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Las hormigaz odian el cinetube

Ole-papa | 22 de julio de 2010 a las 14:26

hormigas

“Vengaz, vengaz, ahora que ze habrá dormío, que salga la avanzadilla de reconozimiento; si eztá todo en calma, atacamoz”.
No noté nada raro en casa cuando llegué tras una tarde de las de cervecitas y tintitos de verano. Puse la tele, no me convenció nada, abrí las palomitas de microondas y conecté el ordenador a ver una peli. Las plagas de insectos se mueven a su antojo en verano, saben que con este calor no hay quien aguante. Pero con lo que no contaban es con el parón a los 72 minutos de las pelis de internet.
“Mayday, mayday, la operación ha fracazado, vuelta a caza”, empezarían a llamarse por el móvil las hormigas, que siempre tienen cobertura, de ahí las antenas. Pero ya era tarde para ellas.
Porque cuando la cerveza bajó y fui al baño en el intermedio ése desesperante, vi al batallón que planeaba invadir mi casa. Salían por todos lados y el reguero de vivaces cabecitas negras desfilaba por el cuarto, el pasillo, el salón y terminaba en la cocina, donde se agolpaban en una caja de pizza de la mañana. Repasé de nuevo el sendero y observé cómo iban por grupos transmitiéndose información para seguir avanzando. Las había pillado in fraganti y mejor les hubiera salido toparse con un oso hormiguero, hubiera sido menos cruel. Aquello era el apocalipsis.
“¿Ezo que ze mueve qué ez lo que ez, un mamífero?” No sólo era eso. Para su desgracia, era un mamífero con escoba. Planeé el plan de contraataque mientras un hormigueo me sacudía el cuerpo. Tenía la sensación de que corrían por mi espalda. Había que actuar rápido. Como soy un animal de sangre fría, dicen, empecé por el origen. De esta forma, al comando que salió primero de expedición no le llegarían noticias de lo que estaba pasando en el puesto base, jajajjajaajja (reí sádicamente).
“¿Qué ozcuro ze ha puezto ezto ¿no?”
Ataqué con la luz apagada para que no advirtiesen de mi presencia y cogerlas desprevenidas. “Oztiaz, ¡una ezcoba¡” Al darle de nuevo al interruptor, habían roto filas en el suelo, pero para mi sorpresa, muchas corrían palo arriba.
Ahora el que tiró la escoba y salió corriendo era yo, tenía que admitir que estaban mejor organizadas. Pensé en coger los objetos importantes de la casa, lo que había que salvar de un desastre natural –las chaquetas que me compré en Nueva York, un peluche de pelocho al que le tengo cariño, la batidora que no he estrenado, los calzoncillos de la suerte, y un libro si daba tiempo- y pagarles el alquiler mensualmente fuera a ser que se cabreasen y me siguieran. Pero al llegar a la puerta, caí en que me olvidaba de algo importante: la play y sus cables. No podía dejarla atrás, precisamente a ella que tanto me ha dado. Medité y tras minutos de reflexión, pensé un plan mejor con el que demostrar la supremacía del hombre, sobre todo, del hombre cabreado.
“Viztoria, viztoria”, estarían celebrando por todo lo alto, con hormigaz en bikini y mendrugos de pan bañados en cerveza, cuando divisaron por el lejano horizonte al que sería ya para siempre recordado en la colonia como ‘el ezterminador’.
El mamífero (mamífero mamón, decían por lo bajini), había regresado y no venía armado con lo que se había demostrado inútil instrumento de aniquilación masiva, la estúpida escoba. Ahora el mamífero portaba otro objeto mucho más amenazante, nada más y nada menos que una fregona empapada.
Con meneos de cadera al compás de la música de Wagner, las tropas iban cayendo sin compasión. Corrían sin rumbo, la cadena se había roto y en apenas segundos la batalla estaba resuelta a mi favor. Tres de ellas fueron absueltas premeditadamente, para que volvieran de donde quisieran que viniesen y contasen a las nuevas generaciones que, en aquella casa, ni de coña se volvía a planear una incursión temeraria como la que habían protagonizado en el parón de la peli.
Y con mi triunfal victoria sobre la madre naturaleza, y sin quitarme el cosquilleo que tenía aún por todo el cuerpo, regresé a mis cosas y me puse la de Ants, la de dibujitos. Necesitaba reconciliarme conmigo mismo y quitarme el ecologista remordimiento. En fin, si alguna vez soy juzgado por un tribunal de hormigas, alegaré allanamiento de morada y defensa propia. “Ezte mamífero enorme y tan rubiazco es máz inteligente; no deberíamoz habernoz atrevido a molestarle”, concluirán en la sentencia.

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