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Corrida bancaria silenciosa

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:27

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/6/2017

Todos recordamos películas -Mary Poppins, entre ellas- que representaban corridas bancarias, con imágenes de gran cantidad de clientes haciendo cola a las puertas de un banco, intentando retirar su dinero. El pánico puede llevar a un banco hasta la bancarrota en poco tiempo: mientras más personas retiran sus depósitos, la probabilidad de impago se incrementa y se agudiza el proceso. Cuando el dinero era exclusivamente físico, todo esto era visible y muy rápido. Hoy en día, las retiradas de fondos se hacen desde casa, con transferencias a otros bancos, sin que nadie aparentemente se entere. En silencio.

Detrás del pánico suele existir fundamento. El Popular llevaba años mal. Su rating era ya de bono basura. Pérdidas en 2016 de casi 3.500 millones de euros. Activos improductivos por 35.000 mil millones, derivados del sector inmobiliario, en el que entró en el peor momento. La acción cotizaba a la baja desde hacía tiempo y los bajistas se agarraron a la situación como los perros a su presa: imparable el descenso. La sangría de depósitos se tornó hemorragia sin posible taponamiento. Los empleados, clientes, administraciones públicas, empresas: se iban los que tenían depósitos cubiertos -el miedo es libre- y no cubiertos: hasta 18.000 millones de euros.

La forma de trabajar la banca conlleva este riesgo. Como falte la confianza, incluso siendo solvente a largo plazo, una fuga de depósitos masiva conduce a una insolvencia a corto plazo, sin remedio. Asegurarlos hasta 100.000 euros y la provisión de liquidez desde el banco central son los muros de contención de las corridas bancarias. Para el Popular no han sido suficientes. El procedimiento de resolución ha sido impecable: la normativa vigente protege al depositante sin que sufra el contribuyente. Se lo ha quedado el banco de Santander por un euro. Se le acusa de haber hecho negocio. Si hubiera sido Bankia, muchos opinarían que el Estado había cargado con un muerto.

Lo que no puede entenderse es cómo los gestores no hicieron durante años nada para evitarlo. Quizá quisieron aguantar con las propias fuerzas. Pudieron pedir el rescate en 2012 o haber vendido cuando aún estaban a tiempo. Ron, sin transparencia y sin afrontar los activos deteriorados con diligencia. Saracho, hablando demasiado, sin acompañarse de una propuesta de solución resuelta.

Los accionistas, los poseedores de bonos contingentes convertibles -Cocos- y subordinados se han quedado sin nada. El alto riesgo que tienen estos productos financieros se ha puesto de manifiesto.

La cúpula directiva del Popular ya ha recibido demandas. Es inadmisible que se vayan a casa de rositas y con millones de euros. No serán los únicos. Al BCE le rebatirán la declaración de inviabilidad. A la Junta Única de Resolución, que así resolviera. A los supervisores, que no prohibieran las posiciones en corto; que no hablaran antes o que sí lo hicieran. Contra la auditora, contra el Santander… Los que más probabilidades tienen de éxito son los que acudieron a la ampliación de hace sólo un año, muchos empleados o incitados a comprar con préstamos. Con todo, la solución que se le ha dado a la silenciosa corrida bancaria del Popular parece la correcta.

Se vende

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 18:28

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/5/2017

Finalmente, el banco Popular ha colgado el cartel de Se vende. Quiere que la operación se cierre antes del 10 de junio, según JP Morgan, la entidad encargada de recoger las ofertas de los posibles compradores. Aunque esto no concuerda con la comunicación de hecho relevante remitida el 16 de mayo por Banco Popular a la Comisión Nacional del Mercado de Valores: que sólo se trata de explorar el mercado, que “no se ha adoptado decisión definitiva”, y que las propuestas no son vinculantes, pero que en todo caso servirán para sopesar las distintas alternativas. Entre ellas, la que ya estaba sobre la mesa: la ampliación de capital. Pero lo cierto es que cualquier cosa puede pasar, incluso que cuando se lean estas líneas la venta ya estuviera cerrada.

Lleva mucho tiempo buscando soluciones: cambios en su cúpula directiva, venta de filiales y participadas… El deterioro de la entidad es constante: la cotización de la acción de Popular ha mantenido una tendencia bajista estos últimos años; los depósitos de los clientes también bajan. Se adentró en el sector inmobiliario tarde, en el peor momento, cuando estaba más caro. Y esas operaciones han ido dando la cara: 36.800 millones de activos problemáticos, entre créditos y activos adjudicados. Imposible salir de ahí solo, y menos en el contexto actual de baja rentabilidad bancaria.

Datos de esta situación, así como los relativos a importantes litigios pendientes, o de los niveles de solvencia, fueron puestos a disposición de las grandes entidades bancarias la semana pasada para que pudieran definir qué se haría con él, y a qué precio estarían dispuestas a pagarlo. Santander y Bankia han dado un paso al frente, y desde el martes figuran en la primera lista de interesados en comprarlo. Lo que no quiere decir que algún otro, nacional o extranjero, pueda añadirse al carro.

La sorpresa ha sido lo de Bankia. Una entidad que tiene que pedir permiso al Banco Central Europeo para cada operación corporativa que haga. A la que Bruselas tiene fecha puesta para que sea privatizada. Y que ahora está inmersa en la fusión con BMN, la otra entidad nacionalizada. Pero cuando a una propiedad se le pone el cartel de Se vende su valoración cada día que pasa queda perjudicada. Es posible que no haya compradores en firme, o que quieran comprarlo a precio demasiado de saldo. Y que pase el tiempo, y que la ayuda pública empezara a ser necesaria. Todo induce a pensar, que participando en el proceso, si hiciera falta, ahí estaría Bankia, que al comprar Popular estaría nacionalizándolo por la puerta falsa. Y, en todo caso, es un aviso para navegantes.

Si al final compra Bankia, la banca pública quedaría reforzada, pasaría a ser el mayor banco de España. Añadir al Popular, con 1.600 oficinas, también tendría más ventajas, porque este banco tiene una situación privilegiada en el mercado de créditos a la pequeña y mediana empresa, con casi el 18% de la cuota de mercado. Lo mismo, con la buena y profesionalizada gestión que está llevando, cuando llegue la fecha -antes de final de 2019-, hay que decirle a Bruselas que no queremos recuperar la ayuda pública, ¡que nos quedamos con Bankia!

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¿No quiere un préstamo?

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:03

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/5/2017

Entro en la sucursal. Hacía mucho tiempo que no iba, lo soluciono casi todo por internet. Está distinta, reformada. Han eliminado las mamparas que aislaban la caja. Tampoco hay colas. Ahora hay que coger número. Marco mi DNI. Al parecer te atienden antes si eres cliente de la entidad. Al rato llega mi turno: tengo que pasar al despacho número 7.

-¡Hola, buenos días! Vengo por la tarjeta. No funciona. Intenté sacar dinero y el cajero no la aceptaba.

-¡Buenos días! No se preocupe, pasa a veces, debe haberse dañado la banda magnética, pediremos otra. ¿Su DNI?

Se lo facilito. El agente lo teclea, y se pone a trastear con el ordenador. Observo. Las mesas también son nuevas; redondas, supongo que buscando la cercanía y la confianza con el cliente.

-Podríamos darle un préstamo. ¿No quiere comprarse un apartamento en la playa? Tiene usted margen…

-¿Margen?, ¿yo?, ¿cómo sabe…? Ah, ya, está mirando mi nómina… Pues no se equivoque, este mes en mi empresa hay una extra, no es mi sueldo corriente…Además, muchas gracias, pero no quiero una segunda vivienda. Al revés, no veo la forma de reducir más rápido la hipoteca que tengo. Temiendo estoy que suban los tipos de interés…

-Sí, ya, ahora veo los otros meses…Aún así: ¿tiene coche?, ¿no quiere cambiarlo? Podríamos financiárselo a un tipo de interés muy conveniente…

-Se lo agradezco de nuevo, pero ni tengo coche ni quiero. Sólo he venido por lo de la tarjeta. Por cierto, he visto que ahora cobráis una comisión mensual, aunque la utilizo constantemente.

-Le estoy tramitando una nueva, le llegará dentro de unos días a su domicilio. Y sí, ahora el banco ha empezado a cobrar por ellas, ¡política de la empresa!…¿Tiene usted hijos?, ¿no necesitan aprender inglés?, ¿un máster? También podría acceder a un préstamo…

-No, no, gracias. Si me hiciera falta, ya vendría…

El agente no se rinde, sigue investigando mi cuenta. Insiste.

-¿No necesita reformar la cocina, o los baños o comprar muebles?

-Para serle sincera, sí, pero ahora no voy a hacerlo. Y le ruego que no me incite más al endeudamiento. Ya es suficiente. Sólo le ha faltado decirme que ya tengo una edad y que si quiero dinero para algún retoque estético. Dígame si hace falta que firme o algo, por lo de la tarjeta. Me quiero ir ya de aquí”.

Así está la banca. Y no es de extrañar, no venden lo suficiente: en el año 2016 el volumen de crédito se redujo en un 4% respecto al año 2015, con una caída acumulada del 32% desde el año 2010.

En este periodo han cerrado el 37% de las oficinas y han despedido al 27% de los empleados.

Actualmente, la política comercial para conseguir nuevos préstamos está siendo muy agresiva, sobre todo con familias y pymes, porque a pesar de que los nuevos préstamos a estos colectivos ya mantienen los niveles previos a la crisis, quieren compensar con ellos la caída tan espectacular (-66%) de préstamos con grandes empresas.

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Claridad en las comisiones bancarias

Carmen Pérez | 24 de marzo de 2017 a las 19:47

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/3/2017

Todos tenemos claro que nadie va a prestarnos un determinado servicio sin cobrarnos por ello. Sin embargo, nos resistimos a aceptar que se nos cobren comisiones cuando se trata de servicios bancarios. Siempre se ha argumentado al respecto que ya tienen suficiente con manejar nuestro dinero. En este sector nos han acostumbrado tan mal en el pasado que ahora les está siendo muy difícil reconducirnos. Y eso que no es nueva la obsesión de la banca por elevar sus ingresos vía comisiones: tal y como veían reducirse los márgenes de intermediación, desempolvaban la idea. Como en los años 90, con la aparición de las supercuentas remuneradas, cuando también lo intentaron con fuerza. En la actualidad, con la intensa crisis de rentabilidad que por diversos motivos está viviendo la banca, la presión está siendo muy alta.

Las comisiones que cobró la banca española el pasado año superaron los 19.000 millones de euros. Pero a pesar de este elevado importe, según el Banco de España, aún estamos a la cola de Europa: a nuestros bancos las comisiones sólo les aportan el 23% del margen bruto, frente al 28% de media que suponen en la Unión Europea. La tendencia es a ampliarlas y a encarecerlas. Para evitar algunas de ellas se nos incita -incluso se nos obliga- a que hagamos nosotros mismos las operaciones, a que nos olvidemos de usar dinero físico y a que nos vinculemos estrechamente con la entidad contratándoles productos financieros para que el pack les resulte rentable.

Sin embargo, aunque es más que entendible que defiendan su negocio, no lo es la existencia y alto coste de algunas comisiones concretas. Como la comisión por ingreso en efectivo -3 euros- por ventanilla, cuya razón de ser es “que tienen que anotar el concepto”, y con la que buscan desterrar el movimiento de billetes y monedas. O la comisión -hasta de 39 euros- por los “números rojos”, motivada por “los gastos que conlleva avisar del descubierto”, y que esconde intereses usureros, porque el descubierto suele ser de escaso y de poco tiempo, sólo hasta que llega de nuevo la nómina: una cruz mensual para tantas familias. De hecho, ya hay alguna sentencia, aunque recurrida, que ha obligado a una entidad a eliminarla por completo.

Si las cosas están así, y el negocio bancario se va a sustentar cada vez más en las comisiones, qué menos que sepamos claramente con quién nos estamos casando. Y éste es el objetivo de la Directiva europea 2014/92/EU, sobre la comparabilidad de las comisiones, traslado de cuentas de pago y acceso a cuentas de pago básica, que ahora se está trasponiendo -con retraso- a nuestro ordenamiento jurídico. Según el Anteproyecto de Ley -en consulta pública hasta hace unos días- se determinará una lista normalizada de servicios financieros, común para toda Europa, y las entidades tendrán que informar a los consumidores de sus comisiones en cada uno de ellos.

La idea es que sean fácilmente comparables, por lo que se establecerá además un sitio web gratuito que permita confrontarlas: “Busque, compare y si encuentra algo mejor… cambie de pareja financiera”, porque otro objetivo de esta norma es que esta ruptura no sea en absoluto traumática.

Desertización financiera

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:46

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/1/2017

Hace algunos años pasear por determinadas calles de ciudades españolas era como recorrer una feria financiera regional permanente. Podías encontrar una oficina de Kutxabank, junto a otra de Caja de Badajoz, alguna de Caixa Galicia, otra de Caja Duero, y muchas más de los diferentes bancos y cajas que en su origen tenían un carácter local o autonómico. Todos ellos se habían lanzado a establecer sucursales fuera de su ámbito propio movidas por el gran volumen de negocio financiero que por entonces generaba la economía. Al recorrer estas calles ahora es como si un huracán hubiera pasado llevándose a la mayoría, aunque persisten sus huellas: en las fachadas se observan todavía los huecos de los cajeros que en su día estuvieron operativos. Igual proceso, e incluso más intenso, se ha experimentado en los barrios de la periferia y en los pueblos, llegando en muchos de ellos a desaparecer por completo la presencia financiera. Y no es nada fácil vivir, incluso disponiendo de internet, en un desierto financiero.

El proceso de reestructuración del sector bancario en nuestro país ha sido muy intenso: de unas 50 entidades relevantes sólo quedan 14, con una concentración muy alta: Santander, BBVA y La Caixa acaparan el 50% del mercado. Se fueron uniendo unas con otras en sucesivas fases, desapareciendo prácticamente en el camino las cajas de ahorro y perdiendo en la mayor parte de los casos su identidad territorial. Paralelamente, la reducción de oficinas bancarias ha sido drástica: a nivel nacional, de las 46.118 oficinas bancarias de 2008 quedan 29.325 (-36,4%); en Andalucía, de 7.007, subsisten 4.689 (-33%). Y estos procesos siguen abiertos.

Para mucha parte de la población la nueva situación supone sólo una mayor molestia: las oficinas están más alejadas y hay colas en los cajeros. Pero para otros muchos ciudadanos significa tener que vivir sin asistencia financiera. Siempre han existido pueblos muy pequeños en esta situación pero en estos últimos años se están multiplicando: por ejemplo, en Huelva son 10.000 personas las afectadas; o en Granada, que de 172 municipios, 95 no cuentan con ninguna oficina bancaria.

Es cierto que por internet podemos solucionar muchas de las transacciones financieras, pero hay que disponer de conexión y hay que saber utilizarlo. Y por mucho que el uso de las tarjetas se esté imponiendo, el dinero físico es aún necesario. El colectivo más dañado es el de mayor edad y el de las pymes, sobre todo las turísticas, que se encuentran con esta dificultad añadida para llevar para adelante sus negocios. Se hace esencial, por tanto, buscar soluciones para acabar con estos desiertos financieros. Como mínimo dotarlos con un cajero y de un agente financiero autorizado. O, como ya se hace en algunos municipios, habilitar autobuses que periódicamente transporten a los ciudadanos a los pueblos vecinos o, al contrario, poner en funcionamiento oficinas ambulantes que los atiendan. Y un dato de otro sector a tener en cuenta: Telefónica, 100% privada, tiene la obligación de instalar una línea fija de teléfono al usuario que lo solicite, así viva en el cerro más escondido de las Alpujarras.

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Gresca en Basilea

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/1/2017

Desde que comenzó a funcionar en 1975, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea ha venido acordando un marco de normas mínimas que garanticen la solvencia de los bancos y la estabilidad financiera a nivel global. Así, los acuerdos de Basilea I, II y III se han ido trasladando -en sí mismos no son vinculantes- a los respectivos regímenes jurídicos nacionales sin mayores complicaciones. Sin embargo, con los últimos cambios que ha propuesto el Comité ha saltado la gresca: los bancos europeos -alemanes, franceses y holandeses- denuncian que las modificaciones benefician a los americanos. Sería la primera vez que las decisiones de este Comité se boicotearan. Pero, además, esta polémica, más allá de las cuestiones técnicas, deja traslucir una vez más las complejas relaciones entre lo público y la banca.

El motivo de la disputa es el cálculo del coeficiente de solvencia. Inicialmente la medición del riesgo de los activos era muy simple, un modelo estándar, a base de compartimentos estancos. Pero en un acuerdo posterior se intentó afinar su cálculo para que fuera más sensible al riesgo, permitiendo que las entidades aplicaran unos modelos internos de gran complejidad estadística, que desarrollaban ellas mismas basándose en sus experiencias históricas. La propuesta actual es una vuelta a la sencillez, restringir el uso de los modelos internos y, en todo caso, que el ahorro máximo de capital con ellos sea limitado. Por tres motivos: se duda de que estos modelos midan correctamente los riesgos; se desconfía de los bancos, de que aprovechen la complejidad para presentar una imagen de solvencia mayor de la que disfrutan realmente; y tampoco se confía en que puedan ser supervisados adecuadamente, porque son cada vez más complicados.

137.000 millones de euros serían las necesidades de capital estimadas para los bancos europeos, especialmente los alemanes, franceses y holandeses, que han utilizado en mayor medida estos modelos internos. Ante esto, se han metido en la pelea, a defender a “los suyos”, los ministros de finanzas de esos países, implicando incluso a la Comisión Europea, cuyo vicepresidente, Valdis Dombrovskis, ha exigido enérgicamente que se revisen esas medidas porque, si no, la UE no dará su apoyo al acuerdo.

El gobernador del Banco de España, Luis Linde, que aboga por preservar el uso de los modelos internos, pero que también acepta la posibilidad de incluir ciertas limitaciones, sin que ello derive en una estandarización excesiva, está mediando: “No nos podemos permitir un escenario de no acuerdo”. Estaba previsto que se resolviera el conflicto durante este mes de enero, aunque hace unos días se publicó un comunicado señalando que se necesita más tiempo. Pero, con independencia de cómo termine, esta gresca está evidenciando -una vez más- las interrelaciones del poder político con sus bancos: la configuración actual de nuestro sistema bancario conlleva que la falta de solvencia de los bancos se convierta inmediatamente en un quebradero de cabeza para sus respectivos Estados. Ya lo dijo Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra: “Los bancos son mundiales en su vida, pero nacionales en su muerte”.

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El nuevo modelo de negocio bancario

Carmen Pérez | 27 de noviembre de 2016 a las 18:55

TRIBUNA ECONÓMICA, 11/11/2016

Numerosos representantes de la industria bancaria han analizado recientemente los retos que tiene el sector en este momento tan crucial de transformación de su modelo de negocio. El documento resultante El cambio del modelo de negocio de la banca, editado por el Instituto Español de Analistas Financieros, fue presentado en Sevilla en el Círculo Financiero del club Antares. La nueva regulación bancaria, los competidores digitales, la rentabilidad en este contexto de tipos de interés tan bajos o la situación del crédito en España son las principales tendencias que se debatieron. A través de ellas se puede aventurar cómo será la relación del cliente con esa nueva banca.

Las sucursales bancarias serán como supermercados, con sus estanterías virtuales repletas de productos financieros variados. Funcionará el autoservicio para las transacciones operativas, y se acudirá a la oficina exclusivamente a contratar algún producto, para recibir asesoramiento con calma. Los agentes comerciales, sobradamente cualificados, tendrán que guiar al cliente por el complejo mundo financiero actual; su tarea -y su responsabilidad- residirá en ayudarle a tomar la decisión adecuada, que desbordará incluso los productos propios de su grupo bancario, exponiendo los riesgos, los costes o sus implicaciones fiscales.

De forma similar se comportarán antes los productos de activo, cuando el cliente quiera negociar una hipoteca o un préstamo. El análisis de crédito tendrá que retornar en gran medida a épocas pasadas, especialmente en las empresas, porque los intangibles ganarán peso en su balances. Así, con menos activos reales que sirvan de garantía, el papel del analista es esencial para valorar esos activos con menores valores residuales. No obstante, el crédito no volverá a suponer la fuente de rentabilidad de antes de la crisis: los altísimos niveles de endeudamiento no se repetirán, con las fintech habrá mayor competencia y las grandes empresas se financiarán más en los mercados.

Será, por tanto, una banca de menor crédito y de mayores servicios financieros, que se habrán de remunerar de forma suficiente. Pero si quieren fomentar los ingresos por comisiones, tendrán que conseguir un cambio de mentalidad en la población, acostumbrada a no pagarlas. Para ello, se hace completamente necesario que recuperen la confianza perdida y que además los clientes perciban con claridad que su intervención les aporta un valor añadido en las operaciones contratadas.

En definitiva, una banca que mantenga una relación con el cliente directa, cercana y muy especializada. Un panorama estupendo, pero para el que pueda disfrutarlo, porque el sector tiende -el FMI y el BCE lo recomiendan- a una mayor concentración. En España, en la que ya es muy alta, con menor número de entidades se corre el peligro de que no se atienda adecuadamente a las poblaciones de escaso tamaño. No sólo porque se elimine en ellas la sana competencia sino porque incluso no haya ni presencia: Liberbank, que aglutina a seis cajas que cumplían ese papel de banca de proximidad, sustituirá, antes de final de año, 150 sucursales en pequeños pueblos por agentes financieros franquiciados.

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Juegue bien sus bazas

Carmen Pérez | 19 de septiembre de 2016 a las 7:21

TRIBUNA ECONÓMICA 2/9/2016

Los bancos siempre han buscado en las relaciones con los clientes particulares obtener rentabilidad, es obvio, pero como disponían de suficiente holgura en el desarrollo de su actividad podían permitirse tener clientes para cada uno de sus productos aisladamente -todos con rentabilidad sobrada- y no tenían que poner demasiado énfasis en el cobro de comisiones. Hoy en día, con la rentabilidad bajo mínimos, están redefiniendo su modelo de negocio. Se han vuelto minuciosos y calculadores, y estudian al cliente particular mediante una cuenta de resultados -el método habitual con las empresas- en la que se contempla todo el negocio financiero completo que el cliente esté dispuesto a llevarles. En este sentido, y como un buen manual de negociación aconsejaría, tener información sobre la otra parte puede ser para cualquiera de nosotros un elemento clave para hacerlo con eficacia.

Los depositantes eran tradicionalmente los que entraban en los bancos con la cabeza alta: con su dinero hacía negocio la banca. Ahora no se les quiere, y se les cobrará por su dinero -quizá camuflado bajo comisiones- si no aportan algo más que lo acompañe. En todo caso, el director de la sucursal buscará que trasladen sus depósitos hacia fondos de inversión, lo que les libra del marrón de la liquidez al mismo tiempo que obtienen buenas comisiones. En cuanto a los que solicitan préstamos, los verdaderos clientes, las entidades se desviven por captarlos si son solventes. Especialmente les interesan los préstamos al consumo, por sus altos intereses y sustanciosas comisiones. También, los préstamos hipotecarios, con tipos de interés mucho menores, pero con menor exigencia de recursos propios y con los que consiguen vincular al cliente a largo plazo.

Además de fondos de inversión y préstamos al consumo hay que añadir otro al ranking de los productos deseados por la banca: los seguros. El director de la sucursal será feliz si se los contrata. Domiciliar la nómina o pensión, compras habituales con las tarjetas o domiciliar recibos son aspectos que también buscan asegurarse. Al cliente le endosan la operativa diaria -obtención del efectivo, transferencias, traspasos, devolución de recibos, etc.- a través de internet y las cómodas App que están activando, normalmente con el apoyo -vía teléfono, email o whatsapp- de un gestor personal. En la sucursal de referencia, más lejos y más grande, están dispuestos para asesorar al cliente y captarlos para operaciones más complicadas.

Así, siguiendo la máxima latina Do ut des (te doy para que me des), dependiendo de lo que el cliente requiera y de su grado de vinculación con la entidad, fijarán las condiciones para cada uno de los productos (tipos de interés y comisiones, resumidos en la TAE); le eliminarán parcial o totalmente las comisiones de los diferentes servicios financieros; e incluso le ofrecerán recompensas como obtener acciones de la entidad, reembolsos o diferentes regalos. La tendencia en la actualidad es que estos packs estén preestablecidos, al menos en sus líneas generales.

Conociendo todo esto, juegue bien sus bazas. Y lea la letra pequeña, que las permanencias también han llegado a la banca.

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Empujados al riesgo

Carmen Pérez | 4 de septiembre de 2016 a las 10:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/8/2916

ES posible que en los próximos meses su banco le envíe una carta advirtiéndole que ante determinadas circunstancias empezarían a cobrarle por mantener su dinero en las cuentas de la entidad. O que si abre un nuevo depósito encuentre en el contrato una cláusula que lo contemple. Y ya le es posible comprobar cómo el director de cualquier sucursal bancaria, si le lleva dinero, sin añadirle más negocio financiero, busca la forma de disuadirle de dejarlo allí, dirigiéndole a otros productos -fondos de inversión- o le anima a acudir a alguna otra entidad que pueda ofrecerle mayor rendimiento. Los bancos no tienen apetito de dinero, están encharcados en él; pueden obtenerlo si lo necesitan del Banco Central Europeo (BCE) al 0%, y tienen que andarse con cautela al tomarlo de los clientes porque su exceso les cuesta a ellos al depositarlo en el banco central un O,4%.

La remuneración media que recibieron los depositantes españoles el pasado año fue del 0,35%, la media de los nuevos actualmente es del 0,22% y la cuestión es si se socavará el suelo del 0%. En algunos países ya lo han hecho: en Alemania, Commerzbank, uno de sus mayores bancos, cobra, aunque sólo a clientes institucionales y grandes empresas; y algunos más pequeños, como Skatbank, por los saldos superiores a 500.000 euros, o Gmund am Tegernsee, que percibirá un 0,4% desde septiembre si los depósitos superan los 100.000 euros. En Dinamarca o Suecia también sucede, y HSBC o Royal Bank of Scotland, con la reciente bajada de tipos del Banco de Inglaterra tras el Brexit, ya han comunicado que están dispuestos a hacerlo.

El atrevimiento de estos primeros bancos puede provocar que los depósitos se desplacen hacia otros que aún no penalicen creándoles tensiones por exceso de liquidez por lo que terminen por obligarles a adherirse también. De momento, la mayoría de los bancos aguantan, ideando nuevas comisiones por servicios que antes eran gratuitos o compensando el coste con los ingresos de otros productos financieros que contrate el cliente con ellos. Pero algunos bancos están tan molestos que hasta han amenazado con sacar su propio dinero y guardar los billetes en bóvedas acorazadas para evitar la penalización que el BCE les impone por depositarlo allí.

Ante todo esto, Benoit Coeuré, consejero del BCE, ha querido tranquilizar a los depositantes minoristas, pero lo cierto es que las políticas expansivas de los bancos centrales, por muy necesarias que sean para reactivar la economía en su conjunto, no son en absoluto inocuas: los pequeños depositantes son grandes perjudicados. Privados ya de los justos rendimientos que percibían, sería del todo inadmisible que se impusieran los intereses negativos -directamente o camuflados bajo comisiones- y que sus capitales empezaran a mermarse. El dinero es tiempo, y los depositantes cambian presente por futuro, abriendo posibilidades para más adelante, y así poder completar la jubilación, atender la educación futura de los hijos o afrontar imprevistos, como paros o enfermedades. Esfuerzos realizados en el pasado que la irracionalidad financiera en la que vivimos les está invalidando, empujándoles a realizar un esfuerzo adicional: ahorra, pero que sea arriesgando.

 

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Desbancarizar la economía

Carmen Pérez | 1 de septiembre de 2016 a las 9:24

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/8/2016

La función de un sistema financiero es conseguir que el dinero de aquellos a los que les sobra llegue de la forma más eficiente a aquellos otros a los que les hace falta. Pero la manera de organizar esta conexión varía de unos países a otros. EEUU ha primado tradicionalmente el entendimiento directo -con ayuda de brókers o dealers- en los mercados, mientras que en Europa se realiza en mayor medida a través de la intermediación bancaria: el sistema bancario en EEUU es de una vez su PIB, frente al europeo, con un tamaño de tres veces su PIB; por contra, los mercados financieros americanos de deuda y bursátiles mueven un volumen de negocio muy superior a los europeos. Dada esta situación, la Comisión Europea tiene como una de sus prioridades desarrollar la Unión del Mercado de Capitales, UMC, plan cuya finalidad es ampliar las vías de financiación para las empresas, especialmente de las pymes, y ofrecer vías de ahorro y de inversión a los hogares europeos, plan que reducirá el grado de bancarización de nuestra economía.

Al igual que la Unión Bancaria, esta reforma es consecuencia de la crisis, que puso de manifiesto que la dependencia excesiva de la banca hace a nuestro sistema financiero más vulnerable: implica una mayor interdependencia entre las crisis financieras y económicas, y permite una trasmisión más imperfecta de la política monetaria. Sin embargo, los problemas que hay que resolver para conseguir llevarla a cabo no son pocos. Están implicados los 27 países de la UE (la City, mayor beneficiaria potencial, queda fuera con el Brexit), con marcos legales y fiscales heterogéneos, normativas contables y de insolvencia que armonizar, diferentes divisas, prácticas de mercado con estilos propios, etc.

El éxito dependerá, como en cualquier mercado, del grado de atracción de compradores y vendedores de los productos -activos financieros- que se negocian en él: de deuda (bonos corporativos, bonos de proyecto, titulizaciones y cédulas y deuda privada), de fondos propios (acciones y capital riesgo) o híbridos (bonos convertibles). Como sin capital un mercado no tiene sentido, para atraerlo es fundamental que se atiendan las necesidades -liquidez, transparencia y simplicidad- de los inversores, e incluso ofrecerles incentivos. Así, el plan -que culminará en 2019- combina una amplia variedad de medidas; las más recientes son los nuevos reglamentos sobre el capital riesgo y los fondos de emprendimientos social, aprobados en julio.

Pero este desplazamiento de la actividad financiera hacia los mercados conlleva un gran peligro. El inversor minorista, con escasa educación financiera, está acostumbrado a canalizar sus ahorros a través de la banca, sometida ahora a controles más rigurosos tras los abusos del pasado. Con la UMC se verá inmerso en un mundo financiero más amplio y complejo, con más oportunidades de inversión, y con mercados que pueden tener por su propia idiosincrasia normativas más laxas, como nuestros MARF y MAB para pymes. Si no se observan en el desarrollo de la UME las adecuadas medidas de protección al inversor, con la desbancarización podremos asistir en el futuro a una reproducción de los escándalos financieros del pasado.

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