‘Tapering’

Carmen Pérez | 14 de noviembre de 2016 a las 9:50

TAPERING, otra palabra inglesa que se cuela en nuestro vocabulario, como tantas que nos ha traído la crisis. En finanzas, este proceso hace referencia a la disminución gradual de las medidas extraordinarias de política monetaria expansiva tomadas por los bancos centrales, esto es, la retirada paulatina del quantitative easing, QE. La Reserva Federal, FED, comenzó a aplicarlo en 2013, pero ahora es cuando vamos a escuchar esta palabra una y otra vez porque se acerca la fecha -marzo- del final del programa de compras de activos del BCE. De momento, Draghi en su última reunión -octubre- no ha mostrado sus cartas: ni negó el tapering ni tampoco que el programa no se pudiera continuar, ampliar o reformar sus características en próximas citas. Todo puede ser. Next meeting: diciembre. Paradójicamente, no parece que genere mucha alegría que el tapering se acerque.

El programa de compras ha llevado al BCE a ser dueño de más de un billón de euros en bonos soberanos de la zona euro: unos 255.000 millones de deuda alemana; 202.000,  francesa; 176.000, italiana; y más de 126.000 de deuda española. Pero aún sólo representa el 10% del total de la deuda europea, lejos del 20% que posee la FED de la deuda federal o del 30% que tiene el BoJ de la nipona. Respecto a los bonos privados, el BCE ha comprado desde junio 29.700 millones de euros. En Europa vamos por detrás de otros bancos centrales; seguimos yendo cuando, por ejemplo, la FED está de vuelta, y en la actualidad se enfrenta a subidas de tipos de interés aunque de forma muy lenta.

Los programas de compras hay que retirarlos como la cortisona, poco a poco,  para evitar movimientos bruscos en los mercados financieros. Por ello, la comunicación de cualquier cambio en la estrategia monetaria debe hacerse con sumo cuidado. Incluso puede darse marcha atrás si es conveniente. Todo depende de cómo vayan evolucionando las variables macroeconómicas, especialmente la inflación, objetivo del BCE. La inflación europea alcanzó en septiembre el 0,4%, y los pronósticos apuntan a 1,2% en 2017, 1,5% en 2018 y 1,8% en el largo plazo. En diciembre, cuando Draghi concretará su postura, se dispondrá también de nuevas proyecciones de crecimiento y de inflación hasta 2019.

Que se hable del inicio del proceso de tapering debería alegrarnos, porque significaría que la economía europea está mejorando, que la tasa de inflación está alcanzando  niveles más saludables y que se está consolidando el crecimiento económico. Así lo subrayó Draghi: “El QE no durará siempre, dependerá de que se consiga llegar a una senda de convergencia duradera y autosostenida hacia el objetivo del BCE”. Antes o después, el tapering será un hecho. Pero la decisión -Alemania apremia- se tomará en función de la situación de Europa en su conjunto, aunque a España no le convenga. Con presupuestos con ingresos insuficientes para abordar el alto volumen de gasto público, pensiones incluidas, preocupa pensar que tengan además que soportar el efecto negativo del tapering en familias y empresas endeudadas, así como asumir el mayor coste de la deuda pública que desenganchados de los estímulos con seguridad tendríamos.


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