La teoría de las aceitunas

Ole-papa | 29 de agosto de 2010 a las 9:00

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En las noches todos necesitamos a alguien (Enrique Vila Matas)

Bien, pues la teoría en sí dice que, en una pareja perfecta, siempre hay una persona a la que le gustan las aceitunas y la otra las detesta. El ying y el yang, el dragón y el tigre, el equilibrio perfecto, el sol y la luna, Jagger y Richards. La teoría, más allá de la curiosidad, es una hipótesis complementaria a aquella de la democracia del amor. Uno recibe tanto como da. Si a ella no le gustan las aceitunas, él al principio renegará para evitar el conflicto o las comerá a escondidas de una tacada, ajenos a que allí se sustenta la ciencia cierta de la mutua felicidad que ambos más tarde aceptarán.
A mí las aceitunas me gustan, mucho. Son redondas, y es conocida mi predilección por las cosas redondas. Como los días, redondos, con su mañana, sus tardes y sus noches. Y por otro lado, como también es consabido, me encantan las teorías.
Sigamos. Si al empezar un día de mí dependiese cómo comenzara, esa mañana caería una fina lluvia. Dice una teoría, ésta de Woody Allen, que si la secuencia chico conoce a chica es lluviosa, hay lío. Pero si hay sol, el resultado es tan sólo platónico. Nadie acompañará a nadie en paraguas, ni el bar servirá de refugio.
Pero precisamente ese tiempo, climatológico, es el que menos me importa, en comparación con el otro, el que se esfuma. Porque el tiempo no es como los tristes humanos pensamos, no pierde el tiempo dedicándose a perder el tiempo.
Sin embargo, cuando menor es la preocupación por ese tiempo que parece perdido, otra teoría cae a plomo. Aquella que dice que, precisamente cuando no buscas, es cuando encuentras. Porque justo cuando pensamos que estamos caminando por la calle como un pollo sin cabeza, en la esquina hay alguien. Y te observa.
Así que a la hora de comer y sentados a la mesa, te encuentras enfrente con la chica que todo lo sabe. No sólo conoces quién eres, cómo te mueves o en qué piensas, sino cuáles serán tus próximos pensamientos, tus siguientes movimientos y en quién te convertirás. De repente, te revela que aborrece las aceitunas. “Como yo”, compartes sin mirar a los ojos.
La tarde viene a continuación y, al contrario de lo que dice la teoría, no es el principio del ocaso. Aunque a veces lo parezca. La indecisión salvaje, el asomarse constantemente al precipicio con miedo, la negación de lo evidente, el “que te den”, la incertidumbre de un encuentro que nunca llega, tan sólo, es el preludio de la noche.
Porque entonces metes los dedos con la intención de tocar lo más profundo y no hay oscuridad. Ríes con las canciones que le gusta bailar, las trufas de chocolate, los calcetines de colores, los motes que le pusieron en el colegio y el rubor que disimula en las mejillas cuando te mira. Los besos como oxígeno, la risa como vida.
El amor aparece, acaba el día que deseas nunca termine y ya da igual si nadie te conoce y a nadie más encontrarás en la calle, quién eres o serás, si el tiempo se evapora si es a su lado, te es indiferente si a la mañana siguiente la fina lluvia que cada día anhelabas se convierte en un sol que libera y hace libre, y si por las tardes, recuerdas, dejaste la indecisión, la agarraste y os tirasteis sin miedo al precipicio como si fuérais uno solo, sincronizados, el salto al vacío de la pareja perfecta. Entonces, al final, sólo quedarán las aceitunas.

  • Tattoo'd Lady

    Ohhhhhhhh….. Hay muchos ejemplos que confirman tu teoría. Sin ir más lejos, mis abuelos. Él, el pobre, tiene que comer aceitunas si las quiere en el patio de casa, nada de mezclarlas en la mesa con alimentos comestibles.

    En este caso, tu chica, como mi abuela, es la que tiene buen gusto ;).