‘Winter is coming’

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/7/2017

Esta semana se celebraron dos nuevas subastas de valores del Tesoro. Da gusto ver sus resultados, esos tipos de interés tan negativos a corto y tan mínimos a largo. Proporciona alivio saber con el bajo coste con el que el Reino de España se está financiando. Pero, a la vez, producen el sentimiento de ver algo falso, artificial, impostado, que van ir desapareciendo en un breve plazo: “ya los días son más cortos y el frío empieza a calarnos”. En la última comunicación del Banco Central Europeo (BCE), de 8 de junio, se retiró la coletilla “y más negativos si fuese necesario”. Y en las actas de esa reunión se recogía la posibilidad de eliminar “prolongar las compras más allá de 2017 si fuera necesario”. También, en el castillo de Sintra las trompetas de retirada sonaron. Ayer volvió a hablar Draghi. Winter is coming, pero como en Juego de Tronos, aún se tomará su tiempo.

De momento, como en estos últimos años, el sol seguirá calentando. En la subasta del pasado martes, el Tesoro colocó 2.981 millones de euros en letras a 3 y a 9 meses, obteniendo nuevos récords de tipos a corto plazo: -0,48% y del -0,39%, respectivamente. En la subasta de ayer jueves, colocó 4.577 millones de euros, la mayor parte a diez años, con una rentabilidad, 1,64%, algo superior a la de la última subasta; el resto, en bonos a tres y cinco años, con rendimientos, 0,02% y 0,31%, aún menores que los anteriores. La prima de riesgo se mantiene muy baja, ayer descendió hasta los 93 puntos básicos.

Las subastas sienten la magia de Draghi. De los 1,12 billones de euros de deuda del conjunto de las administraciones públicas españolas, el BCE es el dueño del 16,33%, es el principal acreedor del Reino de España. De los 221.364 millones de euros que emitió el Tesoro en 2016, el BCE arrambló con 93.514 millones. Es una mano fuerte. Y cuando en un mercado hay un comprador dispuesto a comprarlo todo, ya se sabe, suben los precios, o sea, bajan los rendimientos.

Ya han pasado ocho años desde que el BCE comenzara a actuar para paliar los efectos negativos de la crisis sobre la inflación, la actividad y la estabilidad financiera. Winter is coming se repite como un mantra desde hace meses. Sin embargo, ayer no se cambió ni una coma respecto al último comunicado. Se mantienen intactos los tipos de interés y el programa de compras como estaba previsto hasta finales de 2017. En la conferencia posterior, Draghi no quiso hablar de fechas. “Hay que ser prudente, persistente y paciente”. Y es que gestiona la retirada de estímulos con delicadeza, para evitar que los mercados de deudas reaccionen excesivamente.

“Este cambio de estación que se acerca” no afecta igual a todos. “Cada pueblo tiene sus propias reglas, misticismos y liturgias”. La política monetaria expansiva supone una represión financiera, e implica una transferencia del coste de la crisis a los ahorradores. Para algunos, el invierno que se acerca será cálido. En el Reino de España, por el contrario, las subastas se irán enfriando. En las condiciones actuales, cuesta poco mantener la deuda. Pero hay que ir preparándose. En septiembre, puede ser una realidad que el invierno se acerque.

Conócete como inversor

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/7/2017

En el templo de Apolo, en la ciudad griega de Delfos, se encontraba inscrito con letras de oro uno de los más famosos aforismos de todos los tiempos: “Conócete a ti mismo”. Las interpretaciones de esta frase han sido muchas, desde cómo el autoconocimiento es el camino para acceder a la sabiduría filosófica, hasta alguna otra más práctica, muy explotada hoy en día por la literatura de autoayuda: sólo conociéndose, el individuo podrá orientar su propia vida. Sirve para todos los campos donde actuamos cotidianamente, como la familia, el trabajo, la pareja… Y también, como inversores, en el ámbito financiero.

No es sencillo contestar a preguntas como ésta: “¿Se arriesgaría a perder hasta el total de la cantidad invertida a cambio de tener la posibilidad de duplicarla?”. Sin embargo, será una de las que responda cuando la entidad financiera le realice un test para descubrir su perfil como inversor financiero, determinando si es conservador, moderado o agresivo en este aspecto. Además, la entidad financiera tendrá que asegurarse mediante un test de conveniencia de que el cliente conoce el producto financiero a contratar, cuyo riesgo vendrá necesariamente identificado mediante un semáforo de colores o con escalas numéricas.

Y es que la comercialización inadecuada de productos de riesgo en el pasado ha conseguido que se intensifiquen los controles para proteger al inversor minorista. Pero la mejora de los procedimientos por parte de las entidades financieras no elimina la necesidad de que el inversor lleve a cabo un análisis racional y emocional para conocerse a sí mismo de forma previa.

Evaluar nuestra capacidad financiera antes de invertir se hace imprescindible, y no sólo conocer la cuantía que se puede ahorrar, sino también la calidad de esa cuantía, determinando el horizonte temporal en el que estará disponible y hasta qué punto puede uno permitirse obtener pérdidas. También nuestros objetivos vitales cuentan, tenerlos claros es fundamental para elegir los productos más adecuados al efecto. Por otra parte, es necesario tomar conciencia de nuestra formación financiera y del tiempo que tenemos para el seguimiento posterior de las operaciones: si faltan, hay que recurrir al asesoramiento de un experto. Y, por último, y lo más complicado de determinar, ser conscientes de cómo somos, de cuál es nuestra verdadera tolerancia al riesgo. Porque, incluso teniendo capacidad para asumir pérdidas, lo mismo el riesgo no es lo nuestro.

Y si nos atenemos a lo que finalmente hacemos, eso es lo que parece, que primamos más la seguridad que la rentabilidad, que somos conservadores. Los depósitos y el efectivo suponen el 41% del ahorro financiero de las familias españolas. Además, este comportamiento se ha mantenido, sólo con ligeros trasvases hacia los fondos de inversión, a pesar del escenario de nulos tipos de interés que llevamos años viviendo. La obtención de rentabilidad no ha sido lo suficientemente importante para el español como para entregarse al riesgo. ¿Será por nuestra incultura financiera, como dicen los expertos, o porque los españoles nos conocemos y sabemos que no siempre compensa perder ni tiempo ni sueño?

Día de la liberación fiscal

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:34

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/7/2017

A estas alturas del año casi todos hemos traspasado nuestro “día de la liberación fiscal”. Se conoce ese día como aquél hasta el que se trabaja únicamente para pagar impuestos. A partir de ahí, uno trabaja para sí mismo, queda liberado. Este año, el día de liberación fiscal para el español medio fue el 28 de junio, un día antes que en 2016. Son 178 días de trabajo los que se precisan para pagar todos los impuestos: cotizaciones sociales, IRPF, IVA, impuestos especiales -tabaco, alcohol y energía- y tributos estatales, autonómicos y municipales. Por término medio, se aportan 12.038 euros.

Pero las diferencias entre los contribuyentes son amplias. Por ejemplo, para un salario de 150.000 euros brutos al año, sin hijos, la liberación no llega hasta los 190 días de trabajo, y termina desembolsando 83.839 euros. También por comunidades autónomas hay diferencias: a La Rioja le llega la liberación antes, el 27 de junio, y Cataluña es la que más se demora, el 5 de julio. Por su parte, Andalucía alcanza su liberación fiscal el 29 de junio.

Y es posible descender a cada caso particular, porque el think tank Civismo, una de las instituciones que realiza estos cálculos, también proporciona un simulador para que cada uno, dependiendo de sus circunstancias propias, calcule su día. Sólo hay que contestar a 11 sencillas preguntas.

Sin duda, resulta muy interesante conocer este día porque da cuenta de la importancia de lo que aportamos a la sociedad. Pero lo negativo es que suele acrecentar el rechazo visceral y generalizado que los españoles sentimos por pagar impuestos. Rechazo, además, desde todos los niveles de renta, no sólo de aquéllos a los que se les exige un nivel de solidaridad muy alto. Hasta la palabra que se utiliza para definir este día, liberación, imprime al pago de impuestos una connotación negativa, como si solamente implicara dar, sin obtener nada a cambio.

Para cambiar esa actitud, sería bueno que se extendieran también los cálculos sobre el valor de los servicios que se reciben o por tenerlos potencialmente disponibles. Algunos ya vienen tasándose: una plaza en un colegio o instituto público supone 6.000 euros al año, y en la universidad, 9.000 euros, becas aparte. Incluso para los gastos sanitarios más importantes, se están entregando facturas ficticias que informan del coste de la prestación recibida. Y habría que avanzar en este sentido: ¿cuánto vale vivir en un país seguro?, ¿cuál es el valor de un paseo por un parque, utilizar una biblioteca o entrar en un museo gratuito? Quizá así, tendríamos siempre presente lo costoso que es mantener el completo Estado del Bienestar en el que vivimos.

A lo que sí nos debe conducir el “día de la liberación fiscal” es a ser más exigentes con los que gestionan nuestros impuestos. Porque tienen mucho por hacer para que, sin descender en calidad, todos alcancemos antes ese día: aligerando el peso del Estado en lo superfluo, mejorando la eficiencia de los servicios que se prestan y combatiendo con dureza el fraude y la corrupción. Y también está en manos de cada uno de nosotros conseguirlo, utilizando con honradez y responsabilidad todos los recursos públicos.

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Inflación y mercado de trabajo

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 30/6/2017

Vaya despliegue de conceptos económicos hizo Mario Draghi esta semana, en su discurso de apertura del Foro organizado por el BCE en Sintra. Sacó a relucir la curva de Phillips, la holgura económica, o las tasas U6 y Nairu. El discurso fue todo un alegato a favor de su política monetaria. Y es que su actuación está siendo muy cuestionada por los que se sienten perjudicados: ahorradores, algunos países y la banca. Pero, sobre todo, necesita defenderse del ataque a la premisa mayor: que su política monetaria no está funcionando. Tras años con bajísimos tipos de interés, y de haber llevado el balance del BCE a superar los 4 billones de euros -el 38,2% del PIB de la zona euro-, no ha conseguido cumplir con su mandato. Así que fue directo al grano: ¿por qué la inflación se resiste a alcanzar el objetivo del 2%? Y señala el comportamiento del mercado laboral como una de las causas.

Sí está funcionando -defiende- sus efectos en la economía real se están notando con claridad. Ahí están los 16 trimestres consecutivos de crecimiento, con poca dispersión además entre los países, y ahí están las tasas de crecimiento del empleo: 6,4 millones de puestos de trabajo nuevos en la Eurozona desde el inicio de la recuperación. Sin embargo, esta reactivación de la economía no se está traduciendo en inflación a la velocidad que debiera. Y apunta varias causas. Alguna, más que comentada en el pasado, como los bajos precios en los mercados de energía y de materias primas a nivel mundial. Algunas otras, que por primera vez desarrolla, como la situación del mercado de trabajo.

El empleo que se está creando es precario: a muchos trabajadores les gustaría trabajar más horas o tienen trabajos temporales y quieren ser fijos. Así, en las negociaciones priorizan conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. Además, la cifra de paro oficial es engañosa, debería incluirse en ella a los desempleados, a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. De esta forma, el paro en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa. Por otra parte, la misma baja inflación provoca que suban poco los salarios, se retroalimentan, porque suelen estar indexados.

Confianza, persistencia y prudencia son las tres palabras que destacan en el discurso de Draghi: las pone en cursiva y las repite hasta tres veces. Con ellas afirmaba que va a seguir manteniendo un caldo de cultivo propicio para la recuperación. Y considera que circunstancias concretas, como la baja calidad del mercado de trabajo, retrasan pero no van a impedir que se alcance el objetivo de inflación. Pero el desplazamiento que hace desde los conceptos financieros habituales a los económicos es muy significativo. Ya no habla en abstracto, sino que desciende a señalar problemas económicos concretos que tienen que resolverse: defendía su actuación, pero a la vez estaba lanzando una nueva llamada -como tantas lleva hechas- para que las políticas fiscales acompañen a las monetarias.

(Un año ya a cargo de esta Tribuna Económica. Muchas gracias a todos mis lectores. Espero haber sido útil.)

Rentabilidad y deuda de las empresas españolas

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/6/2017

¿A cuáles se parecen más nuestras empresas, a las de los países de Europa Central, como Alemania o Austria, o a las de los países Periféricos, también llamados de forma más peyorativa, PIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España)? El Banco de España publicó recientemente un análisis de la evolución de las compañías españolas en el periodo 2005-2015, comparándolas con las de estos dos grupos de países. De los muchos indicadores que se analizan, dos son especialmente relevantes: la rentabilidad de activo y el ratio de endeudamiento.

Pues bien, la rentabilidad de las empresas españolas en 2005 era igual a la de las empresas de los países del centro de Europa (6,5%). Diez años después, éstas últimas prácticamente han recuperado ese nivel, pero las nuestras no lo han conseguido todavía y su rentabilidad sólo alcanza el 4,5%. Respecto a las empresas de los países periféricos, la rentabilidad de las nuestras era superior hasta 2011, manteniéndose desde entonces en porcentajes cercanos hasta 2014, año en el que vuelven a despegarse con fuerza y a aproximarse de nuevo a las empresas del núcleo central. Y esta tendencia se confirma con las previsiones de cierre de 2016.

Pero estos datos para el total de empresas esconde un desigual comportamiento entre las pymes y las grandes empresas. Así, las pymes españolas siempre han generado una rentabilidad similar a la de los países periféricos, incluso algo por debajo durante los años más duros de la crisis. La brecha con las pymes de los países centrales es de más del 2%, y llegó a ampliarse hasta casi un 5% en 2012.

Sin embargo, la rentabilidad de las grandes empresas españolas es la que hace que la media del total de empresas se acerque a la de los países de Europa Central. En 2005, la rentabilidad de nuestras grandes empresas era incluso más alta (7,7% frente al 6,7% y el 5% de los otros dos grupos), y aunque sufrieron un deterioro importante y continuado durante la crisis que las distanció, desde 2014 la tendencia es a volver a igualarse. De hecho, las del sector industrial ya lo han conseguido.

En cuanto a la deuda, los resultados son muy distintos. Todas las pymes europeas han ido reduciendo el ratio de endeudamiento progresivamente desde 2005; las españolas, hasta situarse en un 50%, un 7% menor que diez años antes. Esta tendencia descendente prosigue en 2016. Además, comparativamente, las nuestras se han mantenido siempre un 10% por debajo de los niveles observados en las pymes de los otros dos grupos de países. En cuanto a las grandes empresas, el endeudamiento de las españolas se ha reducido más de un 6%, hasta situarse en 2015 en el 60%, convergiendo con los niveles de los países de la Europa central, y distanciándose del 65% de endeudamiento de las de los países periféricos.

En definitiva, nuestras pymes se parecen a las de los países del grupo en el que suelen incluirnos, y es posible que su menor acceso a la financiación ajena sea un factor limitante para mejorar su rentabilidad. Nuestras grandes empresas, sin embargo, son similares -crisis aparte- a las de los países de Europa Central, tanto en generación de beneficio como en niveles de deuda

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Corrida bancaria silenciosa

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:27

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/6/2017

Todos recordamos películas -Mary Poppins, entre ellas- que representaban corridas bancarias, con imágenes de gran cantidad de clientes haciendo cola a las puertas de un banco, intentando retirar su dinero. El pánico puede llevar a un banco hasta la bancarrota en poco tiempo: mientras más personas retiran sus depósitos, la probabilidad de impago se incrementa y se agudiza el proceso. Cuando el dinero era exclusivamente físico, todo esto era visible y muy rápido. Hoy en día, las retiradas de fondos se hacen desde casa, con transferencias a otros bancos, sin que nadie aparentemente se entere. En silencio.

Detrás del pánico suele existir fundamento. El Popular llevaba años mal. Su rating era ya de bono basura. Pérdidas en 2016 de casi 3.500 millones de euros. Activos improductivos por 35.000 mil millones, derivados del sector inmobiliario, en el que entró en el peor momento. La acción cotizaba a la baja desde hacía tiempo y los bajistas se agarraron a la situación como los perros a su presa: imparable el descenso. La sangría de depósitos se tornó hemorragia sin posible taponamiento. Los empleados, clientes, administraciones públicas, empresas: se iban los que tenían depósitos cubiertos -el miedo es libre- y no cubiertos: hasta 18.000 millones de euros.

La forma de trabajar la banca conlleva este riesgo. Como falte la confianza, incluso siendo solvente a largo plazo, una fuga de depósitos masiva conduce a una insolvencia a corto plazo, sin remedio. Asegurarlos hasta 100.000 euros y la provisión de liquidez desde el banco central son los muros de contención de las corridas bancarias. Para el Popular no han sido suficientes. El procedimiento de resolución ha sido impecable: la normativa vigente protege al depositante sin que sufra el contribuyente. Se lo ha quedado el banco de Santander por un euro. Se le acusa de haber hecho negocio. Si hubiera sido Bankia, muchos opinarían que el Estado había cargado con un muerto.

Lo que no puede entenderse es cómo los gestores no hicieron durante años nada para evitarlo. Quizá quisieron aguantar con las propias fuerzas. Pudieron pedir el rescate en 2012 o haber vendido cuando aún estaban a tiempo. Ron, sin transparencia y sin afrontar los activos deteriorados con diligencia. Saracho, hablando demasiado, sin acompañarse de una propuesta de solución resuelta.

Los accionistas, los poseedores de bonos contingentes convertibles -Cocos- y subordinados se han quedado sin nada. El alto riesgo que tienen estos productos financieros se ha puesto de manifiesto.

La cúpula directiva del Popular ya ha recibido demandas. Es inadmisible que se vayan a casa de rositas y con millones de euros. No serán los únicos. Al BCE le rebatirán la declaración de inviabilidad. A la Junta Única de Resolución, que así resolviera. A los supervisores, que no prohibieran las posiciones en corto; que no hablaran antes o que sí lo hicieran. Contra la auditora, contra el Santander… Los que más probabilidades tienen de éxito son los que acudieron a la ampliación de hace sólo un año, muchos empleados o incitados a comprar con préstamos. Con todo, la solución que se le ha dado a la silenciosa corrida bancaria del Popular parece la correcta.

Sutileza financiera

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/6/2017

Nueva cita ayer con Draghi. Otra vez el mismo rito. Nota de prensa a las 13:45 comunicando las decisiones de política monetaria del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE). Conferencia posterior, a las 14:30, justificando esas decisiones. Y preguntas finales de los periodistas, indagando sobre las circunstancias en las que se han tomado, sobre si el acuerdo ha sido unánime o por la influencia que han tenido los acontecimientos políticos recientes o los que están por venir en un tiempo próximo. Y en esta ocasión, además, el Banco Popular acaparó parte del espacio. Pero la nota de prensa y el discurso posterior tienen siempre tan parecido formato que permite comparar frase a frase, detectando las variaciones de una cita a otra. Como hace el BBVA Research, que con el “control de cambios” del procesador de textos señala las que permanecen, las nuevas y las que se han eliminado.

Se esperaban cambios en la política monetaria, pero en la reunión de ayer no se abordaron. Se mantuvieron los tipos de interés en los mismos niveles que estaban, y se confirmó que las compras de activos mensuales por valor de 60.000 millones de euros seguirán realizándose -como estaba previsto- hasta finales de 2017. Casi que podían haber cogido la nota de prensa de hace seis semanas y haberla reutilizado, salvo por unas palabras en las ya habituales coletillas a ambas decisiones que sí han variado: se continua precisando que se podría ampliar el volumen y/o la duración del programa de compras si fuese necesario, pero ya sólo se espera que los tipos se mantengan en los niveles actuales por un largo tiempo: “O en niveles inferiores” se ha tachado.

Esto puede interpretarse como un sutilísimo gesto de cambio de tendencia, el inicio hacia la normalización monetaria. Se esperaba esto como mínimo, dado el consistente crecimiento de la economía de la Eurozona. No obstante, las previsiones de la inflación han sido retocadas a la baja: el 1,5% para 2017, el 1,3% para 2018 y el 1,6% para 2019. Por eso Draghi fue firme defendiendo que hay que seguir manteniendo la actual política monetaria, que no procede discutir por ahora la retirada. Ya lo había anticipado en la conferencia que impartió en Madrid el 29 de mayo: “Hay que mantener los estímulos a un nivel sustancial pese a que los riesgos se hayan equilibrado”.

El presidente del Bundesbank, el banco central de Alemania, Jens Weidmann, comparó el lunes pasado la política monetaria del BCE con la Coca-Cola. Por sus efectos estimulantes y sus adversos efectos secundarios. Fue muy suave al añadir lo de Cola. La economía de la Eurozona está demasiado enganchada a los bajos tipos de interés y a las compras. Su vigor actual puede venirse abajo si se suprime la droga. Al final de su discurso, Draghi volvió a pedir a los países que acometan reformas estructurales y que intensifiquen sus esfuerzos para lograr una composición de las finanzas públicas más favorable al crecimiento. El “control de cambios” lleva ya muchas citas sin modificar en las frases sobre estas peticiones ni una palabra. Y mientras persistan, quizá tampoco Draghi podrá tachar las de su política monetaria.

Draghi y la innovación financiera

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/6/2017

Discurso de Mario Draghi hace unos días en Bruselas. Ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo. En esta ocasión no habló, como suele hacer, de política monetaria, sino de innovación financiera. Y empezó por señalar algo obvio: la innovación financiera no es nueva; en el pasado han ido surgiendo continuamente novedades en los instrumentos, en los servicios, en las infraestructuras, en la organización de los mercados financieros. Sólo hay que pensar, por ejemplo, en lo que nos ha cambiado la vida con los cajeros automáticos o las tarjetas de crédito. Hoy en día, la aplicación de las nuevas tecnologías, lo que se conoce como el mundo Fintech, es lo que está revolucionando los servicios bancarios y financieros.

En su discurso señaló los intensos cambios que las Fintech están produciendo en el campo de los medios de pagos, o lo importante que puede ser la actividad de estas empresas financieras para hogares y empresas, ya que están abriendo nuevos canales de crédito, como las plataformas de préstamos peer-to-peer. Con el efecto añadido de que están siendo un revulsivo para los bancos, incitándolos a mejorar su modelo de negocio.

Pero especialmente interesante es la tecnología de cadena de bloques o blockchain, que Draghi mencionó expresamente. Esta tecnología permite el intercambio de un valor -material o inmaterial- entre dos partes que no se conocen de forma rápida y eficaz sin necesidad de que intervenga una autoridad que proporcione la confianza. Con la blockchain es la propia red de usuarios la que vigila su cumplimiento. El ahorro de costes para la industria financiera puede ser enorme. El mismo Banco Central Europeo está estudiando la posibilidad de aplicarla a la TARGET2, el sistema de pagos al por mayor europeo.

Draghi aplaudió todas las innovaciones financieras que se están produciendo por su potencial para mejorar el sector financiero, y a la economía en general, pero también dedicó tiempo a señalar sus riesgos. Muchos y nuevos jugadores a los que hay que supervisar estrechamente y garantizar la igualdad de condiciones con los operadores tradicionales. Y no sólo eso, además resaltó que en este entorno mucho más diversificado se multiplican los riesgos derivados de la seguridad cibernética.

De la tecnología de cadena de bloques advirtió del posible aumento de la fragmentación del mercado si se desarrolla de forma aislada por cada Estado miembro. Pero esto es quedarse corto con las posibles consecuencias. En este sentido, más radical se muestra Julie Maupin, investigadora del Centro Internacional de Innovación de la Gobernanzas del G20, en un informe del pasado marzo: “esta tecnología podría desplazar o sobrepasar las capacidades de algunos intermediarios en quienes los gobiernos históricamente han confiado para implementar mecanismos de seguridad regulatorios de importancia”. Y es que la blockchain no es una innovación financiera cualquiera. Puede hacer posible en el futuro que intermediarios, bancos, cámaras de compensación y bancos centrales pierdan la hegemonía que ahora tienen sobre la red financiera y sobre la moneda.

Bonos verdes

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/5/2017

Los bonos verdes están de moda. Sus emisiones se han disparado desde que se celebró la Cumbre de París, la conferencia sobre el clima más importante de la historia. Con estos bonos se financian proyectos específicos -energías renovables, transporte sostenible, eficiencia energética, adaptación cambio climático o tratamiento de aguas- cuyo objetivo sea paralizar el calentamiento global. El volumen de bonos verdes ha pasado de los 2.600 millones de dólares en 2013 a los 81.000 en 2016, y se espera que 2017 se cierre con más de 150.000 millones de dólares. Y las cifras serán aún mayores si los gobiernos se animan a incentivarlos, como hacen ya China, Suecia o Francia. Sin embargo, en nuestro país este mercado aún está por desarrollar, y la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética podría hacer mucho por ello. Precisamente, ayer jueves, Mariano Rajoy, inauguró las jornadas “España, juntos por el clima”, que establecerán las bases para la elaboración de su anteproyecto.

Los emisores son de todo tipo: organismos internacionales, como el Banco Mundial. Algunos Estados, como Polonia, el primero en hacerlo, o Francia, que ha emitido este año la de mayor volumen hasta la fecha, 7.500 millones de euros. Ciudades de todo el mundo. Entidades financieras. Y, cada vez más, empresas. En definitiva, todos aquellos que tienen un compromiso con la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera. En España, Iberdrola -la pionera- cuenta con varias emisiones, y hace unos días, Repsol -la primera empresa de hidrocarburos que lo hace en el mundo- emitió bonos verdes por 500 millones de euros. También son emisores verdes la Comunidad de Madrid, Abengoa o el ICO.

Los compradores son fondos de pensiones, aseguradoras y bancos. El mercado minorista aún no participa, dado sus altos valores nominales. El desarrollo de fondos de inversión o fondos cotizados verdes -como el de la Caja de Ingenieros- o la emisión de bonos verdes soberanos con nominales de 1.000 euros serían algunas de las vías que podrían darle entrada al pequeño inversor. Financieramente no se diferencian de los bonos comunes, aunque con ellos el emisor tiene que certificar que los fondos se van a destinar para fines verdes.

Es por esto último que el desarrollo de este mercado está yendo unido a un progresivo incremento de la transparencia. El inversor necesita contar con la seguridad de que los proyectos son verdes e incluso conocer el grado de verdor que aportan. Es decir, eliminar el riesgo de greenwashing. Así, empresas especializadas certifican las emisiones conforme a dos marcos principales: los Principios de los Bonos Verdes de la Asociación Internacional de los Mercados de Capitales y los estándares de la Iniciativa de Bonos Climáticos. Pero China, por ejemplo, utiliza sus propias reglas. Es de esperar que se avance hacia una armonización completa porque sólo con estándares internacionales los bonos verdes podrán convertirse en una herramienta financiera eficaz que contribuya a que el nuevo acuerdo global para la lucha contra el cambio climático, sustituto del de Kioto y que fue firmado en Paris por 190 países, termine cumpliéndose.

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Se vende

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 18:28

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/5/2017

Finalmente, el banco Popular ha colgado el cartel de Se vende. Quiere que la operación se cierre antes del 10 de junio, según JP Morgan, la entidad encargada de recoger las ofertas de los posibles compradores. Aunque esto no concuerda con la comunicación de hecho relevante remitida el 16 de mayo por Banco Popular a la Comisión Nacional del Mercado de Valores: que sólo se trata de explorar el mercado, que “no se ha adoptado decisión definitiva”, y que las propuestas no son vinculantes, pero que en todo caso servirán para sopesar las distintas alternativas. Entre ellas, la que ya estaba sobre la mesa: la ampliación de capital. Pero lo cierto es que cualquier cosa puede pasar, incluso que cuando se lean estas líneas la venta ya estuviera cerrada.

Lleva mucho tiempo buscando soluciones: cambios en su cúpula directiva, venta de filiales y participadas… El deterioro de la entidad es constante: la cotización de la acción de Popular ha mantenido una tendencia bajista estos últimos años; los depósitos de los clientes también bajan. Se adentró en el sector inmobiliario tarde, en el peor momento, cuando estaba más caro. Y esas operaciones han ido dando la cara: 36.800 millones de activos problemáticos, entre créditos y activos adjudicados. Imposible salir de ahí solo, y menos en el contexto actual de baja rentabilidad bancaria.

Datos de esta situación, así como los relativos a importantes litigios pendientes, o de los niveles de solvencia, fueron puestos a disposición de las grandes entidades bancarias la semana pasada para que pudieran definir qué se haría con él, y a qué precio estarían dispuestas a pagarlo. Santander y Bankia han dado un paso al frente, y desde el martes figuran en la primera lista de interesados en comprarlo. Lo que no quiere decir que algún otro, nacional o extranjero, pueda añadirse al carro.

La sorpresa ha sido lo de Bankia. Una entidad que tiene que pedir permiso al Banco Central Europeo para cada operación corporativa que haga. A la que Bruselas tiene fecha puesta para que sea privatizada. Y que ahora está inmersa en la fusión con BMN, la otra entidad nacionalizada. Pero cuando a una propiedad se le pone el cartel de Se vende su valoración cada día que pasa queda perjudicada. Es posible que no haya compradores en firme, o que quieran comprarlo a precio demasiado de saldo. Y que pase el tiempo, y que la ayuda pública empezara a ser necesaria. Todo induce a pensar, que participando en el proceso, si hiciera falta, ahí estaría Bankia, que al comprar Popular estaría nacionalizándolo por la puerta falsa. Y, en todo caso, es un aviso para navegantes.

Si al final compra Bankia, la banca pública quedaría reforzada, pasaría a ser el mayor banco de España. Añadir al Popular, con 1.600 oficinas, también tendría más ventajas, porque este banco tiene una situación privilegiada en el mercado de créditos a la pequeña y mediana empresa, con casi el 18% de la cuota de mercado. Lo mismo, con la buena y profesionalizada gestión que está llevando, cuando llegue la fecha -antes de final de 2019-, hay que decirle a Bruselas que no queremos recuperar la ayuda pública, ¡que nos quedamos con Bankia!

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