Bonos verdes

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/5/2017

Los bonos verdes están de moda. Sus emisiones se han disparado desde que se celebró la Cumbre de París, la conferencia sobre el clima más importante de la historia. Con estos bonos se financian proyectos específicos -energías renovables, transporte sostenible, eficiencia energética, adaptación cambio climático o tratamiento de aguas- cuyo objetivo sea paralizar el calentamiento global. El volumen de bonos verdes ha pasado de los 2.600 millones de dólares en 2013 a los 81.000 en 2016, y se espera que 2017 se cierre con más de 150.000 millones de dólares. Y las cifras serán aún mayores si los gobiernos se animan a incentivarlos, como hacen ya China, Suecia o Francia. Sin embargo, en nuestro país este mercado aún está por desarrollar, y la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética podría hacer mucho por ello. Precisamente, ayer jueves, Mariano Rajoy, inauguró las jornadas “España, juntos por el clima”, que establecerán las bases para la elaboración de su anteproyecto.

Los emisores son de todo tipo: organismos internacionales, como el Banco Mundial. Algunos Estados, como Polonia, el primero en hacerlo, o Francia, que ha emitido este año la de mayor volumen hasta la fecha, 7.500 millones de euros. Ciudades de todo el mundo. Entidades financieras. Y, cada vez más, empresas. En definitiva, todos aquellos que tienen un compromiso con la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera. En España, Iberdrola -la pionera- cuenta con varias emisiones, y hace unos días, Repsol -la primera empresa de hidrocarburos que lo hace en el mundo- emitió bonos verdes por 500 millones de euros. También son emisores verdes la Comunidad de Madrid, Abengoa o el ICO.

Los compradores son fondos de pensiones, aseguradoras y bancos. El mercado minorista aún no participa, dado sus altos valores nominales. El desarrollo de fondos de inversión o fondos cotizados verdes -como el de la Caja de Ingenieros- o la emisión de bonos verdes soberanos con nominales de 1.000 euros serían algunas de las vías que podrían darle entrada al pequeño inversor. Financieramente no se diferencian de los bonos comunes, aunque con ellos el emisor tiene que certificar que los fondos se van a destinar para fines verdes.

Es por esto último que el desarrollo de este mercado está yendo unido a un progresivo incremento de la transparencia. El inversor necesita contar con la seguridad de que los proyectos son verdes e incluso conocer el grado de verdor que aportan. Es decir, eliminar el riesgo de greenwashing. Así, empresas especializadas certifican las emisiones conforme a dos marcos principales: los Principios de los Bonos Verdes de la Asociación Internacional de los Mercados de Capitales y los estándares de la Iniciativa de Bonos Climáticos. Pero China, por ejemplo, utiliza sus propias reglas. Es de esperar que se avance hacia una armonización completa porque sólo con estándares internacionales los bonos verdes podrán convertirse en una herramienta financiera eficaz que contribuya a que el nuevo acuerdo global para la lucha contra el cambio climático, sustituto del de Kioto y que fue firmado en Paris por 190 países, termine cumpliéndose.

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Se vende

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 18:28

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/5/2017

Finalmente, el banco Popular ha colgado el cartel de Se vende. Quiere que la operación se cierre antes del 10 de junio, según JP Morgan, la entidad encargada de recoger las ofertas de los posibles compradores. Aunque esto no concuerda con la comunicación de hecho relevante remitida el 16 de mayo por Banco Popular a la Comisión Nacional del Mercado de Valores: que sólo se trata de explorar el mercado, que “no se ha adoptado decisión definitiva”, y que las propuestas no son vinculantes, pero que en todo caso servirán para sopesar las distintas alternativas. Entre ellas, la que ya estaba sobre la mesa: la ampliación de capital. Pero lo cierto es que cualquier cosa puede pasar, incluso que cuando se lean estas líneas la venta ya estuviera cerrada.

Lleva mucho tiempo buscando soluciones: cambios en su cúpula directiva, venta de filiales y participadas… El deterioro de la entidad es constante: la cotización de la acción de Popular ha mantenido una tendencia bajista estos últimos años; los depósitos de los clientes también bajan. Se adentró en el sector inmobiliario tarde, en el peor momento, cuando estaba más caro. Y esas operaciones han ido dando la cara: 36.800 millones de activos problemáticos, entre créditos y activos adjudicados. Imposible salir de ahí solo, y menos en el contexto actual de baja rentabilidad bancaria.

Datos de esta situación, así como los relativos a importantes litigios pendientes, o de los niveles de solvencia, fueron puestos a disposición de las grandes entidades bancarias la semana pasada para que pudieran definir qué se haría con él, y a qué precio estarían dispuestas a pagarlo. Santander y Bankia han dado un paso al frente, y desde el martes figuran en la primera lista de interesados en comprarlo. Lo que no quiere decir que algún otro, nacional o extranjero, pueda añadirse al carro.

La sorpresa ha sido lo de Bankia. Una entidad que tiene que pedir permiso al Banco Central Europeo para cada operación corporativa que haga. A la que Bruselas tiene fecha puesta para que sea privatizada. Y que ahora está inmersa en la fusión con BMN, la otra entidad nacionalizada. Pero cuando a una propiedad se le pone el cartel de Se vende su valoración cada día que pasa queda perjudicada. Es posible que no haya compradores en firme, o que quieran comprarlo a precio demasiado de saldo. Y que pase el tiempo, y que la ayuda pública empezara a ser necesaria. Todo induce a pensar, que participando en el proceso, si hiciera falta, ahí estaría Bankia, que al comprar Popular estaría nacionalizándolo por la puerta falsa. Y, en todo caso, es un aviso para navegantes.

Si al final compra Bankia, la banca pública quedaría reforzada, pasaría a ser el mayor banco de España. Añadir al Popular, con 1.600 oficinas, también tendría más ventajas, porque este banco tiene una situación privilegiada en el mercado de créditos a la pequeña y mediana empresa, con casi el 18% de la cuota de mercado. Lo mismo, con la buena y profesionalizada gestión que está llevando, cuando llegue la fecha -antes de final de 2019-, hay que decirle a Bruselas que no queremos recuperar la ayuda pública, ¡que nos quedamos con Bankia!

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El idealismo financiero de Macron

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:06

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/5/2017

El proyecto del euro sigue viviendo momentos críticos. En medicina el estado crítico es usado para referirse al cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente. Si hubiera ganado Marine Le Pen las elecciones presidenciales francesas, la muerte del euro hubiera estado más cerca. Por el contrario, la victoria del filósofo Emmanuel Macron se percibe como una posibilidad para salvar al proyecto. Para sanarlo está dispuesto a terminar de aplicar el tratamiento que ya se le prescribió en 2012: la Unión Bancaria Europea. “Todo hubiera ardido si no se hubiera puesto en marcha”, dijo Macron durante la campaña. Sin embargo, su fase final está estancada desde hace tiempo.

Y Macron no sólo quiere completarla sino que aboga por un tratamiento aún más intenso, creando un Tesoro común, que emita bonos europeos. Desde luego, tampoco es que esté proponiendo nada nuevo. La Unión Bancaria y los eurobonos son los dos proyectos más trascendentales de todos los que recogió el Informe de los Cinco Presidentes. Son los que ponen a prueba a los socios sobre si realmente están dispuestos a alcanzar una verdadera Unión Económica y Monetaria, y exigirían en paralelo una integración política mucho más intensa. Macron lo sabe, que hay que dejarse de tibiezas, lo dice claro: “No se puede ser tímidamente europeo”.

También sabe cuál es la cruz de esta moneda. Se necesitan Estados solventes que puedan respaldar esos proyectos. En este sentido, Macron se ha comprometido a reducir el gasto -actualmente representa el 56% del PIB- al final de su mandato en 60.000 millones de euros. Pierre Moscovici, comisario europeo de Asuntos Económicos, se lo ha dicho bien alto, tal y como ha salido electo: “Francia puede y debe salir del procedimiento de déficit excesivo”. No serán pocas dificultades las que se le presenten cuando intente flexibilizar su mercado laboral o que el Estado tenga menos peso. Pero, sin embargo, el nuevo presidente ofrece la reforma francesa: dar confianza es lo primero.

Alemania debería apuntarse a este carro, debería tener presente el otro escenario posible, el de la ruptura del euro. Que piense en la amenaza de Le Pen y la de otros muchos extremismos europeos. Puede aportar más, dado su superávit fiscal y exterior; puede ser flexible con Francia, y también con el resto. No son pocas las voces las que le advierten: si fracasa Macron, Europa también; y si Europa fracasa, Alemania fracasa, concluye el artículo Angela Merkel should seize this chance to remake Europe en The Economist.

Hace unos días, en Viena, Danièle Nouy, presidenta del Consejo de supervisión del Banco Central Europeo, comenzaba su discurso con una cita de Winston Churchill: “Nunca se debe desperdiciar una crisis”. Nouy defendía la finalización de la Unión Bancaria. Ahora, Macron quiere hacer realidad la completa integración financiera europea. “Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”, dijo Hegel, el filósofo idealista alemán sobre el que Macron hizo su tesis. El domingo, cuando ganó, en la explanada del Museo del Louvre, hizo sonar la Oda de la Alegría, el himno oficial de la Unión Europea.

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¿No quiere un préstamo?

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:03

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/5/2017

Entro en la sucursal. Hacía mucho tiempo que no iba, lo soluciono casi todo por internet. Está distinta, reformada. Han eliminado las mamparas que aislaban la caja. Tampoco hay colas. Ahora hay que coger número. Marco mi DNI. Al parecer te atienden antes si eres cliente de la entidad. Al rato llega mi turno: tengo que pasar al despacho número 7.

-¡Hola, buenos días! Vengo por la tarjeta. No funciona. Intenté sacar dinero y el cajero no la aceptaba.

-¡Buenos días! No se preocupe, pasa a veces, debe haberse dañado la banda magnética, pediremos otra. ¿Su DNI?

Se lo facilito. El agente lo teclea, y se pone a trastear con el ordenador. Observo. Las mesas también son nuevas; redondas, supongo que buscando la cercanía y la confianza con el cliente.

-Podríamos darle un préstamo. ¿No quiere comprarse un apartamento en la playa? Tiene usted margen…

-¿Margen?, ¿yo?, ¿cómo sabe…? Ah, ya, está mirando mi nómina… Pues no se equivoque, este mes en mi empresa hay una extra, no es mi sueldo corriente…Además, muchas gracias, pero no quiero una segunda vivienda. Al revés, no veo la forma de reducir más rápido la hipoteca que tengo. Temiendo estoy que suban los tipos de interés…

-Sí, ya, ahora veo los otros meses…Aún así: ¿tiene coche?, ¿no quiere cambiarlo? Podríamos financiárselo a un tipo de interés muy conveniente…

-Se lo agradezco de nuevo, pero ni tengo coche ni quiero. Sólo he venido por lo de la tarjeta. Por cierto, he visto que ahora cobráis una comisión mensual, aunque la utilizo constantemente.

-Le estoy tramitando una nueva, le llegará dentro de unos días a su domicilio. Y sí, ahora el banco ha empezado a cobrar por ellas, ¡política de la empresa!…¿Tiene usted hijos?, ¿no necesitan aprender inglés?, ¿un máster? También podría acceder a un préstamo…

-No, no, gracias. Si me hiciera falta, ya vendría…

El agente no se rinde, sigue investigando mi cuenta. Insiste.

-¿No necesita reformar la cocina, o los baños o comprar muebles?

-Para serle sincera, sí, pero ahora no voy a hacerlo. Y le ruego que no me incite más al endeudamiento. Ya es suficiente. Sólo le ha faltado decirme que ya tengo una edad y que si quiero dinero para algún retoque estético. Dígame si hace falta que firme o algo, por lo de la tarjeta. Me quiero ir ya de aquí”.

Así está la banca. Y no es de extrañar, no venden lo suficiente: en el año 2016 el volumen de crédito se redujo en un 4% respecto al año 2015, con una caída acumulada del 32% desde el año 2010.

En este periodo han cerrado el 37% de las oficinas y han despedido al 27% de los empleados.

Actualmente, la política comercial para conseguir nuevos préstamos está siendo muy agresiva, sobre todo con familias y pymes, porque a pesar de que los nuevos préstamos a estos colectivos ya mantienen los niveles previos a la crisis, quieren compensar con ellos la caída tan espectacular (-66%) de préstamos con grandes empresas.

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El límite de Draghi

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/4/2017

La política de comunicación es una herramienta esencial en política monetaria. Mario Draghi, como cualquier presidente de un banco central moderno, en cada una de sus intervenciones tiene que elegir con sumo cuidado sus palabras. De la credibilidad que trasmita depende en gran parte la eficacia de su política monetaria. En la situación actual, para que la economía siga reactivándose, necesita persuadir a los agentes económicos de que los tipos de interés seguirán siendo por mucho tiempo bajos.

Las palabras que utilizó ayer, tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, fueron prácticamente idénticas a las de la reunión anterior y a las que pronunció el pasado 21 de abril, en la reunión del Comité Monetario y Financiero Internacional, en Washington. De momento, no cambia nada; se mantienen los tipos de interés en el 0%, y la facilidad de depósito en el -0,40 %. Y en cuanto a las compras de activos, que ya han empezado a un ritmo inferior, de 60.000 millones de euros mensuales, continuarán como estaban previstas, hasta final de 2017.

Pero para reforzar el mensaje en estos momentos de hipersensibilidad, Draghi viene comunicando además anticipos de la conducta futura. Así, sobre los tipos de interés afirmó ayer que se mantendrán en los niveles actuales o, incluso, en niveles inferiores por mucho tiempo, más allá del final del programa de compras de activos. Por su parte, de dicho programa aseguró que si es necesario podría ampliarse en volumen y/o en duración.

El reto de Draghi es hacer todo esto creíble, a sabiendas de que no tendría más remedio que adaptarse a nuevos escenarios porque su compromiso con la estabilidad de los precios es ineludible. Como ya dijera hace años Paul Krugman, la política monetaria es efectiva si el banco central puede comprometerse a ser irresponsable. Pero Draghi no puede, ni los alemanes le dejarían. Su mandato es claro: mantener la tasa de inflación por debajo, aunque próxima, al 2%. Incluso su famosa frase de julio de 2012, “el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro”, iba precedida del condicional “Dentro de nuestro mandato” que lo limitaba.

En su conferencia, Draghi señaló que las últimas proyecciones de los expertos del BCE para la zona euro sitúan la inflación subyacente en el 1,7% para este año, en el 1,6% para 2018, y el 1,7% para 2019. El margen respecto al objetivo, por tanto, se estrecha. Posiblemente a Draghi le gustaría ser imprudente, proseguir e incluso intensificar los estímulos hasta que la recuperación económica fuera bien clara. Aunque se pasara de la raya.

Es el dilema de los bancos centrales con un objetivo tan concreto: confiere credibilidad a su actuación, pero también la maniata. Por eso, en sus comunicaciones, Draghi se muestra firme para animar a los agentes económicos, pero no deja a la vez de apelar a los gobiernos nacionales para que su contribución individual sea más decisiva, que actualmente es “subóptima”: algunos Estados Miembros tiene que tomar medidas para cumplir con las normas fiscales; y otros tienen que utilizar el espacio fiscal del que disponen, en clara referencia a Alemania.

Libertad acuñada

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:58

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/4/2017

La frase de Fiodor Dostoievski “La moneda es libertad acuñada” se ha puesto de moda. La esgrimen todos aquellos que se rebelan contra la desaparición del dinero en efectivo. Algunos de ellos mantienen posturas fantasiosas, queriendo ver en esta tendencia actual una conspiración global para someter al mundo; otros incluso la conectan con este pasaje del Apocalipsis: “Y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”. Pero hay otras muchas opiniones que proceden de fuentes bien acreditadas. Tampoco las que están a favor de su eliminación faltan.

Sin ir más lejos, hace unos días, Brigitte Zypries, la ministra alemana de Economía, se manifestó defendiendo el uso del efectivo, basándose en un informe del consejo de expertos que la asesora. Sin embargo, frente a ellos, economistas tan afamados, como Kenneth S. Rogoff, se posicionan en sentido contrario. Así, este profesor afirma al comienzo de su libro “Reduzcamos el papel moneda”, publicado el pasado Marzo, que “Deshacerse de la mayor parte del dinero en efectivo nos ayudaría más de lo que podría pensarse”, proponiendo que sólo se mantengan los pequeños billetes; o mejor, sólo las monedas.

Rogoff hace cuentas y encuentra que, a pesar del auge de los medios de pago electrónicos, sigue habiendo una cantidad ingente de billetes en circulación. Tanta, que cada familia americana de cuatro personas tendría que tener 13.600 dólares en casa; o 12.800 euros, cada alemana. Dónde está todo ese dinero, entonces, porque esto claramente no sucede: los grandes billetes están detrás de las actividades ilegales: economía sumergida, tráfico de drogas, crimen organizado, extorsión, corrupción de funcionarios y políticos, tráfico de seres humanos y lavado de dinero.

Es el lado oscuro del dinero, y es suficiente motivo, defiende Rogoff, para eliminarlo, evitando, eso sí, posibles perjuicios, como la exclusión financiera -subsidiando smartphones y tarjetas de débito- o la invasión en la privacidad de las personas. Por su parte, los expertos alemanes consideran esto desproporcionado: se han limitado los pagos en efectivo, desaparecerán pronto los billetes de 500 euros, y hay que seguir tomando medidas, pero sin llegar tan lejos.

Con todo, el desacuerdo radical reside en un motivo diferente. El dinero en efectivo frena la aplicación de tipos de interés negativos, por el miedo a que la población acuda a retirarlo masivamente; sin dinero físico, no habría “corridas bancarias”. Así que, Rogoff ve en su desaparición una enorme ventaja: no habría límites para la política monetaria, como sí los hubo en la crisis pasada, dice, en la que se deberían haber establecido intereses del -4% o el -5%. Por el contrario, los alemanes no lo aprecian como ventaja: los tipos negativos son de una aberración inaceptable.

La frase de Dostoievski nos cautiva, porque es cierto que aunque cada vez lo utilicemos menos, que el dinero físico exista nos tranquiliza: ¿es que intuimos que quedarnos sin él sería entregar nuestra libertad y otorgar demasiado poder a gobiernos, bancos y bancos centrales, o es sólo miedo y resistencia al cambio?

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Hasta 2037

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:56

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/4/2017

Contamos con muchos datos para tomar conciencia de la importancia del principal problema económico al que se enfrenta España en los próximos años, esto es, su deuda pública. 1.106.952 millones de euros fue su volumen en valor absoluto a finales de 2016. Sin embargo, como esta cifra dice poco por sí sola, conviene compararla temporalmente. Y la conclusión que se extrae analizando su evolución en estos últimos años es que no ha dejado de crecer desde 2008, cuando se situó en 439.771 millones de euros. Casi se ha triplicado en estos ocho años, y seguirá creciendo mientras los Presupuestos Generales del Estado (PGE) arrojen déficit.

No obstante lo anterior, más fundamento se alcanza cuando se relaciona su volumen con otras variables que dan cuenta de en qué medida el país puede hacerse cargo de ella, como son el Producto Interior Bruto (PIB) y la población que la soporta. En este sentido, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) señala en el informe Observatorio de Deuda del cierre de 2016, publicado este mismo martes, que la deuda terminó en el 99,4% del PIB el pasado año. Este ratio ha ido mejorando desde el pico del 100,4% de 2014, pero sigue muy lejos del 39,5% que supuso en 2008. Y también sigue muy alejado de nuestro compromiso europeo: alcanzar el objetivo de deuda pública del 60% del PIB para 2020.

En cuanto al ratio del volumen de deuda en relación con la población, como ésta no crece y la deuda sí, no ha dejado de elevarse estos últimos años, pasando de los 9.511 euros que se debían per cápita en 2008, hasta los 23.793 euros que debe cada español en 2016; es más, en el caso de utilizar sólo la población que se encuentra en activo, estas cifras serían mucho más altas.

Asimismo, igual de importante para valorar el problema económico que supone la deuda pública es considerar el volumen de intereses que genera anualmente. En los recientes PGE se estima que el coste de financiar la deuda ascenderá a más de 32.000 millones de euros en 2017, la segunda mayor partida de gasto, sólo por debajo del gasto en pensiones. Pero más inquietante aún es que los PGE incluyen la previsión del gobierno de que el tipo de interés del bono español a 10 años será del 2%, frente al 1,4% de 2016. Es un cambio de tendencia -las previsiones desde 2012 eran a la baja- que se acentuará en los próximos años en la medida en que la inflación se eleve y que retire sus estímulos el Banco Central Europeo (BCE).

Con estos datos por delante, el problema de la sostenibilidad de la deuda es evidente. Si en los próximos años tanto los tipos de interés como el volumen de deuda van a ser cada vez mayores, los intereses anuales también lo serán, empujando al alza el déficit. Esto, a su vez, puede mermar la confianza de los mercados financieros, perjudicando la renovación de la deuda y elevando la prima de riesgo. Y esto implicaría aún mayores intereses. Es el peligro de caer en un bucle como el que vivimos desde 2008 a 2012. Es cierto que ahora contamos con crecimiento del PIB. Y la Airef, muy optimista, cuenta con que sea lo suficientemente amplio como para que esta rueda no se retroalimente, y que el objetivo de déficit europeo se alcance en 2037.

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‘Bancos malos’

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:55

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/4/2017

Las consecuencias de los excesos de una época, y que la crisis puso de manifiesto, siguen acompañándonos: la banca europea tiene en sus balances un billón de euros de préstamos morosos y fallidos, el 5,4% del total de préstamos, de un volumen equivalente al 7% del PIB europeo. Y para buscarle solución a este problema, este viernes se discute en Malta, en la reunión de los ministros de economía y finanzas, Ecofín, la propuesta de la Autoridad Bancaria Europea de crear un banco malo europeo. Sería aplicar a escala comunitaria la misma receta que ya se aplicó en España en 2012, cuando se creó nuestro banco malo, conocido por su acrónimo, Sareb, para ayudar aún más a las cajas intervenidas y nacionalizadas.

Estas cajas traspasaron a la Sareb los préstamos que empresas y particulares habían dejado de pagarles, y que requerían de un penoso y largo camino para intentar recobrarlos. Era de esperar que de muchos de ellos no se consiguiera finalmente nada. De otros, se obtendrían los activos que sirvieron como garantía hipotecaria, mayormente pisos que no hay quien venda, suelo urbanizable, promociones inmobiliarias en curso o terminadas, que aún siguen atascadas…También pasaron a la Sareb muchos de estos activos -con sus impuestos, cuotas de comunidad y gastos de mantenimiento- que ya se habían adjudicado esas cajas.

Se esperaba -así nos lo vendieron- que con la concentración y con la gestión especializada la Sareb obtendría una rentabilidad anual del 15%. La realidad ha sido muy diferente y la Sareb ha tenido pérdidas, salvo en 2014, todos los años. Esta misma semana, su presidente ha reconocido que la entidad lleva acumulada unas pérdidas de 751 millones de euros. Y aunque los socios son privados en un 55%, será el contribuyente español el que terminará soportándolas.

El mismo procedimiento de limpieza -no ya a cajas, sino a bancos completamente privados- se seguiría con el banco malo europeo. Y con toda probabilidad también tendría las mismas consecuencias: pérdidas. Y esto presenta una dificultad añadida porque la distribución de los préstamos morosos en Europa no es nada homogénea: en España, la morosidad ha descendido considerablemente y se sitúa cerca de la media, en el 5,9%; en Italia supera el 16%; en Portugal, cerca del 19%; y en Grecia, en más del 46%… No es de extrañar que Alemania, con sólo un 2,66% de morosidad, antes incluso de la reunión haya rechazado esta propuesta si implica pérdidas mutualizadas.

Pero lo que ninguno discute es si hay que seguir -tras los 470.000 millones de euros ya inyectados- ayudando a la banca. Ahora se plantean este sofisticado instrumento, que dilata el problema en el tiempo, pero que compromete igualmente dinero público, eso sí, poco a poco, y no tan a las claras. Pero la creación de un banco malo europeo mostraría de manera radical la extrema irracionalidad del modelo bancario hacia el que hemos evolucionado: los préstamos buenos se los quedan y los malos los traspasan. Si la protección al depositante y la defensa de la estabilidad financiera conducen necesariamente a que se socialicen las pérdidas, que sea el Estado el banquero, para qué banca privada.

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Más capital, menos deuda

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:53

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/3/2017

Hace unos meses publicaba Financial Times una noticia curiosa. Contaba que en tiempos pasados en el Reino Unido se cobraba a los propietarios un impuesto por cada una de las ventanas que tuvieran a la calle en sus viviendas. Muchas se cerraron. Años después se constató el aumento de la incidencia de enfermedades contagiosas en la población por falta de ventilación en las casas: el impuesto a las ventanas fue retirado. Éste es un caso que muestra con toda radicalidad hasta dónde pueden llegar los efectos de una norma. Ahora, Donald Trump quiere eliminar una medida fiscal -la deducción de intereses en la determinación del beneficio empresarial- que contribuye a que se desarrolle una enfermedad en la sociedad: el excesivo endeudamiento. La propuesta es revolucionaria porque estamos tan acostumbrados a esta práctica que se considera ley de la naturaleza.

El efecto más inmediato sería que se recaudarían más impuestos: se estima que los ingresos fiscales perdidos fueron de entre el 2% y el 5% del Producto Interior Bruto (PIB) al año en el mundo desarrollado justo antes de la crisis. Es verdad que este efecto en la actualidad sería menor por los bajos tipos de interés y porque en estos últimos años se han ido estableciendo -también en España- límites, que afectan especialmente a los grupos internacionales, para evitar que eludan impuestos mediante operaciones de financiación entre sus empresas. No obstante, el objetivo de Trump no es recaudar más. Su propuesta es mucho más radical: quiere eliminar la deducción por completo y de forma simultánea bajar el tipo impositivo a las empresas: una cosa por la otra. Así, incluso las empresas de los sectores con menor endeudamiento podrían terminar hasta pagando menos impuestos.

El objetivo es otro: conseguir eliminar el sesgo que la deducción de intereses introduce a favor de la deuda, que anima a las empresas a utilizar una mayor proporción de recursos ajenos frente a los recursos propios. En definitiva, se dejaría de incentivar el apalancamiento. No se trata de demonizar la deuda, el crédito es vital en el sistema económico moderno. Pero a la deuda no hace falta animarla, se basta sola para hacerlo. Y además es el ingrediente principal que infla todo el sistema financiero.

Lo tenemos muy reciente, acabamos de pasar la mayor crisis financiera de la historia y, si el altísimo grado de endeudamiento no fue su única causa, sí que puede asegurarse que hizo que fuera mucho más intensa. No sólo habría que eliminar esta práctica, sino otras -fiscales y monetarias- como la deducción de los gastos financieros en la primera vivienda. “La mayoría de las economías occidentales endulzan el coste de los préstamos. Es una mala idea”, concluía un extenso artículo -A senseless subsidy- en The Economist (2015). Ahora sería el momento ideal para el cambio, porque con tasas de interés tan bajas la distorsión de la reforma sería menor. Pero mejor no ser optimistas. La medida es demasiado revolucionaria y hay demasiados intereses en juego. Lo más probable es que a Trump le tumben su propuesta. Las ventanas se quedarán cerradas y la enfermedad del excesivo endeudamiento la seguiremos padeciendo.

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Todo con mi móvil

Carmen Pérez | 24 de marzo de 2017 a las 19:50

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/3/2017

Si hay algo en lo que los españoles destacamos absolutamente: en el uso del teléfono móvil. Según la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares, 2016, del Instituto Nacional de Estadística, INE, el 92% de los ciudadanos dispone de al menos un teléfono inteligente, de un smartphone. Sólo Singapur nos supera. Lo utilizamos para todo: como cámara fotográfica, reproductor de música, radio, televisión, reloj, juegos, calculadora, linterna… Además, nos valemos de nuestro móvil para ayudarnos a satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades, desde las más primarias hasta las más elevadas, como las de relación y de autorrealización. No estamos dispuestos a separarnos de él ni un solo instante. Sin embargo, estamos siendo reacios a usarlo para realizar nuestros pagos diarios.

Con el móvil consultamos nuestras cuentas e incluso realizamos operaciones, como transferencias o devoluciones de recibos, en modo ordenador, pero no nos apuntamos a utilizar la gran variedad de sistemas de pagos móviles. De todos ellos, Bizum es el que tiene más papeletas para triunfar porque es el que ofrecen conjuntamente casi todos los bancos españoles. Permite hacer pagos y cobros -desde 0,5 euros a 500 euros- entre particulares sin necesidad de conocer el número de cuenta del receptor, sólo sabiendo su número del teléfono móvil. De momento -sólo de momento- es gratuito para todas o determinadas transacciones al mes. Y lo que ahora sólo funciona para operaciones entre particulares, pronto se extenderá a pagos a la Administración y en tiendas y otros negocios.

Tampoco aprovechamos las novedosas posibilidades que ofrece el móvil para el pago con tarjetas. En España utilizamos las tarjetas masivamente; durante el tercer trimestre de 2016 había cerca de 74 millones de tarjetas de crédito y de débito en circulación. Y cada vez en mayor medida son tarjetas contactless, que incorporan la tecnología NFC (Near Field Communication): sólo se requiere acercarlas a un terminal TPV para iniciar la operación, y si el importe es de menos de 20 euros, queda autorizada sin necesidad siquiera de marcar el PIN. Pero ahora es posible activar las tarjetas en el móvil -Bizum también lo permite- y prescindir de llevarlas encima: el pago se carga en la tarjeta al contacto del TPV con el móvil. Sin embargo, pese a la comodidad que esto supone, nos resistimos al cambio.

Y es que cualquier transformación, incluso una para mejorar, siempre va acompañada de miedos e incomodidades iniciales. Pero la tendencia a la desaparición del dinero físico es demasiado fuerte. Es imparable. Se incentiva con intensidad tanto por las entidades financieras como por las administraciones. Y conseguirá que también esta vía -los pagos por móvil- termine triunfando, y entonces nuestro número de teléfono se convertirá en algo tan importante como nuestro DNI.

De momento destacamos en poseerlos, pero no en su uso financiero. En esto sobresalen, paradójicamente, los países en desarrollo, donde el uso de las tarjetas no es tan intenso y asentado como en nuestro país. Un retraso que ahora propicia que estén dando un salto tecnológico.

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