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Claridad en las comisiones bancarias

Carmen Pérez | 24 de marzo de 2017 a las 19:47

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/3/2017

Todos tenemos claro que nadie va a prestarnos un determinado servicio sin cobrarnos por ello. Sin embargo, nos resistimos a aceptar que se nos cobren comisiones cuando se trata de servicios bancarios. Siempre se ha argumentado al respecto que ya tienen suficiente con manejar nuestro dinero. En este sector nos han acostumbrado tan mal en el pasado que ahora les está siendo muy difícil reconducirnos. Y eso que no es nueva la obsesión de la banca por elevar sus ingresos vía comisiones: tal y como veían reducirse los márgenes de intermediación, desempolvaban la idea. Como en los años 90, con la aparición de las supercuentas remuneradas, cuando también lo intentaron con fuerza. En la actualidad, con la intensa crisis de rentabilidad que por diversos motivos está viviendo la banca, la presión está siendo muy alta.

Las comisiones que cobró la banca española el pasado año superaron los 19.000 millones de euros. Pero a pesar de este elevado importe, según el Banco de España, aún estamos a la cola de Europa: a nuestros bancos las comisiones sólo les aportan el 23% del margen bruto, frente al 28% de media que suponen en la Unión Europea. La tendencia es a ampliarlas y a encarecerlas. Para evitar algunas de ellas se nos incita -incluso se nos obliga- a que hagamos nosotros mismos las operaciones, a que nos olvidemos de usar dinero físico y a que nos vinculemos estrechamente con la entidad contratándoles productos financieros para que el pack les resulte rentable.

Sin embargo, aunque es más que entendible que defiendan su negocio, no lo es la existencia y alto coste de algunas comisiones concretas. Como la comisión por ingreso en efectivo -3 euros- por ventanilla, cuya razón de ser es “que tienen que anotar el concepto”, y con la que buscan desterrar el movimiento de billetes y monedas. O la comisión -hasta de 39 euros- por los “números rojos”, motivada por “los gastos que conlleva avisar del descubierto”, y que esconde intereses usureros, porque el descubierto suele ser de escaso y de poco tiempo, sólo hasta que llega de nuevo la nómina: una cruz mensual para tantas familias. De hecho, ya hay alguna sentencia, aunque recurrida, que ha obligado a una entidad a eliminarla por completo.

Si las cosas están así, y el negocio bancario se va a sustentar cada vez más en las comisiones, qué menos que sepamos claramente con quién nos estamos casando. Y éste es el objetivo de la Directiva europea 2014/92/EU, sobre la comparabilidad de las comisiones, traslado de cuentas de pago y acceso a cuentas de pago básica, que ahora se está trasponiendo -con retraso- a nuestro ordenamiento jurídico. Según el Anteproyecto de Ley -en consulta pública hasta hace unos días- se determinará una lista normalizada de servicios financieros, común para toda Europa, y las entidades tendrán que informar a los consumidores de sus comisiones en cada uno de ellos.

La idea es que sean fácilmente comparables, por lo que se establecerá además un sitio web gratuito que permita confrontarlas: “Busque, compare y si encuentra algo mejor… cambie de pareja financiera”, porque otro objetivo de esta norma es que esta ruptura no sea en absoluto traumática.

Desertización financiera

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:46

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/1/2017

Hace algunos años pasear por determinadas calles de ciudades españolas era como recorrer una feria financiera regional permanente. Podías encontrar una oficina de Kutxabank, junto a otra de Caja de Badajoz, alguna de Caixa Galicia, otra de Caja Duero, y muchas más de los diferentes bancos y cajas que en su origen tenían un carácter local o autonómico. Todos ellos se habían lanzado a establecer sucursales fuera de su ámbito propio movidas por el gran volumen de negocio financiero que por entonces generaba la economía. Al recorrer estas calles ahora es como si un huracán hubiera pasado llevándose a la mayoría, aunque persisten sus huellas: en las fachadas se observan todavía los huecos de los cajeros que en su día estuvieron operativos. Igual proceso, e incluso más intenso, se ha experimentado en los barrios de la periferia y en los pueblos, llegando en muchos de ellos a desaparecer por completo la presencia financiera. Y no es nada fácil vivir, incluso disponiendo de internet, en un desierto financiero.

El proceso de reestructuración del sector bancario en nuestro país ha sido muy intenso: de unas 50 entidades relevantes sólo quedan 14, con una concentración muy alta: Santander, BBVA y La Caixa acaparan el 50% del mercado. Se fueron uniendo unas con otras en sucesivas fases, desapareciendo prácticamente en el camino las cajas de ahorro y perdiendo en la mayor parte de los casos su identidad territorial. Paralelamente, la reducción de oficinas bancarias ha sido drástica: a nivel nacional, de las 46.118 oficinas bancarias de 2008 quedan 29.325 (-36,4%); en Andalucía, de 7.007, subsisten 4.689 (-33%). Y estos procesos siguen abiertos.

Para mucha parte de la población la nueva situación supone sólo una mayor molestia: las oficinas están más alejadas y hay colas en los cajeros. Pero para otros muchos ciudadanos significa tener que vivir sin asistencia financiera. Siempre han existido pueblos muy pequeños en esta situación pero en estos últimos años se están multiplicando: por ejemplo, en Huelva son 10.000 personas las afectadas; o en Granada, que de 172 municipios, 95 no cuentan con ninguna oficina bancaria.

Es cierto que por internet podemos solucionar muchas de las transacciones financieras, pero hay que disponer de conexión y hay que saber utilizarlo. Y por mucho que el uso de las tarjetas se esté imponiendo, el dinero físico es aún necesario. El colectivo más dañado es el de mayor edad y el de las pymes, sobre todo las turísticas, que se encuentran con esta dificultad añadida para llevar para adelante sus negocios. Se hace esencial, por tanto, buscar soluciones para acabar con estos desiertos financieros. Como mínimo dotarlos con un cajero y de un agente financiero autorizado. O, como ya se hace en algunos municipios, habilitar autobuses que periódicamente transporten a los ciudadanos a los pueblos vecinos o, al contrario, poner en funcionamiento oficinas ambulantes que los atiendan. Y un dato de otro sector a tener en cuenta: Telefónica, 100% privada, tiene la obligación de instalar una línea fija de teléfono al usuario que lo solicite, así viva en el cerro más escondido de las Alpujarras.

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Gresca en Basilea

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/1/2017

Desde que comenzó a funcionar en 1975, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea ha venido acordando un marco de normas mínimas que garanticen la solvencia de los bancos y la estabilidad financiera a nivel global. Así, los acuerdos de Basilea I, II y III se han ido trasladando -en sí mismos no son vinculantes- a los respectivos regímenes jurídicos nacionales sin mayores complicaciones. Sin embargo, con los últimos cambios que ha propuesto el Comité ha saltado la gresca: los bancos europeos -alemanes, franceses y holandeses- denuncian que las modificaciones benefician a los americanos. Sería la primera vez que las decisiones de este Comité se boicotearan. Pero, además, esta polémica, más allá de las cuestiones técnicas, deja traslucir una vez más las complejas relaciones entre lo público y la banca.

El motivo de la disputa es el cálculo del coeficiente de solvencia. Inicialmente la medición del riesgo de los activos era muy simple, un modelo estándar, a base de compartimentos estancos. Pero en un acuerdo posterior se intentó afinar su cálculo para que fuera más sensible al riesgo, permitiendo que las entidades aplicaran unos modelos internos de gran complejidad estadística, que desarrollaban ellas mismas basándose en sus experiencias históricas. La propuesta actual es una vuelta a la sencillez, restringir el uso de los modelos internos y, en todo caso, que el ahorro máximo de capital con ellos sea limitado. Por tres motivos: se duda de que estos modelos midan correctamente los riesgos; se desconfía de los bancos, de que aprovechen la complejidad para presentar una imagen de solvencia mayor de la que disfrutan realmente; y tampoco se confía en que puedan ser supervisados adecuadamente, porque son cada vez más complicados.

137.000 millones de euros serían las necesidades de capital estimadas para los bancos europeos, especialmente los alemanes, franceses y holandeses, que han utilizado en mayor medida estos modelos internos. Ante esto, se han metido en la pelea, a defender a “los suyos”, los ministros de finanzas de esos países, implicando incluso a la Comisión Europea, cuyo vicepresidente, Valdis Dombrovskis, ha exigido enérgicamente que se revisen esas medidas porque, si no, la UE no dará su apoyo al acuerdo.

El gobernador del Banco de España, Luis Linde, que aboga por preservar el uso de los modelos internos, pero que también acepta la posibilidad de incluir ciertas limitaciones, sin que ello derive en una estandarización excesiva, está mediando: “No nos podemos permitir un escenario de no acuerdo”. Estaba previsto que se resolviera el conflicto durante este mes de enero, aunque hace unos días se publicó un comunicado señalando que se necesita más tiempo. Pero, con independencia de cómo termine, esta gresca está evidenciando -una vez más- las interrelaciones del poder político con sus bancos: la configuración actual de nuestro sistema bancario conlleva que la falta de solvencia de los bancos se convierta inmediatamente en un quebradero de cabeza para sus respectivos Estados. Ya lo dijo Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra: “Los bancos son mundiales en su vida, pero nacionales en su muerte”.

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El nuevo modelo de negocio bancario

Carmen Pérez | 27 de noviembre de 2016 a las 18:55

TRIBUNA ECONÓMICA, 11/11/2016

Numerosos representantes de la industria bancaria han analizado recientemente los retos que tiene el sector en este momento tan crucial de transformación de su modelo de negocio. El documento resultante El cambio del modelo de negocio de la banca, editado por el Instituto Español de Analistas Financieros, fue presentado en Sevilla en el Círculo Financiero del club Antares. La nueva regulación bancaria, los competidores digitales, la rentabilidad en este contexto de tipos de interés tan bajos o la situación del crédito en España son las principales tendencias que se debatieron. A través de ellas se puede aventurar cómo será la relación del cliente con esa nueva banca.

Las sucursales bancarias serán como supermercados, con sus estanterías virtuales repletas de productos financieros variados. Funcionará el autoservicio para las transacciones operativas, y se acudirá a la oficina exclusivamente a contratar algún producto, para recibir asesoramiento con calma. Los agentes comerciales, sobradamente cualificados, tendrán que guiar al cliente por el complejo mundo financiero actual; su tarea -y su responsabilidad- residirá en ayudarle a tomar la decisión adecuada, que desbordará incluso los productos propios de su grupo bancario, exponiendo los riesgos, los costes o sus implicaciones fiscales.

De forma similar se comportarán antes los productos de activo, cuando el cliente quiera negociar una hipoteca o un préstamo. El análisis de crédito tendrá que retornar en gran medida a épocas pasadas, especialmente en las empresas, porque los intangibles ganarán peso en su balances. Así, con menos activos reales que sirvan de garantía, el papel del analista es esencial para valorar esos activos con menores valores residuales. No obstante, el crédito no volverá a suponer la fuente de rentabilidad de antes de la crisis: los altísimos niveles de endeudamiento no se repetirán, con las fintech habrá mayor competencia y las grandes empresas se financiarán más en los mercados.

Será, por tanto, una banca de menor crédito y de mayores servicios financieros, que se habrán de remunerar de forma suficiente. Pero si quieren fomentar los ingresos por comisiones, tendrán que conseguir un cambio de mentalidad en la población, acostumbrada a no pagarlas. Para ello, se hace completamente necesario que recuperen la confianza perdida y que además los clientes perciban con claridad que su intervención les aporta un valor añadido en las operaciones contratadas.

En definitiva, una banca que mantenga una relación con el cliente directa, cercana y muy especializada. Un panorama estupendo, pero para el que pueda disfrutarlo, porque el sector tiende -el FMI y el BCE lo recomiendan- a una mayor concentración. En España, en la que ya es muy alta, con menor número de entidades se corre el peligro de que no se atienda adecuadamente a las poblaciones de escaso tamaño. No sólo porque se elimine en ellas la sana competencia sino porque incluso no haya ni presencia: Liberbank, que aglutina a seis cajas que cumplían ese papel de banca de proximidad, sustituirá, antes de final de año, 150 sucursales en pequeños pueblos por agentes financieros franquiciados.

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Juegue bien sus bazas

Carmen Pérez | 19 de septiembre de 2016 a las 7:21

TRIBUNA ECONÓMICA 2/9/2016

Los bancos siempre han buscado en las relaciones con los clientes particulares obtener rentabilidad, es obvio, pero como disponían de suficiente holgura en el desarrollo de su actividad podían permitirse tener clientes para cada uno de sus productos aisladamente -todos con rentabilidad sobrada- y no tenían que poner demasiado énfasis en el cobro de comisiones. Hoy en día, con la rentabilidad bajo mínimos, están redefiniendo su modelo de negocio. Se han vuelto minuciosos y calculadores, y estudian al cliente particular mediante una cuenta de resultados -el método habitual con las empresas- en la que se contempla todo el negocio financiero completo que el cliente esté dispuesto a llevarles. En este sentido, y como un buen manual de negociación aconsejaría, tener información sobre la otra parte puede ser para cualquiera de nosotros un elemento clave para hacerlo con eficacia.

Los depositantes eran tradicionalmente los que entraban en los bancos con la cabeza alta: con su dinero hacía negocio la banca. Ahora no se les quiere, y se les cobrará por su dinero -quizá camuflado bajo comisiones- si no aportan algo más que lo acompañe. En todo caso, el director de la sucursal buscará que trasladen sus depósitos hacia fondos de inversión, lo que les libra del marrón de la liquidez al mismo tiempo que obtienen buenas comisiones. En cuanto a los que solicitan préstamos, los verdaderos clientes, las entidades se desviven por captarlos si son solventes. Especialmente les interesan los préstamos al consumo, por sus altos intereses y sustanciosas comisiones. También, los préstamos hipotecarios, con tipos de interés mucho menores, pero con menor exigencia de recursos propios y con los que consiguen vincular al cliente a largo plazo.

Además de fondos de inversión y préstamos al consumo hay que añadir otro al ranking de los productos deseados por la banca: los seguros. El director de la sucursal será feliz si se los contrata. Domiciliar la nómina o pensión, compras habituales con las tarjetas o domiciliar recibos son aspectos que también buscan asegurarse. Al cliente le endosan la operativa diaria -obtención del efectivo, transferencias, traspasos, devolución de recibos, etc.- a través de internet y las cómodas App que están activando, normalmente con el apoyo -vía teléfono, email o whatsapp- de un gestor personal. En la sucursal de referencia, más lejos y más grande, están dispuestos para asesorar al cliente y captarlos para operaciones más complicadas.

Así, siguiendo la máxima latina Do ut des (te doy para que me des), dependiendo de lo que el cliente requiera y de su grado de vinculación con la entidad, fijarán las condiciones para cada uno de los productos (tipos de interés y comisiones, resumidos en la TAE); le eliminarán parcial o totalmente las comisiones de los diferentes servicios financieros; e incluso le ofrecerán recompensas como obtener acciones de la entidad, reembolsos o diferentes regalos. La tendencia en la actualidad es que estos packs estén preestablecidos, al menos en sus líneas generales.

Conociendo todo esto, juegue bien sus bazas. Y lea la letra pequeña, que las permanencias también han llegado a la banca.

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Empujados al riesgo

Carmen Pérez | 4 de septiembre de 2016 a las 10:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/8/2916

ES posible que en los próximos meses su banco le envíe una carta advirtiéndole que ante determinadas circunstancias empezarían a cobrarle por mantener su dinero en las cuentas de la entidad. O que si abre un nuevo depósito encuentre en el contrato una cláusula que lo contemple. Y ya le es posible comprobar cómo el director de cualquier sucursal bancaria, si le lleva dinero, sin añadirle más negocio financiero, busca la forma de disuadirle de dejarlo allí, dirigiéndole a otros productos -fondos de inversión- o le anima a acudir a alguna otra entidad que pueda ofrecerle mayor rendimiento. Los bancos no tienen apetito de dinero, están encharcados en él; pueden obtenerlo si lo necesitan del Banco Central Europeo (BCE) al 0%, y tienen que andarse con cautela al tomarlo de los clientes porque su exceso les cuesta a ellos al depositarlo en el banco central un O,4%.

La remuneración media que recibieron los depositantes españoles el pasado año fue del 0,35%, la media de los nuevos actualmente es del 0,22% y la cuestión es si se socavará el suelo del 0%. En algunos países ya lo han hecho: en Alemania, Commerzbank, uno de sus mayores bancos, cobra, aunque sólo a clientes institucionales y grandes empresas; y algunos más pequeños, como Skatbank, por los saldos superiores a 500.000 euros, o Gmund am Tegernsee, que percibirá un 0,4% desde septiembre si los depósitos superan los 100.000 euros. En Dinamarca o Suecia también sucede, y HSBC o Royal Bank of Scotland, con la reciente bajada de tipos del Banco de Inglaterra tras el Brexit, ya han comunicado que están dispuestos a hacerlo.

El atrevimiento de estos primeros bancos puede provocar que los depósitos se desplacen hacia otros que aún no penalicen creándoles tensiones por exceso de liquidez por lo que terminen por obligarles a adherirse también. De momento, la mayoría de los bancos aguantan, ideando nuevas comisiones por servicios que antes eran gratuitos o compensando el coste con los ingresos de otros productos financieros que contrate el cliente con ellos. Pero algunos bancos están tan molestos que hasta han amenazado con sacar su propio dinero y guardar los billetes en bóvedas acorazadas para evitar la penalización que el BCE les impone por depositarlo allí.

Ante todo esto, Benoit Coeuré, consejero del BCE, ha querido tranquilizar a los depositantes minoristas, pero lo cierto es que las políticas expansivas de los bancos centrales, por muy necesarias que sean para reactivar la economía en su conjunto, no son en absoluto inocuas: los pequeños depositantes son grandes perjudicados. Privados ya de los justos rendimientos que percibían, sería del todo inadmisible que se impusieran los intereses negativos -directamente o camuflados bajo comisiones- y que sus capitales empezaran a mermarse. El dinero es tiempo, y los depositantes cambian presente por futuro, abriendo posibilidades para más adelante, y así poder completar la jubilación, atender la educación futura de los hijos o afrontar imprevistos, como paros o enfermedades. Esfuerzos realizados en el pasado que la irracionalidad financiera en la que vivimos les está invalidando, empujándoles a realizar un esfuerzo adicional: ahorra, pero que sea arriesgando.

 

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Desbancarizar la economía

Carmen Pérez | 1 de septiembre de 2016 a las 9:24

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/8/2016

La función de un sistema financiero es conseguir que el dinero de aquellos a los que les sobra llegue de la forma más eficiente a aquellos otros a los que les hace falta. Pero la manera de organizar esta conexión varía de unos países a otros. EEUU ha primado tradicionalmente el entendimiento directo -con ayuda de brókers o dealers- en los mercados, mientras que en Europa se realiza en mayor medida a través de la intermediación bancaria: el sistema bancario en EEUU es de una vez su PIB, frente al europeo, con un tamaño de tres veces su PIB; por contra, los mercados financieros americanos de deuda y bursátiles mueven un volumen de negocio muy superior a los europeos. Dada esta situación, la Comisión Europea tiene como una de sus prioridades desarrollar la Unión del Mercado de Capitales, UMC, plan cuya finalidad es ampliar las vías de financiación para las empresas, especialmente de las pymes, y ofrecer vías de ahorro y de inversión a los hogares europeos, plan que reducirá el grado de bancarización de nuestra economía.

Al igual que la Unión Bancaria, esta reforma es consecuencia de la crisis, que puso de manifiesto que la dependencia excesiva de la banca hace a nuestro sistema financiero más vulnerable: implica una mayor interdependencia entre las crisis financieras y económicas, y permite una trasmisión más imperfecta de la política monetaria. Sin embargo, los problemas que hay que resolver para conseguir llevarla a cabo no son pocos. Están implicados los 27 países de la UE (la City, mayor beneficiaria potencial, queda fuera con el Brexit), con marcos legales y fiscales heterogéneos, normativas contables y de insolvencia que armonizar, diferentes divisas, prácticas de mercado con estilos propios, etc.

El éxito dependerá, como en cualquier mercado, del grado de atracción de compradores y vendedores de los productos -activos financieros- que se negocian en él: de deuda (bonos corporativos, bonos de proyecto, titulizaciones y cédulas y deuda privada), de fondos propios (acciones y capital riesgo) o híbridos (bonos convertibles). Como sin capital un mercado no tiene sentido, para atraerlo es fundamental que se atiendan las necesidades -liquidez, transparencia y simplicidad- de los inversores, e incluso ofrecerles incentivos. Así, el plan -que culminará en 2019- combina una amplia variedad de medidas; las más recientes son los nuevos reglamentos sobre el capital riesgo y los fondos de emprendimientos social, aprobados en julio.

Pero este desplazamiento de la actividad financiera hacia los mercados conlleva un gran peligro. El inversor minorista, con escasa educación financiera, está acostumbrado a canalizar sus ahorros a través de la banca, sometida ahora a controles más rigurosos tras los abusos del pasado. Con la UMC se verá inmerso en un mundo financiero más amplio y complejo, con más oportunidades de inversión, y con mercados que pueden tener por su propia idiosincrasia normativas más laxas, como nuestros MARF y MAB para pymes. Si no se observan en el desarrollo de la UME las adecuadas medidas de protección al inversor, con la desbancarización podremos asistir en el futuro a una reproducción de los escándalos financieros del pasado.

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La rentabilidad, ése es el reto de la banca

Carmen Pérez | 28 de agosto de 2016 a las 16:11

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/8/2016

LOS recientes test de estrés -ejercicio teórico que aventura por dónde irían las cuentas y ratios de los bancos europeos según hipotéticos escenarios económicos futuros- han arrojado resultados satisfactorios: salvo algunas excepciones, todos aprueban en solvencia. Pero, sin embargo, no puntúan nada bien en rentabilidad. El contexto en el que los bancos tienen que desarrollar su actividad no les favorece, tanto por el bajo nivel de tipos de interés como por el menor volumen de negocio, aún no recuperado tras la crisis, y que se está desviando en mayor medida hacia los mercados financieros, en un proceso de desintermediación financiera creciente. Además, nuevos operadores -las fintech- han irrumpido en el sector incrementando la competencia y grandes tecnológicas, como Facebook o Apple, están llamando a la puerta. Por si fuera poco, la normativa que han de cumplir se ha vuelto mucho más rigurosa, y el pasado -el deterioro de activos sufrido por la crisis y el deterioro de la confianza de los clientes- aún les pesa.

Para elevar la rentabilidad reduciendo costes, prosigue el intenso ajuste de la capacidad instalada, como el de Caixabank, que contempla eliminar 3.000 empleos y cerrar 600 sucursales más hasta 2018. No es de extrañar que el consejero delegado de BBVA manifieste que a su banco le sobran dos tercios de su red a largo plazo, porque el necesario proceso de digitalización que está desarrollando el sector y la Unión del Mercado de Capitales Europeo, que desbancarizará la economía, harán este exceso de capacidad aún más patente. Los supervisores -el Banco de España y el BCE- bendicen estas medidas, a la par que les recomiendan fusionarse entre ellos o con entidades europeas, para conseguir economías de escala, al ganar tamaño.

Y para mejorar los ingresos, ya que resulta complicado ensanchar el margen financiero, se pretende incrementar las comisiones. Sabine Lautenschläger, desde el Mecanismo Único de Supervisión, ha animado a los bancos europeos en este sentido, y especialmente a los españoles en los que las comisiones solo aportan el 22% del margen bruto, un 6% menos que en Europa. La dificultad estriba en la oposición de los clientes, que se niegan a pagar por los servicios bancarios. El objetivo es vincularlos, que se casen -al igual que en las telecomunicaciones o la energía- con la entidad y les lleven todo el negocio financiero -nómina, tarjetas, fondos de inversión o seguros- completo.

La viabilidad de una empresa exige solvencia, pero también que a los accionistas les compense mantenerla: los test de estrés muestran que los bancos europeos sólo generan una rentabilidad media (ROE) del 5,29%, frente al 8% de rentabilidad mínima que los accionistas bancarios esperan; es más, en el escenario adverso, en muchos bancos incluso aparecen pérdidas: las cotizaciones bursátiles se encargan de ajustar esta divergencia. Así, los bancos están inmersos en un enorme proceso de reconversión del que sólo los que se adapten, como en el proceso darwiniano de evolución, subsistirán. Pero lo peculiar de este sector es que resulta complicado que los que no lo hagan se queden, sin que nos afecte a todos, en la cuneta.

La banca italiana salta a la palestra

Carmen Pérez | 20 de julio de 2016 a las 8:10

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/7/2016

La debilidad que la banca italiana ha venido manteniendo, y parcheando a lo largo de estos últimos años, detonada por el Brexit, ha saltado a la palestra: acumula una morosidad que asciende a 337.000 millones de euros, derivada de los impagos de créditos empresariales y al consumo, y no está suficientemente cubierta. Matteo Renzi, el primer ministro italiano, clama por rescatarla con dinero público -entre 40.000 y 50.000 millones de euros-, al igual que se hizo con la nuestra, pero la normativa actual, la Directiva Europea de Recuperación y Resolución de Entidades Financieras, más conocida por sus siglas en inglés, BRRD, precisamente se desarrolló para evitar que los problemas bancarios se resolvieran con el dinero de los contribuyentes. Recién puesta en marcha, dispuesta para su aplicación, y cuando llegan casos reales -como la banca Monte dei Paschi di Siena- para probarla, es bastante probable que en los próximos meses veamos poner en marcha estrategias para sortearla.

Nuestro proceso de reestructuración conllevó la inyección de dinero público por valor de unos 50.000 millones de euros (a minorar con la futura desinversión en Banco Mare Nostrum y Bankia); el Estado concedió avales a las entidades por un importe total de 110.895 millones de euros, que están ya casi al completo cancelados, sin pérdidas; y otra serie de ayudas y garantías, que también han supuesto desembolsos de menor cuantía. Europa no sólo lo autorizó sino que nos concedió crédito para facilitar este proceso, eso sí, previa firma de un acuerdo, el MoU, que especificaba minuciosamente los pasos que había que ir dando. La población se indignó, tanto por el nuestro como por otros rescates públicos que se produjeron por aquellas fechas y, sin embargo, es lo que ahora reclama Italia: si se aplicara la Directiva, y, por tanto, los accionistas y bonistas de los bancos implicados asumieran parte de las pérdidas, las familias italianas -dueñas de bonos bancarios por unos 200.000 millones de euros- resultarían perjudicadas. Bruselas, por su parte, se ha opuesto a toda opción que no respete el nuevo marco legal, aunque aceptaría mecanismos a posteriori para compensar a los inversores minoristas si estuvieren injustamente afectados por una comercialización incorrecta.

Las posiciones -Roma frente a Bruselas- están enfrentadas, pero se encontrará la fórmula para acercarlas, el riesgo de contagio al conjunto de la frágil banca europea es alto, especialmente a algunos bancos portugueses y al primer grupo financiero de Alemania. Se echará mano a la flexibilidad que contempla la Directiva sobre medidas tempranas; se aducirá que en realidad no hay que proceder a la liquidación total de ningún banco italiano; se someterá -esperemos- a un proceso de concentración y reestructuración a las más de 500 entidades que hay en Italia, al igual que sucedió en España; se acudirá a la ingeniería financiera, con instrumentos basados en avales públicos, no exentos de pérdidas; y el dinero público italiano llegará a su banca: no hay otra, la protección pública que garantiza a los millones y millones de depositantes europeos -como telón de fondo- dará a Italia carta blanca.

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Calificación y realidad

Carmen Pérez | 24 de mayo de 2016 a las 9:00

Recientemente, la agencia de calificación Fitch ha confirmado las calificaciones crediticias (rating) del Banco Santander y del BBVA en A-, con perspectiva estable. Resulta que dicha nota es superior a la del Reino de España, que está situada en BBB+, es decir, que esta agencia coloca a las dos empresas financieras un escalón por encima. También las otras dos agencias más importantes, Moody´s y Standard&Poor´s les otorgan mayor credibilidad crediticia a sus bonos bancarios que a los bonos españoles.  Que esto se produzca en Iberdrola –la única empresa, aparte de los dos bancos señalados, que también es más solvente que el Reino de España-  puede ser más comprensible, pero que sean bancos a los que les sucede es más complicado de aceptar, cuando encuentran en el Estado español su última garantía.

Usualmente las calificaciones de la deuda de las empresas suelen estar por debajo de la que ostentan sus países de residencia, y lo que suele ocurrir es que cuando una agencia mejora el rating de la deuda de un país siga los mismos pasos para la deuda de algunas empresas que estén especialmente vinculadas a su economía. Para BBVA y Santander, la situación inversa viene explicada porque desarrollan una buena parte de su actividad en otros países –de Europa, de América latina y EEUU- y no están completamente condicionados por las circunstancias económicas españolas.

Es verdad que estos dos bancos no mantienen una alta proporción de deuda pública española en sus balances (3%, Santander; 8%, BBVA), en relación a las que arrojan otros bancos españoles, y por ello  Fitch  afirma que  no existe probabilidad de que las entidades caigan en un escenario de default arrastradas por un hipotético impago de la deuda soberana de España.  Pero las relaciones de un banco con su Estado son mucho más complejas e íntimas que eso: el Estado es el último garante para los depósitos, la gran vía de entrada de recursos para la banca  (supera el 50% del total). Ningún cliente se molesta en investigar la mejor o peor situación financiera de una entidad crediticia a la hora de confiarle su dinero, abriendo un depósito, ya que sabe que cuenta con la seguridad que le confiere el respaldo final público: hasta 100.000 euros por titular y entidad.

Las agencias de calificación utilizan modelos sofisticados que contemplan una multitud de variables macroeconómicas y realizan un exhaustivo análisis de las cuentas financieras de las empresas que puntúan. Pero, a veces, los resultados que obtienen desconciertan, porque determinados hechos no tienen cabida en ellos: ¿cómo incluir esta garantía implícita del Estado español en ellos? Y así se llega a situaciones incoherentes como ésta, en la que el que respalda un negocio para que nunca caiga (Estado español) obtenga menos nota que el respaldado (Santander o BBVA). O, por señalar otra de hace algunos años, cuando le quitaron la máxima calificación, AAA, a los bonos de EEUU. Porque siendo realistas, por mucha recesión, paro y todo lo negativo que por entonces sufría este país: ¿no es EEUU la triple A por excelencia?