Fútbol y contaminación acústica

Jesús Alba | 15 de julio de 2010 a las 2:41

Presenciar un entrenamiento de fútbol debería requerir un comportamiento igual o similar al de la entrada a la ópera. Me dirán ustedes que uno de los grandes aderezos que tiene un partido es la salsa que ponen las gradas con sus gritos, cánticos y manifestaciones de locura. Pero es distinto.

Sé que estoy hablando de un imposible, pero repasen y vean que he escrito “debería requerir”. No es una afirmación, es un deseo propio que se sabe inalcanzable. Por eso, no me miren mal si me reconocen en uno -en un entrenamiento digo- y me ven solo, apartado de las tertulias. Además, es que tengo algunos coletazos de ser insociable. No muchos, no vayan a creerse que no se me puede hablar.

Lo que pasa es que asistir a un entrenamiento requiere un esfuerzo (espera, sol y calor en esta época y lluvia, viento y frío en otra) y yo trato de que valga la pena. Soy educado. Llego, saludo, hago algún comentario y cuando puedo me escabullo. Aprovecho para exponer mis mejores dotes de civismo mientras dura el calentamiento previo, los juegos de pelota que buscan la finalidad de mejorar, como se suele decir, aspectos técnico-tácticos de los fútbolistas, aunque yo eliminaría la parte que sigue al guión que sirve de unión. Mejoran la técnica y a veces son tan enrevesados que uno piensa que quien los diseña en sus ratos libres también debe dedicarse a parir crucigramas para que los rellenen otros. Rondos con un toque, con dos toques o tres obligatorios -uno solo no vale-, con dos balones, con dos equipos y un futbolista comodín, que para eso hay tres colores de petos… Todo eso me puede mantener la atención dispersa, pero cuando el entrenador alza la mano y anuncia sesión táctica, hago una prosprección del campo, analizo la situación y me voy en busca de la ubicación que mejor se adapte a mis necesidades.

Y mis necesidades entonces son ver y escuchar y, como en la ópera, la contaminación acústica se convierte en enemigo del fútbol, de mi fútbol. Tenemos la suerte de que en este espectáculo nos dejan asistir a los ensayos, a la mayoría porque también los hay a puerta cerrada. Con la ópera no, aprovechémoslo. Yo llevo mucho tiempo haciéndolo, aunque claro, también depende del cuerpo técnico que dirija la obra. Con algunos es imposible, aparte de las pachangas para que desfoguen todos -jugadores y público-, todo son crucigramas. 

Para ver no tengo problemas, en las revisiones rutinarias a las que he ido hasta ahora (toco madera) los oftalmólogos no encuentran letras más en miniatura que mostrarme. Pero en lo de escuchar importa mucho la distancia y no por mi salud auditiva, de la que -vuelvo a tocar madera- no he recibido quejas, sino porque hay una serie de variables que, en su conjunto, acaban siendo directamente proporcional a mi capacidad de frustración. Son las siguientes: el número de metros que hay entre la posición del entrenador y la mía, la dirección de su voz en los muchos giros sobre sí mismo que la explicación a un grupo posicionado en el campo requiere y, cómo no, la contaminación acústica.

Pero bueno, hablemos de fútbol ya y utilicemos la primera, la distancia, para entender cómo se organiza una sesión táctica. Joaquín Caparrós Camino, que los que me conocen algo saben que no está en mi santoral pero al que respeto enormemente porque le ha dado muchas cosas al fútbol y al Sevilla, se presentó una vez a un entrenamiento de pretemporada con una cuerda. Pero no era una cuerda, eran tres cuerdas. Cuando las repartió entre sus defensas y empezó a hacer bascular la línea de izquierda a derecha, todos los que allí estábamos y queríamos prestar atención entendimos lo que buscaba. Las cuerdas, cogida por las puntas por los cuatro zagueros, la función que hacía no era más que la de mantener la distancia entre las piezas de la línea y ayudar a los futbolistas a acompasar mecánicamente sus movimientos sin que ningún actor se quedara descolgado. Es la regla número uno de un sistema defensivo, no dejar huecos y defender en bloque. Evitar que uno de ellos se descuelgue y cree el desequilibrio.

Pero a Caparrós, en mi humilde opinión de periodista que ningún profesional del fútbol -de los que cobran- tendrá en cuenta, se le olvidó dos cuerdas más. O a lo mejor no quería complicar más el ejercicio y convertirlo en un crucigrama. Pregúntenle a un defensa central si para ellos no es igual de importante atar con una cuerda al lateral que tienen a izquierda o derecha que tirarle otra cuerda al medio centro que tienen delante. Si éste se vuelve loco en la presión, acabará sacando al central de su espacio natural y la consecuencia posterior será que el lateral tenga que acudir a cerrar el centro y la consecuencia posterior es que la banda se quedará libre… A Zokora ya lo tengo calado, habrá que ver qué comportamiento táctico tiene Guarente, aunque la tendencia individual puede ser atemperada si los consejos son sabios.

En fin, como sé que aburro, aquí os dejo unas imágenes sobre lo bonito y educativos que pueden ser los entrenamientos en pretemporada. Advierto que, a falta de aficionados, el fantasma de la contaminación acústica adquiere esta vez forma -es un decir- de viento. Y al viento tampoco le gusta el fútbol.      

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