El telescopio

Ole-papa | 23 de julio de 2010 a las 9:00

casita_huelva

En la relación entre dos amigos varones desde tiempos remotos se establecen una serie de reglas de oro que nunca, jamás, deben de ser traspasadas. Las hay generales y las hay concretas.

Las primeras son compartidas con éste y con los demás. Por ejemplo, un amigo jamás criticará la forma de vestir de otro, salvo que éste se ponga minifalda y quiera hacerse llamar Vanesa. Por cierto, nunca se permitirá a un amigo llevar bañadores de slip. Tampoco nunca dirás que tu amigo va borracho. Como mucho, llevará un puntillo. O se puede mentir en el curriculum o a Hacienda, pero nunca hacer triquiñuelas sobre cosas serias como el futbol, las cartas o los dardos.
Luego, como en el particular que me ocupa, hay normas específicas. En este caso, el devenir del tiempo marcó que, lo que en origen surgió como una anécdota bienintencionada, se transformara en una línea roja impenetrable, a la que pese a la insistencia de uno por franquearla, el otro debe oponerse y así hasta el fin de los tiempos. En el caso de este amigo y un servidor, éste se denomina el momento telescopio.

Remontémonos diez años atrás. Este amigo se echó novia. Bien, si él lo quiere. Este amigo abandonó los bares. Bueno, él sabrá. Este amigo empezó a hacer planes alternativos. Uy, uy, uy, qué mala espina… Para esos planes consecuentemente necesitaba parejas. Porque hay dos tipos de planes: los de colegas, en los que el sentido literal de plan se pierde, y los de parejas, de lejos más organizados y en los que un impar tiene difícil encaje. En nuestro caso, eran diferencias de biorritmos.

Mi pulso latía más fuerte ante la posibilidad de una incierta noche en los bares de siempre que ante el encantador y previsible plan de una excursión silvestre de fin de semana en la, ya para siempre estigmatizada Casita de Huelva.

“A ver si de una vez te echas novia y nos vamos a la sierra un finde”, he escuchado estos últimos diez años. A mis ojos, cruzar la puerta de aquella mansión encantada era el fin. Agradezco al anfitrión que a cada intento mío con una nueva chica le siguiese la consiguiente invitación, pero la situación de proyectarme en aquel umbral aún me da escalofríos.
Más cuando en el último año la oferta se ha complementado con una actividad de ocio para mí, cuanto menos, inusual.
“Tío, y nos podemos llevar el telescopio que mi novia me regaló por reyes y mirar las estrellas, que allí no hay edificios”.

Entiendo que ahora algunos dejen de leer este relato por el miedo que sienten al imaginar tal escena. Ni siquiera Poe hubiera ilustrado una secuencia tan espeluznante. Mientras otros afortunados brindan calurosos entre efluvios en los bares, allí estás tú, un sábado por la noche a la intemperie en un campo inhabitado y ante un cielo cerrado en el que ves menos que un gato de escayola. Terrorífico.

Si algún día, que todos deseamos no suceda porque no hay que desear el mal ajeno, me entrase tal desvarío que aceptase la invitación, presumo que la situación no sería muy diferente a la que ahora sigue:

Perdida en la penumbra, allí se ubica en un camino sin pavimentar, la legendaria Casita de Huelva. La puerta chirría. Un hombre muy muy anciano, de larga barba blanca nos recibe. Cuadros y muebles de siglos pasados decoran la estancia. Somos cuatro, dos parejas. Dejamos en nuestras habitaciones todo lo que hemos llevado para ese finde de plena diversión: el parchís, el cluedo y, cómo no, el no va más de la farra, un telescopio. Cuando bajo por la escalera a tomar un vaso de agua porque no quepo en mí de la emoción que me aguarda con el corazón latiéndome alocadamente, el hombre viejo está esperándome. Le saludo y le pregunto cómo está, si lleva mucho tiempo en el caserón y si no se siente la persona más envidiada del planeta por poder vivir siempre allí, donde no pasa ni un alma porque el bar más cercano se encuentra a kilómetros de distancia. Él me dice que sí, que todo bien, pero que no se me ocurra pasearme por la casa de noche.

-¿No?, ¿por qué?, pregunto curioso.

-No se lo aconsejo, amigo mío. ¡Un fantasma habita esta casa!

-Un fantasma –repito atemorizado-. Santo Dios, ¿y quién es?

-Usted -dice el anciano ¡el que era antes de echarse novia¡

Aquel espíritu sin duda me perseguirá por la noche. Mi viejo yo intentará convencerme de que deje la partida del cluedo por la mitad y le acompañe. Que recorramos juntos cada bar, brindando por los viejos tiempos, hasta el sol de la mañana en el que como cualquier fantasma se pondrá las gafas de sol y se irá a dormir la mona, justo como yo hacía antes.

Unos instantes antes de que amanezca, mi espíritu de la noche intentará destruir el funesto telescopio que le desterró a aquella casita, el causante de su desgracia. Me enseñará y juntos observaremos en el cielo la única estrella que tiene sentido admirar, la Estrella Damm, y luego desaparecerá para dejarme allí, en la tétrica Casita de Huelva donde él nunca quiso ir y a la que finalmente yo cedí tras diez años de insistencia.

“Nunca deberías haberlo permitido, era una regla de oro, la línea roja que no debías pasar”, susurrará su estela fantasmal en la partida.

  • Tattoo'd Lady

    Jajajaja.. Pues el cluedo es un juego muy divertido, y con un telescopio (y tres copas) seguro que acabas viendo al Dorctor Mandarino dándole a la Señorita Amapola con la porra..jeje..

  • Kangrejo

    ¡Me encanta The Rocky Horror Picture Show!

  • Taloa

    Fuentes, eres tremendo!!