Más capital, menos deuda

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:53

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/3/2017

Hace unos meses publicaba Financial Times una noticia curiosa. Contaba que en tiempos pasados en el Reino Unido se cobraba a los propietarios un impuesto por cada una de las ventanas que tuvieran a la calle en sus viviendas. Muchas se cerraron. Años después se constató el aumento de la incidencia de enfermedades contagiosas en la población por falta de ventilación en las casas: el impuesto a las ventanas fue retirado. Éste es un caso que muestra con toda radicalidad hasta dónde pueden llegar los efectos de una norma. Ahora, Donald Trump quiere eliminar una medida fiscal -la deducción de intereses en la determinación del beneficio empresarial- que contribuye a que se desarrolle una enfermedad en la sociedad: el excesivo endeudamiento. La propuesta es revolucionaria porque estamos tan acostumbrados a esta práctica que se considera ley de la naturaleza.

El efecto más inmediato sería que se recaudarían más impuestos: se estima que los ingresos fiscales perdidos fueron de entre el 2% y el 5% del Producto Interior Bruto (PIB) al año en el mundo desarrollado justo antes de la crisis. Es verdad que este efecto en la actualidad sería menor por los bajos tipos de interés y porque en estos últimos años se han ido estableciendo -también en España- límites, que afectan especialmente a los grupos internacionales, para evitar que eludan impuestos mediante operaciones de financiación entre sus empresas. No obstante, el objetivo de Trump no es recaudar más. Su propuesta es mucho más radical: quiere eliminar la deducción por completo y de forma simultánea bajar el tipo impositivo a las empresas: una cosa por la otra. Así, incluso las empresas de los sectores con menor endeudamiento podrían terminar hasta pagando menos impuestos.

El objetivo es otro: conseguir eliminar el sesgo que la deducción de intereses introduce a favor de la deuda, que anima a las empresas a utilizar una mayor proporción de recursos ajenos frente a los recursos propios. En definitiva, se dejaría de incentivar el apalancamiento. No se trata de demonizar la deuda, el crédito es vital en el sistema económico moderno. Pero a la deuda no hace falta animarla, se basta sola para hacerlo. Y además es el ingrediente principal que infla todo el sistema financiero.

Lo tenemos muy reciente, acabamos de pasar la mayor crisis financiera de la historia y, si el altísimo grado de endeudamiento no fue su única causa, sí que puede asegurarse que hizo que fuera mucho más intensa. No sólo habría que eliminar esta práctica, sino otras -fiscales y monetarias- como la deducción de los gastos financieros en la primera vivienda. “La mayoría de las economías occidentales endulzan el coste de los préstamos. Es una mala idea”, concluía un extenso artículo -A senseless subsidy- en The Economist (2015). Ahora sería el momento ideal para el cambio, porque con tasas de interés tan bajas la distorsión de la reforma sería menor. Pero mejor no ser optimistas. La medida es demasiado revolucionaria y hay demasiados intereses en juego. Lo más probable es que a Trump le tumben su propuesta. Las ventanas se quedarán cerradas y la enfermedad del excesivo endeudamiento la seguiremos padeciendo.

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