El último superviviente

Ole-papa | 30 de julio de 2010 a las 9:00

elúltimosuperviviente

A las 12.25 ya estoy sentado con mi cuaderno delante de la tele para tomar apuntes. Nunca se sabe si cualquier día te hallarán en medio de una selva tropical o de un desierto de arena y ahora qué, cómo puñetas se sale. Mi madre se da una alegría al verme. Piensa que me ha salido una afición repentina por la cocina y que estoy cogiendo recetas, pero al ver la primera rata y al tío corriendo detrás, salta de un brinco del sofá y pregunta desde el pasillo “pero niño, ¿eso que es?”
“Supervivencia, mamá, supervivencia”.

Será mi frustrada experiencia como boy scout salesiano en la que nada más que hacíamos cantar chorradas la que ahora me lleva de nuevo a interesarme por la vida silvestre. Y este programa de la tele se sale. Al tío lo dejan a saber dónde y allá que se busque la vida, con poco más que una navaja suiza y sin letreros de señalización.
Con el pavo éste he aprendido cosas importantes. Por ejemplo. Vale que no hago la cama salvo cuando hay que cambiar las sábanas o, en su defecto, antes de dormir si están muy arremetías, de esas veces que se te salen los pies y te pasas la noche dando patadas al aire. Pero si un día se me hace de noche en un paraje tropical, cojo cuatro palos, unas lianas y las hojas de una palmera y me hago un jergón que ni en Ikea. E importante: siempre a un metro del suelo para evitar los insectos y las serpientes.
Y otra cosa, dice el tío: que no se te ocurra dejar una mano fuera, porque cuenta la leyenda de la selva que un día uno se despertó con una boa constrictor que le llegaba al hombro. Así que duermo todas las noches con las manitas en la entrepierna. Así mato dos pájaros de un tiro poniendo a salvo lo importante.
El programa de los bichos, como lo llama mi madre, me ha enseñado muchas cosas. Por ejemplo, a construir una balsa, muy práctico para llegar al chiringuito sin quemarse los pies, que es para lo único a lo que por ahora le encuentro sentido. También a saber que si me meto en el fango, lo mejor es estarse quieto, porque si te mueves, te hundes (¿y qué me hago un sudoku, pichita?) y a no ponerme en la cara una ortiga bicaria, que escuece.
Lo que me apasiona es que gracias a este muchacho he aprendido que se puede comer de to, con lo mijita que yo soy. Los moluscos, quitándole los intestinos, se los come crudos. Las arañas, pa dentro también. La boa de antes, el tío la cogió, le quitó la cabeza, la llevó un rato de bufanda y por la noche se la zampó sin mahonesa ni ná. Y cuando el tío se vuelve loco es cuando ve a un ave de caza, que ahí me animo yo también porque se me vuelve a abrir el apetito. Hay que ser silencioso, porque las aves corren.
Yo me extrapolo y me veo en el Carrefú con el taparrabos puesto, dirigiéndome con sigilo hacia el pollo empanao que viene ya envasado, que es lo más que en mi vida rutinaria, aventuro, voy a estar cerca de una experiencia así.
Tanta afición le tengo al programa que espero no esté todo preparado. Porque si alguna vez me meto en la boca, por lo que sea, una tarántula pajarera gigante siguiendo el consejo del tío éste de que da mucha energía, espero que éste lo haya hecho antes, que me lo veo diciendo cuando está a punto de comérsela “¡Corten, traedme el bocadillo de tortilla que esto no hay quien se lo meta en la boca¡”
Me sospecho que algo de producción existe, porque al nota se le ve siempre agobiao y el que tiene que pasarlo mal es el pavo que le acompaña con la cámara y que tiene que ser el tío que se pincha con todos los cactus, al que se le meten los escorpiones por las botas y el que se queda bajo la catarata cuando el pavo éste se quita de en medio subiendo por la liana.
Cuando termina el programa, me quedo satisfecho.
Sé que si un día me apetece agua al ir de camino al curro, no hace falta que entre en un bar. Me trepo el primer árbol que vea, subo hacia las hojas más húmedas de arriba, cojo un puñado y las machaco hasta que salgan tres gotitas que me sacien. Un euro que me ahorro. Lo malo es cómo llegaría mi camisa recién planchada, que es lo mismo que resuelve mi pragmática y poco aventurera madre cuando me ve sentado delante del programa.
Ella entiende lo justo de tácticas de supervivencia. Le da igual lo que coma o deje de comer, cómo y dónde consigo el agua o con qué víbora paso la noche. Pero ahora, si me mancho la ropa como el tío de la tele, por su casa que no pase. Si pongo un pie allí, ni supervivencia ni leches. No salgo vivo.

  • concurso de acreedores

    jajaj me he reído mucho leyendo tu post. A mi los programas esos me gustan bastante, pero sé que jamás me comería un bicho de esos. ¡Qué asquerosidad!