Las noticias se venden

Ole-papa | 5 de septiembre de 2010 a las 9:00

noticias

Si paso unos días en la casa de la familia y amanezco en domingo, la chica de la papelería sabe que tiene una cita conmigo. Eso es al menos lo que pienso de camino, que sus domingos ya no son lo mismo, inquieta por si, de repente, aparece ese extraño que aún conserva la romántica costumbre de dejarse unas monedas en periódicos, quizá dos, a veces tres. Generosa sonrisa, imagino que fantasea con dónde me detengo para acercarme a lo que sucede en el mundo. Una tranquila terraza con una cerveza fresquita, la sombra que cobija en un parque o quizá piense que me introduzco en un sótano oscuro donde, minucioso, recorto artículos, columnas, anécdotas, fotografías, que luego guardo en una carpeta de cartón. Es un juego que me entretiene cuando salgo decidido hacia su reino de papeles, donde ella custodia las noticias de esa mañana, que nunca fueron antes ni serán las mismas.
La guardiana de los tesoros caducos sigue allí, como esperaba, y esta vez le traigo además otro negocio. Un tren a Madrid aguarda y necesito una impresora que justifique la compra. “Eso es un minuto”, promete sonriente. No hay nadie en la papelería, como de costumbre. Pienso que quizá sea el único morador que cada cuanto pase por allí.
La recuerdo en verano, con una camiseta amarilla que, al agacharse, me convenció de que, sí, el mejor sitio para los suplementos era allí, debajo del mostrador. O aquella otra vez en que la revista que quería sólo podría alcanzarse si se alzaba a una escalera y, sí, sigo sin tener ningún interés por las motos, pero su sitio era aquél.
Así que cuando me dijo que iba a tener que esperar un rato porque el ordenador no funcionaba, tampoco me importó. Quizá incluso le contara a lo que me dedico, una de esas manos anegadas que pintan el papel que sólo yo le compro un domingo por la mañana cualquiera, ésos a los que ella vigila cual cancerbera de la actualidad.
De pronto un hombre entró. Ella seguía trasteando sin tino en el ordenador y dejé el ejemplar del periódico que estaba hojeando en el mostrador, por si el cliente quería ése. De hecho deseé que quisiera ése, aunque yo no escribiera ese día. Otros más llegaron, en goteo, y se pusieron en cola mientras ella arreglaba mi asunto. “Enseguida estoy” decía, y comencé a especular sobre cuáles podían ser mis potenciales lectores, no ese día ya, pero quizá otros. La máquina seguía sin funcionar, ella se excusó y comenzó a atender a mi espalda, dándome la oportunidad de analizar a los lectores de un domingo cualquiera. La improvisada espera podía ser provechosa. Crucé los dedos y con los ojos les dirigí a mi montoncito.
El primero, muy serio, pidió otro. “No pasa nada, es sólo el primero”, me dije. Pero se había acabado. Ofuscado se marchó. El segundo, un hombre mayor que llegó con un chico en silla de ruedas, también quería el mismo. Igual suerte, claro, aunque éste añadió que lo quería por la chaqueta de Trancas y Barrancas para el chico. Ella, simpática, le imprimió un cupón y él se fue contento, pero sin noticias. El tercero también quería el más vendido en Madrid, “por goleada, me dije”, y casi entra en furia por su ausencia. “¿Y no hay otro que tenga esta película?” Ella negó con la cabeza.
Acerqué distraído mi montón, titulares en letra gorda, y parece que influyó, porque el adolescente al que le tocó turno lo pidió y entonces media sonrisilla me asomó. “Ole tus güevo. Eso está bien, tenemos a los lectores jóvenes”, me dije orgulloso. “¿Oiga, pero éste no es el de la taza”. “No, ése es otro”. “Ah, vale, pues el otro. Quise ahorcar al traidor, imberbe felón que se deja engatusar por un cacho de plástico. “Vaya educación la de la ESO”, apuntalaron mis ojos al ingrato.
Luego preguntó uno por un destornillador que, sabía, da este mi periódico. La ex guardiana de los papeles, léase ahora vendedora ambulante, se bamboleaba detrás del mostrador buscando promociones de un lado a otro mientras los clientes, léase lectores, la preguntaban por las tazas de café, el dvd portátil o las toallas de no se qué equipo, en la rifa de los regalos con letras de relleno. “Voy a tener que llamar a mi marido para que mire el ordenador”, me soltó a quemarropa.
Su figura, antaño deseada y romántica, se desvanecía en un montón de ceniza apilada. Se esfumaba la mercader de los papeles tintados, simple tendera ahora.

Despedida. HaSta la PrÓxima OcaSión

  • Manuel

    Hola, me encantan tus artículos y te sigo a diario(incluso cuando no publicas también me paso por aquí). Yo te descubri gracias a un periodico y me has alegrado las mañanas de verano, me encanta como escribes espero no dejes de publicar estos artículos.

    Gracias

    Desde huelva, provincia de Aroche

  • Ole-papa

    Gracias. Podrás seguir visitando este blog en http://www.olepapa.com. Un saludo

  • Abogado Malaga

    Es la primera vez que te leo y la verdad es que me has dejado con la boca abierta y, por supuesto, con ganas de más. Así que ya me verás más por aquí. Un saludo y enhorabuena.