….Pero, tía Sofía, ¿algo más?”.
– Sí, se amasa, se deja reposar y se mete al horno. Eso es todo”.
Todavía con la boca abierta, sin dar crédito a que lo que oía era exactamente igual que todo lo que he leído y visto, le pregunto:
-“Entonces, ¿no hay ningún secreto?”
Y, en ese momento, Tía Sofía se acerca a mi oído y empieza a contar, y contar, y contar.
Y empiezo a ver la luz y a entender el porqué de tanto misterio: La conjunción de los diferentes ingredientes, el amasado, las temperaturas, algún añadido secreto… todo ello estaba siéndome transmitido con tanta claridad que ahora me pregunto cómo es posible que hoy se coma algo que no merece tener el nombre de “pan”.
A partir de ese momento no paraba de pensar en cómo haría el pan cuando llegara a casa. Y qué forma tendría. Y qué olores desprendería…
Ahora sí, ahora lo entiendo y algún día lo contaré pero, en este momento, disfrutad con la vista de los panes que ya empiezo a hacer y que, cuando crea tener la suficiente experiencia para explicar cómo se hacen, intentaré contaros la receta en estas líneas.