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Otro paso en el cambio hacia el euro digital

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:43

TRIBUNA, 16/4/2021

El 12 de octubre de 2020, el BCE anunció una consulta pública para que el mundo académico, el sector financiero, las autoridades públicas, empresas y, en general, cualquier ciudadano, tuvieran la oportunidad de pronunciarse acerca de la posibilidad de disponer, como complemento al euro físico actual, de un euro digital, esto es, un euro igual de seguro por estar emitido también por el banco central pero que proporcionara una mayor eficiencia y comodidad para los pagos diarios. Tres meses después, el 12 de enero de 2021, se cerró la consulta, y esta semana, Fabio Panetta, del Comité Ejecutivo del BCE, ha presentado el informe con sus resultados a la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo.

El informe analiza las 8.221 respuestas recibidas, un récord histórico en las consultas públicas del BCE. Aproximadamente en el 43% de ellas la privacidad se consideró la característica más importante para un futuro euro digital. Otras características relevantes que se han señalado por los participantes son la seguridad, que pueda usarse en toda la zona del euro, sin costes adicionales y que fuera fácil su uso fuera de línea.

La cuestión de la privacidad ocupó gran parte de la intervención de Panetta en el Parlamento. La clave reside en conseguir que se respete el anonimato pero que a la vez puedan evitarse las actividades ilícitas como el blanqueo de capitales o la financiación del terrorismo. La tecnología puede conseguirlo, afirmó Panetta. Y también aclaró que en todo caso mejor guardados están los datos en el BCE que lo que están ahora en instituciones privadas que pueden hacer uso de ellos para fines comerciales. Además, explicó que podría tener diferentes grados de privacidad al igual que tiene ahora el dinero: para pagos fuera de línea de bajo valor, podrían ser completamente anónimos; para transacciones electrónicas y de gran valor, sólo se accedería a la información bajo supuestos legales.

Del mismo modo, Panetta trató aspectos como la integración en los servicios de pagos actuales, la necesaria protección digital, las propuestas de soluciones técnicas o la conexión internacional con otras monedas. También se afanó en calmar los temores de los bancos comerciales ante la posibilidad de que se produjera una salida masiva de sus depósitos hacia el dinero seguro en el BCE: “El euro digital estará programado para pagar, no para ahorrar”. Para conseguirlo podría imponerse un límite por usuario o remunerar/cobrar por ellos para gestionar la cantidad de euros digitales en circulación.

En los próximos meses, el Consejo de Gobierno del BCE decidirá si se inicia una fase de investigación formal sobre un euro digital. Cinco años tardaría el proceso hasta ponerse en práctica. Todo esfuerzo necesario para garantizar que ese euro digital satisfaga las necesidades y expectativas de los europeos, y siempre en convivencia con el dinero físico. Éste es el programa, según Panetta, pero la significativa disminución del uso de efectivo, el auge de las criptomonedas, los lanzamientos de medios privados de pagos globales y los avances de otras monedas soberanas virtuales -como el e-yuan- pueden apresurarlo.

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Fusiones e innovación en la banca

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/4/2021

La semana pasada, Caixabank debutó como banco único en el Íbex 35, tras el adiós de Bankia al parqué español, una vez que la fusión se hizo jurídicamente efectiva. Por otra parte, la otra fusión, la protagonizada por Unicaja y Liberbank para crear la quinta mayor entidad financiera del país, también dio un paso más al recibir el visto bueno de sus respectivas juntas de accionistas. Ambas fusiones persiguen un objetivo, compartido y prioritario en todos los bancos europeos: incrementar la rentabilidad.

El supervisor europeo, la Autoridad Bancaria Europea, no para de denunciar que tal como están no son viables, y pide a los bancos que remuevan Roma con Santiago para mejorar sus cuentas. En su Panel de Riesgos para el último trimestre de 2020 continúa sacándoles bandera roja: “La rentabilidad se mantiene en niveles muy bajos y es un riesgo clave para la sostenibilidad a largo plazo de muchos bancos”. Además, a corto plazo, por la pandemia, la perspectiva es que la presión sobre la rentabilidad se mantenga persistentemente alta.

También este informe señala que la viabilidad a largo plazo de las instituciones pasa por optimizar su estructura operativa, con más inversiones en nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y por la racionalización de las redes de sucursales, aunque impliquen costes sustanciales a corto y medio plazo. En definitiva, que se reconviertan y generen la banca del futuro: digital y por el móvil.

El proceso está siendo doloroso. Y se comprende que José María Roldán, presidente de la patronal bancaria española, pida que se entienda esta lógica empresarial ante las críticas que reciben por los continuos cierres de sucursales y despidos masivos, y por las que recibirán, porque las fusiones no harán más que acrecentarlos. Además, Roldán también se defiende de otra crítica: que la reducción del número de entidades crediticias no va en detrimento de la competencia bancaria porque nuevos operadores están penetrando en los nichos rentables de la actividad bancaria: medios de pago, pero también financiación empresarial y de consumo.

Efectivamente, las fintech y bigtech les están comiendo el terreno. Su irrupción en el ámbito financiero han sido uno de los principales detonantes de la crisis del sector bancario. Así dice Roldán que “obliga a los bancos a acometer una auténtica revolución digital para hacerles frente”. La competencia es lo que tiene (de bueno). Benditos operadores que han venido a espabilar a una banca protegida y acomodada. Están introduciendo innovación a espuertas y obligando a la banca a apuntarse a este proceso. Sin ellos, esa maravilla de Bizum, por ejemplo, no la hubieran alumbrado nunca los bancos.

Y no vale acusarles de competencia desleal. Su regulación es más laxa, pero esto es así porque no entran en lo más peliagudo de la actividad de la banca: la toma de depósitos. Esta función la ejercen en exclusiva. Su negocio es así, para lo malo y para lo bueno: sufren un exceso de regulación porque el ahorro de la población es vigilado con el máximo celo, pero a la vez también disfrutan de enormes privilegios. Quizá le innovación actual termine desembocando con el fin de la intermediación bancaria.

Apostar por las ‘startups’

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:40

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/3/2021

Esta semana, el Observatorio Económico de Andalucía celebró, en formato on line, una de sus sesiones periódicas. En esta ocasión, el ponente fue Tom Horsey, un inglés afincado en Sevilla que está considerado uno de los 200 business angels más activos de Europa y que enfoca su inversión especialmente en startups de Andalucía. Las startups son empresas, normalmente digitales, que se caracterizan porque son muy escalables, esto es, con capacidad de hacerse con el mercado global, aportando ideas diseñadas para cambiar el mundo. En su conferencia (www.oeandalucia.com) Horsey declaró la inmensa satisfacción que supone ayudar a los emprendedores a superar las múltiples barreras que tienen que ir venciendo con sus propuestas. Y cómo esta satisfacción se ensancha cuando se comprueba el positivo impacto que estas startups consiguen en las empresas clientes para las que trabajan, generando valor y empleo y, por tanto, beneficiando finalmente a la sociedad completa. Por si fuera poco, este lado “ángel” en ningún modo va desligado del lado “business”, porque su actividad inversora le proporciona tasas de rendimiento de hasta el 40%.

Eso sí, hay que hacerlo con cabeza. La cartera debe estar bien diversificada y lo ideal es invertir a través de un fondo por las numerosas ventajas que conlleva invertir de forma colectiva. El porcentaje de fracasos de estas empresas es alto, entre el 20 y el 25%. El resto se resuelve con diferentes grados de éxito. Algunas aportan algún valor, otras revalorizan bien la inversión y sólo 1 de cada 25 consigue ser tan rompedora como para compensar por sí sola lo invertido. De media, pasan unos 7 años en recuperar el principal y entre 10 ó 12 años en obtener ganancias.

En Andalucía hay startups, pero muy pocas en relación con su población. Al respecto, Horsey afirmó que resulta -por su clima, historia o cultura- una región atractiva para el talento emprendedor, aunque presenta aspectos negativos: existen trabas administrativas, fiscalmente no es el sitio más competitivo y no se habla inglés al nivel deseado. Por otro lado, como en toda Europa, falla la financiación: el europeo es demasiado adverso al riesgo y su banca, muy conservadora. Pero además en Andalucía falta financiación alternativa, las family offices no invierten en ellas y no hay apenas business angels. Se cuenta con el apoyo público, pero escasea el capital privado.

Conseguir desarrollar un ecosistema inicial es muy importante, aconsejó Horsey, porque su propia gravedad atraerá otras nuevas. Fundamentales son la mentorización, para que no se repitan errores, y la colaboración, que permite explotar sinergias, creando puentes entre las startups y las más asentadas, que les soliciten soluciones de innovación abierta o que inviertan en ellas. Las universidades están haciendo un buen papel, pero sería deseable que los emprendedores conocieran la realidad del sector antes de intentar innovar en él. Y a estos, les da tres consejos: lo importante no es la idea sino la ejecución de la idea; hay que tener curiosidad y ambición para resolver un problema, pero hacerlo con humildad, estando dispuesto a escuchar al resto; y ser flexible, pivotando si las circunstancias lo requieren.

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De récord en récord, y así 12 años

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:39

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/3/2021

Este miércoles hemos conocido que en España se ha batido un nuevo récord: nuestra deuda pública ha alcanzado los 1.314.335 millones de euros al cierre de enero, casi un 10% más con respecto a enero del pasado año. Efectivamente, la Real Academia Española define récord como el resultado máximo conseguido hasta un momento determinado en una actividad. Pero hay que preguntarse si se le puede seguir denominando así cuando ese máximo se renueva continuamente, perdiendo ese carácter que debe tener un récord de algo excepcional y muy difícil de superar. Es lo que le pasa a la deuda pública española, que lleva doce años de récord en récord y bajo la completa seguridad de que va a seguir marcándolos sin descanso en el futuro próximo.

Para comprender la magnitud del crecimiento que ha experimentado la deuda pública estos últimos años hay que señalar tres momentos. En 2008, justo antes de la crisis financiera: ascendía a 0,4 billones de euros (39,5% del PIB). A principios de 2020, justo antes del inicio de la pandemia: se había multiplicado por tres, hasta los 1,195 billones de euros (95,5% del PIB), tras más de once años recogiendo los efectos devastadores de la crisis financiera y sin que se procediera a su disminución a pesar de la llegada de la recuperación en 2014. Y actualmente: el primer año de la pandemia la ha disparado en 118.457 millones de euros (hasta el 117% del PIB).

La sostenibilidad de ese enorme volumen de deuda está siendo posible por la intervención del Banco Central Europeo. Con sus programas de compras de activos se ha convertido en propietario de 384.845 millones de euros de deuda pública española (el 29,2% del total). Disponer de este comprador incondicional ha facilitado que la prima de riesgo española se mueva en niveles bajos, con el consecuente ahorro de intereses que esto supone anualmente. Así, el Tesoro cobra a los inversores a corto plazo (hasta 5 años) y paga por el bono a diez años un 0,3%.

Y la semana pasada se vio cómo el BCE está al quite, y en cuanto el coste de la deuda ha comenzado a elevarse levemente, se ha comprometido a incrementar sus compras de bonos para detenerlo y garantizar la recuperación con ello. Por supuesto, también a renovar y renovar todos los importes adquiridos mientras haga falta. Y ya veremos qué más habrá de hacer, porque quedan años duros de fuertes déficits y los récords seguirán, y no cesan las intensas tendencias al alza de los rendimientos.

La Comisión Europea, en sus últimas previsiones, señalaba que la deuda pública española podría alcanzar el 122% del PIB en 2021; y en 2022, el 124%. Ante este panorama -el problema no se limita a España- ha planteado mantener en suspenso las reglas fiscales hasta al menos 2023 y ser flexible para exigir su cumplimiento a partir de esa fecha. Recordemos que el criterio previsto por el Tratado de Maastricht, basado en la prudencia y el rigor financiero, considera que un país tiene unas finanzas saneadas si su deuda pública no supera el 60%. En Bruselas también se habla ya dereformar esta regla sobre la deuda, de hacer con ella un Groucho Marx (éste es mi criterio, pero si es incumplible, pongo otro) y “tirar p’alante“.

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Stop al alza de los rendimientos

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/3/2021

La reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo de esta semana se presentaba calentita. Lleva tiempo presidiendo el ambiente el miedo a que se reavive la candela de la inflación. La soplan vientos del oeste, de EEUU, derivados de la posibilidad de que su economía experimente una reactivación fuerte. Y en este contexto, ayer jueves, el BCE tenía que pronunciarse. Es posible imaginar a su presidenta, Christine Lagarde, y a su equipo estresados, sopesando qué decisiones tomar y cómo trasmitirlas a un mercado pendiente de cada una de las palabras que emiten, del orden que escogen para ellas y hasta del tono en que las pronuncien.

El miedo ante la expectativa de un repunte de la inflación ha llevado a los inversores a ponerse manos a la obra y vender bonos europeos, que consecuentemente han subido los rendimientos (recordemos la relación inversa en la renta fija entre precio y rendimiento). Lo peor es que esos aumentos en los rendimientos no son derivados de mejores perspectivas económicas en Europa sino por simple contagio de las subidas de los bonos americanos. Mantenerlos bajos es un compromiso del BCE. Sus miembros se esfuerzan en cada comparecencia en trasmitir que “mantendrán unas condiciones de financiación favorables”. Si Estados, empresas y familias ven incrementados sus costes financieros, esto perjudicaría la recuperación en Europa, que ya de por sí se desarrolla de una forma frágil y lenta.

Los bonos soberanos europeos han aumentado su rendimiento, sí, pero todavía están en niveles extraordinariamente bajos. Sin embargo, el mercado, nervioso, quiere claridad: ¿exactamente hasta qué nivel van a aguantarse las alzas? Los inversores saben que con el enorme programa de compras de activos por la pandemia, PEPP, se puede bajar el rendimiento en un pispás, sólo es cuestión de darle más marcha a esas compras, o de asegurar que se va a consumir íntegro. Pero no les basta con su potencialidad, quieren verlo en acto.

El comunicado de ayer aborda estas inquietudes directamente, en su inicio, de forma abrupta: “el ritmo de las compras en el marco del PEPP durante el próximo trimestre será significativamente más elevado que en los primeros meses de este año”. Además, afirma que la dotación del programa puede recalibrarse -léase, elevarse- si es necesario. Y vuelve a subrayar la flexibilidad del programa en cuanto a activos y jurisdicciones.

El BCE fue contundente, desde luego, pero deja el plan abierto, no como otros bancos centrales, que han cerrado posiciones: la Reserva Federal, permitiendo que la inflación pueda superar el objetivo sin tocar tipos; o Japón o Australia, asegurando que mantendrán el coste de la deuda soberana en el 0%. No es de extrañar. Los del BCE tienen que librar además de esta batalla externa, una interna. De un lado, miembros como Fabio Panetta, que declaró hace unos días que las políticas de estímulo debían ser, emulando el título de la canción del grupo francés de música electrónica, Daft Punk, Harder, better, faster, stronger. De otro, el alemán o el holandés, que no consienten, y con razón, que el control de los rendimientos de los bonos soberanos se convierta en el objetivo primero.

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Entregados a las tarjetas

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:35

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/3/2021

El Banco de España ha publicado este lunes unas estadísticas que confirman lo que todos ya sabemos: cada vez utilizamos más las tarjetas para pagar y hacemos menos uso del efectivo. El dinero físico parece tener sus días contados. Todo parece converger para este cambio. La tecnología lo posibilita, incorporando mayores facilidades para realizar las operaciones. Para las instituciones públicas supone disponer de mayor control para combatir la economía sumergida y las actividades ilícitas. Por su parte, las entidades financieras lo llevan propiciando desde numerosos frentes, y ahora han desarrollado Bizum, la mejor innovación financiera desde el invento del cajero automático. Y, por último, los ciudadanos, que por comodidad lo aceptamos.

El crecimiento de las operaciones de compras realizadas en terminales de punto de venta (TPV) es imparable. Más de 160 mil millones de euros se compraron pagando con tarjetas en los establecimientos en el pasado año. Las compras con tarjetas crecieron con muchísima fuerza en los años de tanta bonanza -y de formación de la burbuja- previos a la crisis de 2008. Con la depresión posterior se estabilizaron, pero desde 2016 -y salvo en el atípico año 2020- retomaron el ascenso, con un incremento medio anual del 14%.

En nuestro país se utilizan hoy en día 86 millones de tarjetas: 37 de crédito y 49 de débito. El número de TPV ha evolucionado en consonancia. Actualmente funcionan 2 millones, más del doble que en 2000. Este trasvase de los clientes hacia el pago digital ha venido posibilitado también por la disminución radical de las comisiones que tiene que pagar el establecimiento por este servicio bancario: si en el 2000 la comisión media era del 1,59%, a finales de 2020 se situaba en el 0,34%.

Por otra parte, también se puede concluir que desde el 2000 el número de operaciones de retirada de dinero en los cajeros ha ido disminuyendo, aunque cada vez sacamos importes más elevados. La caída ha sido continua pero suave. Sin embargo, esta tendencia se ha radicalizado en 2020: en número ha descendido un 31%, y el 18% si atendemos al importe. El año pasado se realizaron 624 millones de retiradas de efectivo en los cajeros de todo el país; en 2008 se superó el millón de operaciones. Actualmente hay 49.000 cajeros, casi los niveles de principios de siglo, cuando llegó a haber casi 62.000 funcionando en 2008.

Más allá de los datos, cada uno de nosotros está viendo cómo diariamente propicia este cambio con sus propios actos. Sin duda, un mundo sin efectivo conlleva indudables ventajas, aunque tampoco está exento de inconvenientes. Para los gobiernos la lucha por el control se desplazará hacia otros territorios, como las criptomonedas. También supone darles a las entidades financieras un poder excesivo respecto a la creación y a la soberanía del dinero. Son dos nuevos frentes que están empujando a los bancos centrales a emitir dinero digital soberano. Y en medio de estos cambios, estamos los ciudadanos, que podemos ver cómo desaparece la privacidad disponible con los billetes y monedas. “La moneda es libertad acuñada”, decía Fiodor Dostoievski. Así que, como reivindicación, mejor utilizar el dinero de cuando en cuando.

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El precio del co2, por las nubes

Carmen Pérez | 17 de abril de 2021 a las 16:33

TRIBUNA, 26/2/2021

Europa siempre ha sido la abanderada contra el cambio climático. Y la primera que se decidió a implantar un sistema de mercado para penalizar la emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero. “El que contamina paga”, ese es el objetivo. Cada empresa, si pertenece a los sectores afectados y en función del volumen de emisiones que expulsa en el año, tiene que comprar derechos de emisión (cada derecho es un activo financiero que permite al que lo compra contaminar una tonelada de CO2) para compensarlas. Ahora, el precio de este derecho se está disparando.

Fue en 2005, un año después del Protocolo de Kyoto, cuando Europa implantó este mercado financiero de derechos de emisión (Euets). En sus inicios el precio del derecho superó los 30 euros, un nivel de precio suficiente para emitir las señales adecuadas, esto es, que consiguiera que las empresas se tomaran en serio la contaminación y emprendieran medidas para frenarla. Pero con la crisis financiera las predicciones sobre las que se sustentaba dicho mercado fallaron: la grave contracción de la producción conllevó que las emisiones descendieran, provocando que existiera un exceso de derechos en el mercado.

Consecuentemente, durante mucho tiempo el precio estuvo muy bajo. Así, desde 2011 a 2017 se movió en el entorno de los siete euros. Y las implicaciones de un precio tan bajo son determinantes porque en el precio se concentra la eficacia de este sistema. Con precios bajos es tan barato contaminar que el incentivo para el desarrollo y aplicación de tecnologías limpias que consigan una economía baja en carbono se anula. Por ello, para volver a alinearlo a este objetivo, el mercado fue sufriendo diferentes reformas, modificándose las normativas que lo regulan y las cantidades de derechos que la Comisión subastaba.

En 2018 ya se situó en torno a los 22 euros. Pero está siendo en estos últimos meses cuando está experimentando un crecimiento espectacular: el precio ha subido un 60% desde noviembre; la media de los últimos cinco días ha sido de 38 euros y el 12 de febrero alcanzó un récord de casi 40 euros. El motivo de este acelerón se encuentra en el acuerdo que firmaron hace unos meses los líderes de la UE: han establecido un objetivo para 2030 de reducir las emisiones un 55% respecto a las de 1990, en vez del 40% fijado en el Acuerdo de París. Para este límite más severo, la Comisión subastará menos derechos y el precio será más alto. Algunos analistas incluso esperan que se alcancen los 100 euros por tonelada.

El anuncio de la Comisión ha desatado la especulación, no sólo en el mercado al contado (spot), sino también en los de futuros y opciones sobre estos derechos. Los bancos y grandes fondos, a los que se les permitió adquirirlos aunque el sector financiero no es un sector afectado, están entrando a saco. Por diversificación, como protección ante la inflación o por especulación pura y dura. El problema es que el precio se pase de rosca y que cotice tan alto que penalice de forma abrupta y excesiva a la industria europea. La Comisión tendría que intervenir, ahora para bajarlo. Política y mercado casan mal. Y peor aún si además el mundo financiero está por medio intrigando.

Collage financiero

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/2/2021

La semana pasada Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank, concedió una entrevista al diario alemán Augsburger Allgemeine. Pocos días antes, alrededor de un centenar de economistas publicaron un manifiesto encabezado por el francés Thomas Piketty y al que se adhirieron la presidenta del PSOE, Cristina Narbona, y el secretario de Estado de Derechos Sociales y responsable económico de Podemos, Nacho Álvarez. Constituyen dos posturas tan dispares como la noche y el día. Saltan chispas al ponerlas una junto a la otra. Y para los españoles más, si, completando este collage explosivo, colocamos en medio la voluminosa cifra de nuestra deuda pública, publicada esta semana por el Banco de España.

Weidman deja en la entrevista sus dogmas bien claros: el respeto absoluto por la ortodoxia fiscal, por la estabilidad de los precios y por la iniciativa privada. Así, advierte de que las finanzas públicas de la zona del euro deben ponerse en orden después de la crisis del coronavirus. Además, exige que el BCE retire esta política monetaria tan expansiva en cuanto se prevea que se va alcanzar la tasa de inflación objetivo. Tajante, espera que llegado ese momento no le falte determinación al BCE, aun cuando aumenten los costes de financiación para los países altamente endeudados. Por último, afirma que, aunque por la crisis han intervenido masivamente, los estados deben retroceder: lo hacen mejor los empresarios.

La tensión para los próximos años está asegurada. Y España está en el centro de la diana. La deuda pública española ha cerrado 2020 en 1,31 billones de euros, lo que supone un incremento de 122.439 millones de euros, la cantidad que prácticamente el BCE ha comprado. Y si se suman las compras en todos estos últimos años, resulta que el BCE es el dueño de más de 300.000 millones de euros de deuda española. Por otra parte, el déficit público de 2020 supera el 11% del PIB y se espera que continúen muy altos también los próximos años.

Con estas circunstancias, se hace difícil aceptar la rígida postura del alemán: a España le va a resultar imposible sostener su prima de riesgo sólo con sus fuerzas propias. Pero de la solución de Piketty hay que desconfiar, aunque en principio parezca tan ventajosa. No abre el debate sobre la conveniencia de una mayor flexibilidad fiscal y de que la ayuda monetaria se extienda en cantidad y tiempo suficientes para procurar la sostenibilidad de la deuda, sino que propone directamente que el BCE condone las deudas (o transformarlas en deudas perpetuas sin intereses). Supondría el perdón de casi 2.500.000 millones de euros para toda Europa.

El manifiesto no considera las posibles repercusiones que tendría en la inflación y desprecia completamente la disciplina fiscal y el control de la deuda. Con todo, lo peor es la segunda parte de la propuesta: ¡que volvieran a gastarlo! El “perdón del BCE” sería a cambio de que los estados se comprometan a invertir las mismas cantidades en la reconstrucción ecológica y social. Ellos dicen que ese sería un primer signo fuerte de que Europa está recuperando su destino, pero más bien esconde el deseo de aprovechar la oportunidad para incrementar el poder y el control del Estado.

El final de la espuma

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/2/2021

Desde marzo de 2020, todo ha sido recibir malos datos económicos. Caídas del PIB históricas. Incremento del desempleo. Empresas quebradas o abocadas al cierre. Abultados déficits públicos. Deudas públicas disparándose. Y, a pesar de la esperanza que suponen las vacunas, sigue sin divisarse completamente despejado el horizonte. Sin embargo, cualquiera lo diría a decir de la evolución de las bolsas. Salvo algunas, rebosan optimismo. Al inicio de la pandemia, el miedo provocó fuertes caídas en los mercados bursátiles, pero enseguida empezaron a recuperarse los niveles previos. Es más, numerosos índices alcanzan actualmente máximos históricos, como el Nasdaq, que se ha revalorizado el 47,58% en 2020. Y el comienzo de 2021 está siendo eufórico.

Podría aducirse que las cifras de la economía ven el pasado, pero que los mercados miran al futuro y que los inversores han dado por hecho que la pandemia es algo transitorio. Además, al calor de las subidas muchos inversores minoristas se están incorporando. También quieren un trozo del pastel. Ya era una tendencia antes del virus, pero ahora se ha acentuado. No siguen la estrategia clásica de comprar y mantener, sino que operan a través de las redes sociales y las nuevas plataformas on line, con costes de transacción casi nulos. En estas semanas pasadas hemos visto cómo mueven el mercado cuando lo hacen de forma masiva y organizada.

Lo cierto es que no hay muchos sitios para llevar el dinero. La actuación de los bancos centrales está empujando a los inversores hacia las acciones, que son los únicos activos que ofrecen algo de rentabilidad en un mundo de tipos de interés negativos. Las valoraciones que se están alcanzando son demasiado altas. El indicador Buffett ha registrado un máximo de 13 años: las acciones mundiales ahora equivalen al 122,4% del PIB mundial, la mayor sobrevaloración desde la crisis financiera.

Los bancos centrales llevan una década comprando masivamente activos financieros, y con la pandemia de forma desaforada. Se metieron en esta dinámica y no saben ni a dónde puede conducirles y ni siquiera si llegará el momento en que puedan detenerse. Y las bolsas bailan más al ritmo de los bancos centrales que al de los resultados de las empresas o las previsiones macroeconómicas. Société Générale ha calculado que el S&P500 y el Nasdaq se situarían un 50% y un 40% por debajo sin el QE de la Reserva Federal.

El FMI ya ha alertado: la diferencia entre los precios de los activos y las valoraciones basadas en los fundamentales está cerca de máximos históricos en la mayoría de los mercados de bonos y acciones de los países avanzados; el BIS, por su parte, ha remarcado la distancia entre las valoraciones de los activos de riesgo y las perspectivas económicas. “Es difícil cronometrar el final de esta espuma”, afirmaba hace pocos días un director de un fondo de inversión. Y tanto. Lo mismo, mientras sigan los mercados nadando entre estímulos monetarios, la distorsión financiera exagerada siga persistiendo durante algún tiempo sin problemas. O no, porque en cualquier momento puede presentarse por sorpresa un evento que agite el frágil e inestable equilibrio actual y precipite la espuma drásticamente.

Oh, Draghi, ¡y al otro lado!

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:27

TRIBUNA ECONÓMICA,  5/2/2021

Sorpresivamente, de nuevo Mario Draghi está en el candelero. Lo estuvo durante ocho años, en ese tiempo cuando la política monetaria se volvió tan importante para los españoles que cada día se discutía hasta en los bares sobre la prima de riesgo y nos echaban por la tele, dobladas al español y todo, sus comparecencias tras las reuniones del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo. Desde que terminó su mandato, a finales de 2019, sólo ha aparecido puntualmente, cuando acudían a él para saber su opinión sobre asuntos de relevancia por su seriedad y la auctoritas que ostenta. Ahora, el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, le ha llamado para que tome el mando de Italia. Si fue capaz de salvar al euro, también será capaz de salvar a su patria.

En esta ocasión se situaría en el lado de los que deciden las ayudas sino del lado de los que las aprovechan. Además, ahora el planteamiento con el que se encuentra es distinto. Él pidió una y otra vez un apoyo fiscal europeo que se aplicara en paralelo al monetario que desde el banco central se proporcionaba. No le hicieron casi ningún caso. Su sucesora, Christine Lagarde, ha tenido mayor éxito en esto. En realidad, ha sido el virus el que ha conseguido que Europa sea más Europa y no sólo una reunión de países europeos. ¡A la fuerza ahorcan! La intensa gravedad del problema, que fuera una causa externa la que provocaba la crisis y que afectara simultáneamente a todos los territorios han conducido a la puesta en marcha de un fabuloso programa de estímulos, que incorpora incluso subvenciones a los países más débiles y afectados, como son los casos de Italia y de España.

Pero no nos engañemos. A eso también se ha llegado porque cuando la pandemia se desató las armas de política monetaria estaban ya muy gastadas. Cuando llegó Mario Draghi al BCE, se aplicaban sólo unos estímulos monetarios “acomodaticios”. Él tuvo que abrir la caja y llevar las herramientas tradicionales hasta el extremo y, no siendo aún suficiente, poner otras medidas no convencionales en marcha. Desde entonces, estas últimas se han utilizado tanto y en tal medida que se han normalizado. Draghi bien sabe cómo están protegiendo al Gobierno italiano, manteniendo su prima de riesgo baja, y al igual que se le consulta de asuntos fiscales a un ex inspector de Hacienda, que conoce la ley y sus límites, sabrá hasta qué punto puede tensar esa cuerda sin soliviantar a los socios.

De momento, ha aceptado el encargo con reservas. Primero tiene que explorar si puede formar gobierno. Y no lo va a tener fácil con el Movimiento 5 estrellas (M5S), el partido populista y antisistema, con mayor representación parlamentaria, y con la ultraderechista Liga del Norte. Ambas formaciones han manifestado sus recelos. Si lo consigue, ahora que está al “otro lado”, no debería olvidar cuando comience a utilizar los 200.000 millones de euros entre préstamos y subsidios que va a recibir de Europa, que él defendió que las reformas estructurales eran completamente necesarias. Tampoco debe olvidar que, aunque esté ahí el banco central cuidando de la prima de riesgo, es responsabilidad nacional alcanzar la solvencia propia.

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