Mejor prevenir que curar

Carmen Pérez | 18 de octubre de 2016 a las 11:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/10/2016

ES posible que entre las personas que se encuentren en una sucursal bancaria, guardando la cola para ser atendidas por un agente comercial, alguna de ellas no sea un cliente normal, aunque lo parezca. Puede ser un cliente espía. La figura no es nueva, tradicionalmente se ha utilizado por las empresas para detectar las estrategias de la competencia; o dentro de sí mismas, para medir la eficacia de las personas que cara al público la representan. Lo novedoso, en España, es que trabajen para el supervisor financiero. La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha contratado a mystery shoppers, o inspectores de incógnito, para que comprueben sobre el terreno si los bancos cumplen con la normativa establecida para la comercialización de los productos financieros. Después de la epidemia de reclamaciones del pasado, y ante los virus del presente, mejor intensificar los mecanismos de prevención que dejar que nuevas enfermedades lleguen.

No es la única medida de prevención implantada en los últimos tiempos; también se han adoptado otras que igualmente siguen esta filosofía, como los semáforos financieros y otras clasificaciones obligatorias, que con códigos de colores o mediante escalas con diferentes niveles advierten al cliente de la intensidad y tipos de riesgos que conllevan los productos financieros. Por otra parte, los protocolos de actuación han sido reforzados para garantizar transparencia y claridad en la información así como idoneidad respecto al perfil del inversor. Y se va a exigir legalmente la cualificación profesional de los agentes, aunque es cierto que la inmensa mayoría ya la tienen.

Las quejas y reclamaciones recibidas por los supervisores en estos últimos años constituyen un buen termómetro para tomar conciencia del problema: 20.000 reclamaciones ante el Banco de España en 2015, en su mayoría por cláusulas suelo; y 1.400 quejas ante la CNMV, en un 75% a causa de participaciones preferentes. No obstante, aún siendo todavía muchas, están lejos de las 35.000 y 10.900 respectivamente de 2012. Y cuando el mal está hecho, la curación que pueden ofrecer los supervisores no es eficaz. Los informes que emiten -que además exigen de uno previo del defensor del cliente- no son vinculantes, y los usuarios terminan en los tribunales, si la entidad reclamada no rectifica voluntariamente.

Actualmente, la CNMV está especialmente preocupada por el trasvase de los depósitos hacia los fondos de inversión. Con los tipos de interés tan bajos, son muchos los clientes que están optando por cambiar seguridad por rentabilidad. Esperemos que los nuevos mecanismos de prevención funcionen en dos sentidos, ambos de igual importancia: que protejan al inversor, para que ninguno pueda encontrarse en el futuro con las consecuencias adversas de haber asumido un riesgo excesivo sin haberlo conocido ni deseado; y que desprotejan al mal inversor, ése que intenta aprovechar las aguas revueltas para eludir con artimañas legales los resultados negativos de aquellas decisiones que conscientemente toma. Porque, para ser justos con la banca, hay que reconocer que junto a las miles de reclamaciones legítimas recibidas de clientes engañados, muchas otras eran falsas.

Altas retribuciones

Carmen Pérez | 13 de octubre de 2016 a las 13:27

“Hay una brecha irracional, insana y creciente entre lo que las empresas pagan a sus trabajadores y lo que les pagan a sus jefes”. Pudiera parecer que esta frase proviene de alguno de los dirigentes de Podemos, del partido político que en su programa defiende la limitación del salario máximo, en función del SMI. Pero no, por muy extraño que parezca, la frase procede de Theresa May, la primera ministra del Reino Unido. Su pretensión, según recoge Sarah O´Connor hace unos días en Financial Times, es que haya más transparencia en este tema, obligando a las empresas a publicar anualmente un ratio que mida la relación entre la remuneración total de su primer ejecutivo y la media de la retribución total de sus empleados. En absoluto quiere limitarlo, faltaría más en una liberal, pero muy escandaloso se ha debido volver el asunto para que la lideresa del Partido Conservador quiera al menos denunciarlo. Y no sólo ella, en EEUU, el país capitalista por excelencia, la publicación de este ratio será obligatoria para las empresas públicas desde enero de 2017.

Aquí, en España, la CNMV publicó el 23 de septiembre el Informe anual de remuneraciones de los consejeros de las sociedades cotizadas, IARC, de 2015. Algunos datos: en las sociedades del Íbex 35 las remuneraciones más elevadas corresponden a los presidentes ejecutivos, con una media de 3,45 millones de euros (3,36, en 2014), frente a unos 763.000 euros para los presidentes no ejecutivos (516.000, en 2014); seguidos por los consejeros delegados, con 3,05 millones de euros de media (2,9, en 2014) y el resto de consejeros ejecutivos con 1,68 millones de euros (2,2, en 2014). Y eso son las medias, que los picos superan los 20 millones de euros.

Por su parte, la media de retribución de los trabajadores para las empresas del Íbex 35 fue de 49.086 euros: ¿cuántas vidas, de 40 años laborables han de vivir para acumular lo que algunos consejeros consiguen en un año?, ¿realmente se lo merecen?, ¿está justificada esta brecha? Más datos: en 2015 los beneficios de estas empresas cayeron un 27%, y cuatro de ellas tuvieron pérdidas. Por su parte, la cotización del Íbex 35 en Bolsa descendió un 7,15%.

Sin duda, hay que pagarles bien, el dinero excita la imaginación y agudiza el ingenio. “¡La sola idea de ese metal poderoso, omnipotente, en un volcán mi mente ya empieza a trabajar!”, dijo Fígaro. Pero, ¿y los accionistas? ¿Cómo no actúan sus propios intereses de límite, parando estos sueldos creciente? Según los IARC, los accionistas vienen aprobando las remuneraciones de los consejeros, con bajos porcentajes -salvo excepciones- de votos en contra. No obstante, y aunque el problema de agencia -conflicto entre gestores y propietarios- es fuerte, esto puede estar cambiando; por ejemplo, en abril, el 60% de BP manifestó su desacuerdo. Que el voto deje de ser sólo consultivo para los accionistas y la publicación de esta ratio pueden conseguir que reaccionen. May, en su discurso de investidura, tras el Brexit, señaló que el capitalismo actual está necesitado de reformas; “civilizar el capitalismo”, acordaron en su última reunión los líderes del G-20. Pues, con este tema, tienen un buen frente.

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Sin billetes ni monedas

Carmen Pérez | 10 de octubre de 2016 a las 11:30

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/9/2016.

DESDE siempre algunas películas han tratado de imaginar cómo sería la sociedad en fechas futuras concretas, y resulta curioso analizar en qué medida han acertado. Ya está cerca 2019 y en Los Ángeles no habrá replicantes o patrullas aéreas vigilando las calles, como se vaticinaba en la película Blade Runner. Y seguramente tampoco se pagará con dinero en efectivo en los restaurantes callejeros, como sí se hace en el que Rick Deckard (Harrison Ford) degusta unos tallarines mientras un dirigible futurista vocea sobre una nueva vida en las colonias del Mundo Exterior. Su director, el británico Ridley Scott, se equivocó también imaginando que el dinero físico seguiría utilizándose en el futuro. No es ciencia-ficción, los billetes y monedas tienen los días contados. En Dinamarca incluso ya le han puesto fecha límite: el año 2030.

Por una parte, se están dejando de emitir los billetes de más valor. EEUU, por ejemplo, eliminó los billetes de 1.000 y 500 dólares, y el BCE lo hará en 2018 con los billetes de 500 euros. Algunos no lo notaremos, la mayoría de la población nunca ha visto un Bin Laden, nombre con el que se le conoce popularmente. En principio, esta decisión se toma para luchar contra las actividades delictivas y la economía sumergida. Pero se intuyen otras razones, como la de entorpecer la opción de almacenar dinero en casa en vez de depositarlo en el banco pagando por él. En esta línea, los bancos también presionan contra los molestos y costosos billetes al cobrar comisiones por los ingresos de efectivo y ofertar menos cajeros.

Por otra parte, particulares y empresas están suprimiendo progresivamente los pagos con dinero físico, y utilizan en su lugar transferencias on-line, tarjetas, entidades de pago o el mismo móvil. Lo más reciente es el desarrollo de las tecnologías NFC, que se insertan en móviles y tarjetas, permitiendo pagos pequeños y rápidos que se activan cuando el chip se coloca cerca del lector. Así, en los adelantados países nórdicos, el 95% de las compras al por menor se hacen sin dinero, desde caramelos a donaciones en las colectas de la Iglesia. Hasta la promesa “todos los pueblos y ciudades de la UE tendrán wifi gratis en el año 2020″, que el presidente Juncker hizo hace unos días en su discurso sobre el Estado de la Unión, parece diseñada para hacer posible que este efecto pueda extenderse por toda Europa.

Todo parece converger en este cambio: la tecnología lo posibilita, las instituciones públicas y financieras lo propician, el ciudadano, por comodidad, acepta. Y nuevas películas aventurarán sus consecuencias. Los rastros electrónicos permiten reconstruir los pasos diarios de todo comprador, no sólo sobre qué ha comprado y cuánto ha pagado sino en qué momentos y lugares ha estado, y esta información podría ser utilizada por gobiernos o empresas para controlar, manipular o chantajearlo. Nuevas criptomonedas para dar cobertura a las actividades ilícitas, pobres excluidos financieramente, o la vuelta al trueque por grupos rebeldes: con la desaparición de billetes y monedas, los visionarios cineastas tienen tarea, y seguro que verán, como el replicante Roy Batty, cosas que nosotros nunca imaginaríamos.

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Decidir desde arriba sin contar con los de abajo

Carmen Pérez | 3 de octubre de 2016 a las 8:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/9/2016

AYER tocó reunión del Banco Central Europeo (BCE) y a lo largo de septiembre vendrán las del Banco de Inglaterra, la Reserva Federal y el Banco de Japón. Se ha hecho imprescindible llevar un calendario para ellos, y no sólo de éstos, que son los que más suenan en los medios de comunicación, sino de otros muchos, como el de Suecia, Suiza o Australia. Porque, más allá de la cita de ayer -en la que no hubo sorpresas-, causa cierto desconcierto que se haya llegado a una situación en la que todos y cada uno de los agentes económicos -las familias, las empresas, las entidades financieras y los Estados- queden afectados perceptiblemente, para bien o para mal, por sus resoluciones. De ahí que se esperen estas citas con tantísima expectación. Al mismo tiempo, causa preocupación que estas decisiones tan poderosas, tomadas por sólo un puñado de personas, no terminen de conseguir los resultados esperados.

Desde luego, a estos dirigentes financieros no les falta formación en absoluto y sus trayectorias profesionales demuestran una experiencia más que acreditada en el mundo financiero. Y cuentan con muchísima información, datos, tablas, gráficos, ratios, y con numerosos análisis especializados, que utilizando complejos modelos matemáticos aventuran el movimiento futuro de variables claves tanto de la economía real como de otras de na’turaleza monetaria. Así, si observan desviaciones del objetivo que se les tiene definido -mantener la inflación en el 2%, en el caso europeo- abren su caja de herramientas y actúan para reconducirlas mediante diferentes instrumentos monetarios.

Pero la política monetaria que venían trayendo, cuyos retoques acomodaban la actuación de los agentes económicos al objetivo de la inflación, se radicalizó por la crisis, volviéndose extremadamente intervencionista. Al llevar los tipos de interés hasta niveles negativos han conseguido que la irracionalidad financiera se instale en la economía, y se han embarcado en operaciones que no eran habituales, como las compras masivas de activos financieros, públicos y privados, que están distorsionando con fuerza precios y mercados. Todo ello está acarreando importantes y negativos efectos secundarios, incluso más allá del ámbito económico.

Pese a esta radicalidad, y en gran parte por la misma incertidumbre que produce esta radicalidad, los estímulos monetarios no están funcionando. O al menos no lo hacen con la intensidad y con la rapidez que correspondería al enorme esfuerzo que los bancos centrales llevan, ya por largo tiempo, desarrollando. Es el problema de tomar las decisiones desde arriba sin contar con los de abajo: los millones de agentes económicos no están comportándose como ellos desean por mucho que les estén presionando: los bancos no prestan sólo porque obtengan el dinero barato; las empresas no deciden sus inversiones únicamente porque los costes financieros estén bajos; y las familias no consumen más o asumen mayores riesgos porque vean la rentabilidad de sus ahorros mermada, ni van a endeudarse si no ven el futuro claro. Los que sí tenderán a gastar más son los Estados al comprobar que la deuda pública se les está subvencionando.

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Las SGR, protagonismo creciente

Carmen Pérez | 25 de septiembre de 2016 a las 17:46

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/9/2016

EL problema de las pymes para acceder al crédito bancario está sobradamente denunciado, pero, sin embargo, en pocas ocasiones se mencionan a las sociedades de garantía recíproca (SGR), cuando estas sociedades pueden ayudarlas a solventarlo. En realidad, prestar, ellas no prestan, no son las que desembolsan el dinero -que lo sigue haciendo la banca-, pero sí asumen la parte más peliaguda del préstamo: su riesgo. Como decía el presidente de la SGR de Navarra en un Congreso hace ya años: “Para conocer la esencia de este negocio hay que asistir a un comité de riesgos, y presenciar lo que es aprobar una operación, por ejemplo, avalando un préstamo para montar una peluquería, sin garantías, exclusivamente basada en la confianza”. Hoy en día, que hay dinero en abundancia pero mucha aversión al riesgo, estas entidades están adquiriendo un protagonismo creciente.

No significa lo anterior que no se protejan en lo posible, pidiéndole a la pyme garantías personales y reales, pero sus operaciones son más arriesgadas porque resultan de seleccionar entre aquéllas que rechaza la banca. Esto les exige realizar un análisis de riegos artesano, pormenorizado, sobre el terreno, visitando sus instalaciones, conociendo personalmente al promotor, su trayectoria de pago, su fama entre clientes y proveedores: nada parecido al credit scoring. Así, 11.473 pequeñas empresas y autónomos consiguieron sus préstamos el pasado año, con un importe medio de 90.330 euros. En total, las operaciones de aval formalizadas por las SGR españolas ascendieron a 1.036 millones de euros, de las que el 10% correspondieron a las dos SGR de Andalucía: Suraval y Avalunión.

Con todo, y pese a ser entidades sin ánimo de lucro, necesitan para desarrollar esta importante función del apoyo público. Y lo tienen cada vez en mayor medida. Con independencia de la ayuda que puedan recibir de la comunidad autónoma en la que operen y de otros socios protectores, todas están reavaladas por el Estado, a través de la Compañía Estatal de Reafianzamiento (Cersa), que a su vez recibe el respaldo del Banco Europeo de Inversiones (BEI). De esta forma, el riesgo del préstamo a la pyme queda repartido en tres niveles: Europa, el Estado español y la SGR. De hecho, recientemente, Cersa ha firmado con el BEI un acuerdo que permitirá cubrir una cartera de préstamos SGR de 2.000 millones de euros hasta 2017, que beneficiará a 20.000 pymes.

Pero recibir recursos públicos obliga a las SGR a usarlos con la máxima eficacia: primero, siendo realmente un instrumento que facilite a la pyme el acceso a la financiación, entrando, por tanto, sólo en operaciones que sin su intervención nunca hubieran sido aceptadas por la banca. Y segundo, haciendo valer el aval que otorgan. Como estos préstamos quedan totalmente libres de riesgo para la banca -la SGR paga las cuotas si la pyme deja de hacerlo-, se le ha de exigir que lo compense mejorando ostensiblemente las condiciones, plazos y tipos de interés, de las operaciones avaladas. En otro caso, esa cascada de avales, que finalmente se traduce en dinero público, no estaría al servicio de la pyme, sino para mantener un entramado que sólo se beneficie a sí mismo y, de paso, a la banca.

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La Chapuza

Carmen Pérez | 20 de septiembre de 2016 a las 19:36

TRIBUNA, 16/9/2016.

¿Alguien diría que la situación de Francia está tan al límite de la desprotección al ciudadano que su única solución es una revolución violenta? Es lo que defiende Frèderic Lordon, líder del movimiento de indignados francés Nuit Debout (Noche en Pie), movimiento que ha brotado a raíz de la reforma laboral impuesta por el presidente socialista François Hollande. “El desastre a menudo es la mejor opción de los dominados” o “un orden de dominación solo da su brazo a torcer si se le derriba por la fuerza” son frases -digna de ETA la primera- de su libro La chapuza, publicado recientemente, y en el que pese a las frases anteriores no está hablando de sí mismo. En sus conferencias, Lordon arenga a los aún edulcorados enragés franceses actuales para que -previa salida del euro- aniquilen por completo el sistema. Ese sistema que le ha permitido estudiar -es economista y filósofo-, en el que disfruta de libertad de expresión -colaborador habitual de Le Monde diplomatique- y del que es empleado público -director del Centre National de la Recherche Scientifique e investigador del Centre de Sociologie Europeènne-.

Hay que irse de Europa, defiende, porque permanecer implica cumplir normas -el control del déficit y de la deuda-, que no le dejan libertad al Gobierno francés para atender a su pueblo. También es preferible disponer de un banco central propio, sin mandatos, que pueda utilizarse sin límites y a conveniencia. Gastar todo lo necesario, que ya se imprimirá dinero para soportarlo, parece ser su propuesta. Así, tampoco hay problemas con la deuda, y no hay que entregarse a los acreedores ni a esos despiadados mercados. Y concentra su iras en un enemigo concreto: Alemania, a la que acusa de que “sólo piensa en ella”, aunque, de forma incoherente, en otros momentos afirme “que lidera una aventura colectiva que en realidad no le conviene”.

Como Europa es la “realización regional de la mundialización liberal” (¡sorprendente afirmación cuando en Francia el gasto público supera el 56,8% del PIB!), cree que hay que recuperar la soberanía perdida para ejercerla sin capitalismo, sin bancos, sin ricos, sin mercados. Aunque, él mismo lo reconoce, la revolución genere caos, dificultades económicas y probablemente un retroceso transitorio del nivel de vida. No hay otra solución, dice, porque la izquierda tradicional socialista francesa es una derecha acomplejada, que aún cree en reformas, cuando sólo existe la posibilidad de la revolución: “Europa no es coyunturalmente de derechas porque lo es a todos los efectos constitucionalmente”. Eso, al tiempo que Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, partido de extrema derecha francés, acusa a la derecha tradicional de socialista…

Después de décadas de enormes avances sociales en los países europeos, los partidos tradicionales convergen, quizá más de la cuenta, en los aspectos fundamentales del modelo de sociedad y de sistema económico. Pero son muchas las deficiencias que la crisis ha puesto de manifiesto -la evolución histórica se desarrolla en espiral y no linealmente-, y si algo tiene de positivo La chapuza es sacarlas a debate: los bancos centrales, las políticas de austeridad, la configuración del sistema bancario, los oligopolios empresariales, la desigualdad o el exceso de deuda, por señalar algunas de las más importantes.

Frente a ellas, han resucitado por todos los rincones de Europa los populistas de ambos extremos, que ante los retos abiertos no proponen más solución que la ortodoxa de imponer sus ideologías radicales -contra las élites o los de arriba, o contra los extranjeros o los de enfrente-. Tanto el movimiento Nuit Debout -lejos aún de conformarse como partido político- como el Frente Nacional buscan el apoyo de los franceses decepcionados, y con métodos y medidas tan a menudo intercambiables, en una demostración más de que, como dijera hace ya casi dos siglos el insigne politólogo francés de origen suizo Benjamin Constant, los extremos no sólo se tocan, sino que se continúan. Y ambos extremos coinciden en la necesidad imperiosa de salir del euro: para que sus delirios puedan tener campo libre.

ANTONIO HERMOSA Y CARMEN PÉREZ

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Juegue bien sus bazas

Carmen Pérez | 19 de septiembre de 2016 a las 7:21

TRIBUNA ECONÓMICA 2/9/2016

Los bancos siempre han buscado en las relaciones con los clientes particulares obtener rentabilidad, es obvio, pero como disponían de suficiente holgura en el desarrollo de su actividad podían permitirse tener clientes para cada uno de sus productos aisladamente -todos con rentabilidad sobrada- y no tenían que poner demasiado énfasis en el cobro de comisiones. Hoy en día, con la rentabilidad bajo mínimos, están redefiniendo su modelo de negocio. Se han vuelto minuciosos y calculadores, y estudian al cliente particular mediante una cuenta de resultados -el método habitual con las empresas- en la que se contempla todo el negocio financiero completo que el cliente esté dispuesto a llevarles. En este sentido, y como un buen manual de negociación aconsejaría, tener información sobre la otra parte puede ser para cualquiera de nosotros un elemento clave para hacerlo con eficacia.

Los depositantes eran tradicionalmente los que entraban en los bancos con la cabeza alta: con su dinero hacía negocio la banca. Ahora no se les quiere, y se les cobrará por su dinero -quizá camuflado bajo comisiones- si no aportan algo más que lo acompañe. En todo caso, el director de la sucursal buscará que trasladen sus depósitos hacia fondos de inversión, lo que les libra del marrón de la liquidez al mismo tiempo que obtienen buenas comisiones. En cuanto a los que solicitan préstamos, los verdaderos clientes, las entidades se desviven por captarlos si son solventes. Especialmente les interesan los préstamos al consumo, por sus altos intereses y sustanciosas comisiones. También, los préstamos hipotecarios, con tipos de interés mucho menores, pero con menor exigencia de recursos propios y con los que consiguen vincular al cliente a largo plazo.

Además de fondos de inversión y préstamos al consumo hay que añadir otro al ranking de los productos deseados por la banca: los seguros. El director de la sucursal será feliz si se los contrata. Domiciliar la nómina o pensión, compras habituales con las tarjetas o domiciliar recibos son aspectos que también buscan asegurarse. Al cliente le endosan la operativa diaria -obtención del efectivo, transferencias, traspasos, devolución de recibos, etc.- a través de internet y las cómodas App que están activando, normalmente con el apoyo -vía teléfono, email o whatsapp- de un gestor personal. En la sucursal de referencia, más lejos y más grande, están dispuestos para asesorar al cliente y captarlos para operaciones más complicadas.

Así, siguiendo la máxima latina Do ut des (te doy para que me des), dependiendo de lo que el cliente requiera y de su grado de vinculación con la entidad, fijarán las condiciones para cada uno de los productos (tipos de interés y comisiones, resumidos en la TAE); le eliminarán parcial o totalmente las comisiones de los diferentes servicios financieros; e incluso le ofrecerán recompensas como obtener acciones de la entidad, reembolsos o diferentes regalos. La tendencia en la actualidad es que estos packs estén preestablecidos, al menos en sus líneas generales.

Conociendo todo esto, juegue bien sus bazas. Y lea la letra pequeña, que las permanencias también han llegado a la banca.

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Récords en la deuda

Carmen Pérez | 12 de septiembre de 2016 a las 14:37

TRIBUNA ECONÓMICA,  26/8/2016

AL mismo tiempo que en los Juegos Olímpicos se iban batiendo nuevos récords históricos, aquí, en España, batíamos otros de muy distinto tipo: récords en la cantidad de deuda pública, tanto en términos absolutos como en relación al PIB; y récords en cuanto a las condiciones de la deuda, en el plazo y en los tipos de interés, que en absoluto son ajenos a la intervención del Banco Central Europeo, BCE, que está marcando también los suyos propios. Récords con efectos contrarios para nuestra economía, que nos llevan a una deuda con mejores condiciones -por el momento- para atenderla, pero de un tamaño tan descomunal que pone en peligro el mantenimiento del Estado de bienestar por el altísimo volumen de intereses que genera.

El plazo medio para pagar la deuda ha ido creciendo y se sitúa actualmente en 6,89 años, superando el máximo que se consiguió en 2007. El Tesoro, aprovechando las bajas primas de riesgo, ya por debajo de los 100 puntos básicos, está desarrollando un proceso de reestructuración, favoreciendo la emisiones a plazos más largos. Incluso está utilizando de forma novedosa bonos a 50 años, siguiendo la misma tendencia que otros países, como Irlanda y Bélgica, con emisiones hasta de 100 años.

En cuanto al tipo de interés medio, marcó en julio un mínimo histórico, el 2,9%, muy inferior, por ejemplo, al 5,5% de 2001, antes de entrar en el euro, o del 4,5% al inicio de la crisis en 2007. Y sigue bajando, este pasado martes los rendimiento de las letras del Tesoro a 3 y 9 meses fueron de -0,351% y de -0,256% respectivamente, los más bajos de la historia. En la misma línea se mueven el resto de referencias, como el bono a diez años, que a principios de agosto cotizó por primera vez por debajo del 1%.

Sin embargo, la deuda pública de España ha alcanzado en términos absolutos un máximo histórico: 1,1 billones de euros; y un máximo histórico también en el porcentaje que representa en relación con el PIB: el 100,9%, muy superior al 40% del PIB de 2007. Al respecto, puede aducirse que no hace falta ser dramáticos, que el principal realmente no se paga sino que se renueva continuamente, pero conviene señalar lo costosísima que resulta la deuda -como en 2012- cuando llegan estas renovaciones y no se goza de la confianza de los mercados.

Pero incluso obviando la devolución del principal, lo que no se pueden eludir son los intereses que va generando. Actualmente suponen más de 33.000 millones de euros al año, cantidad equivalente al 71% del gasto en educación, al 50% del gasto en sanidad o más del doble del gasto en defensa. Y lo peor es que el récord del tamaño tardará poco en ser superado, dados los déficits públicos que se esperan para éste y los próximos años. Tampoco va a ser eterna la protección del BCE que estamos disfrutando, y cada punto de subida del interés medio añadiría otros 11.000 millones de euros de intereses al año. O se contiene la deuda o los intereses provocarán que en nuestras olimpiadas anuales -los presupuestos- se marquen nuevos récords -recortes- en el resto de los gastos. Recordemos que el pago de intereses va por delante, por urgente o necesario que sea, de cualquier otro pago.

‘Tiempo de atrevimiento’ para Europa

Carmen Pérez | 9 de septiembre de 2016 a las 7:41

TRIBUNA, 13/8/2016. A. Hermosa y C. Pérez

BASTA con recordar que en el campo de batalla Europa los tratados de paz eran las teas con las que se encendía la próxima guerra para asombrarnos de que los Estados europeos decidieran, en un acto de soberanía, renunciar a parte de la misma en favor de una soberanía supraestatal, desistiendo de seguir viviendo a solas su propia historia en aras de un futuro compartido. Desde entonces, Europa se ha ido construyendo, precisamente, a base de esas pérdidas: de la Comunidad Económica Europea (CEE) -que a su vez se asentó sobre la Comunidad Europea del Carbón y del Acero de 1950- a la Unión Europea (UE), organización activa ya en todos los frentes políticos; de ahí, al eurosistema (Ueme), cuando 19 de los socios decidieron aceptar una moneda común -el euro- y un único banco central -el Banco Central Europeo, BCE- que los ha integrado de forma mucho más intensa. No se equivocó Kant cuando mencionó como vía para alcanzar la paz fomentar las relaciones económicas entre los países. Ahora, cada 9 de mayo, en recuerdo de la histórica declaración de Schuman, celebramos en el Día de Europa la paz y la unidad del continente.

Pero nadie dijo que esta integración sería sencilla ni lineal ni segura: pasar de Hobbes a Kant no es fácil. Cuando el desarrollo de alguna iniciativa, como la zona única de pagos en euros (SEPA), conlleva que todos los socios sumen, y se limita a armonizar, coordinar o comprometer cantidades previamente establecidas no encuentra demasiados obstáculos -sí lentitud- en su camino; pero cuando el proyecto integrador implica asumir el riesgo futuro en común, la cosa se complica. Es el temor al riesgo moral, esto es, a que algún país eleve su riesgo económico propio porque sabe que son todos los que asumirán las consecuencias de su comportamiento, y temor además a que cunda el ejemplo.

Sucede con la Unión Bancaria, quizá el proyecto más ambicioso de toda la historia, que trata de solucionar la incoherencia -la crisis la evidenció- de que tengamos una moneda común y un mismo banco central, pero que los bancos sean nacionales. Su última fase, que supondría asumir conjuntamente el riesgo de los bancos europeos, sea cual sea su país de origen, se resiste: se tiene miedo de que el mal comportamiento económico de un país concreto derive en riesgo financiero bancario y que se traspase por esta vía su problema al conjunto. También sucede con el programa de compras de deuda pública del BCE, para el que se rechazó la mutualización del riesgo, que implicaría diluir la responsabilidad de uno u otro Estado concreto entre todos los socios europeos. A cambio se definió un sistema de distribución de riesgos: el riesgo -por impago de un Estado o depreciación del activo- se asume por cada Estado miembro en un 80%, aceptando compartir el resto del riesgo. Qué lejos queda esta solución de la creación de un Tesoro europeo, que emitiera eurobonos, con una común prima de riesgo.

Sin embargo, hoy, y precisamente, lo que no es una paradoja, como consecuencia de la crisis, estamos en un momento crucial. Proyectos como la Unión Bancaria y la creación de un Tesoro europeo son los más trascendentales de todos los que recoge el informe de los cinco presidentes (Juncker, Tusk, Dijsselbloem, Draghi y Schulz) del pasado año. Ponen a prueba a los socios sobre si realmente están dispuestos a alcanzar una verdadera Unión Económica y Monetaria, y exigirían en paralelo una integración política mucho más intensa. Con ellos ya no hay paños calientes: o confiamos o no confiamos los unos en los otros. Sin ellos seguiremos viendo países europeos, pero no veremos a Europa.

Hoy sí que es tiempo de atrevimiento, utilizando la expresión con la que Felipe González tituló su prólogo al libro Memorias de Jean Monnet en 1985, año de la firma de nuestro Tratado de Adhesión. La salida del Reino Unido de la UE -Brexit- no ha hecho más que acentuar esta encrucijada: o se abordan estos pasos para que la Ueme sea sostenible, o, en otro caso, llegará su fin. Hoy, cuando un viejo fantasma recorre de nuevo Europa, el fantasma de los extremismos -un cadáver eternamente redivivo en tiempos de crisis-, la osadía no sólo debería formar parte de la prudencia, sino también del sentido común.

 

Empujados al riesgo

Carmen Pérez | 4 de septiembre de 2016 a las 10:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/8/2916

ES posible que en los próximos meses su banco le envíe una carta advirtiéndole que ante determinadas circunstancias empezarían a cobrarle por mantener su dinero en las cuentas de la entidad. O que si abre un nuevo depósito encuentre en el contrato una cláusula que lo contemple. Y ya le es posible comprobar cómo el director de cualquier sucursal bancaria, si le lleva dinero, sin añadirle más negocio financiero, busca la forma de disuadirle de dejarlo allí, dirigiéndole a otros productos -fondos de inversión- o le anima a acudir a alguna otra entidad que pueda ofrecerle mayor rendimiento. Los bancos no tienen apetito de dinero, están encharcados en él; pueden obtenerlo si lo necesitan del Banco Central Europeo (BCE) al 0%, y tienen que andarse con cautela al tomarlo de los clientes porque su exceso les cuesta a ellos al depositarlo en el banco central un O,4%.

La remuneración media que recibieron los depositantes españoles el pasado año fue del 0,35%, la media de los nuevos actualmente es del 0,22% y la cuestión es si se socavará el suelo del 0%. En algunos países ya lo han hecho: en Alemania, Commerzbank, uno de sus mayores bancos, cobra, aunque sólo a clientes institucionales y grandes empresas; y algunos más pequeños, como Skatbank, por los saldos superiores a 500.000 euros, o Gmund am Tegernsee, que percibirá un 0,4% desde septiembre si los depósitos superan los 100.000 euros. En Dinamarca o Suecia también sucede, y HSBC o Royal Bank of Scotland, con la reciente bajada de tipos del Banco de Inglaterra tras el Brexit, ya han comunicado que están dispuestos a hacerlo.

El atrevimiento de estos primeros bancos puede provocar que los depósitos se desplacen hacia otros que aún no penalicen creándoles tensiones por exceso de liquidez por lo que terminen por obligarles a adherirse también. De momento, la mayoría de los bancos aguantan, ideando nuevas comisiones por servicios que antes eran gratuitos o compensando el coste con los ingresos de otros productos financieros que contrate el cliente con ellos. Pero algunos bancos están tan molestos que hasta han amenazado con sacar su propio dinero y guardar los billetes en bóvedas acorazadas para evitar la penalización que el BCE les impone por depositarlo allí.

Ante todo esto, Benoit Coeuré, consejero del BCE, ha querido tranquilizar a los depositantes minoristas, pero lo cierto es que las políticas expansivas de los bancos centrales, por muy necesarias que sean para reactivar la economía en su conjunto, no son en absoluto inocuas: los pequeños depositantes son grandes perjudicados. Privados ya de los justos rendimientos que percibían, sería del todo inadmisible que se impusieran los intereses negativos -directamente o camuflados bajo comisiones- y que sus capitales empezaran a mermarse. El dinero es tiempo, y los depositantes cambian presente por futuro, abriendo posibilidades para más adelante, y así poder completar la jubilación, atender la educación futura de los hijos o afrontar imprevistos, como paros o enfermedades. Esfuerzos realizados en el pasado que la irracionalidad financiera en la que vivimos les está invalidando, empujándoles a realizar un esfuerzo adicional: ahorra, pero que sea arriesgando.

 

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