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Inflación y mercado de trabajo

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 30/6/2017

Vaya despliegue de conceptos económicos hizo Mario Draghi esta semana, en su discurso de apertura del Foro organizado por el BCE en Sintra. Sacó a relucir la curva de Phillips, la holgura económica, o las tasas U6 y Nairu. El discurso fue todo un alegato a favor de su política monetaria. Y es que su actuación está siendo muy cuestionada por los que se sienten perjudicados: ahorradores, algunos países y la banca. Pero, sobre todo, necesita defenderse del ataque a la premisa mayor: que su política monetaria no está funcionando. Tras años con bajísimos tipos de interés, y de haber llevado el balance del BCE a superar los 4 billones de euros -el 38,2% del PIB de la zona euro-, no ha conseguido cumplir con su mandato. Así que fue directo al grano: ¿por qué la inflación se resiste a alcanzar el objetivo del 2%? Y señala el comportamiento del mercado laboral como una de las causas.

Sí está funcionando -defiende- sus efectos en la economía real se están notando con claridad. Ahí están los 16 trimestres consecutivos de crecimiento, con poca dispersión además entre los países, y ahí están las tasas de crecimiento del empleo: 6,4 millones de puestos de trabajo nuevos en la Eurozona desde el inicio de la recuperación. Sin embargo, esta reactivación de la economía no se está traduciendo en inflación a la velocidad que debiera. Y apunta varias causas. Alguna, más que comentada en el pasado, como los bajos precios en los mercados de energía y de materias primas a nivel mundial. Algunas otras, que por primera vez desarrolla, como la situación del mercado de trabajo.

El empleo que se está creando es precario: a muchos trabajadores les gustaría trabajar más horas o tienen trabajos temporales y quieren ser fijos. Así, en las negociaciones priorizan conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. Además, la cifra de paro oficial es engañosa, debería incluirse en ella a los desempleados, a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. De esta forma, el paro en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa. Por otra parte, la misma baja inflación provoca que suban poco los salarios, se retroalimentan, porque suelen estar indexados.

Confianza, persistencia y prudencia son las tres palabras que destacan en el discurso de Draghi: las pone en cursiva y las repite hasta tres veces. Con ellas afirmaba que va a seguir manteniendo un caldo de cultivo propicio para la recuperación. Y considera que circunstancias concretas, como la baja calidad del mercado de trabajo, retrasan pero no van a impedir que se alcance el objetivo de inflación. Pero el desplazamiento que hace desde los conceptos financieros habituales a los económicos es muy significativo. Ya no habla en abstracto, sino que desciende a señalar problemas económicos concretos que tienen que resolverse: defendía su actuación, pero a la vez estaba lanzando una nueva llamada -como tantas lleva hechas- para que las políticas fiscales acompañen a las monetarias.

(Un año ya a cargo de esta Tribuna Económica. Muchas gracias a todos mis lectores. Espero haber sido útil.)

Sutileza financiera

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/6/2017

Nueva cita ayer con Draghi. Otra vez el mismo rito. Nota de prensa a las 13:45 comunicando las decisiones de política monetaria del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE). Conferencia posterior, a las 14:30, justificando esas decisiones. Y preguntas finales de los periodistas, indagando sobre las circunstancias en las que se han tomado, sobre si el acuerdo ha sido unánime o por la influencia que han tenido los acontecimientos políticos recientes o los que están por venir en un tiempo próximo. Y en esta ocasión, además, el Banco Popular acaparó parte del espacio. Pero la nota de prensa y el discurso posterior tienen siempre tan parecido formato que permite comparar frase a frase, detectando las variaciones de una cita a otra. Como hace el BBVA Research, que con el “control de cambios” del procesador de textos señala las que permanecen, las nuevas y las que se han eliminado.

Se esperaban cambios en la política monetaria, pero en la reunión de ayer no se abordaron. Se mantuvieron los tipos de interés en los mismos niveles que estaban, y se confirmó que las compras de activos mensuales por valor de 60.000 millones de euros seguirán realizándose -como estaba previsto- hasta finales de 2017. Casi que podían haber cogido la nota de prensa de hace seis semanas y haberla reutilizado, salvo por unas palabras en las ya habituales coletillas a ambas decisiones que sí han variado: se continua precisando que se podría ampliar el volumen y/o la duración del programa de compras si fuese necesario, pero ya sólo se espera que los tipos se mantengan en los niveles actuales por un largo tiempo: “O en niveles inferiores” se ha tachado.

Esto puede interpretarse como un sutilísimo gesto de cambio de tendencia, el inicio hacia la normalización monetaria. Se esperaba esto como mínimo, dado el consistente crecimiento de la economía de la Eurozona. No obstante, las previsiones de la inflación han sido retocadas a la baja: el 1,5% para 2017, el 1,3% para 2018 y el 1,6% para 2019. Por eso Draghi fue firme defendiendo que hay que seguir manteniendo la actual política monetaria, que no procede discutir por ahora la retirada. Ya lo había anticipado en la conferencia que impartió en Madrid el 29 de mayo: “Hay que mantener los estímulos a un nivel sustancial pese a que los riesgos se hayan equilibrado”.

El presidente del Bundesbank, el banco central de Alemania, Jens Weidmann, comparó el lunes pasado la política monetaria del BCE con la Coca-Cola. Por sus efectos estimulantes y sus adversos efectos secundarios. Fue muy suave al añadir lo de Cola. La economía de la Eurozona está demasiado enganchada a los bajos tipos de interés y a las compras. Su vigor actual puede venirse abajo si se suprime la droga. Al final de su discurso, Draghi volvió a pedir a los países que acometan reformas estructurales y que intensifiquen sus esfuerzos para lograr una composición de las finanzas públicas más favorable al crecimiento. El “control de cambios” lleva ya muchas citas sin modificar en las frases sobre estas peticiones ni una palabra. Y mientras persistan, quizá tampoco Draghi podrá tachar las de su política monetaria.

Violencia financiera contra el depositante

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:30

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/12/2016

No es una noticia nueva que en estos últimos años los depositantes están siendo castigados a consecuencia de la política monetaria que está desarrollando el Banco Central Europeo. Ellos bien lo saben, han visto cómo se han ido reduciendo los intereses que percibían por sus ahorros hasta prácticamente anularse.

De hecho, la media de la retribución de los depósitos españoles alcanzó en octubre un mínimo histórico, el 0,13 %. Y dadas las decisiones tomadas por el BCE el pasado 8 de diciembre, al menos en 2017 y 2018 las cosas no van a mejorarse. Además, por si esta intervención pública no fuera ya suficientemente injusta con los pequeños ahorradores, convirtiéndolos en verdaderas víctimas de la crisis, un nuevo factor viene a machacarles.

El ahorro de los hogares españoles, que está concentrado en depósitos en un 42,8%, se enfrenta en los próximos años a tipos de interés nulos -o incluso negativos- junto con una inflación creciente: el escenario más desfavorable.

Uno de los principales argumentos del BCE para defenderse de las críticas a su política ha sido que hay que observar los tipos de interés reales y no los nominales: de tipos muy bajos pero con inflación negativa resultan rentabilidades aceptables. Y comparaba con épocas en las que los tipos se movían a niveles mayores pero con tasas de inflación cercanas al 2%. Pero ahora el razonamiento se le ha vuelto en contra: según el INE, los precios en España en noviembre han aumentado un 0,7% interanual, y las expectativas del BCE para los dos próximos años son del 1,3% y 1,5% respectivamente: ésa es la pérdida de valor que van a sufrir los depositantes.

La incoherencia financiera en la que vivimos es sorprendente: ¿dónde queda aquello de que el ahorro de la población es de gran importancia en la economía tanto individual como de la población en general? ¿Qué pensar al leer frases como “fomentar el hábito de ahorro es uno de los mejores regalos que puede hacer a sus hijos” o “saber ahorrar de una forma adecuada está en la base de la educación financiera”, extraídas de la web Finanzas para Todos, base del plan de educación financiera del Banco de España y la CNMV, y que estarán presentes también en los portales de los demás supervisores financieros europeos? ¿Cómo se puede aconsejar y alabar un determinado comportamiento y al mismo tiempo torpedearlo?

Los 758.000 millones de euros en depósitos a hogares en España corresponden en gran parte a ahorradores minoristas y conservadores, que consiguen sus ahorros a base de esfuerzo y sacrificio. Entienden que, por gozar de la protección estatal -hasta 100.000 euros por titular y entidad-, sólo pueden esperar rendimientos por renunciar a la disponibilidad de su dinero durante un plazo. Por contra, privados ya de intereses, ahora empezarán a descapitalizarse. Para evitarlo tendrían que emigrar hacia productos de mayor complejidad y riesgo. Pero ellos ni saben ni quieren especular con su dinero. Se les incita a actuar en contra de su natural modo de proceder, se están aplicando medios para vencer su resistencia, su repugnancia a hacer algo: exactamente así es como define la palabra violencia la Real Academia Española.

‘Match points’

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:27

TRBUNA ECONÓMICA, 9/12/2016

En la Eurozona no ganamos para sustos. A cada poco tiempo se nos presenta un match point, y son ya muchos los años que llevamos enfrentando un punto de partido tras otro sin apenas descanso. Con todos ellos, aguantamos la respiración y observamos con miedo la cotización de nuestra divisa y la reacción de los mercados, temiendo desintegrarnos. De momento, tras las turbulencias iniciales que provocan, siempre la calma ha regresado. Tiene razón Mario Draghi cuando afirma que “la zona euro está demostrando una resistencia alentadora”. Como con las malas rachas que suceden en la vida de cada uno de nosotros, en las que tenemos que ir encajando los match points que nos llegan sin poder evitarlos, el éxito depende de saber jugarlos.

El pelotazo que nos llegó hace unos meses desde el Reino Unido ha sido importante, y sorprendente. Pero lo dañados que quedemos en la Eurozona con este revés del Brexit dependerá de cuándo se active la salida, de la duración de las negociaciones y del acuerdo final que se alcance. Y hace unas semanas, del otro lado del Atlántico, nos ha venido otro no menos impactante: la victoria de Donald Trump. En principio es un peligro potencial para Europa, especialmente para Alemania, por el gran superávit comercial que mantiene con EEUU, aunque todavía está por ver las decisiones que, con el nuevo presidente en el poder, realmente se acaben tomando.

Y no sólo vienen desde fuera; el más reciente proviene de Italia, la tercera economía de la Eurozona, porque la incertidumbre que provoca la derrota de Matteo Renzi, entre otros conflictos, precipita su importantísimo problema bancario. O de los euroescépticos austriacos, pues, aunque no han conseguido su objetivo, los votos que han obtenido (el 46%) no son para obviarlos. Y se aproximan unos cuantos puntos internos que jugar en los próximos meses: en Francia, con el partido antieuro de Marine Le Pen; o en Alemania, con Alternativas por Alemania… Pero también es verdad que las consecuencias de otros match points del pasado en contra de la Eurozona se han ido al menos paliando: Grecia, Portugal, Irlanda. Y España. El Banco Central Europeo (BCE) salvó in extremis el euro dos veces: en 2012, con un billón de liquidez para la banca y aquella influyente frase del “haré todo lo que sea necesario y, créanme, será suficiente”; y después con el QE, el programa de compra de activos, unos años más tarde.

Ayer, 8 de diciembre, en la última reunión del año del BCE, Draghi mantuvo la mano firme: conserva los tipos de interés actuales y alarga las compras -modificando también los parámetros para hacerlas factibles- hasta diciembre de 2017, aunque a partir de abril se reducirán de 80.000 a 60.000 millones mensuales. Así, los match points abiertos y los que están por venir se desarrollarán bajo condiciones financieras muy favorables. Pero Draghi de nuevo advirtió que son los gobiernos los que tienen que jugarlos. De ellos dependerá que las adversas pelotas que nos están llegando sirvan -como en la película de Woody Allen, en la que el anillo no cayó al río y esto no sirvió, como parecía, para condenar al asesino sino para salvarlo- para que finalmente la Eurozona termine ganando.

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Coletazos de la crisis

Carmen Pérez | 16 de enero de 2017 a las 14:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/12/2016.

Hace décadas que en los países desarrollados se impuso la idea de que la política monetaria debía estar fuera del alcance de los gobiernos. Por una razón de peso: los políticos, sujetos a los ciclos electorales, se mueven por objetivos partidistas a corto plazo, que no son los óptimos para las decisiones monetarias. Era, por tanto, más conveniente que se tomaran por expertos desde entidades -los bancos centrales- con total independencia.

Además, en estos últimos años, no sólo han sido independientes sino que se les tomó por omnipotentes al descargarse sobre ellos toda la responsabilidad de combatir la intensa crisis financiera. Pero la agresiva y prolongada política monetaria que han ido aplicando ha conseguido unos resultados tan poco perceptibles por parte de la población que toda su actuación, incluso su independencia, se ha terminado cuestionando. Y en este estado de cosas, Donald Trump ha llegado dispuesto a tomar el mando.

El enfrentamiento de Trump con la Reserva Federal durante la campaña ha sido importante; las críticas a la gobernadora, Janet Yellen, han sido continuadas, llegando a decir que debería estar avergonzada de las decisiones que tomaba; sus asesores incluso han declarado que el recién elegido presidente quiere alguien con su misma ideología al frente de la Fed. Sin embargo, por mucho que lo desee, acabar con la independencia no está dentro de su competencia, y tampoco parece probable que lo intente ni siquiera de facto, porque Yellen estará hasta 2018 y no hay precedentes de relevos de gobernadores antes del final de sus mandatos.

Pero lo que de ningún modo está dispuesto a aceptar de la Fed es su preponderancia. Quiere devolver el protagonismo a las políticas fiscales; inversiones, infraestructura, comercio, salarios, impuestos, fábricas…, éstas son sus claves, dejando en segundo plano los tipos de interés, la prima de riesgo, la inflación o la masa monetaria. No es de extrañar este retorno a la economía real cuando él es un empresario, que ha dedicado su vida a materializar proyectos empresariales. El problema no está en esta nueva y necesaria revitalización de las políticas fiscales, sino en cómo la incógnita Trump va a enfrentarla, porque no son pocos los temores de que la deuda y la inflación se disparen.

Theresa May, en la misma línea, ha criticado con dureza la actuación del Banco de Inglaterra, y dispuesta a potenciar la inversión ha iniciado una gran negociación con las empresas británicas. En la eurozona, en cambio, seguimos confiando en la magia de Draghi, a pesar de que él declare su impotencia de forma continuada. Ni a nivel nacional ni con el Plan Juncker la inversión europea está alcanzando la energía necesaria. Y, sin embargo, es aquí, por nuestra configuración plurinacional, donde el cambio hace más falta: numerosos partidos populistas se han manifestado no contra la independencia del BCE sino directamente a favor de eliminarlo: quieren uno propio, que puedan utilizar sin límites y a conveniencia. O en la Eurozona alguien con fuerza coge el mando o lo cogerá un Trump cualquiera, pero de forma independiente en cada uno de sus estados ya separados.

‘Tapering’

Carmen Pérez | 14 de noviembre de 2016 a las 9:50

TAPERING, otra palabra inglesa que se cuela en nuestro vocabulario, como tantas que nos ha traído la crisis. En finanzas, este proceso hace referencia a la disminución gradual de las medidas extraordinarias de política monetaria expansiva tomadas por los bancos centrales, esto es, la retirada paulatina del quantitative easing, QE. La Reserva Federal, FED, comenzó a aplicarlo en 2013, pero ahora es cuando vamos a escuchar esta palabra una y otra vez porque se acerca la fecha -marzo- del final del programa de compras de activos del BCE. De momento, Draghi en su última reunión -octubre- no ha mostrado sus cartas: ni negó el tapering ni tampoco que el programa no se pudiera continuar, ampliar o reformar sus características en próximas citas. Todo puede ser. Next meeting: diciembre. Paradójicamente, no parece que genere mucha alegría que el tapering se acerque.

El programa de compras ha llevado al BCE a ser dueño de más de un billón de euros en bonos soberanos de la zona euro: unos 255.000 millones de deuda alemana; 202.000,  francesa; 176.000, italiana; y más de 126.000 de deuda española. Pero aún sólo representa el 10% del total de la deuda europea, lejos del 20% que posee la FED de la deuda federal o del 30% que tiene el BoJ de la nipona. Respecto a los bonos privados, el BCE ha comprado desde junio 29.700 millones de euros. En Europa vamos por detrás de otros bancos centrales; seguimos yendo cuando, por ejemplo, la FED está de vuelta, y en la actualidad se enfrenta a subidas de tipos de interés aunque de forma muy lenta.

Los programas de compras hay que retirarlos como la cortisona, poco a poco,  para evitar movimientos bruscos en los mercados financieros. Por ello, la comunicación de cualquier cambio en la estrategia monetaria debe hacerse con sumo cuidado. Incluso puede darse marcha atrás si es conveniente. Todo depende de cómo vayan evolucionando las variables macroeconómicas, especialmente la inflación, objetivo del BCE. La inflación europea alcanzó en septiembre el 0,4%, y los pronósticos apuntan a 1,2% en 2017, 1,5% en 2018 y 1,8% en el largo plazo. En diciembre, cuando Draghi concretará su postura, se dispondrá también de nuevas proyecciones de crecimiento y de inflación hasta 2019.

Que se hable del inicio del proceso de tapering debería alegrarnos, porque significaría que la economía europea está mejorando, que la tasa de inflación está alcanzando  niveles más saludables y que se está consolidando el crecimiento económico. Así lo subrayó Draghi: “El QE no durará siempre, dependerá de que se consiga llegar a una senda de convergencia duradera y autosostenida hacia el objetivo del BCE”. Antes o después, el tapering será un hecho. Pero la decisión -Alemania apremia- se tomará en función de la situación de Europa en su conjunto, aunque a España no le convenga. Con presupuestos con ingresos insuficientes para abordar el alto volumen de gasto público, pensiones incluidas, preocupa pensar que tengan además que soportar el efecto negativo del tapering en familias y empresas endeudadas, así como asumir el mayor coste de la deuda pública que desenganchados de los estímulos con seguridad tendríamos.

Decidir desde arriba sin contar con los de abajo

Carmen Pérez | 3 de octubre de 2016 a las 8:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/9/2016

AYER tocó reunión del Banco Central Europeo (BCE) y a lo largo de septiembre vendrán las del Banco de Inglaterra, la Reserva Federal y el Banco de Japón. Se ha hecho imprescindible llevar un calendario para ellos, y no sólo de éstos, que son los que más suenan en los medios de comunicación, sino de otros muchos, como el de Suecia, Suiza o Australia. Porque, más allá de la cita de ayer -en la que no hubo sorpresas-, causa cierto desconcierto que se haya llegado a una situación en la que todos y cada uno de los agentes económicos -las familias, las empresas, las entidades financieras y los Estados- queden afectados perceptiblemente, para bien o para mal, por sus resoluciones. De ahí que se esperen estas citas con tantísima expectación. Al mismo tiempo, causa preocupación que estas decisiones tan poderosas, tomadas por sólo un puñado de personas, no terminen de conseguir los resultados esperados.

Desde luego, a estos dirigentes financieros no les falta formación en absoluto y sus trayectorias profesionales demuestran una experiencia más que acreditada en el mundo financiero. Y cuentan con muchísima información, datos, tablas, gráficos, ratios, y con numerosos análisis especializados, que utilizando complejos modelos matemáticos aventuran el movimiento futuro de variables claves tanto de la economía real como de otras de na’turaleza monetaria. Así, si observan desviaciones del objetivo que se les tiene definido -mantener la inflación en el 2%, en el caso europeo- abren su caja de herramientas y actúan para reconducirlas mediante diferentes instrumentos monetarios.

Pero la política monetaria que venían trayendo, cuyos retoques acomodaban la actuación de los agentes económicos al objetivo de la inflación, se radicalizó por la crisis, volviéndose extremadamente intervencionista. Al llevar los tipos de interés hasta niveles negativos han conseguido que la irracionalidad financiera se instale en la economía, y se han embarcado en operaciones que no eran habituales, como las compras masivas de activos financieros, públicos y privados, que están distorsionando con fuerza precios y mercados. Todo ello está acarreando importantes y negativos efectos secundarios, incluso más allá del ámbito económico.

Pese a esta radicalidad, y en gran parte por la misma incertidumbre que produce esta radicalidad, los estímulos monetarios no están funcionando. O al menos no lo hacen con la intensidad y con la rapidez que correspondería al enorme esfuerzo que los bancos centrales llevan, ya por largo tiempo, desarrollando. Es el problema de tomar las decisiones desde arriba sin contar con los de abajo: los millones de agentes económicos no están comportándose como ellos desean por mucho que les estén presionando: los bancos no prestan sólo porque obtengan el dinero barato; las empresas no deciden sus inversiones únicamente porque los costes financieros estén bajos; y las familias no consumen más o asumen mayores riesgos porque vean la rentabilidad de sus ahorros mermada, ni van a endeudarse si no ven el futuro claro. Los que sí tenderán a gastar más son los Estados al comprobar que la deuda pública se les está subvencionando.

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Récords en la deuda

Carmen Pérez | 12 de septiembre de 2016 a las 14:37

TRIBUNA ECONÓMICA,  26/8/2016

AL mismo tiempo que en los Juegos Olímpicos se iban batiendo nuevos récords históricos, aquí, en España, batíamos otros de muy distinto tipo: récords en la cantidad de deuda pública, tanto en términos absolutos como en relación al PIB; y récords en cuanto a las condiciones de la deuda, en el plazo y en los tipos de interés, que en absoluto son ajenos a la intervención del Banco Central Europeo, BCE, que está marcando también los suyos propios. Récords con efectos contrarios para nuestra economía, que nos llevan a una deuda con mejores condiciones -por el momento- para atenderla, pero de un tamaño tan descomunal que pone en peligro el mantenimiento del Estado de bienestar por el altísimo volumen de intereses que genera.

El plazo medio para pagar la deuda ha ido creciendo y se sitúa actualmente en 6,89 años, superando el máximo que se consiguió en 2007. El Tesoro, aprovechando las bajas primas de riesgo, ya por debajo de los 100 puntos básicos, está desarrollando un proceso de reestructuración, favoreciendo la emisiones a plazos más largos. Incluso está utilizando de forma novedosa bonos a 50 años, siguiendo la misma tendencia que otros países, como Irlanda y Bélgica, con emisiones hasta de 100 años.

En cuanto al tipo de interés medio, marcó en julio un mínimo histórico, el 2,9%, muy inferior, por ejemplo, al 5,5% de 2001, antes de entrar en el euro, o del 4,5% al inicio de la crisis en 2007. Y sigue bajando, este pasado martes los rendimiento de las letras del Tesoro a 3 y 9 meses fueron de -0,351% y de -0,256% respectivamente, los más bajos de la historia. En la misma línea se mueven el resto de referencias, como el bono a diez años, que a principios de agosto cotizó por primera vez por debajo del 1%.

Sin embargo, la deuda pública de España ha alcanzado en términos absolutos un máximo histórico: 1,1 billones de euros; y un máximo histórico también en el porcentaje que representa en relación con el PIB: el 100,9%, muy superior al 40% del PIB de 2007. Al respecto, puede aducirse que no hace falta ser dramáticos, que el principal realmente no se paga sino que se renueva continuamente, pero conviene señalar lo costosísima que resulta la deuda -como en 2012- cuando llegan estas renovaciones y no se goza de la confianza de los mercados.

Pero incluso obviando la devolución del principal, lo que no se pueden eludir son los intereses que va generando. Actualmente suponen más de 33.000 millones de euros al año, cantidad equivalente al 71% del gasto en educación, al 50% del gasto en sanidad o más del doble del gasto en defensa. Y lo peor es que el récord del tamaño tardará poco en ser superado, dados los déficits públicos que se esperan para éste y los próximos años. Tampoco va a ser eterna la protección del BCE que estamos disfrutando, y cada punto de subida del interés medio añadiría otros 11.000 millones de euros de intereses al año. O se contiene la deuda o los intereses provocarán que en nuestras olimpiadas anuales -los presupuestos- se marquen nuevos récords -recortes- en el resto de los gastos. Recordemos que el pago de intereses va por delante, por urgente o necesario que sea, de cualquier otro pago.

Necesidad de alinearnos

Carmen Pérez | 3 de agosto de 2016 a las 6:01

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/7/2016

MARIO Draghi ha utilizado siempre en sus intervenciones palabras que trasmitieran contundencia y dominio de la situación, que reflejaran que sabía cuál era el camino y que estaba dispuesto a recorrerlo. Frases como “haré todo lo que sea necesario” o “no hay límites” fueron todo un éxito, consiguiendo la confianza de los mercados antes incluso de que empezar a intervenirlos. Sin embargo, sus firmes palabras del pasado contrastan con las que pronunció en su discurso en el Foro de Bancos Centrales, el futuro de la arquitectura monetaria y financiera internacional, organizado por el BCE y celebrado en Sintra hace unos días: “Necesidad de alinearnos” son las palabras con la que, de forma eufemística, demandó un acuerdo internacional que ponga paz a esta guerra financiera.

No hizo ni una alusión al Brexit, pero estaba en la mente de todos: la salida del Reino Unido de la UE constituye una nueva e importante convulsión que va a provocar que los diferentes bancos centrales muevan ficha, y cada movimiento de uno será contestado inmediatamente por los otros en un proceso de acción-reacción que ya se alarga demasiado. La apertura hacia un mundo desconocido con la utilización de políticas monetarias agresivas se inició en 2008 por la Reserva Federal, y las recetas extraordinarias que se aplican son cada vez de mayor intensidad pero con menor impacto, y se tornan normales al poco tiempo.

Todo indica que el Banco de Inglaterra bajará en agosto los tipos de interés para frenar el impacto negativo del Brexit, y probablemente vuelva a las compras de bonos públicos; el BCE, hoy mismo, abre la posibilidad de tipos inferiores y de alargar las compras en el futuro; la Fed quizá paralice nuevas subidas… Así, los balances de los bancos centrales han crecido de forma importante desde 2008: el europeo se ha doblado, alcanzando el 26% de la economía de la eurozona; el de la Fed ha pasado del 6% al 25% del total del PIB americano; y qué decir, por citar otro, del enorme balance del banco de Japón, que supera el 77% de su PIB.

Draghi no encuentra otra solución: en un mundo con libre movilidad de capitales, ¡y pese a tener tipos de cambio flotantes!, es preciso que se aborde la política monetaria desde una dimensión internacional, realizando en común un diagnóstico de las causas fundamentales de los problemas que nos afectan a todos y consiguiendo un compromiso de cada uno para guiar las políticas propias en base a ese diagnóstico.

Sin embargo, bien difícil es el acuerdo que plantea, y tanto más cuanto más internacional quiera que sea. Incluso formalizado, y aunque se tuvieran mejores resultados juntos colaborando, como sucede en el dilema del prisionero, los incentivos serían muy fuertes para desmarcarse y abandonarlo. Y además lo propone él, cuando en su propia casa, el BCE, resulta tan complicado establecer la política monetaria más propicia para todos, y eso sin que haya guerra de divisas de por medio.

Sus palabras, apelando a un consenso internacional, no muestran firmeza sino un futuro fuera de control, y de ellas sólo cabe deducir que no se tiene nada claro cómo paralizar este proceso, y menos claro aún cómo se podrá abordar el camino de vuelta.

Dopados

Carmen Pérez | 18 de julio de 2016 a las 7:12

TRIBUNA ECONÓMICA 8/7/2016

Así andamos, con los estímulos del Banco Central europeo, BCE, corriendo por nuestra economía, a ver si sanamos. Con la última dosis nos han inyectado unos tipos de interés al 0%, se prosigue con las compras de deuda pública -nuestro banco central ya es dueño de 103.000 millones de euros de nuestros bonos del Estado-, se ha intensificado la adquisición de bonos de empresas privadas y no cesa el suministro de liquidez a raudales a los bancos, dinero por el que ahora pueden hasta cobrar -un 0,4%- si lo convierten en financiación de familias y empresas prestándolo. Lo bien que nos sienta este dopaje que nos están administrando.

Nuestra prima de riesgo lleva tiempo en torno a 150 puntos básicos (642 pb en 2012), situándose actualmente el tipo de interés medio de nuestra deuda en el 3%. Aplicado sobre el total -un billón de euros- significan unos 30.000 millones de euros de intereses al año. Sin dopaje, por cada punto de interés medio más, la factura de gasto financiero a incluir en los presupuestos estatales se elevaría en unos 10.000 millones de euros cada año. Y serían alguno que otro, porque atendiendo a nuestra calificación crediticia actual -BBB+, según Standard&Poor’s- la prima de riesgo se situaría en un nivel bastante más alto.

Las familias hipotecadas también se sienten aliviadas: las cuotas mensuales se han ido reduciendo en paralelo a la descendente evolución del euríbor a doce meses -el más utilizado como referencia-, que ya incluso cotiza en negativo desde hace tiempo (-0,059%). La intervención del BCE consigue el mágico efecto de que un hipotecado medio disponga en la actualidad de unos 300 euros más cada mes en su bolsillo para atender a otros gastos, y no serán pocas las familias las que pueden mantener su vivienda gracias a esto.

Las cuentas de resultados empresariales también han reaccionado con alegría al impacto, al aminorarse de forma significativa sus costes financieros. La financiación bancaria está muy asequible -las pyme, ay, siempre menos beneficiadas-, y las grandes empresas intensifican sus emisiones de bonos porque el mercado presta aún más barato. Las elegidas, como Iberdrola o Telefónica, cuyos bonos cumplen los requisitos para ser comprados por el BCE, estarán dando saltos: sus bonos cotizan en negativo, o lo que es lo mismo, los inversores les prestan su dinero pagando.

Así de estimulados, las empresas invierten, las familias reactivan el consumo, el Estado recorta menos, aumentan las exportaciones, se recupera el mercado de la vivienda, multiplicando -ése es el objetivo- por toda la economía sus benéficos efectos. Sin embargo, como todos sabemos, los estimulantes siempre entrañan riesgos: por sus negativos efectos secundarios, como el daño que están produciendo a la rentabilidad bancaria, o los que sufren los ahorradores, desorientados y empujados a tomar riesgo; y por sus contraindicaciones: pueden estar tomándose decisiones inadecuadas, tales como inversiones empresariales o adquisiciones de viviendas sólo viables bajo ellos. Pero el mayor peligro es que nos estemos acostumbrando, y no seamos conscientes de que sin aplicar los remedios convenientes, cuando se nos retire el dopaje, los problemas económicos subyacentes seguirán estando.