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¿Colapsará la banca?

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/8/2019

¿Hasta dónde pueden caer las cotizaciones bancarias? Seguro que muchos de nosotros nos hemos hecho esta pregunta estos días pasados al verlas caer y caer de forma importante. Y no sólo respecto a la banca española, sino a toda la europea. Las debilidad del sector lleva mucho tiempo mostrándose. Desde el gran batacazo de hace 10 años los bancos han recuperado algo de valor en varias ocasiones, pero sólo temporalmente. Sus cotizaciones ahora están prácticamente en los bajísimos niveles en los que cayeron entonces, incluso muchas en mínimos históricos. Una inversión de 100 euros replicando el índice Euro Stoxx Banks en 2008 se hubiera convertido en este enero en 40 euros. Y durante este año ha ido a peor: el sector está soportando una ola de ventas -un sell-off, en la jerga bursátil- en toda regla.

La baja rentabilidad es la causa y no hay visos de que pueda mejorarse en el futuro. Les perjudica el entorno de tipos de interés bajos que va a proseguir durante un largo periodo de tiempo. Y en septiembre se espera que el Banco Central Europeo baje el tipo de depósito -hasta el -0,50%-, y aunque lo haga de forma escalonada tendrá un impacto negativo sobre sus márgenes. Además, el deterioro de las perspectivas macroeconómicas también afectará al ritmo de crecimiento del crédito. El miércoles la agencia estadística Eurostat confirmó el frenazo de la economía europea y Alemania anunció la contracción de su economía. Italia está estancada y Francia creció un exiguo 0,2%.

El BCE, en el Boletín de Supervisión Bancaria de agosto, aborda este problema: “La rentabilidad está mejorando, pero no lo suficiente”. En 2018 la rentabilidad se elevó, nos dice, pero de forma escasa y sin calidad, porque sólo se debió a que ya no soportan tanta carga de la crisis y porque el entorno macroeconómico fue favorable. Pero en esto ya hay poco espacio para la mejora; a la vista de las perspectivas, al contrario. Los bancos necesitan imperiosamente hacer cambios estructurales que conlleven mejorar la eficiencia, generar ganancias -subir los ingresos y bajar costes- acordes a su nivel de riesgo, y así garantizar su sostenibilidad.

Los supervisores no ocultan su preocupación por la fragilidad de la banca. No es para menos. Todos tenemos reciente los enormes costes que suponen cuando entran en crisis, por el apoyo directo que hay que suministrarles y, más aún, por los efectos devastadores que provocan en la economía y, por tanto, en la sociedad. En el magnífico libro El Traje Nuevo del Banquero, Anat Admati (Universidad de Stanford) y Martin Hellwig (Instituto Max Planck) defienden que habría que obligarlos a tener mucho más capital y a recurrir menos al endeudamiento para que fueran más seguros. Pero a ver cómo incrementan sus ratios de capital con esa baja rentabilidad.

Si ya no son atractivos para los inversores, menos lo serían reteniendo ganancias a costa de disminuir los dividendos. Y es una locura que intenten captar en las condiciones actuales nuevo capital propio. Sin solidez y sin rentabilidad siguen subsistiendo. Y empieza a no ser un escenario descabellado que los estados tengan que hacerse cargo de ellos si las cotizaciones siguen cayendo.

Los subvencionados dividendos bancarios

Carmen Pérez | 26 de mayo de 2019 a las 18:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/5/2019

Hubo un tiempo -en la primera mitad del siglo XIX- en que los banqueros respondían ante los acreedores y depositantes no sólo con los activos de sus bancos sino con sus propios patrimonios personales. Hubo un tiempo posterior -hasta bien entrado el siglo XX- en que esta responsabilidad ilimitada se acabó, pero en la que al menos los banqueros seguían comprometiendo recursos suficientes en sus bancos: el ratio de apalancamiento -proporción de capital propio en relación con la deuda con acreedores y depositantes- rondaba del 30% al 50%. Hay un tiempo, el actual, en que ese ratio está por los suelos. El de las entidades españolas se situó el pasado año en el 5,4%, algo superior al 5,3% medio europeo.

La normativa lo permite. Las exigencias de capital son extremadamente laxas, incluso después del endurecimiento de la regulación que se produjo tras la crisis financiera. Concretamente, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea fijó el ratio de apalancamiento mínimo en el 3%. Por entonces, Martin Wolf, en su artículo Basel: the mouse that did not roar (Basilea: el ratón que no rugía) de The Financial Times, hizo una valoración muy acertada: “el requisito de triplicar el mínimo anterior parece duro, pero sólo si uno se da cuenta que triplicar casi nada no es mucho”.

Así, las condiciones en las que trabajan los bancos distan enormemente de lo que dicta la lógica financiera. Lo adecuado sería que los bancos se fortalecieran ampliando capital. O más fácil, vía autofinanciación, dedicando los beneficios generados a incrementarlo. Por el contrario, en estos últimos años se han repartido sustanciosos dividendos. Ahora, los supervisores están poniendo el acento en este tema.

El Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España de 7 de mayo denuncia que el reparto de dividendos que vienen haciendo no permite que crezca el capital lo necesario para que las entidades estén preparadas para afrontar los riesgos. También, la subgobernadora Margarita Delgado en su conferencia del 8 de mayo señaló que “las políticas de retribución al accionista deben adecuarse a la necesidad de generación orgánica de capital de cada entidad”, insistiendo en que ser accionista conlleva depender del resultado obtenido, y que antes está la solvencia del banco. Ambos siguen las recomendaciones que ya hiciera el BCE en enero, con las que instaba a los bancos a ser conservadores a la hora de repartir los beneficios.

Pero, ¿por qué iban a cortarse repartiendo dividendos más allá del cumplimiento estricto de las normas si cuentan con el sector público para completarles su exigua solvencia? Ningún otro sector mantiene esos ratios de apalancamiento: los que les prestan se aseguran que los dueños estén pringados suficientemente. Depositantes y acreedores prestan a los bancos aunque sus accionistas estén tan poco implicados gracias al seguro público de depósitos y a la asistencia del BCE con la que cuentan. Somos los contribuyentes los que posibilitamos que los accionistas bancarios reciban dividendos: ellos ganan, la población soporta el riesgo. Se ha recorrido en la historia un camino perverso con la banca. Habrá un tiempo en el que todo esto reviente.

Draghi: ¿qué hago con la banca?

Carmen Pérez | 3 de mayo de 2019 a las 9:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/4/2019

A ver, Mario Draghi necesita a los bancos. Hoy por hoy son el medio por el que se canaliza la política monetaria. El sistema financiero actual es así: la economía funciona si ellos prestan, aumentando la oferta monetaria y provocando que la economía se expanda. Esto explica la tasa de depósitos -el -0,4%- que actualmente el Banco Central Europeo les cobra. Es la forma de empujarlos a que no dejen su dinero aparcado allí y lo presten a particulares y empresas. El balance del BCE refleja que la liquidez de los bancos supera los 1,8 billones de euros, excediendo enormemente el importe de las reservas mínimas obligatorias, que ascienden a unos 128.000 millones de euros (datos a finales de 2018). Este exceso de liquidez les supone a los bancos de la Eurozona un coste -unos 7.000 millones de euros al año- que daña su rentabilidad.

Pero, mira, que no se quejen. Sus graves problemas de rentabilidad tienen otras muchas causas. Es un sector aún debilitado por la pasada crisis financiera, con más de 730.000 millones de préstamos dudosos en sus balances. Y se enfrenta a una intensa reconversión por su exceso de capacidad: el aumento de la competencia -fintechbigtech, fondos o entidades de pago y financiación- es progresivo e imparable; un trozo del negocio se está trasladando a los mercados financieros y la revolución tecnológica hace que sobre gran parte de su pesada estructura. Lo señaló Mario Draghi bien clarito este miércoles, tras la reunión del Consejo de Gobierno: el sector “está abarrotado”, está sobredimensionado “en oficinas y personas”. Y los ha animado a fusionarse.

Además, que piensen un poco. Esto del coste de la facilidad de depósitos les vendrá mal y los tipos de interés tan bajos no es el mejor de los escenarios para desarrollar su negocio, pero que imaginen por un momento lo que hubiera sido reponerse de sus desmanes pasados y afrontar la revolución tecnológica con una economía deprimida. La recuperación de estos años les ha venido de maravilla y no hubiera sido posible sin las medidas adoptadas de política monetaria. Y que se quejen de apoyo. ¿Es que no se acuerdan de que el sector público les tiene asegurados en última instancia los depósitos porque ellos por sí solos no inspiran confianza suficiente en el público para que les deje sus ahorros? ¿Es que no se acuerdan de los 734.381 millones de euros que les tiene prestados a largo plazo totalmente gratis el BCE? Mejor no seguir enumerando.

Eso sí, las medidas monetarias no afectan por igual a todos los bancos. Los que necesitan financiación la encuentran en el BCE a coste 0. La pide más la banca de Italia (32%) y de España (22%). Y sin embargo, el coste, por ejemplo, del exceso de liquidez para la banca española es de 281 millones y para la alemana de 2.484. Ahora el BCE se está planteando cómo hacerles la vida más fácil, aunque todavía en la reunión de esta semana no se han tomado decisiones. La ayuda podrá venir de elevar esa tasa de depósito, quizá de forma escalonada, y de aplicar tipos negativos a las nuevas rondas de financiación (TLTRO III). Draghi , y volvemos al principio, los necesita a todos, y hará lo que sea necesario, pero ojo, por el bien de la Eurozona.

De la banca tradicional a un ecosistema financiero

Carmen Pérez | 3 de mayo de 2019 a las 9:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/3/2019

¿Y tengo que ir a la sucursal? Ésta es la pregunta que hará inmediatamente un joven cuando se le presente la ocasión de tener que abrir una cuenta bancaria. Los nuevos clientes han adoptado masivamente el smartphone en sus vidas. Fuera y dentro de casa: siempre conectados. A través de él se relacionan con las personas y con su entorno. Realizan sus compras, comparando productos y servicios, precios, y conociendo la experiencia que han tenido otros. El mundo financiero no escapa de este nuevo modelo de cliente: también así querrán solucionar cada necesidad que tengan en este campo. No tendrían ningún reparo en pedirle su hipoteca a Facebook o dejar financiada en Amazon la compra que han hecho. La banca ha dejado de ser un sitio al que se va, para convertirse en una serie de operaciones que se hacen.

Llegar al cliente y solucionar su problema financiero es clave. Y en esta nueva forma de hacer se erosionan las ventajas competitivas que tenía la banca tradicional. Las grandes tecnológicas -Google, Apple, Facebook o Amazon- son candidatos idóneos para irrumpir con fuerza y desempeñar un papel relevante. Google ya dispone de licencia bancaria, aunque aún sólo ofrece servicios de pagos y posee diferentes fintech para préstamos y crowdfunding. Apple, además de Apple Pay, ahora ofrece Apple Credit. En breve Facebook, que facilita los pagos entre amigos, se adentrará en más parcelas financieras y Amazon extenderá su plataforma Amazon Payments.

Todas tienen dinero -amasan más de 500.000 millones en efectivo y valores líquidos-. Disponen del “nuevo oro”, los datos, y les sobra talento y dominio de las últimas tecnologías para sacarles rendimiento. Además cuentan con millones y millones de clientes con los que establecen una relación cercana, natural. No tienen que esforzarse: el cliente entra voluntariamente y muchas veces a diario.

Pero no serán solo ellas. Las empresas de telecomunicaciones también quieren su parte del pastel. Ha empezado a funcionar Movistar Money, que ofrece productos financieros, con la colaboración de la LaCaixa. Pronto operará en España Orange Bank. Cientos de fintech están especializadas en segmentos específicos. Y en realidad, cualquier web -la que vende viajes o lo que sea- tiene la oportunidad de “vender” también productos financieros. Si no cuentan con soporte financiero propio, lo tendrán a sus espaldas.

Así, el negocio financiero se está convirtiendo en un ecosistema donde, como en los biológicos, habrá todo tipo de entidades, pequeñas y grandes; cada una con sus objetivos, su función y centrada en un nicho concreto. Y en ese ecosistema la banca tradicional tiene que defender su hueco. En el Manifiesto de banca digital: ¿El fin de los bancos?, el Instituto de Tecnología de Massachusetts ya les advirtió que no les basta con perfeccionar el modelo de negocios actual: “Los bancos están tratando de ser geniales y construir frontales digitales súper geniales … Pero es como ponerle un lápiz de labios a un cerdo; en última instancia sigue siendo un cerdo”. O se espabilan o su función se limitará a ser proveedores de aquellos que se relacionan con los clientes.

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Deutsche-Commerzbank y el panorama de la banca

Carmen Pérez | 27 de marzo de 2019 a las 17:15

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/3/2019

En general tenemos un poco mitificados a los alemanes, tendemos a pensar que lo hacen todo mejor que el resto. Sin embargo, su sistema financiero deja mucho que desear, al menos en rentabilidad. Decía, hace ya unos años, Jaime Caruana, el ex presidente del Banco de España, que los alemanes saben hacer coches, pero que no son eficientes en banca. Actualmente, el problema que tienen es tan severo que dos de los grandes bancos alemanes, Deutsche Bank y Commerzbank, están estudiando la posibilidad de fusionarse. Unidos se convertirían en el tercer banco de Europa, tras el británico HSBC y el francés BNP Paribas. ¿Buena solución o desesperada?

El caso es que los bancos alemanes se comportan mejor en algunas variables que determinan la salud de la banca. De los 730.000 millones de euros en activos problemáticos que todavía mantienen los bancos europeos, sólo el 5,6% son de los alemanes, frente a 23% de los italianos, el 17% de Francia o 13% de España. Su nivel de solvencia se encuentra por encima de la media europea. Tampoco su ratio préstamos respecto a depósitos es preocupante y cumple holgadamente el ratio de liquidez que se introdujo con Basilea III.

Es en rentabilidad donde fracasan. En ratio de eficiencia operativa -que mientras mayor, peor-, la banca alemana es la campeona: de 100 euros que ingresa, 74 se le van para cubrir los gastos de explotación. También Francia o Italia están de pena. De esto, al menos, España se salva: su eficiencia operativa es del 50%. Por otra parte, si se atiende a la rentabilidad sobre los recursos propios (ROE), lo alemanes también son los peores: 2,7%, frente al 5,7% de la Eurozona, ya de por sí bajísimo si lo comparamos con el 12% de la banca americana. La cotización de todos los bancos europeos lo refleja: el valor de mercado respecto a su valor contable (Price to book value) no llega a 0,7; para los alemanes, a 0,3.

La reconversión del sector bancario europeo, por mucho que ya se haya hecho, apenas ha empezado. El italiano, el francés o el alemán están para llorar, y el español aún está lleno de dudas. Siguen con exceso de capacidad y sin asumir la revolución tecnológica. Hay menos negocio que repartir y más competencia externa, y el horror será cuando desembarquen Google, Amazon y las demás grandes tecnológicas. La laxitud monetaria, que por una parte los salva pero por otra los ahoga, proseguirá por largo tiempo (ayer la FED marcó camino) y no ayuda, y aún menos a Alemania. Y si la ralentización del crecimiento se acentúa, las consecuencias para la banca pueden ser desastrosas.

Con este panorama, el Gobierno alemán aplaude la fusión de Deutsche y Commerzbank (15% propiedad estatal), pero los cinco sabios a los que suele recurrir para asesorarse están en contra: unir a dos enfermos no garantiza el nacimiento de una entidad sana. Por otra parte, su competencia nacional -1.200 bancos regionales, también con fusiones- ganan mucho más que ellos, pero lejos de las presiones del mercado no tienen incentivos para abordar el salto tecnológico. Así, Alemania tiene un grave problema con su sistema bancario, pero es un Estado fuerte y no dudará en hacer todo lo necesario para salvarlo.

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El futuro del dinero y la banca

Carmen Pérez | 3 de febrero de 2019 a las 17:34

TRIBUNA ECONÓMICA, 18/1/2019

Este miércoles celebramos en la Facultad de Turismo y Finanzas de la Universidad de Sevilla una jornada sobre el futuro del dinero y la banca. Los ponentes que me acompañaron en la Mesa fueron Carlos Arenillas, ex vicepresidente de la CNMV; Ignacio Ozcáriz, CEO en Grupo RFintech Plc, y el catedrático de Economía Aplicada, Juan Torres. Además, contamos con Jesús Manuel Utrilla, coorganizador del evento y presidente de Dinero Positivo, la rama española de una estructura internacional que lleva años reivindicando que el sector público recupere el poder de creación de dinero que ha ido acaparando cada vez más la banca.

La primera cuestión que abordamos pretendía dejar claro el punto en el que nos encontramos. Hemos pasado la mayor crisis de la Historia, hace unos meses se conmemoraba los 10 años de la quiebra de Lehman Brothers, ¿pero hemos superado el peligro de caer en otra crisis financiera? Repasamos causas, consecuencias, las reformas propuestas y las finalmente realizadas. La conclusión unánime es que la banca es ahora más sólida, pero no se han cambiado sus fundamentos absolutamente en nada: sigue asentada en el barro de la inestabilidad y los privilegios, sólo se le han puesto puntales -mayormente públicos- para conseguir que no se desmorone.

La situación, por otra parte, incluso se ha complicado por la revolución tecnológica, que está impactando de lleno en el mundo de las finanzas. Nos referimos a la imparable desaparición del dinero en efectivo en favor de los pagos digitales. Actualmente, los billetes y monedas en circulación ascienden sólo a 1,1 billones de euros, frente a los 17,5 billones de euros depositados en instituciones bancarias. Así, la creación de dinero está quedando completamente en poder de la banca, porque ellos son los que generan los depósitos al prestar dinero y porque además están desde el sector público garantizados.

Esta tendencia está siendo motivo de preocupación para los bancos centrales. Por ello, abordamos también la solución que vienen barajando: la emisión de dinero digital soberano; esto es, que podamos mantener tanto los particulares y las empresas nuestros depósitos directamente en el banco central y no en la banca. ¿Cuál sería entonces el papel del sistema bancario? La banca quedaría despojada del poder de crear dinero, que debe ser una función del Estado, y sería sólo financiadora de la economía real, función que sí debe desarrollarse desde el ámbito privado. El seguro de depósitos ya no tendría sentido. No habría temor a los bancos too big to fail. Se eliminaría tantísima regulación y tanto personal que requiere gestionarla. Y también estaría controlada el nivel de deuda.

La solución parece maravillosa, ¿pero qué problemas conllevaría que la decisión estuviera concentrada en un comité de banqueros centrales y no como ahora descentralizada?, ¿cómo podría llevarse a cabo la transición de un sistema a otro cuando se ha construido el Estado del bienestar sobre una montaña de deuda?, ¿estamos obligados a una huida hacia adelante? El debate, por tanto, está abierto. Mientras, la deuda del mundo sigue subiendo: ya supera los 244 billones de dólares, el 318% del PBI global.

La financiación empresarial del futuro

Carmen Pérez | 25 de noviembre de 2018 a las 12:57

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/11/2018

Los retos a los que se enfrenta el sector bancario español, que son compartidos en gran medida por otros sistemas bancarios de la eurozona, son objeto frecuente de análisis en nuestros días. Menos usual, sin embargo, es la reflexión sobre la forma en que esta reconversión en la que está inmersa la banca, y que la hará ser distinta en el futuro, va a repercutir en la financiación de las empresas. Y al contrario, cómo el cambio que las empresas están a su vez experimentando hará que la banca modifique su modelo de negocio.

Uno de los retos que suele señalarse como clave para el sector bancario es el de incrementar su fortaleza. Todavía le queda mucho por hacer en cuanto a la reducción de activos deteriorados por la crisis y tienen que continuar adaptándose a los cambios regulatorios pendientes. En este sentido, hay que ser conscientes de que esta conveniente presión regulatoria hará que las entidades sean más sólidas,’ pero es más que posible que esto se traduzca en un mayor coste de financiación para la empresas.

Las nuevas tecnologías también está transformando la financiación empresarial, al facilitar la llegada de nuevos, numerosos y diferentes competidores financieros: desde pequeñas empresas fintech hasta las grandes tecnológicas que se están introduciendo en el mundo financiero. Asimismo, plataformas de crowdlending o esquemas basados en las redes sociales, que ofrecen factoringconfirming o hipotecas. Y fondos que invierten en préstamos corporativos de distinta naturaleza. Así, a las empresas del futuro se les está abriendo un panorama muy positivo, con gran diversificación de las fuentes a las que acudir, pero que exigirá de ellas una mejor formación financiera.

A la banca, por el contrario, esta intensa competencia le obliga a transformarse en una banca con menores costes, más eficiente y mucho más cercana si no quiere perder la vinculación con sus empresas clientes. Un enorme reto, porque además parte de unos niveles de rentabilidad muy debilitados por el impacto de la crisis y por la reestructuración acometida -oficinas y trabajadores- para adaptarse a un menor volumen de negocio.

La tendencia creciente hacia la desintermediación viene a intensificar el efecto anterior. Cada vez en mayor medida la gran empresa está financiándose en los mercados. Y también se están poniendo las condiciones -el Mercado Alternativo de Renta Fija- para que se animen las que no son tan grandes. Ante esto, la banca tendrá que reorientar su modelo de negocio, convirtiéndose en una banca de servicios para las empresas, estableciendo una relación directa y especializada con ellas, que permita que los ingresos por comisiones palien los menores de la concesión de crédito.

Por último, la empresa del futuro será diferente porque tendrá un mayor peso de la inversión en activos intangibles. Los intangibles no son colaterales claros debido a su carácter específico, a las asimetrías de información en su valoración en uso y a su bajo valor de liquidación. A la banca se le plantea otro gran reto: tan dependiente hasta ahora de las garantías físicas, no tendrá más remedio que adaptar sus sistemas de valoración y de supervisión de riesgos.

Banca y cambio climático

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:32

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/11/2018

Este martes, Sabine Lautenschläger, miembro del BCE, pronunció en Nassau un excelente discurso, Diez años después de la crisis financiera: riesgos, normas y supervisión, en el que se preguntó si el sector bancario se ha convertido en un lugar más seguro. Aunque su respuesta es afirmativa, advierte de que este negocio evoluciona constantemente. Lo que es seguro hoy podría no serlo mañana. Repasa muchos riesgos que ya tiene encima la banca, como el Brexit, el cambio de política monetaria, las tensiones comerciales, los activos improductivos, la revolución tecnológica o la banca en la sombra. Pero también se detiene especialmente en unos riesgos que pueden convertirse en problemas del futuro: los relacionados con el cambio climático.

Cita los riesgos físicos, como tormentas, inundaciones, sequías, olas de calor o el aumento del nivel del mar. Estos fenómenos, que están siendo más frecuentes y más severos, en la medida que no estén convenientemente asegurados, tienen efectos muy directos sobre el riesgo crediticio de los bancos, entre otras cosas, a causa de las garantías dañadas.

También se refiere a todo el negocio que se está desarrollando en torno a la financiación verde. En este sentido, ya tuvimos ocasión de contar aquí hace unos meses el aumento espectacular que están teniendo los bonos verdes, cuyo volumen ha pasado de los 2.600 millones de dólares en 2013 a los 150.000 millones de dólares en 2017.

Lautenschläger señala que la innovación financiera puede ser muy positiva, pero advierte de la importancia de controlar las finanzas verdes tal como lo haríamos con cualquier otro tipo de innovación financiera. Sin embargo, como también recogimos aquí en otra tribuna, ya hay ejemplos de querer caminar hacia una economía más sostenible a costa de alterar la estabilidad financiera. El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, propuso que se estudiara la posibilidad de reducir los requisitos de capital para los préstamos verdes bancarios.

Por otra parte, también menciona cómo las políticas relacionadas con la transición a una economía baja en carbono puede tener consecuencias de gran alcance para muchos clientes de los bancos, como los fabricantes de automóviles o los proveedores de energía. O por lo que pudieran impactar en los precios de los commodities y la energía, que afectarían a su vez al riesgo de mercado bancario.

Resulta gratificante esta intención de “obligar a los bancos a prepararse para la tormenta cuando el sol está brillando”. Pero de nada sirve que los supervisores detecten las nubes que se acercan sin que los políticos esté alineados con ellos. Y es para echarse a temblar al escuchar lo que Lautenschläger nos dice: se repite la Historia; en tiempos de crisis todos están de acuerdo en fijar reglas estrictas. Pero tan pronto como las cosas comienzan a mejorar, las reglas se ven repentinamente como un impedimento para que los bancos hagan buenos negocios y la economía crezca. También es descorazonador oírla reconocer la lucha titánica que mantienen para evitar el arbitraje regulatorio, citando casos en los que se demuestra lo bien que saben los bancos maniobrar para sortear las reglas.

Unión Bancaria Europea: ¿el lugar para estar?

Carmen Pérez | 24 de julio de 2018 a las 9:10

TRIBUNA ECONÓMICA, 6/7/2018

El título de este artículo no es original. Es el de un discurso que pronunció en mayo la vicepresidenta del Consejo de Supervisión del BCE, Sabine Lautenschläger, en Dinamarca. En él defendía que hay que completar la Unión Bancaria Europea: “Hay mucho que ganar si se consigue”. Llegó incluso a definirla como un lugar cómodo, cálido y seguro, utilizando el término hygge, que tan de moda han puesto los daneses. Desde luego, si ha de aceptarse el sistema bancario tal como está, tiene razón, éste ganaría en solidez y estabilidad con el respaldo público europeo conjunto. Pero “el lugar para estar” sería mucho más hygge si se cambiara el sistema, desligando completamente las finanzas públicas de las privadas.

En todo caso, el primer paso que se dio para la construcción de la Unión Bancaria -la supervisión de los grandes bancos desde Europa- está lleno de ventajas. Lautenschläger las detalló: la supervisión es más homogénea; mejora el conocimiento sobre la banca; los expertos de los diferentes países aprenden unos de otros; y se producen economías de escala. Pero le faltó mencionar la principal razón por la que se acometió este cambio: era necesario superar una supervisión nacional que tiende, como demostró la crisis, a favorecer a sus propios bancos.

Para el segundo pilar, el Mecanismo de Resolución, creado para que se encargue de los bancos con problemas, Lautenschläger defendió que su Fondo esté respaldado con recursos públicos. Esto es, que en el caso de tenerse que rescatar algún banco, además de las aportaciones bancarias, haya dinero público europeo también disponible para ello. Esta propuesta va para adelante, aunque lenta. El pasado fin de semana, la Cumbre del Euro celebrada en París se ha comprometido a proporcionar en el futuro ese apoyo a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad, una vez que éste se reforme.

Por último, también pidió que se avance en el pilar que falta, que supone el establecimiento de un Fondo de Garantía Europeo. Esto no sería, como lo anterior, comprometer una cantidad determinada, sino que sería asumir completamente el riesgo bancario por el sector público europeo. Este tercer pilar es el más problemático, y los tiempos para desarrollarlo se extienden aún más. La Cumbre del Euro sólo ha señalado que se debe comenzar “una hoja de ruta para iniciar negociaciones políticas sobre el Sistema Europeo de Garantía de Depósitos”.

Los países de la Eurozona llevan años sin ponerse de acuerdo, y siguen sin hacerlo, porque algunos se plantean hasta qué grado quieren hacer causa común con el riesgo de los bancos. Pero en ningún momento se cuestionan retroceder en ese cóctel molotov de finanzas públicas y privadas en el que estamos inmersos: sólo discuten si mantenerlo a nivel nacional o europeo.

El camino que se ha seguido desde hace décadas con la banca va exigiendo un respaldo público cada vez más fuerte. La Unión Bancaria no es sino otro paso más en este sentido. Puede ser el lugar al que estamos abocados, arrastrados por el pasado, pero la pregunta de Lautenschläger tiene una respuesta segura: para quienes realmente la Unión Bancaria Europea es un lugar hygge es para los bancos.

Suiza vota: ¿quién debe crear el dinero?

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 9:54

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/6/2018

El próximo domingo los suizos están llamados a las urnas. Votarán la iniciativa Vollgeld o Dinero Soberano, cuya aprobación supondría un cambio radical en su sistema bancario. El lema de los promotores ¿Quién debe crear nuestro dinero? o la pancarta que algunos colgaron en el Banco Central de Suiza Por favor, recuerda para qué existes, centran muy bien el tema. Es una reforma de la que no sólo se ocupa Suiza, sino que ha despertado interés en todos los ámbitos: se discute en parlamentos y bancos centrales; se estudia en el mundo académico y en las consultoras más importantes; y numerosas personalidades de las finanzas, como Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra, o Miguel Ángel Fernández Ordoñez, ex gobernador del Banco de España, se han pronunciado como partidarios. Pero es en Suiza, donde 100.000 firmas bastan para convocar un referéndum, donde se ha llegado más lejos.

Se trata de devolver al Estado el monopolio de la creación de dinero, que vuelva a ser una función pública. Esto se conseguiría si las empresas y personas tienen cuentas abiertas en el Banco Central, depositando su dinero allí en vez de en los bancos comerciales. El Banco Central emitiría su propia moneda, pero digital, que sería exactamente igual que los billetes y monedas. La banca mantendría sólo la función de asignar el dinero, aunque otras propuestas más radicales, como la suiza, ni le dejan eso.

Al eliminar la alquimia de creación de dinero por parte de los bancos, la masa monetaria no dependería de ellos como ahora, que la inflan o desinflan en función de sus privadas expectativas. El respaldo público a los depósitos bancarios ya no tendría sentido ni habría temor a los bancos too big to fail. Además, también estaría bajo control el nivel de deuda y se podría manejar mejor la política monetaria, que no tendría que ejecutarse a través de la banca.

Por contra, sus detractores señalan dos críticas principales. La primera, que conllevaría una restricción y encarecimiento del crédito para empresas y familias. La segunda, que el control de la cantidad de dinero estaría burocratizado, concentrándose la decisión en un grupo de técnicos del Banco Central.

Iniciativas similares ya se plantearon sin éxito en el pasado por economistas de la talla de Fisher, Friedman o Tobin. Pero las circunstancias actuales favorecen el cambio de paradigma financiero. Porque esta cuestión se solapa con otra con la que está íntimamente conectado y que agudiza el problema: la desaparición del dinero físico, que daría aún mayor poder a la banca. Y porque ahora se dispone de la tecnología blockchain, adecuada para emitir monedas digitales soberanas.

Lo más probable es que la votación suiza se pierda. Además de que su propuesta es de las más extremas, la relevancia del mundo financiero allí es enorme. Pero el debate en sí resulta de lo más positivo. Hay que salir de la ignorancia generalizada que existe sobre los verdaderos entresijos del sistema bancario. Entenderlo nos llevará directamente a exigir un modelo de banca mejor para todos.