Foro de Davos, BCE y la calidad del crecimiento

Carmen Pérez | 27 de enero de 2018 a las 10:24

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/1/2018

2,24 billones de euros después, la recuperación de la Eurozona es una realidad . Las cifras macroeconómicas así lo indican, tanto en términos de crecimiento como de generación de empleo y consumo. En este clima de euforia, se esperaba con expectación la intervención de ayer de Mario Draghi, tras la primera reunión del año del Banco Central Europeo. Toda la atención a sus palabras, para escudriñar si iba a acelerar el ritmo de la normalización monetaria. También esta semana, las miradas están puestas en los discursos del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos. Allí los planteamientos son distintos. Se discute, entre otros asuntos, sobre desigualdad y capitalismo sostenible.

Draghi no varió, respecto de la última reunión, ni una coma. Mantuvo sin cambios los tipos de interés, las compras de activos de 30.000 millones de euros mensuales hasta septiembre, la reinversión de las cantidades que fueran venciendo y la posibilidad de ampliar las compras si fuera necesario. Reiteró también que los tipos de interés no subirán hasta mucho más allá de que la compra de activos finalice. Todo un compás de espera, porque la inflación sigue por debajo del 2%, y por los posibles efectos deflacionarios derivados de la fortaleza del euro, que cotiza ya a 1,25 dólares.

Y a pesar de que las previsiones de crecimiento para la Eurozona, que se han vuelto a revisar otra vez más al alza, invitan al optimismo, Draghi volvió a insistir en la necesidad de acometer reformas estructurales, de colchones fiscales en los países muy endeudados, de finalizar la Unión Bancaria y la Unión del Mercado de Capitales o de sostener unas finanzas públicas más favorables al crecimiento. Podría haber utilizado perfectamente la metáfora a la que acude Alberto Gallo en su artículo del Financial Times del miércoles: “Al igual que un equipo de fútbol que intenta defender una ventaja frágil de la primera mitad, Europa necesita soluciones concretas para mantener bajo el riesgo y el impulso del crecimiento”.

Tampoco, en el Foro de Davos, conscientes de la creciente desigualdad, se apuntan a la euforia por los incrementos del PIB que se están experimentando: la recuperación no está llegando a todos, no está conllevando un desarrollo inclusivo. El presidente francés, Emmanuel Macron, es uno de los líderes que lo han dicho más claro. En su discurso reconoció que el crecimiento económico por sí solo no es suficiente, porque ha dejado fuera del progreso a muchas personas.

En Europa, los movimientos populistas y euroescépticos se han contenido. De momento. Pero pueden recrudecerse si los políticos no reforman y fortalecen la Eurozona. No deberían desperdiciar el tiempo que está concediendo la favorable política monetaria. Porque el principal riesgo ahora está en la inflación. JP Morgan la considera uno de los riesgos globales más importantes para 2018. Si las previsiones fallan y los precios sorprenden elevándose rápido, los bancos centrales echarían el freno de forma inmediata. Entonces, ni los 2,24 billones de euros que lleva comprados el BCE ni el esfuerzo que se le está imponiendo a los inversores minoristas habrán servido para que Europa gane el segundo tiempo.

Etiquetas: , , ,

Préstamos verdes: ¿aire limpio o riesgo bancario?

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/1/2018

La Cumbre One Planet, que el pasado 12 de diciembre se celebró en París, llevó los objetivos que se establecieron en el Acuerdo de París al terreno práctico, a la búsqueda de soluciones concretas para alcanzarlos. El cumplimiento de los compromisos adquiridos depende de que se lleven a cabo inversiones, sólo así se podrá avanzar hacia una economía baja en carbono. ¿Cómo hacerlas atractivas para que el sector privado las acometa? Y acotando aún más el problema. Se estima que las necesidades de financiación de dichas inversiones superan los 180.000 millones de euros: ¿cómo conseguir que las instituciones financieras se involucren y dirijan los flujos financieros hacia ellas? Poco tiempo después de la Cumbre, el vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, anunció una primera propuesta, de criticable rigurosidad financiera.

Dombrovskis comunicó que Bruselas está estudiando la posibilidad de reducir los requisitos de capital para los préstamos verdes, esto es, los destinados a financiar acciones o actividades ambientalmente sostenibles. Traducido a palabras más fáciles, el mensaje europeo sería el siguiente: “bancos, teñid vuestros balances de verde, conceded préstamos verdes, que os dejamos que el riesgo de vuestro negocio se eleve”. Por supuesto, los bancos estarían encantados con la idea. Para ellos se abre la posibilidad de atacar un pastel, de un volumen de negocio enorme, con las exigencias de recursos propios suavizadas. Incluso han asegurado que los costes de financiación de esos préstamos verdes serían menores, porque el ahorro que les produciría esta reducción de capital propio lo podrían trasladar a los clientes.

La noticia, en principio, puede parecer estupenda. Reguladores y bancos alineados con unos valores con los que la mayor parte de la población puede verse identificada. El fin a conseguir predispone favorablemente.

Pero, precisamente, para valorar su alcance, hay que prescindir del destino del dinero de esos préstamos, y verlos como lo que son: préstamos. Y con la medida propuesta se viste el santo medioambiental desvistiendo el de la estabilidad financiera. En este mismo sentido se ha pronunciado Moody´s, una de las mayores agencias de calificación de crédito: “Es negativo para la solvencia.

El establecimiento de requisitos de capital que subestimen los riesgos reales de los activos verdes puede debilitar a los bancos”.

La postura política de la Cumbre One Planet tiene sentido, hace falta que se alienten iniciativas verdes. Pero, para empezar, se tendría que definir con claridad qué proyectos se consideran verdes, para que no entren en el saco gatos por liebres. Después, buscar la forma adecuada para incentivarlos: con beneficios fiscales, a través de la cofinanciación público-privada, imponiendo cuotas verdes obligatorias a los grandes inversores institucionales o mediante ayudas financieras a los consumidores de productos verdes. Pero establecer requisitos de capital en función de los objetivos de la política, en éste o en cualquier otro tema, sin atender al riesgo de los préstamos, es una forma segura de gestar una nueva crisis.

Deuda pública y pensiones

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 1271/2018

Esta semana el Tesoro ha hecho pública su Estrategia de Financiación para 2018. En esta ocasión, para ilustrar el documento utiliza las imágenes de algunos de nuestros mejores Teatros. Es de suponer que con estas muestras del rico patrimonio con el que contamos quiere hacernos más digerible el angustioso panorama que nos pone por delante el texto: el Tesoro tiene que conseguir el próximo año en los mercados 220.145 millones de euros.

De ellos, 180.000 millones es para pagarles a los inversores que compraron en el pasado Letras del Tesoro y Bonos y Obligaciones del Estado, y les llega el vencimiento. Es decir, pide dinero de nuevo a los mercados para poder atender las amortizaciones que llegan. Además, el Tesoro recabará otros 40.000 millones de euros para hacer frente a la necesidad adicional de dinero, porque el Estado seguirá gastando más de lo que ingresa por impuestos. Se cuenta en estas previsiones con atender el déficit anual y con que se vuelva a conceder un nuevo préstamo a la Seguridad Social de 15.000 millones de euros, que se suma a los 10.000 millones que se le prestaron en 2017.

Iremos viendo en qué condiciones consigue el Tesoro los fondos a lo largo de las 48 subastas que tiene programadas para 2018. Estos últimos años, los bajos tipos de interés con los que ha colocado los títulos ha permitido reducir de forma importante la factura de intereses a pagar cada año. También ha ido extendiendo la deuda en el tiempo para conseguir que se vuelva menos vulnerable a estas peticiones periódicas.

Pero este año empieza a ser diferente. Desde este mismo mes de enero inicia la retirada el que ha sido el principal comprador de nuestra deuda: el Banco Central Europeo. Y, en principio, nos dejará en septiembre solos a nuestras propias fuerzas ante los mercados financieros. A nuestro rating, BBB+ por la agencia Fitch, no le corresponde nuestra prima de riesgo actual de 105 puntos básicos. Aunque no esté totalmente correlacionado, países como México tienen una prima mucho más alta con igual calificación que la española.

La normalización de la política monetaria en la zona euro, por muy suave y lenta que sea, con seguridad encarecerá a medio plazo la deuda. Resulta temerario seguir incrementando su volumen cuando ya supera los 1,15 billones de euros. Es inevitable hacerlo para cubrir los déficits programados para los próximos años, pero solucionar el déficit de las pensiones mediante préstamos del Tesoro es una patada hacia delante, no abordar el problema de fondo. Máxime cuando las previsiones de las necesidades de la Seguridad Social las sitúan entre 61.000 y 83.500 millones de euros anuales en un futuro próximo.

Los estudios sobre las distintas posibilidades están más que hechos. De todos los colores. Con sus efectos colaterales, sus implicaciones económicas o los colectivos afectados. Urge tomar decisiones, que sean creíbles, viables, consensuadas, por muy impopulares que sean. Lo que es inadmisible es demorar el problema más tiempo, poniendo en riesgo la sostenibilidad de la deuda para hacer sostenible el sistema de pensiones.

El potencial de garántia, SGR

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/1/2018

La fusión de las dos sociedades de garantía recíproca (SGR) andaluzas, Suraval y Avalunión, ha conducido a una sociedad, Garántia, con un fuerte potencial para mejorar el acceso y las condiciones de financiación de las pequeñas y medianas empresas (pymes) y autónomos de Andalucía. Se convierte en la segunda SGR española en número de socios y en la tercera en volumen de actividad, por detrás de Elkargi, la vasca, e Iberaval, la castellanoleonesa. La nueva sociedad añade solvencia a la que ya por separado tenían; aúna sus largas y diferentes experiencias en la concesión de avales; y continúa con la rigurosidad financiera con la que actuaban, patente en la cifras de fallidos durante la crisis, similares a las bancarias, a pesar del mayor riesgo asociado a la naturaleza de su negocio.

La mayor dimensión que ha adquirido, además, permitirá a Garántia aprovechar mejor las posibilidades que ofrece hoy en día la aplicación de la tecnología a las finanzas. El sistema de rating y el portal www.conavalsi.com que han desarrollado las SGR harán que ganen en eficiencia, al procesar en menor tiempo y con menores recursos un mayor número de operaciones. También, las SGR están extendiendo el aval a las nuevas alternativas de financiación que la revolución fintech está generando, trabajando con fondos cuya finalidad es invertir en préstamos a pymes y con plataformas de intermediación entre pymes e inversores. En el futuro podrán explorar otras posibilidades, como avalar emisiones de deuda en el MARF o las operaciones de crowdlending. Otra vía abierta es la de operar con el ICO directamente, prescindiendo de la intermediación bancaria.

Y este potencial puede verse amplificado si reciben apoyo de la Junta de Andalucía, socio mayoritario de Garántia, con el 38% del capital social. Todo apunta a que así será, dado el protagonismo que ha mantenido la Junta para que la fusión se consolidara. Las posibilidades son varias: podría asumir el coste que les supone al autónomo o a la pyme contar con el aval. Podría aportar recursos a Garántia. O podría establecer un reaval, responsabilizándose de parte del riesgo. Habría que analizar cuidadosamente cuál de ellas contribuye en mayor medida a resolver el fallo del mercado. En todos los casos, la Junta puede articular su política de desarrollo económico definiendo los parámetros -sector, cuantía o finalidad- que tendrían que cumplir las operaciones.

A su vez, mayor volumen de actividad conlleva recibir mayor apoyo estatal: Garántia avala, pero la Compañía Estatal de Reafianzamiento, Cersa, asume parte del riesgo, el 50% como media. Cersa, por su parte, recibe el reaval del Fondo Europeo de Inversiones. Reparto de esfuerzos en cascada para apoyar a la pyme. Pero para que esta colaboración público-privada funcione resulta imprescindible que estas sociedades -mutualistas, sin ánimo de lucro y supervisadas por el Banco de España- desarrollen su actividad con total independencia. Además, que sepan hacer valer el aval, consiguiendo en las negociaciones con las entidades financieras -bancos o fintech- las mejores condiciones, de tipo de interés y plazos, para los préstamos avalados.

Etiquetas: ,

Propuestas radicales para transformar la economía

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/12/2017

En el artículo Three radical ideas to transform the post-crisis economy, en el Financial Times, su autor, Martin Sandbu, se queja de que las crisis políticas y económicas del pasado dieron lugar a reformas radicales y que, sin embargo, esta vez ha sido diferente. Su crítica se dirige a los políticos actuales, a los que acusa de no haber realizado el esfuerzo necesario para estar a la altura del desafío. Lo interesante del artículo es que Sandbu no se queda sólo en un repaso histórico, sino que lanza algunas ideas transformadoras que él añadiría a la lista. Son propuestas sorprendentes por ser él un liberal y por la ideología del periódico en el que escribe.

La primera consistiría en quitarle el control del dinero a la banca, que expande demasiado el crédito en épocas de bonanzas y lo retrae durante las crisis. Y como esto es una receta segura para la inestabilidad financiera, la alternativa radical es nacionalizar la oferta monetaria, abriendo cuentas en los bancos centrales a empresas y personas. El papel de los bancos se limitaría a asignar los ahorros a las inversiones, en lugar de crear nuevos créditos.

La segunda reforma que introduciría sería avanzar en el Estado de bienestar, añadiendo otra red de seguridad económica a las que en el pasado se han ido tejiendo. Así, Sandbu apuesta por la aprobación de una renta universal básica, que estaría financiada por mayores impuestos.

Finalmente, plantea también revisar las políticas antimonopolio, regulando los servicios de internet con funciones económicas similares a las de los servicios públicos para que se comporten en aras del interés público, al igual que se combatió en su día el dominio de las grandes compañías industriales, petroleras o ferroviarias.

Son tres medidas que ayudarían a acrecentar el papel del Estado, y que vendrían a sumarse a otras muchas similares que se han ido tomando a lo largo de la Historia, como la implantación del impuesto sobre la renta o la creación de los bancos centrales a finales del siglo XIX. O las tomadas por Franklin D. Roosevelt, como el seguro de depósitos bancarios o la introducción de un salario mínimo. O el consenso de todos los países occidentales tras la segunda guerra mundial sobre la creación de economías socialdemócratas mixtas. También las actuales medidas de política monetaria han significado una intervención pública de una intensidad sin precedentes y que, aunque no nacieron con vocación de permanencia, es posible que se queden para siempre.

El interrogante es hacia dónde nos conducirá esta tendencia histórica y continuada, aunque no lineal, que va otorgando un creciente protagonismo del Estado en la economía y en las finanzas. Porque, además, es una tendencia que puede verse potenciada enormemente por las condiciones tecnológicas presentes. Sólo hay que pensar en las posibilidades de la tecnología blockchain. O en las técnicas de inteligencia artificial aplicadas a ingentes cantidades de información, o big data. Son el caldo de cultivo propicio para que nuestras economías evolucionen en el futuro hacia economías, como defienden los economistas chinos, basadas en planes a la vez que basadas en el mercado.

¿Saldremos de la sofocante deuda?

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2017 a las 8:48

TRIBUNA DE OPINIÓN, 16/12/2014

El gráfico que recoge el perfil de vencimientos de la deuda pública española es literalmente para echarse a temblar. Nos muestra lo que debemos pagar los próximos años, hasta el 2064, en el que aparecen los últimos vencimientos: el billón de euros desglosado por plazos. Para hacernos una idea, el año que viene tendremos que afrontar la devolución de más de 150.000 millones de euros, y en 2016, ya tenemos comprometidos 80.000 millones de euros; a lo largo de 2015 el Tesoro pagará unos 100 millones de euros diarios en intereses, en total 35.490 millones de euros, que superará en un 12% el gasto financiero de este año.

Pero si la situación actual es así de preocupante, la evolución de la misma será todavía peor. Primero, porque se necesita financiación adicional para seguir cubriendo los nuevos e importantes déficits que siguen apareciendo en nuestras cuentas anuales, por lo que nuestra deuda pública seguirá creciendo de forma inexorable. Segundo, porque en un escenario de mayores tipos de interés las cosas se pueden complicar enormemente, al provocar fuertes aumentos del gasto financiero y, por tanto, mayores déficits. Así, cada nueva emisión que realiza el Tesoro se convierte en una prueba de fuego para España.

¿Cómo conseguir que no nos devore la deuda? Respondiendo a esta pregunta, en los pasados días ha causado cierto impacto el artículo de Wolfgang Münchau, uno de los comentaristas más sobresalientes del Financial Times, en el que defiende abiertamente la propuesta del partido Podemos de reestructurar la deuda pública. Que es muy sensata, dice, que nuestra deuda pública es insostenible, que no hay otra solución. Muestra asimismo su asombro porque el resto de los partidos la ignore; juegan, dice él, a extend and pretend, o lo que es lo mismo, a seguir para adelante y fingir que no sucede.

En la propuesta de Vicenç Navarro y Juan Torres López para Podemos se señalan las cuatro vías para salir de esta situación: crecimiento económico (se estima que sería necesario un crecimiento en torno al 4% durante una década); un ajuste fiscal muy duro; una inflación suficientemente alta, o la reestructuración y el impago. Descartan las tres primeras y, por tanto, defienden que estamos abocados a la última: “La única salida posible a este auténtico círculo vicioso es la reestructuración lo más ordenada posible de la deuda europea y de la española. Y la cuestión, por tanto, no es si se desea o no llevarla a cabo sino en qué condiciones se va a dar porque es materialmente inevitable que antes o después se lleve a cabo, salvo que se quiera provocar una convulsión de consecuencias inimaginables en todo el continente”.

Sin embargo, el resto de partidos apuestan por la vía del crecimiento, que ya se espera que alcance en España el 2% el próximo año, y, de forma combinada a lo anterior, con proseguir con el ajuste fiscal. Las políticas monetarias y fiscales europeas se orientan en este sentido. En estos momentos, tenemos un valioso apoyo desde el Banco Central Europeo, BCE, que se muestra decidido a seguir llevando a cabo todas las medidas de política monetaria que sean necesarias. Su actuación seguirá manteniendo la financiación de nuestra deuda pública a coste bajo, y continuará facilitando que el crédito vuelva a llegar a familias y empresas. De forma añadida, los incrementos de inflación que puedan provocar estas políticas monetarias expansivas, aunque nunca serán elevados porque el BCE la mantendrá a raya, también ayudarían. Por su parte, con el Plan Juncker o Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas, la Comisión Europea pretende movilizar al menos 315.000 millones de euros en inversiones, y al que el Gobierno español ha presentado proyectos de inversiones valorados en 53.000 millones. También, la bajada del precio del petróleo, si se mantiene en el tiempo, puede ser un factor muy positivo para que afiancemos la recuperación económica.

Sólo con el tiempo veremos si hemos podido reconducir la deuda pública hasta niveles aceptables. Desde luego, lo que es seguro es que no va a resultar fácil en absoluto, y que, en todo caso, pasarán muchos años para ello. Pero no nos queda otra opción, la solución radical de Podemos no es solución, es abismo. En el mundo global en el que nos encontramos, ésa sí que podría provocar una convulsión de consecuencias inimaginables. Tiene que ser el BCE el que, en última instancia, decida cuándo y cuánto absorber de la deuda pública europea. Así que, por el momento, mejor sacar el mejor de nuestros ánimos, dejar atrás el pesimismo, y decir con Pablo Neruda, al que citan Vicenç Navarro y Juan Torres López en su documento: Adelante, salgamos del río sofocante.

Etiquetas: ,

Sin prisas con Bankia

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/12/2017

Estos años pasados han sido bien intensos. Las hipotecas subprime, el pinchazo de nuestra burbuja inmobiliaria, la intervención de las cajas, la angustiosa prima de riesgo, el informe Oliver Wyman, el rescate o la firma del Memorándum de entendimiento, por citar sólo algunos acontecimientos que nos han tenido en un continuo ay financiero. Tras tantas y tantas turbulentas circunstancias nos encontramos finalmente siendo propietarios de un 67% de Bankia, la cuarta entidad financiera en España. Y ya que los avatares de la vida nos han llevado hasta esta situación, ahora deberíamos pensar tranquilamente, sin prisas, cómo tratarla.

Desde luego, no quedárnosla, como quieren algunos, como arma política para el desarrollo económico, atender a los más desfavorecidos o prestar a las pymes sin el rigor financiero adecuado. Sería ésta una forma estupenda de verla de nuevo quebrada. Tampoco, como otros reclaman, para paliar la desertización financiera que muchas poblaciones españolas están sufriendo: en la solución a este problema debe implicarse toda la banca. Pero sí podríamos quedarnos con Bankia para ganar dinero. El tiempo necesario hasta que recuperemos hasta el último euro. Y mientras, que sigan entrando en las arcas públicas sus dividendos.

A Bankia se le inyectaron 22.424 millones de euros públicos. Con las ventas de acciones de 2014 (7,5%) y de la semana pasada (7%) junto con los dividendos percibidos se han recuperado unos 2.600 millones de euros. Y se está preparando otra venta del 20% para el primer trimestre de 2018. No se debería hacer a cualquier precio. Las perspectivas para la entidad son buenas. Es muy solvente, ha ganado con la integración del Banco Mare Nostrum, ha reestructurado la red de oficinas y la plantilla, y sus beneficios están aumentando, y más que lo harán si las subidas de tipos de interés comienzan.

Aunque el plazo impuesto por la Comisión Europea para estar completamente fuera de Bankia es diciembre de 2019, podría ampliarse si fuese necesario. Sería cuestión de negociarlo. Sólo tenemos que fijarnos en los italianos, expertos en cómo negociar en Europa con éxito, especialmente con el sector bancario. Es más, no parece un obstáculo insalvable cuando Jaime Ponce, el presidente del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, FROB, ha asegurado esta misma semana la flexibilidad de este plazo.

Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo apremian al presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, a que acelere su privatización. La razón que aducen es que se tiene que acabar con la distorsión que supone tenerla operando bajo la protección del Estado, como si hubiera algún banco hoy en día que opere fuera de ese paraguas. El actual equipo de gestión ha conseguido en cinco años que Bankia sea eficiente y solvente, con una rentabilidad que supera el 8%. Tampoco ellos quieren que después del esfuerzo se venda la entidad regalada, ni poco a poco ni completa a otro banco español o europeo. Jaime Ponce también ha asegurado esta semana que “No se va a hacer una venta forzosa si las condiciones no son las adecuadas”. Habrá que estar vigilando que cumpla su palabra.

El norte financiero

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/12/2017

Esta semana ha coincidido que muchos de los más importantes bancos centrales del mundo han tenido reuniones de sus consejos de gobierno. Entre ellos, la Reserva Federal (Fed), el Banco de Inglaterra (BoE) y el Banco Central Europeo (BCE). Desde el comienzo de la crisis, hace más de diez años, estos encuentros despiertan una enorme expectación. No es nada extraño. A ellos se les entregó el timón para que combatieran la crisis a través de sus decisiones de política monetaria. La inflación es la Estrella Polar que los guía, aunque en EEUU también se orientan mirando otra estrella: la tasa de paro.

Por eso, el miércoles, Janet Yellen volvió a subir -por tercera vez este año- los tipos de interés 0,25%, hasta situarlos en el rango de 1,25-1,5%, a pesar de que la inflación sigue sin estar donde debiera. Pero la tasa de desempleo es del 4,1%, la mínima en 17 años, y se espera que siga cayendo. Además, está por delante la reforma impositiva de Donald Trump, que podría estimular aún más el crecimiento, aunque posiblemente a costa de un mayor endeudamiento público. Desde enero, será Jerome Powell el que seguirá con la normalización monetaria, con los tres incrementos de tipos programados para 2018.

En cambio, en el Reino Unido, la inflación constituye un problema. Ha alcanzado el 3,1%, claramente por encima del objetivo del 2%. La ortodoxia financiera exigiría en este caso subir los tipos, como ya se hiciera el mes pasado, si el BoE no quiere comprometer su credibilidad. Sin embargo, ayer, su gobernador, Mark Carney, mantiene los tipos y el resto de los estímulos a pesar de la alta inflación. Tiene miedo a perjudicar la economía, porque elevarlos puede desanimar la demanda agregada.

También ayer Mario Draghi comunicó las decisiones acordadas: el plan sigue tal y como se había configurado en octubre, en lo planificado para las compras y en los tipos de interés, que no subirán probablemente en mucho tiempo. La estimulación, por tanto, continúa, aunque más moderada, en coherencia con las previsiones de inflación, que se sitúan en 1,4%, 1,5% y 1,7% para los tres próximos años. Al final de la conferencia instó a los gobiernos a realizar reformas estructurales, a constituir colchones fiscales a los países con alto endeudamiento y a corregir los desequilibrios macroeconómicos, tanto por exceso como por defecto.

Draghi se queja porque las medidas para combatir la crisis han sido y siguen siendo de naturaleza exclusivamente monetaria, las tomadas por ellos. De hecho, la crisis actual no ha provocado revolución alguna en la economía como sucedió con las crisis del pasado. Aquí en la Eurozona apenas un esbozo de Unión Bancaria. No hay atrevimiento para enfrentar con firmeza los muchos retos que nuestra sociedad tiene planteados. Como la lucha contra el cambio climático. Los gobernadores de los bancos centrales hacen bien en seguir a sus estrellas para guiarse, pero al mismo tiempo los gobernantes políticos deberían llevar el timón y tener claro cuál debe ser el puerto de llegada. Se da la coincidencia de que también esta semana se ha celebrado en París la cumbre global Un Planeta: Emmanuel Macron siempre sabe dónde está el Norte.

Financiar a empresas líquidas

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:11

TRIBUNA EONÓMICA, 8/12/2017

El sociólogo Zygmunt Bauman explicó en su libro Modernidad líquida los fenómenos de la era moderna y lo que nos diferencia de las generaciones anteriores. “Las realidades sólidas se han evaporado, dando paso a un mundo más provisional, ansioso de novedades y con frecuencia, agotador”. Un mundo donde nuevas oportunidades devalúan rápidamente las existentes, y que exige que las cosas no sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro. “Esto crea una situación líquida”. Sucede, nos dice, en todos los aspectos de la vida. En el mundo de la empresa esta “liquidez” se observa desde numerosas perspectivas: en la estructura organizativa y el liderazgo, la gestión de los recursos humanos o en la relación con los clientes. También en la estructura productiva.

Así, cada vez más las inversiones empresariales se concentran en activos intangibles: tecnologías de la información y las comunicaciones, investigación y desarrollo, bases de datos, software, diseños y creaciones artísticas, innovación organizativa y de procesos comerciales o imagen y marca. Una de las empresas más valiosa del mundo, Apple, no posee prácticamente activos físicos. En los Estados Unidos, el Reino Unido o Suecia, la inversión en activos intangibles supera con creces a la de activos físicos. Y la misma tendencia siguen Alemania, Italia o España.

Y estas inversiones tienen características propias. Son más arriesgadas por la gran incertidumbre sobre los beneficios que se producirán con ellas y el momento en que empezarán a generarlos. Además, muchas no tienen un valor de mercado como pueden tener unos terrenos o unas naves industriales; sólo son valiosas como parte del negocio de su propietario: el valor residual es escaso o nulo. Otras, incluso con la protección de la propiedad intelectual, son susceptibles de ser copiadas y explotadas por competidores. La subjetividad en la valoración, en consecuencia, es mucho mayor en este tipo de activos que en los físicos o financieros.

Estas circunstancias obligan a que la financiación de las inversiones en activos intangibles deba hacerse con mayor proporción de capital , es decir, con fondos propios, en consonancia con el mayor riesgo que incorporan. La aportación de capital de los propios empresarios o trabajadores y las ayudas públicas pueden ser la solución en los primeros estadios, pero cuando el proyecto adquiere dimensión precisa de instrumentos financieros adecuados que lo acompañen. En este sentido, potenciar el crowdfunding, el capital riesgo y el mercado alternativo bursátil (MAB) se hace imprescindible. En cuanto a la deuda, los fondos y las emisiones de deuda (MARF) deberían tomar mayor protagonismo. La banca, por su parte, tendrá que cambiar su concepción tradicional de negocio, tan dependiente de garantías físicas.

Como nos dice Bauman, la flexibilidad es la clave del mundo de hoy, no estar comprometido con ningún modelo para siempre sino listo para cambiar la sintonía en cualquier momento: el sistema financiero, “como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua”, tiene que adaptarse para dar servicio a la empresa con esta nueva composición de activos.

Euros digitales: una revolución monetaria

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:09

TRIBUNA ECONÓMICA, 1/12/2017

Que los sistemas de pago están experimentando una gran revolución no es ya noticia y a estas alturas la mayoría de nosotros asumimos que el dinero en efectivo no existirá en el futuro. Pero esto sólo es el comienzo. Cuando la tecnología encuentra un filón, no para hasta agotarlo. La tecnología de contabilidad distribuida, el blockchain, va a posibilitar cambios todavía mucho más radicales. ¿Qué tal si tenemos nuestro dinero depositado en el Banco Central Europeo (BCE) en vez de en los bancos comerciales?, ¿qué tal si el dinero en efectivo nos lo facilita el banco central directamente en una billetera electrónica de nuestro smartphone? Sí, el BCE se está planteando emitir el euro digital, el Digital Base Money (DBM), que constituiría una auténtica revolución en la oferta monetaria.

De momento, como señala Yves Mersch, consejero del BCE, en su artículo Why Europe still needs cash, descartar el papel de los billetes y las monedas en la economía sería un error, y el argumento más contundente es que la mayoría de la gente no quiere que desaparezcan. Al menos, todavía: en el efectivo acapara el 80% en número de transacciones; y en volumen, más de la mitad. Eso sí, con grandes diferencias entre los estados. De hecho, sigue creciendo la demanda de billetes en denominaciones propias de pequeñas transacciones. Y esto a pesar de que los bancos están haciendo todo lo posible por erradicarlos, acortando los horarios para operaciones que impliquen manejar efectivo o imponiendo comisiones para disuadirnos de utilizarlos.

Pero, al mismo tiempo, el BCE mira al futuro. Así, Mersch en otro discurso, Digital Base Money: an assessment from the ECB’s perspective, nos habla del DBM: euros emitidos por el banco central, iguales que los de los billetes en circulación, pero digitales. Los bancos trabajan así con el BCE, y ahora se trata de abrir la posibilidad a que empresas y personas también tengan cuentas en el banco central. Aún son muchas las cuestiones a resolver, como verificar que la tecnología sea segura o la remuneración adecuada para estos depósitos. Otros bancos centrales, como el de China, Inglaterra o Suecia, también están en ello. Y Uruguay ya está desarrollando un plan piloto con el peso uruguayo con soporte tecnológico.

Abolir el efectivo sería cortar el único vínculo directo de la gente con el dinero del banco central, dice Mersch, pero también apunta que con el DBM la conexión, sin embargo, podría aumentar espectacularmente. En lo que no entra el consejero del BCE es en valorar las consecuencias últimas para la banca: serían enormes. En un escenario así, la banca podría seguir manteniendo un papel fundamental canalizando el ahorro hacia la inversión, pero estaría despojada del inmenso poder que tiene actualmente en la creación de dinero, que alcanza el 95% de la oferta monetaria, porque podría suprimirse la garantía pública a los depósitos bancarios. Resulta paradójico que una tecnología como el blockchain, base también de las criptomonedas, como el bitcoin, que se percibieron como una amenaza para las monedas legales, vaya a conseguir que los bancos centrales recuperen las riendas de la oferta monetaria.