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¿Saldremos de la sofocante deuda?

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2017 a las 8:48

TRIBUNA DE OPINIÓN, 16/12/2014

El gráfico que recoge el perfil de vencimientos de la deuda pública española es literalmente para echarse a temblar. Nos muestra lo que debemos pagar los próximos años, hasta el 2064, en el que aparecen los últimos vencimientos: el billón de euros desglosado por plazos. Para hacernos una idea, el año que viene tendremos que afrontar la devolución de más de 150.000 millones de euros, y en 2016, ya tenemos comprometidos 80.000 millones de euros; a lo largo de 2015 el Tesoro pagará unos 100 millones de euros diarios en intereses, en total 35.490 millones de euros, que superará en un 12% el gasto financiero de este año.

Pero si la situación actual es así de preocupante, la evolución de la misma será todavía peor. Primero, porque se necesita financiación adicional para seguir cubriendo los nuevos e importantes déficits que siguen apareciendo en nuestras cuentas anuales, por lo que nuestra deuda pública seguirá creciendo de forma inexorable. Segundo, porque en un escenario de mayores tipos de interés las cosas se pueden complicar enormemente, al provocar fuertes aumentos del gasto financiero y, por tanto, mayores déficits. Así, cada nueva emisión que realiza el Tesoro se convierte en una prueba de fuego para España.

¿Cómo conseguir que no nos devore la deuda? Respondiendo a esta pregunta, en los pasados días ha causado cierto impacto el artículo de Wolfgang Münchau, uno de los comentaristas más sobresalientes del Financial Times, en el que defiende abiertamente la propuesta del partido Podemos de reestructurar la deuda pública. Que es muy sensata, dice, que nuestra deuda pública es insostenible, que no hay otra solución. Muestra asimismo su asombro porque el resto de los partidos la ignore; juegan, dice él, a extend and pretend, o lo que es lo mismo, a seguir para adelante y fingir que no sucede.

En la propuesta de Vicenç Navarro y Juan Torres López para Podemos se señalan las cuatro vías para salir de esta situación: crecimiento económico (se estima que sería necesario un crecimiento en torno al 4% durante una década); un ajuste fiscal muy duro; una inflación suficientemente alta, o la reestructuración y el impago. Descartan las tres primeras y, por tanto, defienden que estamos abocados a la última: “La única salida posible a este auténtico círculo vicioso es la reestructuración lo más ordenada posible de la deuda europea y de la española. Y la cuestión, por tanto, no es si se desea o no llevarla a cabo sino en qué condiciones se va a dar porque es materialmente inevitable que antes o después se lleve a cabo, salvo que se quiera provocar una convulsión de consecuencias inimaginables en todo el continente”.

Sin embargo, el resto de partidos apuestan por la vía del crecimiento, que ya se espera que alcance en España el 2% el próximo año, y, de forma combinada a lo anterior, con proseguir con el ajuste fiscal. Las políticas monetarias y fiscales europeas se orientan en este sentido. En estos momentos, tenemos un valioso apoyo desde el Banco Central Europeo, BCE, que se muestra decidido a seguir llevando a cabo todas las medidas de política monetaria que sean necesarias. Su actuación seguirá manteniendo la financiación de nuestra deuda pública a coste bajo, y continuará facilitando que el crédito vuelva a llegar a familias y empresas. De forma añadida, los incrementos de inflación que puedan provocar estas políticas monetarias expansivas, aunque nunca serán elevados porque el BCE la mantendrá a raya, también ayudarían. Por su parte, con el Plan Juncker o Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas, la Comisión Europea pretende movilizar al menos 315.000 millones de euros en inversiones, y al que el Gobierno español ha presentado proyectos de inversiones valorados en 53.000 millones. También, la bajada del precio del petróleo, si se mantiene en el tiempo, puede ser un factor muy positivo para que afiancemos la recuperación económica.

Sólo con el tiempo veremos si hemos podido reconducir la deuda pública hasta niveles aceptables. Desde luego, lo que es seguro es que no va a resultar fácil en absoluto, y que, en todo caso, pasarán muchos años para ello. Pero no nos queda otra opción, la solución radical de Podemos no es solución, es abismo. En el mundo global en el que nos encontramos, ésa sí que podría provocar una convulsión de consecuencias inimaginables. Tiene que ser el BCE el que, en última instancia, decida cuándo y cuánto absorber de la deuda pública europea. Así que, por el momento, mejor sacar el mejor de nuestros ánimos, dejar atrás el pesimismo, y decir con Pablo Neruda, al que citan Vicenç Navarro y Juan Torres López en su documento: Adelante, salgamos del río sofocante.

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Sin prisas con Bankia

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/12/2017

Estos años pasados han sido bien intensos. Las hipotecas subprime, el pinchazo de nuestra burbuja inmobiliaria, la intervención de las cajas, la angustiosa prima de riesgo, el informe Oliver Wyman, el rescate o la firma del Memorándum de entendimiento, por citar sólo algunos acontecimientos que nos han tenido en un continuo ay financiero. Tras tantas y tantas turbulentas circunstancias nos encontramos finalmente siendo propietarios de un 67% de Bankia, la cuarta entidad financiera en España. Y ya que los avatares de la vida nos han llevado hasta esta situación, ahora deberíamos pensar tranquilamente, sin prisas, cómo tratarla.

Desde luego, no quedárnosla, como quieren algunos, como arma política para el desarrollo económico, atender a los más desfavorecidos o prestar a las pymes sin el rigor financiero adecuado. Sería ésta una forma estupenda de verla de nuevo quebrada. Tampoco, como otros reclaman, para paliar la desertización financiera que muchas poblaciones españolas están sufriendo: en la solución a este problema debe implicarse toda la banca. Pero sí podríamos quedarnos con Bankia para ganar dinero. El tiempo necesario hasta que recuperemos hasta el último euro. Y mientras, que sigan entrando en las arcas públicas sus dividendos.

A Bankia se le inyectaron 22.424 millones de euros públicos. Con las ventas de acciones de 2014 (7,5%) y de la semana pasada (7%) junto con los dividendos percibidos se han recuperado unos 2.600 millones de euros. Y se está preparando otra venta del 20% para el primer trimestre de 2018. No se debería hacer a cualquier precio. Las perspectivas para la entidad son buenas. Es muy solvente, ha ganado con la integración del Banco Mare Nostrum, ha reestructurado la red de oficinas y la plantilla, y sus beneficios están aumentando, y más que lo harán si las subidas de tipos de interés comienzan.

Aunque el plazo impuesto por la Comisión Europea para estar completamente fuera de Bankia es diciembre de 2019, podría ampliarse si fuese necesario. Sería cuestión de negociarlo. Sólo tenemos que fijarnos en los italianos, expertos en cómo negociar en Europa con éxito, especialmente con el sector bancario. Es más, no parece un obstáculo insalvable cuando Jaime Ponce, el presidente del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, FROB, ha asegurado esta misma semana la flexibilidad de este plazo.

Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo apremian al presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, a que acelere su privatización. La razón que aducen es que se tiene que acabar con la distorsión que supone tenerla operando bajo la protección del Estado, como si hubiera algún banco hoy en día que opere fuera de ese paraguas. El actual equipo de gestión ha conseguido en cinco años que Bankia sea eficiente y solvente, con una rentabilidad que supera el 8%. Tampoco ellos quieren que después del esfuerzo se venda la entidad regalada, ni poco a poco ni completa a otro banco español o europeo. Jaime Ponce también ha asegurado esta semana que “No se va a hacer una venta forzosa si las condiciones no son las adecuadas”. Habrá que estar vigilando que cumpla su palabra.

El norte financiero

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/12/2017

Esta semana ha coincidido que muchos de los más importantes bancos centrales del mundo han tenido reuniones de sus consejos de gobierno. Entre ellos, la Reserva Federal (Fed), el Banco de Inglaterra (BoE) y el Banco Central Europeo (BCE). Desde el comienzo de la crisis, hace más de diez años, estos encuentros despiertan una enorme expectación. No es nada extraño. A ellos se les entregó el timón para que combatieran la crisis a través de sus decisiones de política monetaria. La inflación es la Estrella Polar que los guía, aunque en EEUU también se orientan mirando otra estrella: la tasa de paro.

Por eso, el miércoles, Janet Yellen volvió a subir -por tercera vez este año- los tipos de interés 0,25%, hasta situarlos en el rango de 1,25-1,5%, a pesar de que la inflación sigue sin estar donde debiera. Pero la tasa de desempleo es del 4,1%, la mínima en 17 años, y se espera que siga cayendo. Además, está por delante la reforma impositiva de Donald Trump, que podría estimular aún más el crecimiento, aunque posiblemente a costa de un mayor endeudamiento público. Desde enero, será Jerome Powell el que seguirá con la normalización monetaria, con los tres incrementos de tipos programados para 2018.

En cambio, en el Reino Unido, la inflación constituye un problema. Ha alcanzado el 3,1%, claramente por encima del objetivo del 2%. La ortodoxia financiera exigiría en este caso subir los tipos, como ya se hiciera el mes pasado, si el BoE no quiere comprometer su credibilidad. Sin embargo, ayer, su gobernador, Mark Carney, mantiene los tipos y el resto de los estímulos a pesar de la alta inflación. Tiene miedo a perjudicar la economía, porque elevarlos puede desanimar la demanda agregada.

También ayer Mario Draghi comunicó las decisiones acordadas: el plan sigue tal y como se había configurado en octubre, en lo planificado para las compras y en los tipos de interés, que no subirán probablemente en mucho tiempo. La estimulación, por tanto, continúa, aunque más moderada, en coherencia con las previsiones de inflación, que se sitúan en 1,4%, 1,5% y 1,7% para los tres próximos años. Al final de la conferencia instó a los gobiernos a realizar reformas estructurales, a constituir colchones fiscales a los países con alto endeudamiento y a corregir los desequilibrios macroeconómicos, tanto por exceso como por defecto.

Draghi se queja porque las medidas para combatir la crisis han sido y siguen siendo de naturaleza exclusivamente monetaria, las tomadas por ellos. De hecho, la crisis actual no ha provocado revolución alguna en la economía como sucedió con las crisis del pasado. Aquí en la Eurozona apenas un esbozo de Unión Bancaria. No hay atrevimiento para enfrentar con firmeza los muchos retos que nuestra sociedad tiene planteados. Como la lucha contra el cambio climático. Los gobernadores de los bancos centrales hacen bien en seguir a sus estrellas para guiarse, pero al mismo tiempo los gobernantes políticos deberían llevar el timón y tener claro cuál debe ser el puerto de llegada. Se da la coincidencia de que también esta semana se ha celebrado en París la cumbre global Un Planeta: Emmanuel Macron siempre sabe dónde está el Norte.

Financiar a empresas líquidas

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:11

TRIBUNA EONÓMICA, 8/12/2017

El sociólogo Zygmunt Bauman explicó en su libro Modernidad líquida los fenómenos de la era moderna y lo que nos diferencia de las generaciones anteriores. “Las realidades sólidas se han evaporado, dando paso a un mundo más provisional, ansioso de novedades y con frecuencia, agotador”. Un mundo donde nuevas oportunidades devalúan rápidamente las existentes, y que exige que las cosas no sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro. “Esto crea una situación líquida”. Sucede, nos dice, en todos los aspectos de la vida. En el mundo de la empresa esta “liquidez” se observa desde numerosas perspectivas: en la estructura organizativa y el liderazgo, la gestión de los recursos humanos o en la relación con los clientes. También en la estructura productiva.

Así, cada vez más las inversiones empresariales se concentran en activos intangibles: tecnologías de la información y las comunicaciones, investigación y desarrollo, bases de datos, software, diseños y creaciones artísticas, innovación organizativa y de procesos comerciales o imagen y marca. Una de las empresas más valiosa del mundo, Apple, no posee prácticamente activos físicos. En los Estados Unidos, el Reino Unido o Suecia, la inversión en activos intangibles supera con creces a la de activos físicos. Y la misma tendencia siguen Alemania, Italia o España.

Y estas inversiones tienen características propias. Son más arriesgadas por la gran incertidumbre sobre los beneficios que se producirán con ellas y el momento en que empezarán a generarlos. Además, muchas no tienen un valor de mercado como pueden tener unos terrenos o unas naves industriales; sólo son valiosas como parte del negocio de su propietario: el valor residual es escaso o nulo. Otras, incluso con la protección de la propiedad intelectual, son susceptibles de ser copiadas y explotadas por competidores. La subjetividad en la valoración, en consecuencia, es mucho mayor en este tipo de activos que en los físicos o financieros.

Estas circunstancias obligan a que la financiación de las inversiones en activos intangibles deba hacerse con mayor proporción de capital , es decir, con fondos propios, en consonancia con el mayor riesgo que incorporan. La aportación de capital de los propios empresarios o trabajadores y las ayudas públicas pueden ser la solución en los primeros estadios, pero cuando el proyecto adquiere dimensión precisa de instrumentos financieros adecuados que lo acompañen. En este sentido, potenciar el crowdfunding, el capital riesgo y el mercado alternativo bursátil (MAB) se hace imprescindible. En cuanto a la deuda, los fondos y las emisiones de deuda (MARF) deberían tomar mayor protagonismo. La banca, por su parte, tendrá que cambiar su concepción tradicional de negocio, tan dependiente de garantías físicas.

Como nos dice Bauman, la flexibilidad es la clave del mundo de hoy, no estar comprometido con ningún modelo para siempre sino listo para cambiar la sintonía en cualquier momento: el sistema financiero, “como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua”, tiene que adaptarse para dar servicio a la empresa con esta nueva composición de activos.

Euros digitales: una revolución monetaria

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:09

TRIBUNA ECONÓMICA, 1/12/2017

Que los sistemas de pago están experimentando una gran revolución no es ya noticia y a estas alturas la mayoría de nosotros asumimos que el dinero en efectivo no existirá en el futuro. Pero esto sólo es el comienzo. Cuando la tecnología encuentra un filón, no para hasta agotarlo. La tecnología de contabilidad distribuida, el blockchain, va a posibilitar cambios todavía mucho más radicales. ¿Qué tal si tenemos nuestro dinero depositado en el Banco Central Europeo (BCE) en vez de en los bancos comerciales?, ¿qué tal si el dinero en efectivo nos lo facilita el banco central directamente en una billetera electrónica de nuestro smartphone? Sí, el BCE se está planteando emitir el euro digital, el Digital Base Money (DBM), que constituiría una auténtica revolución en la oferta monetaria.

De momento, como señala Yves Mersch, consejero del BCE, en su artículo Why Europe still needs cash, descartar el papel de los billetes y las monedas en la economía sería un error, y el argumento más contundente es que la mayoría de la gente no quiere que desaparezcan. Al menos, todavía: en el efectivo acapara el 80% en número de transacciones; y en volumen, más de la mitad. Eso sí, con grandes diferencias entre los estados. De hecho, sigue creciendo la demanda de billetes en denominaciones propias de pequeñas transacciones. Y esto a pesar de que los bancos están haciendo todo lo posible por erradicarlos, acortando los horarios para operaciones que impliquen manejar efectivo o imponiendo comisiones para disuadirnos de utilizarlos.

Pero, al mismo tiempo, el BCE mira al futuro. Así, Mersch en otro discurso, Digital Base Money: an assessment from the ECB’s perspective, nos habla del DBM: euros emitidos por el banco central, iguales que los de los billetes en circulación, pero digitales. Los bancos trabajan así con el BCE, y ahora se trata de abrir la posibilidad a que empresas y personas también tengan cuentas en el banco central. Aún son muchas las cuestiones a resolver, como verificar que la tecnología sea segura o la remuneración adecuada para estos depósitos. Otros bancos centrales, como el de China, Inglaterra o Suecia, también están en ello. Y Uruguay ya está desarrollando un plan piloto con el peso uruguayo con soporte tecnológico.

Abolir el efectivo sería cortar el único vínculo directo de la gente con el dinero del banco central, dice Mersch, pero también apunta que con el DBM la conexión, sin embargo, podría aumentar espectacularmente. En lo que no entra el consejero del BCE es en valorar las consecuencias últimas para la banca: serían enormes. En un escenario así, la banca podría seguir manteniendo un papel fundamental canalizando el ahorro hacia la inversión, pero estaría despojada del inmenso poder que tiene actualmente en la creación de dinero, que alcanza el 95% de la oferta monetaria, porque podría suprimirse la garantía pública a los depósitos bancarios. Resulta paradójico que una tecnología como el blockchain, base también de las criptomonedas, como el bitcoin, que se percibieron como una amenaza para las monedas legales, vaya a conseguir que los bancos centrales recuperen las riendas de la oferta monetaria.

La hidra financiera

Carmen Pérez | 29 de noviembre de 2017 a las 8:20

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/11/2017

Cuenta la mitología que la Hidra de Lerna era una enorme bestia con nueve cabezas serpentinas, que sólo con su fétido aliento podía destruir la vida. No le fue nada fácil a Heracles matarla porque tan pronto se le aplastaba una de las cabezas le surgían otras. Del mismo modo, con la regulación financiera se intenta mantener bajo control al monstruo financiero que creció durante las décadas anteriores a la crisis y que sigue creciendo, pero para cada solución surgen nuevos problemas. La actividad financiera tiene poderosas y visibles cabezas -los bancos- y otras muchas incluso más peligrosas porque trabajan en la sombra. También a la Hidra de Lerna algunos le atribuían cien, mil, hasta diez mil cabezas.

Con el mecanismo de resolución para los bancos parecía que se había ganado una batalla a la inestabilidad financiera. Sin embargo, ahora se considera que la simple existencia de esta normativa puede más bien aumentarla, porque puede precipitar pánicos bancarios. Así, en estos días, se debate en la mesa del Parlamento europeo incluir una controvertida medida: poder establecer un corralito temporal para los bancos en resolución si es necesario.

Y también parecía que se mejoraría la estabilidad con la exigencia a las entidades financieras de colchones de capital, que se cubren en gran parte con unos bonos especiales. Pero estos colchones resultan una falacia porque al comprárselos unos bancos a otros, la solidez del sistema en su conjunto no se incrementa. La Junta Europea de Riesgo Sistémico (JERS) en su último documento lo advierte: en 2016 los bancos poseían más de 50.000 millones de euros de estos bonos anticrisis. Procede ahora regular el riesgo de estos bonos en la solvencia bancaria.

Lo anterior son sólo dos ejemplos: el esfuerzo regulatorio es titánico. Y mayor es el que se tendrá que hacer con la banca en la sombra. Los intermediarios financieros no regulados y determinadas operaciones, como los derivados, fueron de las principales causas de la crisis financiera. Pero han seguido creciendo. En Europa suponen el 39% de los activos totales frente al 29% de 2008. Además, están íntimamente conectados con la banca regulada: según la JERS, las exposiciones de los bancos europeos al sector en la sombra es de más de un billón de euros.

Como Heracles, los reguladores no lo tienen fácil para ganar la batalla de la estabilidad financiera. Necesitan valor para no ceder a las presiones y establecer sin miedo los controles claves, los decisivos, que aseguren tanto la salud de cada entidad como la del sistema en su conjunto, controlando especialmente, incluso a nivel nacional o sectorial, el crecimiento del crédito.

Esa firmeza es lo que dio la victoria a Heracles. Aunque no estuvo falto de ayuda: su sobrino Yolao quemaba los cuellos de las cabezas que iban siendo decapitadas para impedir que brotaran de nuevo. Los reguladores, aunque fueran héroes, tampoco lo conseguirán solos. El mito también cuenta que la hidra se enroscó en los pies del héroe, simbolizando que la raíz de los monstruos está en la naturaleza humana: cada uno de nosotros es un Yolao que debe secar a su medida esta exuberancia financiera.

Comerse los ladrillos

Carmen Pérez | 29 de noviembre de 2017 a las 8:18

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/11/2017

Los españoles somos, tras los japoneses, los más longevos. Nuestra esperanza de vida es de 83 años. Esta circunstancia, unida a la caída de la tasa de natalidad, han conseguido que la edad media haya subido en esta última década de los 40 a los 46 años, y seguirá subiendo. Que vivamos tantos años es una noticia excelente pero, a la vez, constituye un problemón financiero: demasiados viejos viviendo demasiados años tras la jubilación. Un problema macroeconómico por la dificultad de hacer sostenible el actual sistema público de pensiones, cuya solución derivará en gran medida en uno microeconómico, porque muchos jubilados se encontrarán sin suficientes ingresos para vivir cuando llegue el momento.

No es que sean suposiciones. Algunas reformas están en marcha y vendrán otras. Sus consecuencias están escritas en los documentos que envía el Gobierno a la Unión Europea estableciendo las previsiones para el futuro a muy largo plazo: la tasa de sustitución -porcentaje de ingresos que tiene un jubilado comparado con el salario que obtenía cuando era un trabajador activo- irá cayendo. Si ahora es del 79% del salario por término medio, una de las más altas de los países de la OCDE (la media es del 59%), irá descendiendo poco a poco hasta suponer sólo el 50% por término medio en 2060.

Resulta muy impopular comunicar estas perspectivas, pero, sin embargo, conocer con toda crudeza la realidad es completamente necesario porque nos permitiría reaccionar a tiempo, sabiendo cómo nos afectan a cada uno exactamente las reformas. Según la V Encuesta sobre la Jubilación, realizada por el Instituto BBVA de Pensiones y publicada esta semana, un 81% de los entrevistados reconocen que tienen que ahorrar para la jubilación, pero sólo el 28% ha comenzado a hacerlo.

Los españoles, además, tenemos un sesgo importante hacia la inversión inmobiliaria -el 83% de los hogares tienen una vivienda en propiedad- y somos reacios a las inversiones financieras, como planes de pensiones, fondos de inversión o inversión directa. Así, llegado el momento, si se necesitara completar la pensión pública, y no se tuvieran ahorros suficientes, la solución pasaría por “comerse los ladrillos”: vender la casa e irse a otra más pequeña o menos costosa; o seguir disponiendo de ella y conseguir una renta de por vida, mediante la venta a una compañía de seguros o contratando una hipoteca inversa junto con un seguro de renta vitalicia. Pero todas estas posibilidades para utilizar la propiedad como remedio son muy costosas, con numerosos gastos fiscales y sólo para determinado tipo de viviendas.

Se hace fundamental, por tanto, incentivar fiscalmente el ahorro financiero, con reformas como la que se está llevando a cabo con los planes de pensiones. Pero, de forma añadida, y dado que no se cambian las costumbres fácilmente, mejorar y promover nuevas soluciones para que puedan hacer líquidas sus viviendas aquellos que lo necesiten, y más si se encuentran en situación de dependencia. Incluso utilizando la Sareb, que si sirvió para que entidades financieras le dieran salida a sus inmuebles, también puede hacerlo con las personas.

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La banca española y la crisis catalana

Carmen Pérez | 29 de noviembre de 2017 a las 8:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/11/2017

A final de octubre, Mario Draghi, en la conferencia que ofreció para explicar las decisiones adoptadas de política monetaria, fue interrogado por los periodistas sobre la crisis catalana. “Es muy difícil comentar acontecimientos que cambian a diario”, dijo, asegurando que los siguen atentos porque son de significativa importancia. Las semanas anteriores se habían superado situaciones delicadas con la banca catalana. Basta recordar la amenaza de Oriol Junqueras al BCE de que una posible airada reacción ciudadana podría derivar en una peligrosa “retirada de depósitos” y el intento posterior de hacerla realidad por los independentistas catalanes. O recordar las salidas masivas de depósitos de los bancos de Cataluña, que sólo pudieron detenerse con los cambios de sus sedes sociales. Han pasado unos días y el riesgo financiero se agrava: el proceso de deterioro de la economía española puede llegar a afectar a toda la banca.

Las advertencias sobre este deterioro económico no paran. El servicio de estudios del BBVA ha recortado tres décimas su previsión de crecimiento para 2018. El Banco de España incluso aporta otro escenario más adverso, en el que el descenso superaría el 2,5% del PIB en los próximos dos años. Por su parte, el ministro de Economía, Luis de Guindos, cifró en unos 5.000 millones el impacto del desafío independentista catalán este año. El FMI, consultoras, agencias de calificación y las propias empresas coinciden en asegurar que la economía española se está resintiendo y que el daño será mayor si la crisis se alarga.

Y estos impactos negativos no golpean a una economía sana. La conclusión del Panel de Seguimiento de la Economía Española de la Fundación de Estudios Financieros y el Instituto Español de Analistas Financieros es rotunda: España sigue siendo financieramente vulnerable. La deuda sigue siendo muy alta: el descenso del endeudamiento privado -empresas y familias- ha sido intenso, pero está lejos del nivel recomendado por Europa. Además, su decremento ha ido paralelo al crecimiento de la deuda pública, estabilizada en torno al 100% del PIB, pero a distancia del 60% que marca la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Tampoco ha mejorado la posición deudora respecto al exterior: España sigue necesitando apelar de forma amplia y recurrente a los mercados internacionales para financiarse.

Por ello, es completamente necesario no perder la confianza del inversor o la prima de riesgo iría al alza. En este caso, los bonos soberanos españoles bajarían de valor, perjudicando a los bancos españoles, que los tienen en sus balances en abundancia. Es más, actualmente la credibilidad de un sistema bancario depende -por la protección de los depósitos- de la solidez del país soberano que lo respalda. El perverso bucle riesgo soberano riesgo bancario se podría poner otra vez en marcha.

Quizás sea prematuro, como afirmó Draghi en esa conferencia, temer que esté en riesgo la estabilidad financiera de España. Bruselas también fue muy prudente ayer cuando mejoró incluso las previsiones económicas. Pero los catalanes deberían tener presente este posible y peligroso desarrollo cuando en diciembre emitan su voto.

¿Caída de la tasa de ahorro: ¿vuelta al pasado?

Carmen Pérez | 29 de noviembre de 2017 a las 8:14

TRIBUNA ECONÓMICA, 3/11/2017

Esta semana, concretamente el martes 31 de octubre, se celebró el Día Mundial del Ahorro. Con este día se quiere resaltar lo esencial del ahorro a nivel macroeconómico y que sirva a la vez para que la población tome conciencia sobre su importancia para el buen desarrollo de sus economías individuales. Pero no serán pocas las personas que al enterarse de lo que se festeja pensarán que sí, que ojalá pudieran, pero que les resulta del todo imposible si cada final de mes sus cuentas terminan en números rojos. Poco se puede ahorrar con bajos salarios, como los de los empleos que el mercado de trabajo español está generando. No obstante lo anterior, el nivel de ahorro no depende sólo y proporcionalmente de la mayor o menor capacidad financiera, sino que otros factores lo condicionan.

Así, las expectativas acerca del futuro son determinantes. De hecho, las tasas de ahorro en España han sido especialmente bajas precisamente en épocas de prosperidad económica. Las estadísticas señalan que el ahorro de las familias españolas en 2007, el último de los años de euforia, fue del 5,8% de la renta disponible. Se vivía con la creencia de que la economía seguiría siempre igual de bien, provocando poco ahorro y mucha deuda. Sin embargo, el miedo y la incertidumbre que trajo la crisis disparó la tasa de ahorro hasta situarse en el 13,5% en 2009. En 2016, se volvió de nuevo casi a niveles precrisis, el 6,5%, en parte por las mejores perspectivas económicas actuales.

Una tasa de ahorro muy baja al compararla con otros países europeos, como Italia (10,5%), Francia (14%) o Alemania (17%), aunque sería incorrecto interpretar estos datos sin ponerlos en relación con la mayor propensión a tener una vivienda en propiedad que se tiene en España. En torno al 75% de la riqueza de las familias está invertida en la vivienda habitual, segunda vivienda, locales o garajes. Es decir, sólo queda un 25% disponible para dedicarlo a las finanzas. Además, los bajísimos tipos de interés actuales tampoco animan a incrementar el ahorro financiero, sino que fomentan de nuevo el interés por el mercado inmobiliario.

Las familias españolas, por tanto, son poco “ahorradoras financieras” y, además, cuando toman la opción de las finanzas son más conservadoras que las europeas, aunque las bajas rentabilidades actuales las están empujando a asumir mayores riesgos. La estructura del ahorro en España, según la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones, Inverco, muestra que el 40% del ahorro financiero se encuentra en efectivo, cuentas corrientes y depósitos. La inversión colectiva (fondos de inversión, principalmente) acapara el 14%. La inversión directa (acciones o bonos) supone el 26%, en su mayoría en empresas no cotizadas. El 16,9% restante corresponde a planes de pensiones, seguros de vida, etcétera.

En resumen, mejores expectativas, mayor consumo y menor tasa de ahorro, reactivación del sector inmobiliario y desplazamiento de la inversión financiera hacia productos más arriesgado: una música que resulta familiar aunque suene débil. Es de esperar que suban los salarios, pero que no se repitan los errores del pasado.

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Draghi, estímulos y reformas

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:56

TRIBUNA ECONÓMICA, 27 Octubre, 2017

La política monetaria desarrollada por el Banco Central Europeo (BCE) trae a la memoria una de las increíbles historias del barón de Münchhausen. Concretamente aquélla en que contaba que había sido capaz salir de una pantano cenagoso donde había quedado atrapado con su caballo sin más que tirar de sus propios cabellos. También la Eurozona se ha dado, bajo el mando de Mario Draghi, un fuerte tirón monetario para salir de la crisis. Con el programa de compra de activos, el balance del BCE ha aumentado desde marzo de 2015 en más de 2,2 billones de euros, hasta situarlo en 4,4 billones de euros: nos hemos comprado una ingente cantidad de bonos a nosotros mismos. Al igual que la hazaña del barón Münchhausen es del todo imposible, Draghi sabe que con el esfuerzo monetario sólo no es suficiente.

Está dispuesto a que el tirón monetario, aunque suavizado, siga perdurando. Ayer comunicó que las compras seguirán desde enero hasta septiembre de 2018, si bien reduciendo de los 60.000 millones de euros al mes actuales hasta los 30.000 millones. Y dejó abierta la posibilidad, para entonces, de extender la duración, y de subir o bajar esa cifra. En todo caso, posteriormente, se mantendrá el balance, reinvirtiendo el principal de lo que vaya venciendo. En cuanto a los tipos de interés, ni los ha movido ni lo hará hasta mucho más allá de que las compras cesen.

Pero a pesar del crecimiento y del aumento del empleo, la inflación no termina de estar en su sitio. Esta circunstancia está preocupando a todos los bancos centrales porque pone en evidencia que algo se escapa. Por esto, conviene unir al discurso de ayer el del pasado miércoles, en Fráncfort, Structural Reforms in the Euro Area, donde Draghi lo dijo claro: es totalmente necesario que la política monetaria sea respaldada por medidas de los gobiernos nacionales.

Y señaló que la política monetaria actual es la oportunidad para abordar reformas en el mercado laboral y en los mercados de bienes y servicios, agilizar la apertura de los negocios, acelerar los procesos judiciales, luchar contra la evasión fiscal, abordar intereses creados o mejorar la educación y capacitación. Además, especialmente resaltó que el desafío está en emparejar las reformas con la inclusión, cuidando a los que han sido “dejados atrás” por la expansión de las fuerzas del mercado.

Incluso, se le podría añadir, se debería afrontar cómo se genera y distribuye la riqueza actualmente. En este sentido, Manuel Muñiz, en su artículo Economic Growth Is No Longer Enough, apunta que los modelos de crecimiento nuevos e inclusivos deberían tener en cuenta, por ejemplo, el impacto de la tecnología en el empleo, que hace crecer el de alta y el de poca destreza, vaciando el centro. Y deberían reducir la desigualdad -los ricos lo son más desde 2008-, desplazando la presión fiscal del trabajo al capital, y utilizar nuevos mecanismos redistributivos que complementen el papel decreciente de los salarios en la economía.

La política monetaria está haciendo su papel, ha conseguido que saquemos la cabeza de la ciénaga de la crisis, y la mantiene fuera. Pero la recuperación hay que apuntalarla en tierra firme.