¡Ole verano¡

Ole-papa | 20 de julio de 2010 a las 23:02

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Imagino a eminentes científicos del mundo reunidos en solemne sede con un único punto sobre la mesa: por qué el primer día de las vacaciones a ciertos semejantes se les ocurren ideas absurdas y no se quedan todo el día dormitando al fresquito. Los portavoces de la comunidad internacional difundirán ante cientos de cámaras una conclusión unánime, que por cierto, bien podría haber dicho mi madre sin tanta fanfarria: “así somos hijo mío, si es que no somos de más carne”, que dice ella.

A primera hora de la mañana, las 8:00, la arena sólo la tocan algunos abuelos que se han levantado temprano para dar un paseo o el primer baño. Si de repente a mi cerebro le apeteciera ver a una chica en bikini, más me valdría ir en busca de un kiosco. Me ha parecido buena idea, importándome un comino el foro de expertos, ir a correr a la playa, por eso de los propósitos de inicio estival.

Esa sensación que me ha llevado a considerar como apetecible saltar de la cama como un resorte, tiene su pronta respuesta cuando los pulmones dicen ¡basta¡ y sorteo si acabar cayendo entre piedras o, peor, con la boca llena de algas o algún que otro carajo de mar.

Caigo en una playa lejana, sin bañistas en el horizonte. Son las 8:15 (no hace falta detenerse en cronometrar la carrera), el cielo está nublado, el agua tiene una pinta estupenda y por aquí no pasa un alma, he pensado antes de que me asaltara otra buena idea esta mañana.

Miro a izquierda y derecha, tenis fuera, camiseta fuera y todos los avíos en un montoncito para quedarme como mi madre me trajo al mundo. El agua está fresquita, me sumerjo, salgo hacia arriba, buceo con los ojos abiertos, vuelvo hacia arriba, nado, siento que las olas acarician la piel, libre de ataduras y nylon. Ahora sí, éste sí es el inicio del verano soñado, pienso. Otra vez. Y una más. Hago la postura del muerto y me dejo llevar por la corriente mientras mi brújula apunta hacia el primer sol de la mañana.

Pienso que es un gran comienzo para un gran verano y en ésas estoy cuando abro los ojos con cuidado para que no me entre sal, dirijo la mirada hacia la orilla y advierto cómo por una pasarela para mí inadvertida unos minutos antes bajan una veintena de camisetas y gorras blancas. En un primer momento, con los ojos achinados, les veo lejos, pero al abrirlos completamente, están más cerca de lo que imaginaba. Para ser exactos, están justo enfrente.

“Buenos días”, saluda uno hacia el mar, donde no hace falta mirar a los lados, sólo estoy yo. “Ehh, buenos días”, le contesto a voces, sorprendido de que pueda haberme visto. Qué educados que son los abuelos por las mañanas. Son más de 20 y lentamente van posicionándose a mi vista, en corro, con lo que parece ser una monitora en medio.
Sólo cuando veo el pequeño montoncito de ropa que está apenas a un metro de ellos y en el que no han reparado, caigo en la comprometedora situación. Pienso en salir rápido del agua, responderles con un buenos días a todos así en disimulada pose naturista, coger mi ropa y largarme, cuando a mitad de camino compruebo que lo que me parecía una monitora no es tal, es peor.

En las primeras horas del primer día de verano, un cerebro corriente como el mío no está para atender a todas y cada una de las palabras de su madre. Por otro extraño mecanismo, ésas palabras quedaron grabadas en el subconsciente y ahora emergen chirriantes y amenazadoras: “tu tía se ha puesto a darles clases de yoga a los viejos del hotel”. Sólo hay un error, no es yoga, es tai chi, que para mi infortunio, es más lento.

Empiezo a trazar planes de fuga como un poseso, pero ninguno me convence. En todos mi tía acaba viendo el regalito de su sobrino. Tengo otra buena idea esta mañana. Si me pongo algas en la cabeza y en el bigote, nadie reparará en lo que viene por debajo y más importante, mi tía no me reconocerá. Pero sólo me valdría para salir del agua, la ropa está estratégicamente depositada que más parece del grupo que mía. Tampoco puedo quedarme en el agua eternamente, me está empezando a entrar frío, y salir por otra parte de la playa me obligará a quedarme en pelotas o cubrirme con arena hasta que la sesión acabe. ¿Y si se despistan y acaban llevándose mi ropa?

Este pensamiento me hace decidirme. Tengo cierto afán exhibicionista, pero no tanto como para subir unas escalerillas y andar desnudo por una avenida hasta mi casa. Sería un inicio curioso para el verano, pero pondría el listón muy alto para lo que queda. Así que vamos allá, pero… ¿que salgo mostrando lo de adelante o lo de atrás? Resuelvo el dilema. Ya que vamos, adelante, vamos con todo.

Todavía no había acabado de salir del agua cuando mi tía ya había intuido que aquel tío que ni siquiera hacía ademán de taparse sus vergüenzas era su sobrino. Digo yo que será por los andares, porque mis primos se me parecen o vete tú a saber, pero se le veía en la cara que estábamos a punto de protagonizar la postura del loto más entretenida de la historia. No chilles, tita, no chilles… “¡¡Pero Antoñito¡¡”, chilló. Te he visto, tita, te he visto…

Entonces los abuelos y las abuelas se giraron y allí estaba yo, la luz de la mañana. Con naturalidad, pasé el trago y sonreí a las risitas divertidas. Creo que está bien para empezar, aunque tenga el pequeño inconveniente de que tendré que buscarme un viaje, lejos, antes de que una delatadora llamada a mi madre la haga dirigirse a mi cuarto y replantearme eso de lo que discuten los expertos mundiales. Porque ella me mirará como sólo miran las madres y me dirá: “anda hijo qué ideas se te ocurren, si es que no eres de más carne”.

  • Tattoo'd Lady

    Mr. Phil Lynott y Gary Moore..