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¿Saldremos de la sofocante deuda?

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2017 a las 8:48

TRIBUNA DE OPINIÓN, 16/12/2014

El gráfico que recoge el perfil de vencimientos de la deuda pública española es literalmente para echarse a temblar. Nos muestra lo que debemos pagar los próximos años, hasta el 2064, en el que aparecen los últimos vencimientos: el billón de euros desglosado por plazos. Para hacernos una idea, el año que viene tendremos que afrontar la devolución de más de 150.000 millones de euros, y en 2016, ya tenemos comprometidos 80.000 millones de euros; a lo largo de 2015 el Tesoro pagará unos 100 millones de euros diarios en intereses, en total 35.490 millones de euros, que superará en un 12% el gasto financiero de este año.

Pero si la situación actual es así de preocupante, la evolución de la misma será todavía peor. Primero, porque se necesita financiación adicional para seguir cubriendo los nuevos e importantes déficits que siguen apareciendo en nuestras cuentas anuales, por lo que nuestra deuda pública seguirá creciendo de forma inexorable. Segundo, porque en un escenario de mayores tipos de interés las cosas se pueden complicar enormemente, al provocar fuertes aumentos del gasto financiero y, por tanto, mayores déficits. Así, cada nueva emisión que realiza el Tesoro se convierte en una prueba de fuego para España.

¿Cómo conseguir que no nos devore la deuda? Respondiendo a esta pregunta, en los pasados días ha causado cierto impacto el artículo de Wolfgang Münchau, uno de los comentaristas más sobresalientes del Financial Times, en el que defiende abiertamente la propuesta del partido Podemos de reestructurar la deuda pública. Que es muy sensata, dice, que nuestra deuda pública es insostenible, que no hay otra solución. Muestra asimismo su asombro porque el resto de los partidos la ignore; juegan, dice él, a extend and pretend, o lo que es lo mismo, a seguir para adelante y fingir que no sucede.

En la propuesta de Vicenç Navarro y Juan Torres López para Podemos se señalan las cuatro vías para salir de esta situación: crecimiento económico (se estima que sería necesario un crecimiento en torno al 4% durante una década); un ajuste fiscal muy duro; una inflación suficientemente alta, o la reestructuración y el impago. Descartan las tres primeras y, por tanto, defienden que estamos abocados a la última: “La única salida posible a este auténtico círculo vicioso es la reestructuración lo más ordenada posible de la deuda europea y de la española. Y la cuestión, por tanto, no es si se desea o no llevarla a cabo sino en qué condiciones se va a dar porque es materialmente inevitable que antes o después se lleve a cabo, salvo que se quiera provocar una convulsión de consecuencias inimaginables en todo el continente”.

Sin embargo, el resto de partidos apuestan por la vía del crecimiento, que ya se espera que alcance en España el 2% el próximo año, y, de forma combinada a lo anterior, con proseguir con el ajuste fiscal. Las políticas monetarias y fiscales europeas se orientan en este sentido. En estos momentos, tenemos un valioso apoyo desde el Banco Central Europeo, BCE, que se muestra decidido a seguir llevando a cabo todas las medidas de política monetaria que sean necesarias. Su actuación seguirá manteniendo la financiación de nuestra deuda pública a coste bajo, y continuará facilitando que el crédito vuelva a llegar a familias y empresas. De forma añadida, los incrementos de inflación que puedan provocar estas políticas monetarias expansivas, aunque nunca serán elevados porque el BCE la mantendrá a raya, también ayudarían. Por su parte, con el Plan Juncker o Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas, la Comisión Europea pretende movilizar al menos 315.000 millones de euros en inversiones, y al que el Gobierno español ha presentado proyectos de inversiones valorados en 53.000 millones. También, la bajada del precio del petróleo, si se mantiene en el tiempo, puede ser un factor muy positivo para que afiancemos la recuperación económica.

Sólo con el tiempo veremos si hemos podido reconducir la deuda pública hasta niveles aceptables. Desde luego, lo que es seguro es que no va a resultar fácil en absoluto, y que, en todo caso, pasarán muchos años para ello. Pero no nos queda otra opción, la solución radical de Podemos no es solución, es abismo. En el mundo global en el que nos encontramos, ésa sí que podría provocar una convulsión de consecuencias inimaginables. Tiene que ser el BCE el que, en última instancia, decida cuándo y cuánto absorber de la deuda pública europea. Así que, por el momento, mejor sacar el mejor de nuestros ánimos, dejar atrás el pesimismo, y decir con Pablo Neruda, al que citan Vicenç Navarro y Juan Torres López en su documento: Adelante, salgamos del río sofocante.

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La banca española y la crisis catalana

Carmen Pérez | 29 de noviembre de 2017 a las 8:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/11/2017

A final de octubre, Mario Draghi, en la conferencia que ofreció para explicar las decisiones adoptadas de política monetaria, fue interrogado por los periodistas sobre la crisis catalana. “Es muy difícil comentar acontecimientos que cambian a diario”, dijo, asegurando que los siguen atentos porque son de significativa importancia. Las semanas anteriores se habían superado situaciones delicadas con la banca catalana. Basta recordar la amenaza de Oriol Junqueras al BCE de que una posible airada reacción ciudadana podría derivar en una peligrosa “retirada de depósitos” y el intento posterior de hacerla realidad por los independentistas catalanes. O recordar las salidas masivas de depósitos de los bancos de Cataluña, que sólo pudieron detenerse con los cambios de sus sedes sociales. Han pasado unos días y el riesgo financiero se agrava: el proceso de deterioro de la economía española puede llegar a afectar a toda la banca.

Las advertencias sobre este deterioro económico no paran. El servicio de estudios del BBVA ha recortado tres décimas su previsión de crecimiento para 2018. El Banco de España incluso aporta otro escenario más adverso, en el que el descenso superaría el 2,5% del PIB en los próximos dos años. Por su parte, el ministro de Economía, Luis de Guindos, cifró en unos 5.000 millones el impacto del desafío independentista catalán este año. El FMI, consultoras, agencias de calificación y las propias empresas coinciden en asegurar que la economía española se está resintiendo y que el daño será mayor si la crisis se alarga.

Y estos impactos negativos no golpean a una economía sana. La conclusión del Panel de Seguimiento de la Economía Española de la Fundación de Estudios Financieros y el Instituto Español de Analistas Financieros es rotunda: España sigue siendo financieramente vulnerable. La deuda sigue siendo muy alta: el descenso del endeudamiento privado -empresas y familias- ha sido intenso, pero está lejos del nivel recomendado por Europa. Además, su decremento ha ido paralelo al crecimiento de la deuda pública, estabilizada en torno al 100% del PIB, pero a distancia del 60% que marca la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Tampoco ha mejorado la posición deudora respecto al exterior: España sigue necesitando apelar de forma amplia y recurrente a los mercados internacionales para financiarse.

Por ello, es completamente necesario no perder la confianza del inversor o la prima de riesgo iría al alza. En este caso, los bonos soberanos españoles bajarían de valor, perjudicando a los bancos españoles, que los tienen en sus balances en abundancia. Es más, actualmente la credibilidad de un sistema bancario depende -por la protección de los depósitos- de la solidez del país soberano que lo respalda. El perverso bucle riesgo soberano riesgo bancario se podría poner otra vez en marcha.

Quizás sea prematuro, como afirmó Draghi en esa conferencia, temer que esté en riesgo la estabilidad financiera de España. Bruselas también fue muy prudente ayer cuando mejoró incluso las previsiones económicas. Pero los catalanes deberían tener presente este posible y peligroso desarrollo cuando en diciembre emitan su voto.

Bonos a 100 años

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:46

TRIBUNA ECONÓMICA, 29 Septiembre, 2017

Hace unos días nos llegó la noticia de que el Tesoro público de Austria había emitido bonos a 100 años. El inversor que los haya adquirido recibirá un 2% anual durante 100 años, y recuperará el importe desembolsado en septiembre de ¡2117! No es el único país europeo que se ha atrevido a utilizar un plazo tan largo. Bélgica e Irlanda también lo hicieron el año pasado, aunque con bajos importes. Francia, Italia y España, de momento, sólo se han animado a hacerlo a 50 años. Concretamente, el Tesoro español colocó 1.000 millones a 50 años en 2014, y repitió el año pasado con dos emisiones más a ese plazo, adjudicando unos 4.000 millones de euros. Los largos plazos que están utilizando los Estados europeos para endeudarse impactan. La de cosas que pueden suceder en ese tiempo. Sólo hay que mirar la historia y recordar todo lo que hemos vivido en Europa desde 1917.

Los inversores que adquieren estos bonos son aseguradoras, fondo de pensiones, fondos de inversión, etc., que buscan algo de rentabilidad en el entorno de tipos de interés nulos e incluso negativos que existen actualmente. Muchas de estas entidades están obligadas por la regulación a invertir en activos financieros de bajo riesgo y con liquidez, como son los bonos soberanos europeos. Si además quieren rentabilidad, tienen que embarcarse en plazos más amplios.

Por su parte, los emisores, estados europeos, aprovechan la favorable situación actual para reestructurar en lo posible sus deudas. Así, en España, el perfil de vencimientos de la deuda pública se ha extendido en el tiempo. El año que viene se tiene que hacer frente a la devolución de más de 140.000 millones de euros. Y hay cantidades pendientes en 2019, y al año siguiente, y al otro, y así continúa hasta 2066. Cada año se volverá a pedir prestado para atender los vencimientos que llegan, incrementando lo que haga falta para atender el nuevo déficit: la deuda pública se ha convertido en una bola de nieve que se desplaza en el tiempo a la vez que aumenta.

Lo importante es que siga rodando y que pueda atenderse puntualmente el pago de intereses que genera. Ahora juega a nuestro favor la protección del Banco Central Europeo (BCE), cuya actuación permite que el coste de la financiación del Estado sea muy bajo. La inflación, aunque sea escasa, también beneficia, porque con los años se vuelven menos gravosos tanto la devolución de la deuda como sus intereses. Del mismo modo, mientras más se alarguen los plazos de las emisiones más llevadera será la deuda.

Una deuda que no es poca cosa, ya supera los 1,1 billones de euros, 750.000 millones de euros más desde el inicio de la crisis financiera. No sólo pasa en España, la deuda pública en Europa asciende a más de 12 billones de euros. Quizá estas emisiones ultralargas, todavía anecdóticas, se intensifiquen para disolver a base de años y años el problema. Quizá el BCE las vaya comprando. Quizá el BCE finalmente hasta se olvide de ellas. Todo es posible en 100 años. Pero de lo que no cabe duda es de que le estamos traspasando el problema a las generaciones siguientes. Les complicamos el futuro a ellos, a nuestros hijos y nietos, para tener nosotros mejor presente.

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Aniversario de la crisis financiera

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:45

TRIBUNA ECONÓMICA, 11/8/2017

Esta semana se han cumplido diez años desde el inicio de la crisis financiera. El aniversario ha propiciado que se lleve a cabo en los medios de comunicación una revisión exhaustiva de la misma: los hitos más importantes, el análisis de sus causas y consecuencias, el impacto particular en cada uno de los países o los remedios aplicados para sortearla. No es para menos, la crisis fue de tal magnitud que las economías se resquebrajaron, los mercados financieros y la banca estuvieron a punto de colapsar y han sufrido una intensa reestructuración, transformó la política e incluso ha supuesto un cambio cultural de importancia. Ayer mismo, la Comisión Europea también aprovechaba esta fecha para celebrar la situación económica actual y, al igual que han hecho los otros países desarrollados, daba la etapa por finalizada. Demasiado optimismo derrochan.

Si hay algo que no se cuestiona de la crisis es que la desaforada expansión del sistema financiero fue su principal causa. La llegada de internet junto con la intensa desregulación y la mala supervisión del sistema financiero permitieron que la banca aumentara espectacularmente el volumen de deuda. En 1950 la deuda privada -a hogares y a empresas- en EEUU suponía el 50% del PIB, y en 2007 alcanzó el 160%. En España, creció del 80% del PIB de 1980 al 230% en 2007. “Los bancos ponían dinero en cualquier cosa”, dijo hace pocos días Janet Yellen, la presidenta de la Reserva Federal, recordando el inicio de la crisis.

Sin embargo, a pesar del consenso sobre lo anterior, diez años después, la deuda total sigue creciendo. Si la deuda privada en los países desarrollados se ha reducido significativamente, este descenso se ha visto acompañado del crecimiento de sus deudas públicas. Además, la política de sus bancos centrales, con tipos de interés a niveles nulos o negativos, incitan de nuevo a que se endeuden familias y empresas.

Seguimos instalados, por tanto, en un modelo económico que necesita deuda para el crecimiento. Y si atendemos a la cualificada tesis de Adair Turner, presidente que fue de la Autoridad para la Estabilidad Financiera del Reino Unido, expuesta en su libro Between Debt and the Devil (2015), para crecer es necesario cada vez mayor cantidad de deuda. Y en las décadas anteriores a la crisis ya se necesitó un aumento del 10-15% para lograr un crecimiento del PIB del 5%.

No puede decirse que la crisis haya pasado en balde. La Comisión Europea también hacía balance ayer de las muchas medidas que se han tomado para que nuestras instituciones financieras sean más fuertes y para que estén mejor supervisadas. Pero no deben bajar la guardia. La economía occidental se desarrolla sobre un volumen descomunal de deuda, que habría que restringir y vigilar hacia dónde es canalizada. Además, como consecuencia también de la crisis, otros países se han añadido a este modelo de endeudamiento excesivo. Entre ellos, China, donde se ha cuadriplicado la deuda privada en estos últimos diez años, alcanzando el 304% del PIB. Así, la deuda mundial no deja de batir récords, ya nos debemos a nosotros mismos 217 billones de dólares: la adicción a la deuda se contagia y no para

 

‘Winter is coming’

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/7/2017

Esta semana se celebraron dos nuevas subastas de valores del Tesoro. Da gusto ver sus resultados, esos tipos de interés tan negativos a corto y tan mínimos a largo. Proporciona alivio saber con el bajo coste con el que el Reino de España se está financiando. Pero, a la vez, producen el sentimiento de ver algo falso, artificial, impostado, que van ir desapareciendo en un breve plazo: “ya los días son más cortos y el frío empieza a calarnos”. En la última comunicación del Banco Central Europeo (BCE), de 8 de junio, se retiró la coletilla “y más negativos si fuese necesario”. Y en las actas de esa reunión se recogía la posibilidad de eliminar “prolongar las compras más allá de 2017 si fuera necesario”. También, en el castillo de Sintra las trompetas de retirada sonaron. Ayer volvió a hablar Draghi. Winter is coming, pero como en Juego de Tronos, aún se tomará su tiempo.

De momento, como en estos últimos años, el sol seguirá calentando. En la subasta del pasado martes, el Tesoro colocó 2.981 millones de euros en letras a 3 y a 9 meses, obteniendo nuevos récords de tipos a corto plazo: -0,48% y del -0,39%, respectivamente. En la subasta de ayer jueves, colocó 4.577 millones de euros, la mayor parte a diez años, con una rentabilidad, 1,64%, algo superior a la de la última subasta; el resto, en bonos a tres y cinco años, con rendimientos, 0,02% y 0,31%, aún menores que los anteriores. La prima de riesgo se mantiene muy baja, ayer descendió hasta los 93 puntos básicos.

Las subastas sienten la magia de Draghi. De los 1,12 billones de euros de deuda del conjunto de las administraciones públicas españolas, el BCE es el dueño del 16,33%, es el principal acreedor del Reino de España. De los 221.364 millones de euros que emitió el Tesoro en 2016, el BCE arrambló con 93.514 millones. Es una mano fuerte. Y cuando en un mercado hay un comprador dispuesto a comprarlo todo, ya se sabe, suben los precios, o sea, bajan los rendimientos.

Ya han pasado ocho años desde que el BCE comenzara a actuar para paliar los efectos negativos de la crisis sobre la inflación, la actividad y la estabilidad financiera. Winter is coming se repite como un mantra desde hace meses. Sin embargo, ayer no se cambió ni una coma respecto al último comunicado. Se mantienen intactos los tipos de interés y el programa de compras como estaba previsto hasta finales de 2017. En la conferencia posterior, Draghi no quiso hablar de fechas. “Hay que ser prudente, persistente y paciente”. Y es que gestiona la retirada de estímulos con delicadeza, para evitar que los mercados de deudas reaccionen excesivamente.

“Este cambio de estación que se acerca” no afecta igual a todos. “Cada pueblo tiene sus propias reglas, misticismos y liturgias”. La política monetaria expansiva supone una represión financiera, e implica una transferencia del coste de la crisis a los ahorradores. Para algunos, el invierno que se acerca será cálido. En el Reino de España, por el contrario, las subastas se irán enfriando. En las condiciones actuales, cuesta poco mantener la deuda. Pero hay que ir preparándose. En septiembre, puede ser una realidad que el invierno se acerque.

Hasta 2037

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:56

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/4/2017

Contamos con muchos datos para tomar conciencia de la importancia del principal problema económico al que se enfrenta España en los próximos años, esto es, su deuda pública. 1.106.952 millones de euros fue su volumen en valor absoluto a finales de 2016. Sin embargo, como esta cifra dice poco por sí sola, conviene compararla temporalmente. Y la conclusión que se extrae analizando su evolución en estos últimos años es que no ha dejado de crecer desde 2008, cuando se situó en 439.771 millones de euros. Casi se ha triplicado en estos ocho años, y seguirá creciendo mientras los Presupuestos Generales del Estado (PGE) arrojen déficit.

No obstante lo anterior, más fundamento se alcanza cuando se relaciona su volumen con otras variables que dan cuenta de en qué medida el país puede hacerse cargo de ella, como son el Producto Interior Bruto (PIB) y la población que la soporta. En este sentido, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) señala en el informe Observatorio de Deuda del cierre de 2016, publicado este mismo martes, que la deuda terminó en el 99,4% del PIB el pasado año. Este ratio ha ido mejorando desde el pico del 100,4% de 2014, pero sigue muy lejos del 39,5% que supuso en 2008. Y también sigue muy alejado de nuestro compromiso europeo: alcanzar el objetivo de deuda pública del 60% del PIB para 2020.

En cuanto al ratio del volumen de deuda en relación con la población, como ésta no crece y la deuda sí, no ha dejado de elevarse estos últimos años, pasando de los 9.511 euros que se debían per cápita en 2008, hasta los 23.793 euros que debe cada español en 2016; es más, en el caso de utilizar sólo la población que se encuentra en activo, estas cifras serían mucho más altas.

Asimismo, igual de importante para valorar el problema económico que supone la deuda pública es considerar el volumen de intereses que genera anualmente. En los recientes PGE se estima que el coste de financiar la deuda ascenderá a más de 32.000 millones de euros en 2017, la segunda mayor partida de gasto, sólo por debajo del gasto en pensiones. Pero más inquietante aún es que los PGE incluyen la previsión del gobierno de que el tipo de interés del bono español a 10 años será del 2%, frente al 1,4% de 2016. Es un cambio de tendencia -las previsiones desde 2012 eran a la baja- que se acentuará en los próximos años en la medida en que la inflación se eleve y que retire sus estímulos el Banco Central Europeo (BCE).

Con estos datos por delante, el problema de la sostenibilidad de la deuda es evidente. Si en los próximos años tanto los tipos de interés como el volumen de deuda van a ser cada vez mayores, los intereses anuales también lo serán, empujando al alza el déficit. Esto, a su vez, puede mermar la confianza de los mercados financieros, perjudicando la renovación de la deuda y elevando la prima de riesgo. Y esto implicaría aún mayores intereses. Es el peligro de caer en un bucle como el que vivimos desde 2008 a 2012. Es cierto que ahora contamos con crecimiento del PIB. Y la Airef, muy optimista, cuenta con que sea lo suficientemente amplio como para que esta rueda no se retroalimente, y que el objetivo de déficit europeo se alcance en 2037.

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Reestructurando

Carmen Pérez | 9 de febrero de 2017 a las 17:44

TRIBUNA ECONÓMICA, 20/1/2017

El Tesoro Público ha publicado recientemente su Estrategia de emisión de los valores del Tesoro 2017. Un documento digno de analizarse. Muestra en clave financiera las vicisitudes por las que ha atravesado España y lo que se espera que suceda en el próximo año. La confianza que otorgan los mercados se refleja en varios parámetros: el volumen que se puede captar, y más importante, a los tipos y plazos que se colocan las diferentes emisiones. El balance de estos últimos años es muy positivo, pero hay que resaltar que no obedece sólo a que hayamos ido mejorando como país, que también, sino a la intensa protección del BCE que disfrutamos desde 2012. España es como un joven que si accede al crédito en excelentes condiciones no es por su solvencia propia sino gracias al aval de sus padres.

No es poca la tarea que tiene el Tesoro cada año. Los vencimientos de emisiones pasadas acucian y hay que obtener dinero para amortizarlas, y además conseguir dinero adicional para atender los déficits anuales: en 2017 tiene previsto emitir 220.017 millones de euros, de los que 87.905 serán para atender amortizaciones de deuda a largo plazo -bonos y obligaciones-y 97.113 para hacer lo propio con las letras del tesoro. Habrá adicionalmente un aumento neto de 35.000 millones, que se espera colocar íntegramente a largo plazo.

El coste medio de las nuevas emisiones marcó el año pasado un mínimo histórico del 0,61%, tras descender de forma continuada desde el 3,90% que supuso en 2012. Estas bajadas arrastran a un menor coste medio de la deuda total en circulación. Así, éste ha ido disminuyendo del 4,07% de 2012 al 2,77% de 2016: más de 32.000 millones de euros ahorrados en intereses desde el rescate bancario.

Además, este coste mínimo ha sido posible incluso con un alargamiento del plazo de la deuda. La vida media de la emisión a medio y largo plazo fue de 11,5 años, cifra muy superior a la del año anterior, y más del doble de la registrada en 2012, de 5,1 años. Esta evolución ha ido aumentando la vida media de toda la deuda en circulación, desde los 6,20 años en 2013 hasta los 6,81 actuales. Eso sí, el perfil de vencimientos muestra que ya tenemos comprometidas amortizaciones para el año 2066. De esta forma, el Tesoro está reestructurando la deuda, haciendo más cómoda la refinanciación para el futuro y reduciendo la vulnerabilidad de la carga financiera del Estado ante subidas de tipos de interés en la Eurozona.

El documento se acompaña de fotos de algunos de los monumentos del riquísimo patrimonio histórico del Reino de España: la Alhambra, el Alcázar de Segovia y los castillos de Soutomaior, Butrón, Burgalima y Bellver. Con ellas se habrá querido trasmitir a los inversores una imagen de solidez y fortaleza, y a la vez la garantía que supone nuestro boyante sector turístico. Las emisiones de este enero se han mantenido en la buena línea de las anteriores, y Draghi en su conferencia de ayer apostó por dar más tiempo. El Tesoro podrá seguir reestructurando, pero más nos vale seguir mejorando las cifras de nuestra economía: las trompetas de retirada terminarán sonando y entonces ser tierra de castillos no será suficiente.

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Récords en la deuda

Carmen Pérez | 12 de septiembre de 2016 a las 14:37

TRIBUNA ECONÓMICA,  26/8/2016

AL mismo tiempo que en los Juegos Olímpicos se iban batiendo nuevos récords históricos, aquí, en España, batíamos otros de muy distinto tipo: récords en la cantidad de deuda pública, tanto en términos absolutos como en relación al PIB; y récords en cuanto a las condiciones de la deuda, en el plazo y en los tipos de interés, que en absoluto son ajenos a la intervención del Banco Central Europeo, BCE, que está marcando también los suyos propios. Récords con efectos contrarios para nuestra economía, que nos llevan a una deuda con mejores condiciones -por el momento- para atenderla, pero de un tamaño tan descomunal que pone en peligro el mantenimiento del Estado de bienestar por el altísimo volumen de intereses que genera.

El plazo medio para pagar la deuda ha ido creciendo y se sitúa actualmente en 6,89 años, superando el máximo que se consiguió en 2007. El Tesoro, aprovechando las bajas primas de riesgo, ya por debajo de los 100 puntos básicos, está desarrollando un proceso de reestructuración, favoreciendo la emisiones a plazos más largos. Incluso está utilizando de forma novedosa bonos a 50 años, siguiendo la misma tendencia que otros países, como Irlanda y Bélgica, con emisiones hasta de 100 años.

En cuanto al tipo de interés medio, marcó en julio un mínimo histórico, el 2,9%, muy inferior, por ejemplo, al 5,5% de 2001, antes de entrar en el euro, o del 4,5% al inicio de la crisis en 2007. Y sigue bajando, este pasado martes los rendimiento de las letras del Tesoro a 3 y 9 meses fueron de -0,351% y de -0,256% respectivamente, los más bajos de la historia. En la misma línea se mueven el resto de referencias, como el bono a diez años, que a principios de agosto cotizó por primera vez por debajo del 1%.

Sin embargo, la deuda pública de España ha alcanzado en términos absolutos un máximo histórico: 1,1 billones de euros; y un máximo histórico también en el porcentaje que representa en relación con el PIB: el 100,9%, muy superior al 40% del PIB de 2007. Al respecto, puede aducirse que no hace falta ser dramáticos, que el principal realmente no se paga sino que se renueva continuamente, pero conviene señalar lo costosísima que resulta la deuda -como en 2012- cuando llegan estas renovaciones y no se goza de la confianza de los mercados.

Pero incluso obviando la devolución del principal, lo que no se pueden eludir son los intereses que va generando. Actualmente suponen más de 33.000 millones de euros al año, cantidad equivalente al 71% del gasto en educación, al 50% del gasto en sanidad o más del doble del gasto en defensa. Y lo peor es que el récord del tamaño tardará poco en ser superado, dados los déficits públicos que se esperan para éste y los próximos años. Tampoco va a ser eterna la protección del BCE que estamos disfrutando, y cada punto de subida del interés medio añadiría otros 11.000 millones de euros de intereses al año. O se contiene la deuda o los intereses provocarán que en nuestras olimpiadas anuales -los presupuestos- se marquen nuevos récords -recortes- en el resto de los gastos. Recordemos que el pago de intereses va por delante, por urgente o necesario que sea, de cualquier otro pago.

Calificación y realidad

Carmen Pérez | 24 de mayo de 2016 a las 9:00

Recientemente, la agencia de calificación Fitch ha confirmado las calificaciones crediticias (rating) del Banco Santander y del BBVA en A-, con perspectiva estable. Resulta que dicha nota es superior a la del Reino de España, que está situada en BBB+, es decir, que esta agencia coloca a las dos empresas financieras un escalón por encima. También las otras dos agencias más importantes, Moody´s y Standard&Poor´s les otorgan mayor credibilidad crediticia a sus bonos bancarios que a los bonos españoles.  Que esto se produzca en Iberdrola –la única empresa, aparte de los dos bancos señalados, que también es más solvente que el Reino de España-  puede ser más comprensible, pero que sean bancos a los que les sucede es más complicado de aceptar, cuando encuentran en el Estado español su última garantía.

Usualmente las calificaciones de la deuda de las empresas suelen estar por debajo de la que ostentan sus países de residencia, y lo que suele ocurrir es que cuando una agencia mejora el rating de la deuda de un país siga los mismos pasos para la deuda de algunas empresas que estén especialmente vinculadas a su economía. Para BBVA y Santander, la situación inversa viene explicada porque desarrollan una buena parte de su actividad en otros países –de Europa, de América latina y EEUU- y no están completamente condicionados por las circunstancias económicas españolas.

Es verdad que estos dos bancos no mantienen una alta proporción de deuda pública española en sus balances (3%, Santander; 8%, BBVA), en relación a las que arrojan otros bancos españoles, y por ello  Fitch  afirma que  no existe probabilidad de que las entidades caigan en un escenario de default arrastradas por un hipotético impago de la deuda soberana de España.  Pero las relaciones de un banco con su Estado son mucho más complejas e íntimas que eso: el Estado es el último garante para los depósitos, la gran vía de entrada de recursos para la banca  (supera el 50% del total). Ningún cliente se molesta en investigar la mejor o peor situación financiera de una entidad crediticia a la hora de confiarle su dinero, abriendo un depósito, ya que sabe que cuenta con la seguridad que le confiere el respaldo final público: hasta 100.000 euros por titular y entidad.

Las agencias de calificación utilizan modelos sofisticados que contemplan una multitud de variables macroeconómicas y realizan un exhaustivo análisis de las cuentas financieras de las empresas que puntúan. Pero, a veces, los resultados que obtienen desconciertan, porque determinados hechos no tienen cabida en ellos: ¿cómo incluir esta garantía implícita del Estado español en ellos? Y así se llega a situaciones incoherentes como ésta, en la que el que respalda un negocio para que nunca caiga (Estado español) obtenga menos nota que el respaldado (Santander o BBVA). O, por señalar otra de hace algunos años, cuando le quitaron la máxima calificación, AAA, a los bonos de EEUU. Porque siendo realistas, por mucha recesión, paro y todo lo negativo que por entonces sufría este país: ¿no es EEUU la triple A por excelencia?

 

Los dueños de nuestra deuda

Carmen Pérez | 17 de mayo de 2016 a las 10:20

Si nos atenemos al último mes disponible, marzo de 2016,  nuestra deuda estaba mayoritariamente en manos extranjeras (52,86%) y, en segundo lugar, en las entidades de crédito españolas (18,21%). El porcentaje restante se lo reparten el Banco de España (10,49%), las entidades de seguro (7%),  las administraciones públicas (4,54%) y en un cuantía más escasa, los fondos de pensiones (1,93%), los fondo de inversión (2,37%),  las personas físicas (0,64%) y las empresas no financieras (1,54%).

deuda tenedores

Pero esta composición no ha sido siempre así, sino que ha experimentado cambios sustanciales en estos últimos años. Los extranjeros (aquí agrupa el Tesoro a todos los inversores no residentes, sean del tipo que sean) han ido aumentando su porcentaje en estos últimos años; esa misma evolución creciente se observa en las entidades de crédito españolas desde 2009, aunque con una  tendencia ligeramente descendente desde 2012.

Sin embargo, la participación de las administraciones públicas ha descendido de forma significativa, que se explica por el decremento del fondo de reserva de la Seguridad Social. Del mismo modo, las personas físicas y empresas, que  se mantenían en torno a un porcentaje sobre el 10%, ahora lo hacen una cantidades menos importantes, fundamentalmente debido a la escasa rentabilidad que proporcionan.

Por último, la deuda pública en el Banco de España está incrementándose, gracias a las  compras de deuda pública programadas dentro de la política monetaria del BCE.

(ver también http://www.tesoro.es/sites/default/files/estadisticas/06.pdf)

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