O lo zanjas o te zanjo

Ole-papa | 4 de septiembre de 2010 a las 9:00

zanja

Luego me acusan de que soy un quejica y estoy todo el día gruñendo, pero hay cosas que pasan que a veces miro al cielo y digo “illo, ¿no hay más gente?” Y es que este tipo de experiencias me hacen plantearme cada vez más en serio dedicarme a jugar a las palas de playa profesionalmente y dejar de lado la carrerita ésta. Pensaba que a estas alturas lo que más miedo me da en esta vida es caerme en la ducha o su variante playera, resbalarme al pisar en la playa un carajo de mar y abrirme la cabeza contra una roca, pero estos días de finales de verano me han hecho variar mi fobia hacia otra terrible casualidad: las obras municipales.
Ya he descrito alguna vez que vivo en una callejón que si engordas un par de kilos igual no entras. Vale, hasta ahí todo correcto. Por eso estos días se me viene a la cabeza una pregunta, “alcalde, ¿se puede saber qué galáctico proyecto tienes planeado para a mi calle?. Ningún metro o línea de AVE cabe, así que manda a los albañiles a otro sitio que me tienes frito todas las mañanas con el ruido de la taladradora.
Sucede que llegaba y de buenas a primeras bajo mis pies se abrió una zanja de dos metros al doblar la esquina que casi me lleno la boca de arena. No me acordaba que horas antes me encontré de frente con unos albañiles (los veo más que a mi familia) y ellos no supieron adivinar de qué iba la historia cuando me lamenté en voz alta “no puede ser, ¿otra vez estáis aquí?”.
“Bueno, ¿y ahora esto de que va?”, les interrogué. “Saneamiento”. “Tuberías y eso, ¿no?” “Sí”. ¿Y si aprovecháis y me ponéis el ONO?. Callada por respuesta. Viendo que la altura de la obra estaba al borde de mi puerta les avisé “¿no me vayáis a dejar encerrado ¿eh?”. “No, hombre, no, tú no te preocupes, esto en una par de horas está listo”.
Tiempo les faltó. Cuando volví a la hora de la comida, me separaban tres metros de salto para intentar agarrarme al poyete de la puerta y con la otra mano en un movimiento de destreza intentar meter la llave sin caerme a la zanja. Lo pensé, tenía mucha hambre, pero advertí que si me caía en mi foso particular, a saber a qué hora vendrían a rescatarme.
Cogí camino de los bares de la plaza y allí me los encontré. Nada más verme, se pusieron blancos, más callados que si hubieran visto a sus mujeres. “Hombre ¿qué tal?”, saludé dejando que la inquietud les corriera por las venas y esperando que el hueso de la aceituna se les quedase clavado en la faringe. “Esto… ¿no me dijisteis que era un par de horas?”. “Sí”, asintieron. “Saneamiento ¿no?”. “Sí”. “¿Y me dijisteis que no me iba a quedar encerrado en casa ¿no?”. “Sí”. “Entonces ¿veis alguna explicación lógica a que esté aquí ahora?”.
Les costó unos segundos enlazar dos ideas, pero uno de ellos advirtió de repente… ¡la tabla¡ Se recriminaron unos a otros el despiste, intentaron invitarme a una cerveza, pero yo, cual princesa agraviada a la que el dragón le está echando los tejos mientras el príncipe está en el bar con los colegas, sólo quería superar aquel foso y entrar en mi casa, expliqué. Uno de los tres se hizo el loco y decía que si el montadito o no sé que, pero sólo tuve que echarle una mirada para que fuera con sus compañeros a ponerme el salvoconducto hacia mi hogar.
Desde mi casa con la ventana abierta se escucha todo y les oí cuchichear algo parecido a “qué malas pulgas tiene el rubio”. A punto estuve de bajar y pillarlos in fraganti que les iba a decir “todo el mundo callado aquí y a sacar este país adelante”, pero no encontré a tiempo las calzonas con las que salgo a correr por si precisaba de un salto de tres metros antes de darles alcance.
Probablemente otro mes del año no me hubiera comportado así, pero estos albañiles me han cogido más gruñón que nunca, con esto de la vuelta al curro. Así que sólo pude amenazarles, “si no zanjáis esto, os zanjo”.

  • Sebas

    Un año he tenido yo la calle patas arriba con el dichoso Plan E del gobierno que no sabían en qué echar el dinero y pensaron en dar por saco a los vecinos del barrio. Diecisiéte veces rompieron la acometida de agua de casa (aunque parezca que exagero por eso de ser andaluz, no lo hago) mas otras tantas que la cortaron por otros motivos. Así que había días que teníamos que ducharnos con coca cola. Y por mas que quisieras estar de buen rollo con los albañiles pues te daban ganas de decirles “¡O zánjais esto u os zanjo!” Y total, al final ha quedado la calle peor que estaba.