Cartas de amor

Ole-papa | 3 de septiembre de 2010 a las 13:31

cartas_amor_

QUIZÁ sea por el bombardeo de ofertas de escapadas románticas que me pongo ñoño y me vienen a la cabeza los primeros sentimientos de aquello que algunos llaman amor.
Ha pasado tiempo desde aquella primera vez a principios de los 90 . Remontándome, identifico a esa cara aniñada porque, amigo, sigues sin tener ni idea de qué esperan de ti las niñas.
Ella se llamaba Cristina y tenía once, un año menos que tú, o sea, yo pero sin barba. A ti, el mí de entonces, ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza que un día esa personita a la que un día le habías dado un pelotazo en la cara y rabiosa se había revuelto orgullosa para insultarte con un desolador “Feo”, podía albergar ese tipo de sentimientos.
Por eso, cuando un día se lanzó hacia ti con paso muy serio, pensaste que venía a tomarse la venganza de aquel aciago disparo. Pero no, te dio una carta que guardaste casi avergonzado mientras ella se escapaba apresurada del lugar tras dejar en la estela aquella risita infantil “jijiijiji”. Pensaste.: ¿Carta bomba?
Y era normal, porque aquel barrio en el que vivías no era precisamente terreno abonado al amor. Unos treinta chiquillos de diferentes edades pasaban allí sus horas al terminar el colegio, hasta la noche. Quien os estuviera observando habría diferenciado dos mundos: el que se movía y el que no. Porque mientras ellas jugaban en un metro cuadrado, a las casitas, las muñecas, la comba o la piedra, a vosotros las murallas se os quedaban pequeñas de perseguiros los unos a los otros para daros mamporros.
Mientras permanecías en estado de alerta ante aquellos salvajes, aquella niña de pelo corto sin ganas de devolverte el testarazo se acercó.
Mantuviste la carta a salvo en el bolsillo toda la tarde, extrañado, felizmente ignorante, y al terminar de cenar, leíste.
Buff, otro problema más, como si no tuvieras suficientes con mantener tu piel a salvo. Ahora le gustabas a una chica contra la que habías chutado.
Se lo contaste a tu mejor amigo, tu fiel escudero, tu primer cómplice de historias de alcoba. Y recuerda, aquellos días que siguieron fueron todos para planear qué ibas a hacer con tu primera gran preocupación en las relaciones con el sexo quieto: ¿cómo demonios te las ibas a ingeniar para hacer eso que habías visto en la tele y que tenías que cumplir como supuesto novio de una chica, ese temido momento del primer beso?
Ideaste, con tu amigo, que sería en el callejón de atrás, el lugar oscuro y alejado de miradas curiosas. Lo de dónde ibas a poner las manos y cómo moverías la lengua lo dejaste a la improvisación. Bastante tenías ya.
El plan estaba trazado con minuciosidad, todos los finos hilos puntados en un perfecto ovillo, y todo seguramente te hubiera ido bien si en lugar de enredarte en mapas de campo y estrategias de combate, no se te hubiera pasado por alto un simple detalle fundamental para que los planes salieran bien: ella.
De la que hacía días, desde que te dio la carta, que no tenías ni idea de por dónde andaba.
Así que cuando unos días después leíste en la fachada del bloque de enfrente su nombre dentro de un corazón de tiza no debio extrañarte que junto al de ella apareciera el de un tal Torrico, del que ya habías oído hablar como el maldito nuevo Jason Prestley del barrio. Ahí saboreaste por primera vez el amargor de otro nombre en la que creíste iba a ser tu boca y comprobaste la fugacidad de la pasión de una carta de amor.
Una sola semana había pasado desde que (vaya con la tímida) se acercó a ti y ya caminaba de la mano con otro por el bloque de enfrente, justo delante de aquel corazón que te atormentaría aún durante meses y que ni siquiera la lluvia llegó a borrar de tu infortunio.
El desamor del primer amor esfumado tampoco te llevó a reaccionar cuando a tu amigo se le cayeron varios papeles arrugados en los que la letra te resultó conocida y que, sí, pertenecían a ella.
Durante semanas te había escrito esperando una respuesta.
Aquellos papeles se los había entregado al que tú mismo habías elegido como aliado, amigo que él solito había decidido ocultar esas cartas y que todo fuera como siempre.
Él y tú como compinches sin chicas de por medio que ya habría tiempo, y al que di la razón y seguí a su lado, porque ni esas primeras cartas, ni esos primeros sueños, ni tampoco esos primeros desengaños, iban a ser, afortunadamente, los últimos.

Los comentarios están cerrados.