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Revolución copernicana para la banca

Carmen Pérez | 14 de julio de 2015 a las 7:06

CUANDO Copérnico se enfrentó al modelo cosmológico vigente por entonces estuvo seguro de que algo andaba mal: no podían necesitarse esos presupuestos tan enrevesados y un esqueleto matemático de tantísima dificultad para encima explicar defectuosamente la realidad. Siguiendo la vieja convicción pitagórica, Copérnico desconfiaba de lo que necesitaba de tanta complejidad. Quitó la tierra del centro, colocó al sol en su lugar, y las previsiones teóricas empezaron a responder a las posiciones reales detectadas con mucha mayor simplicidad. También nuestro modelo bancario resulta complicadísimo para no conseguir la estabilidad que se requiere ni mantener al contribuyente a salvo de sus descalabros. Pitágoras, sin duda, nos aconsejaría también una revolución en este campo.

Prestar dinero a largo plazo y captarlo, a través de los depósitos, a corto, es una tarea tan delicada que, a los astronómicos niveles en los que se desarrolla, la banca precisa del apoyo público: de la garantía pública y explícita sobre los depósitos; y de la financiación continuada del Banco Central Europeo. El poder político se lo proporciona porque también la necesita: para canalizar la política monetaria; para que adquiera las emisiones de deuda pública que financian los estados, siempre sedientos de recursos; y como instrumento de recaudación, de pagos y de información de las Haciendas Públicas.

Y para que funcione esta simbiosis, se somete al sistema a una hiperregulación. La Autoridad Europea Bancaria, EBA, lo inunda cada año de miles de páginas de regulación procedentes de los reguladores nacionales, comunitarios y de los supervisores internacionales. Además, no sólo es excesiva en cantidad sino que han ido adquiriendo una enorme dificultad y conllevan la utilización de un sofisticado aparato matemático y estadístico, que produce verdadero cansancio existencial. Sin embargo, de nada ha servido tanta complejidad cuando hemos asistido a la mayor crisis financiera de la historia.

¿Qué cambiar? Las revoluciones extremas no aseguran resultados aceptables. Los copérnicos liberales eliminarían de golpe esta interrelación y dejarían que los bancos se comportaran como cualquier otra empresa, pudiendo quebrar. El contribuyente estaría así a salvo, pero dejaría a los depositantes desamparados, ya que tendrían que decidir a qué banco entregarle sus ahorros, analizando minuciosamente la solvencia de cada uno de ellos. Los copérnicos de izquierdas también lo tendrían claro: la nacionalizarían. La protección en este caso sería máxima, pero, dada las experiencias pasadas, el consumo de recursos públicos podría ser muy alto, y, por tanto, gravoso para el contribuyente, aunque no estuviera explicitado en forma de rescates.

Sin embargo, para el actual modelo intervencionista, también hay copérnicos por ahí con propuestas revolucionarias interesantes, muchas de ellas rescatadas del pasado, y que se están considerando. Algunos reclaman una total separación de la banca comercial, que es única que debe recibir el apoyo público, de la banca de inversión. Otros señalan que aunque es cierto que el sistema está hiperregulado, incluso más desde la crisis, a la vez presenta graves lagunas en aspectos claves, porque no limita adecuadamente ni el endeudamiento ni la liquidez de la banca. O denuncian que no se tocan otras cuestiones fundamentales, como el bajísimo coeficiente de caja (1%) que disfrutan, que fomenta una excesiva expansión crediticia. Y por citar alguna otra que va mucho más allá, la propuesta del banco central de Islandia, recogida hace unos días en el Financial Times por Alberto Gallo, en su artículo Rethink needed for monetary policy rol: permitirle a los bancos comerciales que presten sólo dentro de un rango máximo, revisado cada mes.

Si el modelo copernicano funcionaba mejor era porque estaba más cerca de la alineación real de los astros. Para que el modelo bancario funcionara mejor tendría que alinearse también a otra realidad: la lógica avaricia de la banca, la equivocada avaricia de los estados y la humana avaricia de la población, por ese orden, a las que sólo hay que prenderlas con bajos tipos de interés para que se desmanden todas ellas y organicen fenomenales burbujas, de las que sólo puede salirse creando otras.

La revolución copernicana que necesita el modelo bancario no es cuestión de mayor conocimiento, todo se sabe ya, sino de valentía: de la firme voluntad política, libre de la presión de los lobbies bancarios, de imponer un sistema que tenga los controles adecuados, pocos y simples pero rotundos, para que las diferentes avaricias se autosujeten. Pero, como ya dijo Upton Sinclair, “es difícil hacer que alguien entienda algo cuando su objetivo depende de no entender”.

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Esta vez es diferente

Carmen Pérez | 19 de mayo de 2015 a las 7:18

310647999_e47343d8ecThis time is different es el título del libro de los economistas americanos Carmen Reinhart y Keneth Rogoff, que se hizo famoso en plena crisis financiera. Es un detallado recorrido histórico y estadístico de la arrogancia financiera a través de los siglos, de cómo el hombre enloquece y no quiere creer que las burbujas que se forman, y que están bien patentes, terminarán pinchándose. Siempre existe un elemento novedoso al que se agarra para pensar que esta vez será diferente. Hybris le denominaban los griegos, y Eurípides lo explicaba muy bien en esta frase: Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.

Un total desmadre en la concesión de créditos caracterizó a los años del boom. Llevamos años corrigiendo la situación de sobreendeudamiento a la que llegamos y el apalancamiento de las empresas ha ido descendiendo, pero, aunque todavía queda mucho por hacer en sectores concretos, se está produciendo una nueva apertura del crédito.

Sí, los datos certifican que el crédito se está reactivando, y para nuevas operaciones crece ya a un 14% interanual. Lo fomentan de forma importante las TLTRO (Targeted Longer-term Refinancing Operations), por las que la banca capta recursos del Banco Central Europeo, BCE, a unas condiciones extremadamente buenas, y que deben ser utilizados de forma obligatoria para dar préstamos a empresas; y lo favorecen los bajos tipos de interés, derivados también de las políticas del BCE, que a pesar de superar a la media europea, siguen descendiendo.

A la vez, se están intensificando diferentes alternativas financieras, como el capital riesgo, los business angels, el crowdfunding o los fondos de inversión en deuda, por citar algunas. Del mismo modo, se está produciendo un aumento de la financiación directa de las empresas en los mercados financieros, mediante emisiones de deuda o de capital. Así, la reciente ley de fomento de la financiación empresarial es la respuesta legal para favorecer estos cambios. Todas ellas empujarán a que la proporción de financiación bancaria en nuestro país, que representa actualmente el 78% del total de la financiación empresarial, se acerque a los ratios de los países de nuestro entorno, que se sitúan en torno al 55%.

En definitiva, una oferta potencial de crédito importantísima de la que podría pensarse que desembocará en la misma concesión desaforada de préstamos previa a la crisis. Pero no, se ha instalado la prudencia, hoy en día los agentes financieros no quieren asumir riesgos, falta la confianza que entonces sobró. Existe un exceso de liquidez, pero nadie está dispuesto a prestar ni un euro si la demanda no es sobradamente solvente.

El considerable endurecimiento de la regulación bancaria y la experiencia de las entidades bancarias respecto a los altos costes que han soportado con la reestructuración y saneamiento realizados han incrementado su aversión al riesgo. La política de concesión de créditos será mucho más rigurosa a pesar de estar presionadas por la necesidad de obtener rentabilidad. Cuanto más cuando las empresas incorporan cada vez más riesgo en su actividad, ya que los activos intangibles, de menor valor liquidativo en caso de insolvencia, ganan peso en el conjunto de los activos de capital productivo.

La prudencia será necesaria entonces también en los empresarios. Les va a resultar más difícil transferir el riesgo de sus empresas a terceros, a través del endeudamiento, por lo que tendrán que dotarlas de una estructura financiera más sólida, trabajando con más proporción de recursos propios y menos deuda, intensificando además la autofinanciación, reinvirtiendo anualmente mayor parte de sus beneficios.

La crisis no ha pasado en vano, ha servido para detectar malas prácticas financieras, como el sobreendeudamiento empresarial, y reaccionar ante ellas. Pero se están gestando nuevas amenazas, como las derivadas de la intervención tan espectacular que están llevando a cabo el BCE y otros bancos centrales, que está provocando importantes anomalías financieras. Otra burbuja se está formando, ahora con el precio de los activos financieros. La hybris puede reaparecer y hacer pensar que esta vez la situación sí está controlada. Si se ignoran las crecientes señales de peligro, en cuando aparezcan acontecimientos que ahora ni sospechamos, las incógnitas desconocidas, una nueva crisis financiera estará servida. Y volverá a ser diferente.

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Menos sucursales, menos empleo

Carmen Pérez | 13 de mayo de 2015 a las 16:20

 

oficinasLo de tener una sucursal de nuestro banco tan a mano se va a acabar. El ajuste ha sido brutal en estos últimos años. Según los datos estadísticos del Banco de España, en 2008 había 46.065 oficinas de entidades de crédito y establecimientos financieros de crédito, de las que 45.662 eran de entidades de depósito (bancos, cajas y cooperativas de crédito).  Desde entonces no han parado de disminuir, hasta las 31.999 de finales de 2014 (31.817 entidades de depósito). Esto significa una reducción de oficinas en este periodo del  30%. El empleo en el sector, por su parte, ha experimentado una disminución ligeramente menor, del 25%, en el número de empleados respecto a los mismos máximos de 2008.

 

Y este proceso no ha acabado aún. El Informe de estabilidad financiera de mayo de 2015 señala dos causas por las que esta reducción va a continuar: el entorno de tipos de interés muy bajos, que presiona a la baja los márgenes; y el nivel de actividad bancaria, que está todavía contrayéndose. Así, los bancos españoles tendrán que  seguir reflexionando sobre el papel que juegan las oficinas en su estrategia de negocio, y sobre la combinación óptima de empleados y oficinas que necesitan para alcanzar la sostenibilidad.

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Esta reestructuración está acercando al sector bancario español a los parámetros mayoritariamente vigentes en los países de nuestro entorno. En los principales países europeos también se ha producido un descenso del número de oficinas en los últimos años, pero en menor medida a la producida en nuestro país, lo que ha estrechado la brecha. En el futuro próximo se irá sustituyendo  el tradicional modelo de negocio minorista, que aún mantenemos, por una red menos extensa de oficinas con mayor tamaño.

La banca en la sombra

Carmen Pérez | 25 de enero de 2015 a las 10:09

Siete años hace ya que comenzó la crisis financiera. Los supervisores financieros se afanaron desde su inicio por identificar sus causas para buscar soluciones, de manera que no se volviera a sufrir en el futuro una inestabilidad financiera semejante ni se tuvieran que rescatar bancos con fondos públicos nunca más. Hace poco, en Chicago, el vicepresidente del Banco Central Europeo, Vitor Constancio, con un discurso titulado Where to from here? (¿Hacia dónde vamos?), hacía una parada en el camino para recopilar los logros alcanzados y las cuestiones que aún quedan por resolver. Sus palabras muestran preocupación, cuestionando que pueda plantearse siquiera esa pregunta con todo lo queda por hacer: aún no estamos here, nos dice.

Que sí, que por supuesto se han llevado a cabo muchas reformas: una mejor supervisión, mayor coordinación internacional, aumento de los requisitos de capital, o nuevos ratios, por nombrar sólo algunas. Pero enseguida señala el fondo del problema. Estos mayores controles se aplicarán a la parte regulada del sistema, en su mayoría bancos, pero resulta que la actividad financiera desarrollada por estas entidades se está reduciendo estos últimos años -los activos totales del sector bancario han disminuido en Europa un 11% desde 2012- y, paralelamente, se está incrementando la de la denominada banca en la sombra, y ahí queda un mundo todavía por hacer.

La banca en la sombra comprende tanto numerosas instituciones de diverso tipo (fondos de inversión, brokers y dealers, y compañías financieras no bancarias), como determinadas operaciones financieras (préstamos no bancarios, titulización, repos y derivados over the counter, OTC, principalmente). Al respecto, lo primero que hay que destacar es que los bancos tradicionales no son ajenos ni a aquéllas ni a éstas: las fronteras son tan difusas que la banca en la sombra es en gran medida la sombra de la banca.

Por otro lado, muchas entidades, como las de leasing o factoring, se niegan a que se las incluya dentro de este saco, cuyo nombre tiene connotaciones peyorativas; otras muchas denuncian que son los bancos regulados los que están presionando y alarmando excesivamente porque no quieren que otras entidades se lleven una porción del negocio; los bancos, por su parte, denuncian competencia desleal y se quejan de que ellos están asfixiados con tantos requisitos y controles, y que éstos deberían hacerse extensivos a todos los que participan del negocio financiero, distinguiendo actividades y no tipo de entidades.

Las dimensiones que está adquiriendo este sector son enormes (para hacernos una idea, el patrimonio de la americana BlackRock, la mayor gestora de fondos del mundo, equivale a casi tres veces el PIB de España), y no se dispone del conocimiento suficiente ni de estadísticas fiables sobre el mismo, por lo que se desconoce el riesgo potencial que se asume globalmente, los posibles riesgos de contagios y la intensidad de las vinculaciones con la banca regulada, que pudieran conducir a que de nuevo en el futuro tuviera que ser rescatada. Además, también los peligros acechan a los inversores minoristas que confían sus ahorros a estas entidades y actividades, haciendo necesario reforzar con urgencia las medidas de protección del inversor para evitar que puedan ser objeto de fraudes en masa.

Sin embargo, el crecimiento de la banca en la sombra también conlleva importantes ventajas. El negocio financiero que desarrollan está completamente desvinculado de la protección pública -a diferencia de los depósitos de los bancos regulados- y, por tanto, las pérdidas en las que se incurra habrán de ser absorbidas directamente por los inversores; proporcionan alternativas más rentables que los depósitos bancarios, especialmente interesante en el contexto actual de bajísimos tipos de interés; también, gracias al alto grado de especialización que mantienen pueden cubrir con mayor eficiencia necesidades financieras específicas; supone abrir e intensificar nuevos canales de financiación hacia la economía real, que complementen a los tradicionales bancarios; y, por último, contribuyen a diversificar el riesgo fuera del sistema bancario.

La regulación del sistema financiero recuerda al mito de la Hidra de Lerna, a la que Hércules le cortaba una cabeza y le salían otras dos. Con esta última crisis se le ha cortado la cabeza a los bancos, haciéndolos mucho más seguros, pero provocando el desplazamiento del negocio financiero hacia la sombra, y con ello nuevas cabezas que cortar en la lucha contra la inestabilidad financiera y por la protección de los inversores. Hércules contó con ayuda para vencer; Estados, empresas y particulares también podrían contribuir utilizando adecuadamente el sistema financiero: por un lado, evitando el endeudamiento excesivo; por el otro, invirtiendo con conocimiento, responsabilidad y sentido común, pero lo cierto es que en vez de quemar las cabezas, como se venció a la Hidra, a veces las alimentamos.

La clave está en los depósitos

Carmen Pérez | 4 de diciembre de 2014 a las 20:25

LOS bancos dependen en gran medida de los depósitos, y necesitan, por ello, que estén fuera de todo riesgo. La directiva europea garantiza los depósitos de todos los europeos hasta un máximo de 100.000 euros. En España, esta norma está recogida en el decreto que regula el Fondo de Garantía de Depósitos (FGD). También, en esa línea, se están discutiendo los principales términos para las resoluciones y liquidaciones bancarias del futuro Sistema Único de Resolución Europeo (segundo pilar de la Unión Bancaria Europea): accionistas, tenedores de preferentes y obligaciones subordinadas, bonistas y finalmente depositantes con saldos superiores a 100.000 euros será el orden que regirá a la hora de afrontar las pérdidas.

Pero lo de Chipre ha venido a remover estas aguas. Tanto, que los bancos españoles, a través de la Asociación Española de la Banca y de la Confederación Española de Cajas de Ahorro, piden al Gobierno que los depósitos no figuren en ninguna norma relacionada con futuros rescates. Por pedir, piden que sean todos los depósitos los asegurados, sean cuales sean sus importes.

Por su parte, los gobiernos necesitan que el sistema financiero sea estable, que funcione adecuadamente y que sepa atender a la economía real. También ellos están interesados en que los ahorradores estén completamente tranquilos con sus depósitos. Pero, si les toca asumir la protección, ¿qué pueden exigir a cambio? Es verdad que los bancos se ven obligados a realizar unos desembolsos en función del volumen de depósitos al FGD, pero parece lógico pensar que estas cuantías las terminan aportando implícitamente los usuarios financieros, por lo que se convierte así en un impuesto más y los bancos actúan sólo de instrumento recaudador, sin afectarse. Por otra parte, no pueden exigirles que cumplan su función y que concedan más crédito a pymes y a familias, aspecto fundamental para conseguir la recuperación económica. La economía no está para mucha confianza y los bancos piden que sea el Estado el que asuma parte de la morosidad derivada de las operaciones formalizadas con lo que vuelve a salir a relucir otra vez la ayuda pública.

Se necesitan mutuamente, pero la relación dista mucho de estar compensada. Los bancos, como empresas privadas que son, se orientan buscando su beneficio propio, y los gobiernos, por su parte, deben velar por el interés público: ¿cómo ponerle el cascabel a este gato?

Todos los esfuerzos se concentran en evitar a toda costa que esta protección tenga que entrar en funcionamiento. Normas y normas para que no llegue ese momento, pero ya hemos visto -la crisis lo ha dejado bien claro- que en el pasado fueron insuficientes. En este sentido, la intención con el futuro Fondo Europeo para rescatar bancos en dificultades y con el Fondo Único de Depósitos (tercer y cuarto pilar de la Unión Bancaria Europea) es que proporcionen seguridad pero que nunca tengan que ser utilizados.

Sin embargo, meter en cintura a este sector que desarrolla una función tan primordial no es nada fácil. La banca presenta un tamaño descomunal y mantiene una estructura compleja llena de entidades de diferentes tipos con multitud de relaciones entre ellas, con un entramado que propicia la oscuridad y el efecto dominó. Es cierto que se están haciendo considerables esfuerzos en este sentido; así, con el diseño de una nueva arquitectura de supervisión financiera europea y con el Sistema Único de Supervisión (primer pilar, ya en marcha, de la Unión Bancaria Europea) se persiguen una mayor coordinación, tanto de índole geográfica como de índole funcional, y una vigilancia especial para las grandes entidades, las que pueden provocar importantes efectos en cascada.

Pero dos características fundamentales de este sector lo hacen difícilmente controlable. Primera, que es un sector en el que se opera a una velocidad de vértigo, el desarrollo espectacular de la técnica lo ha propiciado. Como bien dice Jean Pisani-Ferry: “Los políticos se mueven a la velocidad de la democracia; los mercados, a la de internet”. Segunda, que la imaginación financiera es fabulosa porque el dinero, sin duda, la excita. Se innova en todos los campos: en los productos, en las nuevas maneras de operar, en la formas de comercialización, etcétera.

Los bancos siempre sabrán encontrar rendijas por las que escaparse de las redes que le tiendan los gobiernos, por muy tupidas que éstas sean. No parece haber duda de que el control sobre la banca es una carrera en la que los gobiernos irán siempre a la zaga. Pero hay que seguirlos de cerca: sin aleaciones raras entre ellos, gobiernos y bancos, que no dejen ver claro o que terminen subordinando los intereses públicos a los privados de ambas partes; y con actuaciones firmes y rápidas, que permitan impedir que sea el contribuyente con sus recursos el que finalmente pague sus tropezones.

Publicado el 13 de mayo de 2013.

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ICO, bancos y pymes

Carmen Pérez | 4 de diciembre de 2014 a las 20:14

EL Instituto de Crédito Oficial, ICO, como agencia financiera del Estado que es, tiene entre sus funciones desarrollar aquellas parcelas del negocio financiero que el sistema privado no atiende adecuadamente. Siempre, aunque ahora más que nunca, el crédito a las pymes ha sido objeto especial de atención por parte de esta entidad, a través de las diferentes Líneas ICO. Sin embargo, sus buenas intenciones no llegan completamente a buen puerto. Hasta junio, de los 22.000 millones de euros puestos a disposición de estas líneas para todo el año 2013, el ICO sólo ha concedido 4.284 millones, lo que supone menos del 20% del presupuesto total. Es más, respecto al año anterior, significa un 47,3% menos. El ICO pone los recursos, las pymes están sedientas de financiación, y, sin embargo, las Líneas ICO no se cubren. La explicación a este hecho hay que encontrarla en la propia configuración de la concesión de estos préstamos.

Esta función de asistencia a las pymes la lleva a cabo esta institución de forma mediada, es decir, el ICO no estudia y concede las operaciones directamente sino que se apoya en la red de sucursales de la banca comercial. Así, las pymes acuden a las entidades financieras privadas, a las oficinas que tienen próximas a sus instalaciones, en busca de financiación; ellos, los bancos, son los que realizan el análisis de riesgo, deciden la aprobación de la operación y la canalizan -si las condiciones se ajustan- a través de algunas de las Líneas ICO en vigor, con condiciones financieras, en plazos y tipos de interés, más favorables.

Por otra parte, se ha comentado hasta la saciedad la falta de liquidez de las entidades financieras, y se ha aducido esta causa como explicación de la falta de funcionamiento del mercado de crédito a las pymes; sin embargo, las cosas son más complejas. El Banco Central Europeo lleva años potenciando instrumentos para solventar ese problema que se puso tan de manifiesto al estallar la crisis financiera; hasta se ha criticado en muchas ocasiones la barra de liquidez que había puesto a disposición para la banca. Por esto, el que el ICO aporte los recursos es importante, no cabe duda, pero no resuelve la cuestión principal: ¿quién asume finalmente el riesgo de la operación?

Ahí reside la clave: la banca asume el riesgo. Evidentemente, así se consigue la total rigurosidad en la concesión de operaciones. La otra posibilidad, esto es, que fuera el ICO la que asumiera el riesgo, resultaría nefasta; de hecho, se experimentó con la Línea ICO directo, obteniendo altísimas tasas de morosidad. Pero es también más que comprensible que los bancos entonces sólo acepten entrar en aquéllas que sean, desde el punto de vista financiero, totalmente claras, porque son los que tendrán que asumir las consecuencias si no evolucionan de forma favorable.

Dada esta circunstancia, el ICO ha tratado de mejorarla completando la configuración de estas operaciones con la participación de las sociedades de garantía recíproca, SGR. El objeto social de estas entidades es conceder avales a las pymes para que consigan la financiación que necesitan; para ello, están apoyadas por recursos públicos procedentes de las diferentes administraciones -fundamentalmente por los gobiernos autónomos, y por el Estado, a través de la Compañía Española de Reafianzamiento, Cersa-. La banca, con el aval de una SGR, elimina por completo el riesgo de la operación. Si el ICO aporta los recursos, y la SGR asume el riesgo, la banca sólo juega en estas operaciones un papel instrumental.

Lo que debe quedarnos claro es que aunque existe una enorme necesidad de que se conceda más crédito a las pymes, no es buena solución rebajar la rigurosidad en la concesión de operaciones. Por muy duro que resulte reconocerlo, los bancos tienen razón en ser reacios, no está la coyuntura para mucha confianza. Tampoco conduce a ninguna parte que el ICO financie proyectos no viables, adoptando un voluntarismo absurdo. Resulta paradójico pero para que la economía salga del pozo en el que está hace falta crédito; pero para que el mercado de crédito florezca de nuevo hace falta, a su vez, que la economía se recupere. Y puede que esté este círculo virtuoso se esté poniendo en marcha: desde marzo la concesión de préstamos de las Líneas ICO está experimentando una considerable aceleración.

(Publicado el 15 de agosto de 2013)

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Poner a la banca en su sitio, pero bien

Carmen Pérez | 4 de diciembre de 2014 a las 19:05

DACIÓN en pago, presión para que concedan más crédito a pymes y familias y la tasa a las transacciones financieras o tasa Tobin son tres frentes abiertos contra la banca. Pero a la banca, como a ningún negocio, no hay que decirle cómo hacer su trabajo, ni hay que penalizarla por realizarlo. Sin embargo, todos percibimos que este sector disfruta de privilegios -la cuantiosa ayuda pública recibida estos últimos años habla por sí sola- que producen, con razón, nuestro rechazo. Ninguna de estas medidas son las adecuadas para poner bien a la banca en su sitio, pero hay otras muchas que ni siquiera se nombran.

La dación en pago con efecto retroactivo provocaría una conmoción en nuestro sistema financiero: ¿cuántos no nos acogeríamos a esta medida dados los precios actuales de la vivienda e incluso la imposibilidad de venderlas a ningún precio? Y si se cambia la legislación para el futuro tampoco constituiría ningún éxito: sería simplemente un cambio de las reglas de juego y la banca recalcularía su posición para ofrecer un porcentaje mucho menor en la financiación de la vivienda, en la que ya iría descontada esta posible eventualidad. La ayuda pública es ahora necesaria para asistir a las familias que realmente están en situación crítica, y sería necesaria para que pudieran comprar las viviendas en el futuro.

Con la tasa Tobin -también conocida en la actualidad como tasa Robin Hood- se pretende penalizar a la banca mediante la imposición de comisiones a las transacciones financieras. Pero hay que ser muy ingenuo para no ver quién terminaría finalmente pagando las comisiones. Las operaciones bancarias se encarecerían y la tasa Tobin se convertiría así en un impuesto más del Estado a los usuarios financieros. Los bancos actuarían sólo de instrumento recaudador, sin sufrir sus efectos.

La presión para que concedan más crédito a pymes y a familias consiste en obligarle a rebajar su rigurosidad en la concesión de operaciones. Es totalmente cierto que en los últimos años la banca no ha estado cumpliendo una de las funciones primordiales que deben desempeñar en un sistema financiero: facilitar financiación a la economía real. Pero, por muy duro que resulte reconocerlo, tienen razón en ser reacios, pues no está la economía para mucha confianza. Piden que sea el Estado, con las líneas ICO, el que asuma parte de la morosidad derivada de las operaciones formalizadas, con lo que vuelve a salir a relucir otra vez la ayuda pública.

Hay que dejarse de milongas e ir derechos al grano. Las medidas para acabar con los privilegios de la banca son otras, mucho más radicales, que atacarían la esencia misma del sistema. Lo cierto es que ni se contemplan, y cuando se hace, siempre de forma tímida, al poco tiempo se relajan y se dilatan en el tiempo. Lo hemos visto con las mayores exigencias que desde Basilea III se articularon recientemente, y dónde han ido a parar. Tampoco se le mete el diente al gran problema de este sector: captan el dinero del público mediante los depósitos -dinero que multiplican enormemente- y con ello consiguen que los Estados sean sus siervos. Éste es el telón de fondo privilegiado con el que actúa la banca: un apoyo público implícito e incondicional de atenderlos si las cosas van mal. Aquí es donde habría que actuar con contundencia.

La entidad que se dedique a esa función tan primordial en un sistema financiero como es la captación del ahorro mediante depósitos -garantizados por la administración pública, formalmente hasta 100.000 euros, realmente en su totalidad-, debería estar sujeta a unos controles exhaustivos y tener completamente prohibidas las operaciones especulativas. La separación de la banca comercial y de la banca especulativa: ahí está una de las claves para acabar con la servidumbre. Curiosamente, sólo se han oído voces en este sentido desde los países anglosajones, que no están a favor ni de la tasa Tobin, ni de cambiar las reglas del juego a posteriori (los americanos funcionan desde siempre con la dación en pago), ni contemplan decirle a la banca qué tiene que hacer. Es verdad que, recientemente, un grupo de expertos -encabezado por el gobernador del Banco de Finlandia, Erkki Liikanen- han planteado que se obligue a los bancos europeos a separar ciertas actividades de inversión de alto riesgo de la banca comercial para evitar futuras crisis y blindar a los contribuyentes y ahorradores, pero la Comisión Europea se muestra cautelosa y, en todo caso, esperará a septiembre para presentar una propuesta.

Capitalismo, sí, pero con todas sus consecuencias: el que capte depósitos, que se someta a normas rigurosas; el que quiera riesgos y falle, que caiga. Y si no están dispuestos, que sea el Estado el banquero, que para eso es el que arriesga.

Publicado el 18 de marzo de 2013.

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