Me mudo de amigos

Ole-papa | 6 de agosto de 2010 a las 9:00

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Hoy he pensado en la ligereza con la que clasificamos a los demás como amigos. Y no hablo de los mil y pico del facebook, sino los de carne y hueso. Hay miles de refranes, como ésos de “al amigo que apurado está, no mañana, sino ya”, “amigo en la adversidad, amigo de verdad” o uno que se dice en el pueblo y que todavía no entiendo que es el de “al amigo pélale el higo, y al enemigo pélale el durazno, que a mí me suena como raro y no quiero preguntar ni de qué va, porque yo no le pelo a nadie ni las gambas.
Uno tiene sus amigos de aquí y de allá, si nace y vive en sitios diferentes, los del trabajo (que son unos pocos, porque la mayoría se les llama compañeros o ‘ése es uno que trabaja conmigo’) y los de salir de fiesta (que son unos cuantos más) y otros cuantos que vienen de la época de estudio, actividades de grupo cada cual las suyas, casuales, amigos de amigos y demás.
Con esto de las vacaciones, coincido con muchos a los que hago llamar como amigos de la infancia, porque en la tierna bisoñez no se va a poner uno a distinguir entre conocidos, compañeros y aliados. Ésos a los que has visto crecer desde pequeñitos, los del colegio, los que estaban más adelante o más atrás en la fila dependiendo de la altura. Me da alegría verlos, saber que están bien y todo lo demás, vale, pero como uno es de natural reflexivo e inquieto, no puedo evitar preguntarme: ¿De verdad a este tío lo puedo presentar como a un amigo si casi no le veo desde entonces?
Esta reflexión me hace replantearme el ancho concepto de amistad que así de boquilla tenemos algunos y plantearme si este divino don,el de la amistad dicen, tiene que estar íntimamente relacionado con el tiempo.
Así que me dispongo a comprobarlo y someto a uno de estos amigos, al que casualmente me he encontrado por la calle y que cariñosamente viene a saludarme, con el ahora por mí patentado test irrefutable de la amistad, descubra en un minuto y al 99,9% de fiabilidad si esa persona es merecedora de tal distinción.
La prueba es simple. El supuesto amigo se dirige hacia ti con amplia sonrisa, borrado ya casi el recuerdo de la niñez, y te da un abrazo que ni un político en víspera de elecciones. Conversación de rigor, presentación de acompañantes, puesta en común de pasados y futuribles y entonces pasas al examen.
Como si lo que fueras a plantearle fuera un discurrir normal de la conversación, coges y así a bote pronto le sueltas que casualmente acabas de comprarte una casa por allí cerca y le sueltas “tío, pues sabes qué me vienes de perilla que estés por aquí. El domingo había quedado para hacer la mudanza”. Dejas pasar unos segundos y, si vacila, añades: Porque ¿tú eres mi amigo no?
Más fiable que el algodón. La patente del test, que conste, es mía, aunque la idea me la ha dado un ‘amigo’ esta mañana cuando ha querido hacérmela a mí y me ha soltado lo que acabo de describir. El sujeto a prueba de amistad era yo.

Vamos con los resultados. En unos segundos, como un flashback, me han pasado todas nuestras vivencias compartidas. Los bocadillos del recreo que le hacía su madre. Aquel pase cuando me vio desmarcado en mi gol más recordado. Las chuletas en clase. Ese primer cigarrillo, escondidos en la esquina de atrás de mi casa. Aquella vez que se plantó delante de mi madre y recitó muy convencido “Antoñito no ha bebido, señora, fueron las palomitas del cine que le han sentado mal”.
Aquella pandilla de chicas, que a él le gustaba la rubia y a mí la morena, porque hasta para eso teníamos sintonía. La primera vez que nos enrollamos con unas chavalinas y cómo repasamos luego cada detalle. Cómo nos picó el gusanillo y nos las intercambiamos, porque, por qué no reconocerlo, éramos un poco golfillos.
Y esas otras cosas, como cuando no puso reparos en llevar a mi perro al veterinario porque yo estaba fuera, o cuando llevó a mi madre al hospital porque yo estaba estresadísimo con la final del pro evolution, o aquella otra vez que me falló un riñón y él me ofreció uno de los suyos.
Entonces, cuando me miraba sonriente esperando una respuesta y todos y todos esos recuerdos me asaltaron, lo tuve claro y le dije “¿el domingo dices? pues no puedo, he quedao”.
Como el test es mío, he sacado un diez, porque no iba a dejar colgados a otros amigos con los que, previamente, me había comprometido, así sea a pelar higos. Él no tiene por qué meterse en mis cosas. Muy bien hecho por mi parte, anoto, soy un gran amigo.
Sobre él, espero que no le defraudase mi respuesta, lo que le daría un cero como amigo. Ya se sabe que a un amigo hay que apoyarle y comprendérselo todo y más, si es un amigo de la infancia. Y si le sienta mal, ya sabe, a pelarme el durazno.

  • Sebas

    Precisamente andaba yo estos días pensando en el concepto este de la amistad y efectivamente coincido en que hablamos de amigos con cierta ligereza, mas bien, mucha ligereza y he llegado a la conclusión de que los voy a llamar colegas porque puestos a hacer la prueba de la mudanza !no la pasa ni uno!¿Pero como saber que realmente es colega? porque algunos es que ni eso. Pues haciendo la prueba de las cañas, es decir, hacemos la pregunta ¿vamos de cañas? si la respuesta es positiva es colega, en cambio si es negativa, pues simplemete es un tipo/a que saludamos por educación pero que a juzgar por el tipo de conversación que mantemos con el/ella pese a habérnoslo/a encontrado de casualidad y despues de meses sin vernos pues podría llegarse al error de creer que somos amigos.

  • Ole-papa

    Buena idea, Sebas. Vas a tener que patentar esa prueba de las cañas, me ofrezco de conejillo de indias…