Unión Bancaria Europea: ¿el lugar para estar?

Carmen Pérez | 24 de julio de 2018 a las 9:10

TRIBUNA ECONÓMICA, 6/7/2018

El título de este artículo no es original. Es el de un discurso que pronunció en mayo la vicepresidenta del Consejo de Supervisión del BCE, Sabine Lautenschläger, en Dinamarca. En él defendía que hay que completar la Unión Bancaria Europea: “Hay mucho que ganar si se consigue”. Llegó incluso a definirla como un lugar cómodo, cálido y seguro, utilizando el término hygge, que tan de moda han puesto los daneses. Desde luego, si ha de aceptarse el sistema bancario tal como está, tiene razón, éste ganaría en solidez y estabilidad con el respaldo público europeo conjunto. Pero “el lugar para estar” sería mucho más hygge si se cambiara el sistema, desligando completamente las finanzas públicas de las privadas.

En todo caso, el primer paso que se dio para la construcción de la Unión Bancaria -la supervisión de los grandes bancos desde Europa- está lleno de ventajas. Lautenschläger las detalló: la supervisión es más homogénea; mejora el conocimiento sobre la banca; los expertos de los diferentes países aprenden unos de otros; y se producen economías de escala. Pero le faltó mencionar la principal razón por la que se acometió este cambio: era necesario superar una supervisión nacional que tiende, como demostró la crisis, a favorecer a sus propios bancos.

Para el segundo pilar, el Mecanismo de Resolución, creado para que se encargue de los bancos con problemas, Lautenschläger defendió que su Fondo esté respaldado con recursos públicos. Esto es, que en el caso de tenerse que rescatar algún banco, además de las aportaciones bancarias, haya dinero público europeo también disponible para ello. Esta propuesta va para adelante, aunque lenta. El pasado fin de semana, la Cumbre del Euro celebrada en París se ha comprometido a proporcionar en el futuro ese apoyo a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad, una vez que éste se reforme.

Por último, también pidió que se avance en el pilar que falta, que supone el establecimiento de un Fondo de Garantía Europeo. Esto no sería, como lo anterior, comprometer una cantidad determinada, sino que sería asumir completamente el riesgo bancario por el sector público europeo. Este tercer pilar es el más problemático, y los tiempos para desarrollarlo se extienden aún más. La Cumbre del Euro sólo ha señalado que se debe comenzar “una hoja de ruta para iniciar negociaciones políticas sobre el Sistema Europeo de Garantía de Depósitos”.

Los países de la Eurozona llevan años sin ponerse de acuerdo, y siguen sin hacerlo, porque algunos se plantean hasta qué grado quieren hacer causa común con el riesgo de los bancos. Pero en ningún momento se cuestionan retroceder en ese cóctel molotov de finanzas públicas y privadas en el que estamos inmersos: sólo discuten si mantenerlo a nivel nacional o europeo.

El camino que se ha seguido desde hace décadas con la banca va exigiendo un respaldo público cada vez más fuerte. La Unión Bancaria no es sino otro paso más en este sentido. Puede ser el lugar al que estamos abocados, arrastrados por el pasado, pero la pregunta de Lautenschläger tiene una respuesta segura: para quienes realmente la Unión Bancaria Europea es un lugar hygge es para los bancos.

Un Gobierno del que nadie espera nada, en todo caso, más gasto

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 10:09

Andalucía ante su gran reforma: una Administración eficiente

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 10:07

Algo menos pobres y algo menos desiguales

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 10:04

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/6/2018

Las conclusiones que se desprenden de la Encuesta de Condiciones de Vida, publicada recientemente por el Instituto Nacional de Estadística, son positivas. En general, somos algo menos pobres si la referencia es Europa. Cada hogar tuvo por término medio unos ingresos netos mayores que el año anterior. Concretamente sus ingresos anuales subieron de 26.730 euros a 27.558 (3,1%). Del mismo modo, cada español ingresó más, pasando de los 10.708 euros hasta los 11.074 (3,4%) por persona. Pero estos mejores datos para el conjunto podrían esconder una distribución interna peor. No obstante, no es así: la encuesta refleja que también ha disminuido algo la desigualdad entre nosotros.

El INE, para analizar la desigualdad, cuantifica la población en riesgo de pobreza o personas que tienen ingresos bajos en relación al conjunto de la población. En esta ocasión, el umbral de riesgo de pobreza se situó, por ejemplo, en 17.896 euros al año para los hogares de dos adultos y dos niños, o en 8.522 euros para hogares de una sola persona. Pues bien, la proporción de la población que se encuentra por debajo del umbral, o tasa de riesgo de pobreza, ha descendido del 22,3% al 21,6%.

En Andalucía, aunque también hemos mejorado, la situación es peor que en otras comunidades. El ingreso medio por andaluz asciende a sólo 9.116 euros. Y nuestra tasa de pobreza se sitúa en el 31%, cuando la de Navarra está en el 8,3% o, la del País Vasco, en el 9,7%. Sólo Extremadura está por debajo nuestra. Y cuando el INE valora las dificultades económicas de los hogares, Andalucía aparece en las posiciones peores. Así, cerca de la mitad de la población no tiene capacidad para irse de vacaciones o no puede atender un gasto imprevisto; y el 13,9% de los hogares andaluces llega con dificultad a fin de mes, cuando en España esto le sucede al 9,3%.

El nivel de formación es una de las características determinantes de la pobreza: del segmento con educación superior, sólo el 9,7% se encuentra en riesgo de pobreza; y este porcentaje sube al 26,5% de los que poseen educación primaria. También, el tipo de hogar condiciona. Cuando no hay niños, la tasa disminuye. La situación peor se la llevan los hogares con un solo adulto con hijos, con un 40,6% en riesgo de pobreza. Por otra parte, sólo el 18% de la población de nacionalidad española está en riesgo de pobreza, frente al 52% de la extranjera no europea.

Pero si hay una variable determinante, ésa es el empleo: el 44,6% de los parados están en riesgo de pobreza, frente al 14,1% de los ocupados. Es, por tanto, la fuerte creación de empleo de estos últimos años lo que explica que las condiciones de vida estén mejorando para todos. Los datos de esta encuesta muestran una mejora débil, aunque hay que tener en cuenta que está realizada en 2017, en base a los ingresos percibidos en 2016. Con seguridad, las futuras reflejarán mayores ingresos y menores desigualdades. Pero aún así, hay que seguir creando empleo y elevando los salarios. No hemos recuperado el nivel precrisis. Basta echar mano de la Encuesta de 2008: la tasa de riesgo de pobreza entonces fue del 19,7%. O acudir al índice de Gini, que todavía se encuentra en 34,7 cuando estaba en 32 en 2008.

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¿Cómo nos impactaría una subida de tipos?

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 10:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/6/2018

Realmente, cuando escuchamos las decisiones de política monetaria que ha tomado el Banco Central Europeo, como las de la última semana, lo que nos interesa es saber en qué pueden afectarnos y cuándo empezaríamos a notar sus efectos. El cese de las compras de activos o las subidas de tipos oficiales: ¿cómo se traducen luego a las operaciones financieras concretas que realizamos? Pues bien, el Banco de España (BdE) ha publicado esta semana un artículo en el que realiza una evaluación del impacto que tendría una hipotética subida de los tipos de interés –un 1%– en las cuentas públicas, en las empresas y en los hogares españoles en el horizonte temporal 2018-2020. Sin entrar en los aspectos metodológicos que lo sustentan, es posible entresacar algunas de las conclusiones que se alcanzan sobre en el grado en que se verían negativamente afectadas las rentas de los tres sectores.

La forma de financiarse de la Administración Pública, fundamentalmente a largo plazo y a tipo fijo, hace que las subidas o bajadas de los intereses oficiales tarden en notarse: el coste de la masa completa de deuda se mueve con inercia porque el impacto de los cambios en los tipos sólo se va acusando en la parte que se renueva. Aun así, la tendencia descendente que arrastra se paralizaría; y en el escenario más adverso, el estudio estima que la carga financiera neta se incrementarían en un 0,3% del PIB. Además, el BdE advierte que al haber crecido el volumen de deuda se ha vuelto más sensible a posibles variaciones de tipos de interés. También, que este aumento futuro del coste es muy relevante porque no hay margen para absorberlos en los presupuestos proyectados en el periodo analizado.

Por el contrario, las empresas y las familias enseguida notarían los cambios, dado que las renovaciones o vencimientos les llegan a corto plazo y están endeudadas a tipo variable. Para ambos colectivos, incluso sin elevaciones de tipos oficiales, el coste de financiación ya no seguirá bajando; y si suben ese 1% simulado, el impacto negativo neto para las empresas sería del 1,5% del excedente bruto de explotación; y para las familias, se consumiría un 0,6% más de la renta bruta disponible (RBD) al final del horizonte considerado. A diferencia de lo que ocurre en la administración pública, el impacto adverso global en estos dos sectores es menor que en simulaciones anteriores por el notable desendeudamiento durante los últimos años.

Este trabajo, como todos, hay que tomarlo con mucha cautela porque están llenos de supuestos de partida que pueden cambiar de un día para otro. De hecho, está realizado con anterioridad a las últimas decisiones monetarias. Pero, en todo caso, tenemos que ir asumiendo que el coste de la financiación se irá elevando. Lo harán poco a poco, como ha repetido Draghi en un discurso en Sintra esta semana: “Seremos pacientes a la hora de determinar el momento en que se producirá la primera subida de los tipos, y a partir de ese momento adoptaremos un enfoque gradual para ajustar la política paulatinamente”. Esto nos tranquiliza a los endeudados, pero esa paciencia de Draghi a los pequeños ahorradores los está haciendo santos.

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La inflación despierta, cesan las compras

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 9:57

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/6/2018

Nueva reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) y nuevas caras entre sus miembros: Luis de Guindos, vicepresidente de la entidad, y Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España. Se han estrenado en estos encuentros en un momento crucial. Ya lo había adelantado Peter Praet, miembro del Comité Ejecutivo, en una conferencia la pasada semana: en esta ocasión se evaluaría si la mejora de la situación económica permite el desmantelamiento del tinglado de bonos levantado estos últimos años. Así ha sido, y el final de las compras ha quedado fijado para diciembre de 2018. Y por primera vez se ha mencionado un plazo, aunque abierto, para poder empezar a subir el precio del dinero: a partir del verano de 2019.

Con seguridad esta decisión ha venido presionada por la aceleración en la normalización monetaria en EEUU. Tal y como se esperaba, el miércoles la FED subió un cuarto de punto los tipos de interés. Con un crecimiento del 2,8%, una tasa de paro en mínimos históricos y la inflación en el 2,8%, esta decisión estaba más que descontada. Pero también elevó el ritmo futuro, dejando establecido que subirán dos veces más a lo largo de este año, en lugar de una más, como estaba programado.

Pero, sobre todo, lo que habrá empujado con fuerza para tomarla es el repunte de la inflación del mes de mayo, que alcanzó el 1,9% en la zona euro. También lo había comentado ya Praet en su conferencia. La principal intersección entre el crecimiento y la inflación es el mercado laboral. Y la fuerte creación de empleo de estos últimos años está presionando los salarios al alza, y éstos a su vez al incremento de los precios. Ayer Draghi señaló que el BCE había elevado sus estimaciones de inflación (IAPC) para este año hasta el 1,7%, frente al 1,4% previsto en marzo, y que esta tasa se mantendrá en los dos años siguientes.

Así, el cese de las compras se ha determinado a pesar de que los indicadores económicos siguen apuntando a una ralentización de la expansión. De hecho, las previsiones del PIB de la Eurozona se han corregido a la baja. Pero Draghi consideró que era normal tras el alto crecimiento de los años anteriores. Además, afirmó que “los riesgos que rodean las perspectivas de crecimiento de la zona del euro siguen siendo ampliamente equilibrados”, en referencia al mayor proteccionismo comercial o a lo ocurrido en Italia.

No obstante la firmeza de la decisión de ayer, el BCE se ha guardado cartuchos muy importantes. Prolonga las compras, aunque a menor nivel, hasta diciembre. Cuenta con la reinversión de los títulos que van venciendo, que persistirá durante el tiempo necesario. Y ha dejado abierta la fecha de subida de tipos. El apoyo monetario, por tanto, continuará. Pero ha sido una contundente advertencia a los países europeos, para que no sigan obviando los habituales mensajes finales de los discursos de Draghi: la necesidad de reformas estructurales que potencien el crecimiento, de que los países muy endeudados construyan colchones fiscales, de que se respeten las normas del euro, y de que se complete la unión bancaria y de los mercados de capitales. Porque se acaba el tiempo.

Suiza vota: ¿quién debe crear el dinero?

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 9:54

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/6/2018

El próximo domingo los suizos están llamados a las urnas. Votarán la iniciativa Vollgeld o Dinero Soberano, cuya aprobación supondría un cambio radical en su sistema bancario. El lema de los promotores ¿Quién debe crear nuestro dinero? o la pancarta que algunos colgaron en el Banco Central de Suiza Por favor, recuerda para qué existes, centran muy bien el tema. Es una reforma de la que no sólo se ocupa Suiza, sino que ha despertado interés en todos los ámbitos: se discute en parlamentos y bancos centrales; se estudia en el mundo académico y en las consultoras más importantes; y numerosas personalidades de las finanzas, como Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra, o Miguel Ángel Fernández Ordoñez, ex gobernador del Banco de España, se han pronunciado como partidarios. Pero es en Suiza, donde 100.000 firmas bastan para convocar un referéndum, donde se ha llegado más lejos.

Se trata de devolver al Estado el monopolio de la creación de dinero, que vuelva a ser una función pública. Esto se conseguiría si las empresas y personas tienen cuentas abiertas en el Banco Central, depositando su dinero allí en vez de en los bancos comerciales. El Banco Central emitiría su propia moneda, pero digital, que sería exactamente igual que los billetes y monedas. La banca mantendría sólo la función de asignar el dinero, aunque otras propuestas más radicales, como la suiza, ni le dejan eso.

Al eliminar la alquimia de creación de dinero por parte de los bancos, la masa monetaria no dependería de ellos como ahora, que la inflan o desinflan en función de sus privadas expectativas. El respaldo público a los depósitos bancarios ya no tendría sentido ni habría temor a los bancos too big to fail. Además, también estaría bajo control el nivel de deuda y se podría manejar mejor la política monetaria, que no tendría que ejecutarse a través de la banca.

Por contra, sus detractores señalan dos críticas principales. La primera, que conllevaría una restricción y encarecimiento del crédito para empresas y familias. La segunda, que el control de la cantidad de dinero estaría burocratizado, concentrándose la decisión en un grupo de técnicos del Banco Central.

Iniciativas similares ya se plantearon sin éxito en el pasado por economistas de la talla de Fisher, Friedman o Tobin. Pero las circunstancias actuales favorecen el cambio de paradigma financiero. Porque esta cuestión se solapa con otra con la que está íntimamente conectado y que agudiza el problema: la desaparición del dinero físico, que daría aún mayor poder a la banca. Y porque ahora se dispone de la tecnología blockchain, adecuada para emitir monedas digitales soberanas.

Lo más probable es que la votación suiza se pierda. Además de que su propuesta es de las más extremas, la relevancia del mundo financiero allí es enorme. Pero el debate en sí resulta de lo más positivo. Hay que salir de la ignorancia generalizada que existe sobre los verdaderos entresijos del sistema bancario. Entenderlo nos llevará directamente a exigir un modelo de banca mejor para todos.

El bucle diabólico

Carmen Pérez | 11 de junio de 2018 a las 8:56

TRIBUNA ECONÓMICA, 1/6/2018

Esta semana el bucle diabólico que se establece entre la deuda soberana y la banca se ha dejado ver otra vez. Cuando la confianza de los inversores en un Estado se debilita, su banca -cargada de deuda soberana- se perjudica. Y si la banca atraviesa dificultades, el Estado -garante de la estabilidad financiera de esa banca- acusa la factura. Y vuelta a empezar. No es nuevo. Este bucle ya lo vivimos algunos países europeos hace unos años, y a lo grande. Ahora la complicada situación política italiana volvió a activarlo, contagiando a otros países periféricos, como Portugal y España. En nuestro país, además, la chispa se encontró el campo abonado por la inestabilidad política propia.

El riesgo político desató el pánico vendedor de bonos. Se activaron en la mente de los inversores los mecanismos que conectan las finanzas a las emociones: la aversión a la pérdida, el efecto manada o el recuerdo del pasado. De este modo, la prima de riesgo llegó a subir en España hasta los 137 puntos, y en Italia a los 310 puntos básicos.

Este pánico también se ha reflejado en las Bolsas. El índice MIB de Milán ha perdido un 10% en la última quincena de mayo y el Íbex 35 más del 6%. Pero, dentro de sus valores, son los bancos los que más han sufrido. En España, el Íbex 35 Banks, índice que aglutina a las seis principales entidades financieras, ha experimentado un retroceso del 12% en las últimas 15 sesiones. No es de extrañar que sean los que más acusen el golpe, el riesgo soberano en ellos es muy alto: los bancos españoles mantienen en sus balances deuda soberana española por más de 167.000 millones de euros, y la exposición a la deuda italiana supera los 31.000 millones.

Con todo, no estamos en la situación de 2012. El estado fiscal de estas dos economías está mucho mejor ahora. Pero persisten importantes riesgos en España y, más intensos, en Italia: sus bancos no están todavía saneados totalmente y soportan unas deudas públicas muy elevadas: el 98% y el 132% de PIB, respectivamente. A esto se añade la incertidumbre sobre hacia dónde caminarán los gobiernos de ambas naciones.

La situación sigue tensa, y ha mostrado que el bucle sigue ahí, en equilibrio inestable. Los remedios para deshacerlo fueron bien diagnosticados tras la crisis. El apoyo público al Fondo Único de Resolución, el establecimiento de un Fondo de Garantía Europeo o los eurobonos son medidas que se han propuesto para desacoplar de una vez por todas el riesgo país del riesgo bancario. Significarían apostar por un proyecto europeo en el que se asuma el riesgo futuro en común. Pero no terminan de aplicarse.

Así seguimos viendo países europeos, pero no vemos a Europa. Y se está desaprovechando para avanzar en este sentido el precioso tiempo que brindan la política monetaria ultraflexible del Banco Central Europeo y la recuperación económica mundial, no solo europea. Tampoco se ha empleado este tiempo para llevar a cabo todas las reformas internas necesarias que impulsen el crecimiento económico estructuralmente. Y ya lo dijo Confucio: “si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, entonces estás peor que antes”.

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Los préstamos al consumo, disparados

Carmen Pérez | 11 de junio de 2018 a las 8:52

TRIBUNA ECONÓMICA, 25/5/2018

Durante la crisis estuvimos años y años retrayéndonos de gastar. Para renovar un electrodoméstico nos lo pensábamos más de dos veces. Y ni hablar de comprar un nuevo dormitorio para el niño o cambiar de coche, por muy viejo que estuviera. En muchos casos, la dura realidad hacía que no hubiera más remedio que posponer las decisiones de compra. En otros, era el miedo a un futuro incierto, lo que cerraba el bolsillo. Pero con la recuperación económica y el aumento del empleo hemos ido cogiendo ritmo. De nuevo, optimismo y confianza: nos estamos desquitando. Compramos y compramos, y aplazamos el pago. ¿Por qué no? Para eso están los préstamos.

El Banco de España, en el Informe de Estabilidad Financiera publicado esta semana, destaca este hecho. El crédito al consumo viene creciendo de forma ininterrumpida desde el primer trimestre de 2016, y cada año con tasas de crecimiento mayores: en 2017 la tasa de crecimiento fue del 15% y a finales de diciembre el volumen ya superaba los 58.000 millones de euros. El 53% de estos préstamos han financiado bienes de consumo duradero, que incluye la adquisición de automóviles. Son los que más han crecido, a una tasa que alcanzó el 26,8 % en diciembre de 2017. Y estas estadísticas sólo incluyen a los bancos, y no a las entidades de financiación y otros prestamistas que están siendo especialmente activos últimamente.

Estamos a la cabeza de Europa. Los préstamos al consumo en España vienen creciendo con mucha más fuerza que los del resto de países de la zona euro. Aunque, eso sí, también fuimos el país que los contrajo con mayor intensidad en los años de crisis. Somos los que más crecemos y también los que más caros los pagamos. La asociación de consumidores Adicae ha venido denunciando que en nuestro país se paga un tipo de interés medio del 8,3% TAE en las operaciones a plazo entre 1 y 5 años, frente al 4,8% de la eurozona. Y eso por no hablar de las entidades no financieras que ofrecen créditos rápidos a precios de usura.

Y si por nuestra parte estamos muy propensos a solicitarlos, también los bancos están más que intensos ofreciéndolos. Se están volcando con estos préstamos. Según la última Encuesta de Préstamos Bancarios publicada por el Banco de España, los bancos han relajado los criterios de concesión. El porcentaje de solicitudes denegadas ha vuelto a reducirse durante los tres primeros meses de 2018. Y también sus condiciones se han suavizado, con menores costes de financiación y con mayores importes en las operaciones.

Este segmento de negocio les permite obtener mayores rentabilidades. En el entorno de bajos tipos de interés en el que se desarrolla el negocio bancario, a estos préstamos pueden aplicarles mayores tipos. Por eso, el Banco de España ya ha activado las alertas. Piensa vigilar estrechamente la evolución de este tipo de crédito y su morosidad porque el sector puede estar incurriendo en mayores riesgos. La morosidad en estas operaciones es relativamente elevada y no suelen estar respaldadas con garantías. Pero también es responsabilidad de todos nosotros no entrar como locos al trapo. Ni en este tipo de préstamos ni en ningún otro.

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¿Qué va antes, reducir riesgos o compartir riesgos?

Carmen Pérez | 11 de junio de 2018 a las 8:50

TRIBUNA ECONÓMICA, 18/5/2018

Qué va antes, reducir riesgos o compartir riesgos? Esta pregunta, que recuerda a esa otra popular que cuestiona qué es anterior, si el huevo o la gallina, no es poca cosa. Tiene dividida a Europa. Y de la respuesta que se le dé depende el seguir avanzando en la construcción del proyecto europeo o que se destruya. Una parte piensa que antes de dar el paso de compartir riesgos los países tienen que nivelar los propios. La otra, que hay que atreverse a compartirlos porque precisamente esa es la forma de reducirlos. Esta semana, con el riesgo de Italia como protagonista, este dilema se presenta con toda su crudeza: ¿estaríamos dispuestos a compartir sus riesgos?

El asunto es de la máxima trascendencia. Mario Draghi, hace unos días, en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, defendía la segunda alternativa al señalar, como primer paso, la necesidad de completar la Unión Bancaria Europea. De hacerse, supondría compartir entre todos los europeos los riesgos de cualquier banco de la zona euro. En España, los rescates bancarios han sido soportados por el Estado español. Europa simplemente nos prestó el dinero. Con la Unión Bancaria finalizada, el problema bancario español se hubiera asumido como problema europeo.

Draghi se alinea así con Emmanuel Macron, el político actual que tiene una visión más clara de Europa. La importancia que le concede a que se concluya la Unión Bancaria se hizo patente en su campaña, en la que llegó a afirmar que “todo hubiera ardido si no se hubiera puesto en marcha”. Para Macron no se puede ser tímidamente europeo; es de la unión, de donde nace la fuerza.

Sin embargo, este argumento no convence a Angela Merkel. Su postura ante el dilema es clara: lo primero es reducir el riesgo, luego vendría la Unión Bancaria. En lo que coinciden todos es en que acometer reformas estructurales y mantener la disciplina fiscal son absolutamente imprescindibles. Hay que evitar el riesgo moral de que unos países vivan descaradamente mejor a costa de los otros. Pero Merkel no se fía, y no le falta razón: ¿quién asegura que los países se atendrán a este comportamiento?

Italia es un ejemplo crítico. Su situación económica es delicada. Su sistema bancario no está saneado, y su Estado está débil para respaldarlo, por el bajo crecimiento de su PIB (1,5%) y por su enorme deuda pública, que supera los 2,3 billones de euros. Además las propuestas que plantea el sorprendente gobierno que se está formando -coalición del Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte- constituyen una total afrenta a lo que determina Europa.

La respuesta a la cuestión “del huevo o la gallina” es una falacia del tipo círculo vicioso que puede alargarse indefinidamente. Al dilema europeo se le va a dar una respuesta en junio, con el problemón italiano sobre la mesa. Y el caso es que quizá no haya ni elección. Ya se ha llegado demasiado lejos. El BCE es propietario de 337.208 millones de euros de bonos italianos. Teóricamente no es un riesgo compartido pero no imagino cómo podría desatarse esa cuenta. No queda otra que atreverse. No se trata sólo de terminar de salir de esta crisis, es que la próxima está ahí a la vuelta.