El día que…

Ole-papa | 21 de agosto de 2010 a las 9:00

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Creo en los días de sentimientos colectivos. Percibo las mañanas en las que la gente está más contenta, o más triste. Las tardes en las que hay ganas de llegar pronto al refugio, y las otras en las que apetece alternar hasta la primera luz de la mañana. Las noches en las que todo da igual y allí sea ésta o aquel, que éste o aquella, cuando los locales son el escenario del baile. Las horas en las que todo el mundo tiene prisa por llegar adonde siempre y la masa hastiada que ese día nublado transita hacia el destino conocido, quizá frenando a otros que, ese día, tienen el biorritmo cambiado y chocan desesperados en sentido contrario perplejos ante la calma generalizada. Como aquellos que eligieron quedarse en casa el día en que, todos coinciden, fue el mejor. Los que consiguieron salir a por todas la noche que nadie salió y no tuvo con quien compartir la experiencia. Aquel que estuvo melancólico en el día mundial de la alegría, el que ríe cuando llueve o el que probó suerte en la discoteca con la estrecha en el día que todo apuntaba que…
Pero a quien no entiendo es a ti, me desconciertas. Te miro y pienso que ese día estás triste e intento sacarte una sonrisa de la cara, que consigo hasta que a los minutos vuelves a ensombrecer, y otros días, contagiarías la alegría sólo a quien te viera hasta que, de repente, las risas se apagan y enmudeces y salgo a la calle a comprobar las reacciones de la gente para saber en qué día nos encontramos, si acierto o me equivoco, si lo intento o desisto de una vez por todas, si eres de las que caminan pausadas o de las que chocan en la calle.
Vuelvo a ti, pero por mucho que intento afinar mi sentido de la orientación de las personas de este mundo, las agujas salen disparadas cada vez que te veo y marcan a la vez el norte y el sur. Sigo sin saber quién eres o cómo te encuentras, pero me he hecho a la idea. Es como si tuviera a un hombre con la extraña costumbre de pegarme todas los días con un paraguas en la cabeza. La primera vez te cabreas, la segunda piensas en apartarla, en el daño, la tercera estás precavido pero el golpe llega igual, la cuarta te preguntas por qué a ti y llega un momento en el que te acostumbras al paraguazo, de una forma mecánica.
Antes de dormir, al final del día, concluyo que tu corazón ya no está roto, está desorientado. Sucede que cuanto tienes enfrente a una persona que se interesa por ti, no te das cuenta, porque estás tan aturdida de los tambores arrítmicos de las anteriores relaciones que ya no escuchas una mierda. Ni un tic tac que sale del interior de quien está enfrente a quien las pulsaciones se le agolpan y está estremecido porque seguro que todos están escuchando los latidos que no puedes callar pero que no oye la sorda que tiene más cerca.
Quizá sea joven para ser maestro relojero y comprender tu mecanismo. Algún día quizá lo entienda, pero pueden haber pasado años y ya no me interese porque haya encontrado otra brújula más fiable. Quizá no seas de este mundo y por eso eres indescifrable.
O quizá estás tan cansada que no te apetece imaginar qué. Seguiré queriendo verte los días alegres y los tristes, los días que dan igual y los que importan, las mañanas, las tardes y las noches, a todas horas, siendo testigo de las agujas del reloj. Mientras tanto me quedo dormido y pienso en el día que digas…

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