Financiar a empresas líquidas

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:11

TRIBUNA EONÓMICA, 8/12/2017

El sociólogo Zygmunt Bauman explicó en su libro Modernidad líquida los fenómenos de la era moderna y lo que nos diferencia de las generaciones anteriores. “Las realidades sólidas se han evaporado, dando paso a un mundo más provisional, ansioso de novedades y con frecuencia, agotador”. Un mundo donde nuevas oportunidades devalúan rápidamente las existentes, y que exige que las cosas no sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro. “Esto crea una situación líquida”. Sucede, nos dice, en todos los aspectos de la vida. En el mundo de la empresa esta “liquidez” se observa desde numerosas perspectivas: en la estructura organizativa y el liderazgo, la gestión de los recursos humanos o en la relación con los clientes. También en la estructura productiva.

Así, cada vez más las inversiones empresariales se concentran en activos intangibles: tecnologías de la información y las comunicaciones, investigación y desarrollo, bases de datos, software, diseños y creaciones artísticas, innovación organizativa y de procesos comerciales o imagen y marca. Una de las empresas más valiosa del mundo, Apple, no posee prácticamente activos físicos. En los Estados Unidos, el Reino Unido o Suecia, la inversión en activos intangibles supera con creces a la de activos físicos. Y la misma tendencia siguen Alemania, Italia o España.

Y estas inversiones tienen características propias. Son más arriesgadas por la gran incertidumbre sobre los beneficios que se producirán con ellas y el momento en que empezarán a generarlos. Además, muchas no tienen un valor de mercado como pueden tener unos terrenos o unas naves industriales; sólo son valiosas como parte del negocio de su propietario: el valor residual es escaso o nulo. Otras, incluso con la protección de la propiedad intelectual, son susceptibles de ser copiadas y explotadas por competidores. La subjetividad en la valoración, en consecuencia, es mucho mayor en este tipo de activos que en los físicos o financieros.

Estas circunstancias obligan a que la financiación de las inversiones en activos intangibles deba hacerse con mayor proporción de capital , es decir, con fondos propios, en consonancia con el mayor riesgo que incorporan. La aportación de capital de los propios empresarios o trabajadores y las ayudas públicas pueden ser la solución en los primeros estadios, pero cuando el proyecto adquiere dimensión precisa de instrumentos financieros adecuados que lo acompañen. En este sentido, potenciar el crowdfunding, el capital riesgo y el mercado alternativo bursátil (MAB) se hace imprescindible. En cuanto a la deuda, los fondos y las emisiones de deuda (MARF) deberían tomar mayor protagonismo. La banca, por su parte, tendrá que cambiar su concepción tradicional de negocio, tan dependiente de garantías físicas.

Como nos dice Bauman, la flexibilidad es la clave del mundo de hoy, no estar comprometido con ningún modelo para siempre sino listo para cambiar la sintonía en cualquier momento: el sistema financiero, “como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua”, tiene que adaptarse para dar servicio a la empresa con esta nueva composición de activos.


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