BCE, perdónanos nuestras deudas

Carmen Pérez | 1 de marzo de 2016 a las 8:40

MUCHO se está hablando estos días de la posibilidad de una nueva recesión, y de cómo podrían enfrentarla los bancos centrales en este nuevo contexto, en la que los tipos de interés ya están por los suelos. El bajo precio del petróleo, los desequilibrios con la economía china y las dificultades de muchas economías emergentes son algunas de las causas, todas relacionadas entre ellas, que están provocando una incertidumbre tal que los inversores están paralizados, prefiriendo mantener liquidez incluso al coste de pagar por ella.

Los glorificados bancos centrales para combatir los efectos de la crisis financiera del 2008 tuvieron que sacar su artillería y activaron sus herramientas de política monetaria, tanto las convencionales, como la intervención en los tipos de interés, como las que no lo son, concretadas en la compra masiva de activos financieros, en su mayoría de carácter público. ¿Qué podrán hacer entonces si esta nueva recesión se convierte en realidad?

Podrían, desde luego, intensificar las medidas actuales, como por ejemplo seguir deprimiendo los tipos de interés. Pero las anomalías que están produciendo son enormes -endeudados cobrando e inversores pagando- y tampoco están consiguiendo grandes efectos, porque la inflación sigue manteniéndose a niveles muy bajos. La demanda de crédito solvente se mantiene baja, y no va precisamente a subir ante la expectativa de esta nueva depresión, aunque se prime sustancialmente al que se endeude. Además, no ofrece confianza seguir intentando que el impulso a la economía se realice desde la banca, con la grave crisis que está atravesando; crisis que, por otra parte, con menores tipos de interés se acentuaría aún más.

No obstante, también podrían ponerse en marcha nuevas medidas, más radicales, todavía menos convencionales, como eliminar deuda. El Banco Central Europeo, BCE, por ejemplo, con las compras masivas que está llevando a cabo, se está convirtiendo en propietario de una gran cantidad de deuda pública de los Estados europeos. Hasta ahora, con estas compras está facilitando la labor de los gobiernos al proporcionarles que se financien a un baratísimo coste. Pero ante una nueva e importante recesión tendría que ir más allá y monetizarla, es decir, ir perdonándola (volverla perpetua y a interés nulo) mientras fuera necesario. Esto ya sí que sería realmente imprimir dinero nuevo, que hasta ahora no se ha hecho.

A partir de ahí, se abrirían varias posibilidades. Una de ellas, que los estados europeos, al adquirir mayor margen para el gasto -tanto por la bajada directa de deuda pública que supondría como por la inflación que con seguridad se generaría, que la disminuye también indirectamente- asumieran un mayor papel inversor, tomando protagonismo en la economía real. Si con tanta incertidumbre, bancos, empresas y familias no quieren tomar riesgos, las administraciones públicas, siempre dispuestas al gasto, estarían encantadísimas de hacerlo. Otra posibilidad es que se hiciera esto mismo pero a escala europea, emprendiendo grandes proyectos de inversión con dinero nuevo, por ejemplo ampliando e intensificando el plan Juncker. Una tercera alternativa es que ese alivio de la deuda proporcionado a los estados redundara en una fiscalidad más favorable para los ciudadanos y empresas europeas, y que fueran ellos los que estimularan la economía a nivel individual. Una suerte de “helicóptero del dinero” por la vía impositiva.

Pero lo cierto es que está completamente prohibido por la normativa europea que el BCE se utilice como caja de amortización de la deuda pública, aunque fuera quien lo orquestara, controlando las cuantías y tiempos, y respetando la proporcionalidad adecuada entre los países miembros. Precisamente sus estatutos se han blindado para que no se establezcan estos servicios monetarios a los gobiernos, por lo que llevar la iniciativa a nivel europeo quizá fuera lo más compatible. Aunque entregarlo directamente a los ciudadanos y empresas mediante una fiscalidad mejorada tampoco contradice la filosofía que subyace tras esta norma europea: los gobiernos tendrían que seguir esforzándose en mantener el equilibrio presupuestario, sólo que compensarían las bajadas de los ingresos impositivos con nueva deuda, sustituta de la amortizada.

Si se nos viniera encima una nueva recesión, desde el BCE no tendrán más remedio que poner voluntad y encontrar soluciones, todavía ignotas. Pero todo parece indicar que, sean cuales sean finalmente las fórmulas utilizadas para disolver la incertidumbre y asegurarnos el costoso pan nuestro de cada día, pasarían por establecer a la vez el perdón de nuestras deudas. Y así, al mismo ritmo que somos perdonados, podamos conseguir que en Europa la economía real vuelva a tener el protagonismo que nunca debió perder.

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