La pila gorda

Ole-papa | 13 de agosto de 2010 a las 9:00

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Me gusta sentir el calor de la madrugada y el frío de la mañana.

Desde que he dejado la veintena, miro más por mi salud. Me sigo pillando las mismas castañas de siempre, pero ahora por lo menos recapacito y me pregunto al día siguiente ¿y esas neuronas que ayer estaban aquí, dónde las he dejado? Mi amnésica entrada en la madurez ha tenido un efecto colateral: me acuerdo de menos de la mitad de lo que hice la noche anterior y las lagunas de antes podrían ahora inundar un desierto kilométrico. Si no, ¿a qué se debe lo que he venido a denominar como, tachán, tachán… el misterio de la pila-gorda?
A veces salgo temprano, a media tarde, para la cervecita de las dos; otras veces, sólo por la noche. Cómo llego a casa de vuelta es una incógnita cuya resolución ya doy por imposible, pero desde mi cumpleaños, con esa pérdida de memoria generalizada que casi nadie se acordó al día siguiente dónde y con quién terminó, he continuado mi camino por las baldosas amarillas del olvido. “¿Te acuerdas cuando ayer te subiste a la mesa a bailar que casi te partes la crisma cuando resbalaste?” “Ehh… no”. Ya ni me sorprendo.
Tengo que reconocer que no me preocupa la respuesta. Soy un gran defensor de las borracheras sin sentido por múltiples motivos. Desde recordar a alguien que te importa y atreverte a marcar de nuevo su nombre a olvidar a quien ya no le importas. Si fuera médico, lo prescribiría sin duda por mandamiento facultativo para las personas de natural reflexivas, responsables y prudentes. Una manera de tomar oxígeno con uno mismo siendo otro, un borracho, pero otro, durante unas horas.
No me importa despertar con un moratón al día siguiente en el hombro del que ignore su procedencia. Tampoco con un arrugado papel con un desconocido y sugerente número de teléfono. Ni al reflexivo yo que despierta al día siguiente le preocupa demasiado saber la identidad de la compañía de al lado y cómo llegó hasta allí.
Pero si al tomar conciencia del mundo, después de tres intentos fallidos que te devuelven a la almohada, lo primero que ve es una pila de las gordas sobre la mesilla, empiezo a hacerme preguntas. La primera: ¿robé ayer un reloj de cuco?
El misterio de la pila gorda no queda ahí. Quiero saber si está cargada o vacía, me pongo a buscar y no encuentro ni un puñetero artilugio del siglo XX al que le valga. Ni si saliese a la calle sabría encontrar uno. El enigma me tiene tan intrigado que pienso en llamar a algún amigo, por si está detrás del ‘pilagordagate‘. Pero antes necesito recordar con quién salí. Miro a la pila, impertérrita en la mesilla de noche.
Ella se queda igual, con sus polos muy serios, y seguimos los dos sin saber cuándo nos cruzamos y dónde.
Lo normal es que, de camino a casa, me la encontrara y la subiera. Es raro porque suelo ir bailando y cantando a mi bola como los grandes borrachos mañaneros y, por lo general, la única preocupación se basa en encontrar un sitio dónde depositar los fluidos que me sobran que ya no me aguanto. Más de un cubo de agua en la cabeza me merezco.
Quizá fuera en uno de esos rincones donde la viera, dijera “cómo mola” y allí que la tomara entre mis brazos y reanudáramos la marcha preguntándole dónde están las demás, porque ningún cacharro ha funcionado nunca con una pila gorda, eran siempre siete u ocho.
O a lo mejor, pienso, llegó ella sola. Que dijese, “con lo que te queda de verano, más te vale que cojas energía chaval”. O quizá no sea para mí. Puede que la necesite para alguien. Otra persona, tan natural que sólo la luz natural le bastase, pero que esté pasando unos momentos en los que las nubes sobre su cabeza no le permitan ver el sol. Entonces sería una pila gorda solidaria. Me alegraría de que ella solita haya pensado que me pueda venir bien para recargar a otros que lo necesiten, a algún amigo al que ya no le llegan las fuerzas.
Decido quedármela hasta que Iker Jiménez me saque de dudas. No creo que a nadie le venga mal un poco de energía para recuperarse de esas noches, en las que se empieza subido en una mesa coja desafiando el equilibrio y se termina cantando por las mañanas. Más cuando se ha dejado la veintena, que cualquier ayuda es buena. Antes de que se gaste, probaré uno de los polos para las madrugadas calientes y el otro para las frías mañanas, antes de que salga el sol y haya que volver a casa.

  • siempre igual

    Empecé hace poco a leer tu blog a través de El Día de Córdoba y no me desagradaba demasiado, pero esta entrada ya ha sido la confirmación, hombre. De una manera o de otra siempre acabas haciendo apología del alcoholismo, lanzando a los cuatro vientos sus múltiples “virtudes” y lo guay que se es no acordándose del ridículo que se hizo el día anterior y que se volverá a hacer en breve.

    Cito textualmente: “Soy un gran defensor de las borracheras sin sentido por múltiples motivos”

    Reflexiona hombre, que si necesitas la cogorza para sentirte completo, pocos, aparte de tus “colegas” de parranda, pensarán en serio que eres un hombre respetable, un ser humano digno. ¿Tu novia o tu mujer pensarían lo guay que eres? ¿tus hermanos? ¿tus padres quizás? No creo que haya nadie en tu entorno (nadie de los que se preocupen por ti y que te quieran incondicionalmente) que te crean más hombre por presumir de tremendas cogorzas. ¿Le preguntaste alguna vez a alguna de esas personas (que te quieren) cómo se sienten cuando llegas a tu casa echo polvo y al otro día no recuerdas nada? Eso ya es motivo suficiente para no repetir.

    El alcohol, con moderación, como todo en la vida.

  • siempre igual

    Rectifico en el comentario anterior:

    “… llegas a casa ECHO polvo …”, debería haber sido “… llegas a casa HECHO polvo…”

  • Fran

    ¡Hay que joderse! ¡Vaya rapapolvos! ¡Ni la madre, oiga! No te preocupes hombre, el higado se regenera hasta los 45 años lo menos.