Lucky, no fortuna

Ole-papa | 26 de agosto de 2010 a las 9:00

lucky no, fortuna 600

De resaca no apetece fumar. Va pasando la mañana y el cerebro va reclamando su dosis de nicotina, así que cuando salgo a la calle a las cuatro de la tarde a que me pegue el soletazo voy con un mono que no veo. En agosto, un bar abierto con expendedor de tabaco es para un fumador encontrar un oasis en medio del desierto. Rezas para que la máquina funcione, tenga cambio y le queden reservas. Esta vez, sin problemas.
Tan contento con mi primer cigarrito del día voy ensimismado en mis canciones del mp4, cuando algún sentido interno me advierte de que alguien me está llamando. Me quito un auricular, miro a los lados y ahí están. De frente.
Viene hacia mí una familia gitana, enterita con tos los avios. Del grupo, se adelanta un chavea canorro, que me pide tabaco. “Rubio, ¿tienes un fortunita?” Es obvio que llevo, así que acepto el impuesto revolucionario impuesto a los payos.
Siempre he vivido enfrente de barriadas gitanas. Del roce también hice amistades. Y enemigos. De adolescente, casi todos mis amigos eran gitanos.
Me acuerdo la vez que después de salir de una discoteca de verano e irnos a un campo a disparar a las palomas con una escopeta de fogueo, llevé de vuelta a uno de mis amigos a casa a desayunar. Estaba el gitano tan contento zampando un bocata de mortadela cuando aparece mi madre con bata de domingo. Casi le da un infarto cuando le vio.
Digamos que un retrato robot de mi colega en ese momento le describiría como un gitano de pelo ensortijado y sombrero de paja, lleno de tatuajes y los ojos rojos después de 24 horas en la calle, que en el momento de ver que su bocata de mortadela podría peligrar lo agarró con tanta fuerza que podrían haber saltado por el aire las aceitunas. Su hambre hay que contextualizarla en que su frase preferida era “más vale porro en la mano que ciento volando”.
Si mi padre hubiera visto el episodio le hubiera dicho a mi madre el clásico de “éste se hace colega de cualquiera que lo aguante en los bares hasta las tantas” y ella hubiese añadido como siempre de coletilla: “hijo, tú hasta que no se va tol mundo a casa no te quedas tranquilo”. Uno que se preocupa de la gente.
Pues digo que se me iba acercando al chavea a recoger el cigarro que generosamente iba a darle cuando la mama (la suya) no acierta a bajar la acera, pierde el equilibrio y se pega una carajazo calorro pa dejarse allí tol bigote. ¡Ole mama, que piñazo¡
Creo que cayó en cámara lenta o así lo viví yo. La repetición de la jugada nos dejaría a una señora de moño y lunar con pelo que duda en la bajada de babucha, opta por volver atrás, no le acompaña el cuerpo, se agita desesperadamente por aferrarse a alguna agarradera con la que mantener el equilibrio y mientras cae se pregunta por qué el hijo se le ha despegado del brazo. Pues se le había despegado por mí, para recoger el cigarro.
Con la mama en el suelo, me quedo de piedra, y los otros nueve gitanos restantes, también. Momento de confusión, sin duda, en no saber si me iban a despellejar allí mismo o dejarme pa luego de arrecoger a la madre. La impulsiva niña de unos 16 años subida a unas plataformas que lleva de zapatos levanta la mano para zumbarme con todos los anillos y pulseras a la vez, los demás que se me van acercando y yo diciendo “oye, que yo no he hecho nada”, rezando por que a la mama no se le ocurra levantarse y me culpabilice del incidente echándome encima a la maldición de su familia a la voz de “ay, que malaje el pelirrojo, que ma traío mal fario”.
Lo menos que puedo hacer aún y ante la falta de reacción de su clan es acercarme a la señora morsa, ¿está usted bien?, y tirar millas antes de que la cosa se ponga fea y ponte tú a razonar con el calor que hace. Escapo del cuadro a paso legionario y escucho que me chillan. No mires atrás, no mires atrás, y deja el tabaco que sólo trae cosas malas, me digo. Ni Lucky, ni fortuna, ni ningún otro.

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