Préstamos verdes: ¿aire limpio o riesgo bancario?

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/1/2018

La Cumbre One Planet, que el pasado 12 de diciembre se celebró en París, llevó los objetivos que se establecieron en el Acuerdo de París al terreno práctico, a la búsqueda de soluciones concretas para alcanzarlos. El cumplimiento de los compromisos adquiridos depende de que se lleven a cabo inversiones, sólo así se podrá avanzar hacia una economía baja en carbono. ¿Cómo hacerlas atractivas para que el sector privado las acometa? Y acotando aún más el problema. Se estima que las necesidades de financiación de dichas inversiones superan los 180.000 millones de euros: ¿cómo conseguir que las instituciones financieras se involucren y dirijan los flujos financieros hacia ellas? Poco tiempo después de la Cumbre, el vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, anunció una primera propuesta, de criticable rigurosidad financiera.

Dombrovskis comunicó que Bruselas está estudiando la posibilidad de reducir los requisitos de capital para los préstamos verdes, esto es, los destinados a financiar acciones o actividades ambientalmente sostenibles. Traducido a palabras más fáciles, el mensaje europeo sería el siguiente: “bancos, teñid vuestros balances de verde, conceded préstamos verdes, que os dejamos que el riesgo de vuestro negocio se eleve”. Por supuesto, los bancos estarían encantados con la idea. Para ellos se abre la posibilidad de atacar un pastel, de un volumen de negocio enorme, con las exigencias de recursos propios suavizadas. Incluso han asegurado que los costes de financiación de esos préstamos verdes serían menores, porque el ahorro que les produciría esta reducción de capital propio lo podrían trasladar a los clientes.

La noticia, en principio, puede parecer estupenda. Reguladores y bancos alineados con unos valores con los que la mayor parte de la población puede verse identificada. El fin a conseguir predispone favorablemente.

Pero, precisamente, para valorar su alcance, hay que prescindir del destino del dinero de esos préstamos, y verlos como lo que son: préstamos. Y con la medida propuesta se viste el santo medioambiental desvistiendo el de la estabilidad financiera. En este mismo sentido se ha pronunciado Moody´s, una de las mayores agencias de calificación de crédito: “Es negativo para la solvencia.

El establecimiento de requisitos de capital que subestimen los riesgos reales de los activos verdes puede debilitar a los bancos”.

La postura política de la Cumbre One Planet tiene sentido, hace falta que se alienten iniciativas verdes. Pero, para empezar, se tendría que definir con claridad qué proyectos se consideran verdes, para que no entren en el saco gatos por liebres. Después, buscar la forma adecuada para incentivarlos: con beneficios fiscales, a través de la cofinanciación público-privada, imponiendo cuotas verdes obligatorias a los grandes inversores institucionales o mediante ayudas financieras a los consumidores de productos verdes. Pero establecer requisitos de capital en función de los objetivos de la política, en éste o en cualquier otro tema, sin atender al riesgo de los préstamos, es una forma segura de gestar una nueva crisis.


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