El superhéroe Hulk

Ole-papa | 22 de agosto de 2010 a las 9:00

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Los acontecimientos ulteriores se vieron influenciados por las opiniones anteriores. Y es que todo lo que vino después estuvo condicionado por los comentarios, algunos no sin malicia, de aquellos que vienen regalándome una apreciación subjetiva que no digo yo que no sea verdad, pero que tampoco pasaba nada si se la hubieran guardado. Porque aunque uno tenga una naturaleza de por sí pasota, todo el mundo se ve mellado en su autoestima cuando le dicen a cuento de nada algo que no le gusta escuchar y que, en mi caso, no fue uno, ni dos, ni tres, los que coincidieron en afirmar que pudiera ser, no digo yo que no, que haya cogido unos kilitos de más.
“Oye, ¿tú estás más gordo, no?”, fue a la postre lo que vino a propiciar la cadena de sucesos en los que, a cuenta de vieja, vinieron a participar casi una veintena de personas.
Mi madre tiene una teoría, aquella que dice que se me ha ensanchado el cuerpo a los 30 y a dónde quiero ir ya con la figura espigada y fibrosa que me ha caracterizado la última década. A esta teoría, la de El increíble Hulk, achaco que en episodios anteriores se me rompieran no menos de tres pantalones y que algunas de las camisas que me quedaban como un guante, ahora agonicen sus botones por quedarse fijados al ojal.

En ésas estábamos cuando amaneció y me dije “tío, hay dos caminos: o te quedas en la cama y asumes tu redondo futuro o en un acto de temeridad sin precedentes, te enfundas en ropa deportiva y sales a ver cuánto duras jadeando hasta que caigas al suelo”. Como es uno de por sí valiente, allí que salí a la calle temprano, no sin arrepentirme varias veces por el camino por la nostalgia de mi cama.
Todo iba bien, hasta que paré. Pudo coincidir en el tiempo que, cercano a la meta que me impongo al correr por el río, viese al solecito a un guiri leyendo un periódico y comiéndose un bocata que me hizo reconsiderar de lo acertado de mi decisión matutina. Y paré.
Vi en el agua a un hombre chapotear, pero en principio no me extrañé. Todos saben que esta ciudad es de locos y cada uno tiene sus apetencias por la mañana. De mí también muchos podían haber pensado lo mismo. Pero algo no iba bien y un sexto sentido me hizo vigilar con la mirada a ese hombre, un buzo quizá, en su camino a la orilla, con cortas inmersiones. Como llevaba esa dirección, no me preocupé.
Sí lo hizo una piragüista, otra loca deportista de las mañanas, que se iba acercando al hombre sospechando que podía necesitar ayuda. Así fue. Enseguida se puso a agitar los brazos. Miré hacia los lados, no vi a nadie y bajé corriendo a un ritmo impensable minutos antes para un trotón.
Aquel hombre estaba asfixiado y no podía, más bien no quería, salir del agua pese a estar en la orilla de piedra. Intenté subirlo yo solo, pero con su peso y la ropa mojada, no podía, mientras la piragüista no paraba de chillarme algo en un idioma raro que me estaba sacando de quicio. Sosteniendo la mano de aquel hombre, con la que me quedaba libre empecé a hacerle señas al guiri del bocata, que raudo bajó temiendo que se le iba a cortar la digestión. Y casi, porque nos pasamos un buen rato tirando de aquel hombre (dejé que la mayor parte del esfuerzo la hiciera el joven guiri que para eso él había desayunado) hasta que conseguimos sacarle del agua.
Eaun Paul, el guiri, y yo, dimos el ok a la piragüista, por lo visto holandesa como Eaun, y empezamos a desnudar a aquel hombre que no estaba para preferir nada, pero que seguro acogió mejor la chaqueta del guiri que la mía sudada. Llamé al 112 mientras Eaun recostaba al socorrido, pero en un despiste, éste se incorporó vueltas las fuerzas e hizo el amago de volver a tirarse. Mi móvil se fue al suelo y ayudé como pude a Eaun a reducir a aquel tío, que se había quedado con más ganas de agua. Aquello no era normal, nos miramos el guiri y yo, y seguí insistiendo a los del 112 que vinieran, y pronto.
Intentamos tranquilizarle, pero el hombre, más bien un chaval de no más de 35 años, iba tan borracho que sólo decía algo de sus padres y de un coche. Cuando pasados cinco minutos eternos llegó el primer poli motorizado de los 20 que vendrían después, este chico volvió a intentar el tirabuzón de doble vuelta hacia el agua, pero ya nos cogió prevenidos y lo agarramos, mientras el poli no iba a más de 10km/ hora. “Yo no voy más a buscarle al agua”, le dije al poli apresurándole.
Entonces llegaron otros y, por lo que le sacaron del relato de los hechos, había saltado del puente. Intentaba sumergirse y acabar con sus problemas de un trago largo, nos dijeron al tomarnos declaración a Eaun y a mí. Nos informaron de que acabábamos de realizar “una acción heroica”, que yo y Eaun ya nos habíamos felicitado con un “well done” por su parte y un “bien hecho, picha”, por la mía.
Según nos dijo el poli, la acción altruista quedará recogida en los archivos policiales (no me dio tiempo a preguntar si se puede convalidar por una multa de estacionamiento indebido o si me cogen por la calle con un piti) y que el chico, cuando se recupere, podrá agradecernos personalmente, si quiere. “Me debe un cubata”, me dije, pero quizá no sea aconsejable, para él digo, ni quizá tampoco para mí si tengo que perder esos kilillos de más por los que esta mañana salí temprano.
Si no hubiera sido por aquellos que me han martirizado estas semanas, nada de esto hubiera pasado, así que a pesar de todo en definitiva, gracias, porque los superhéroes, también Hulk a pesar de que ensanche, tienen que estar en forma por si alguien les necesita.

  • Esther

    Una muy buena anécdota, como se suele decir, para contar a tus nietos. Enhorabuena, y a estar en forma. ÁNIMO!!!