Archivos para el tag ‘Deuda Pública’

La multa

Carmen Pérez | 11 de mayo de 2016 a las 13:38

MARIANO Rajoy le ha escrito una carta al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en un intento de evitar que nuestro país sea multado por no haber cumplido el objetivo de déficit pactado el pasado año. La multa podría oscilar entre los 0 euros -una sanción simbólica- y el 0,2% del PIB, unos 2.000 millones de euros. A la vez, se está solicitando por nuestro país más tiempo adicional para conseguir que bajemos del objetivo del 3%, que en principio tendría que lograrse en 2016, con un 2,8%. España tiene algunos argumentos para su defensa; desde Europa tienen los suyos para vigilar la disciplina fiscal, y penalizar los incumplimientos.

Entre las razones que aduce Rajoy es la positiva evolución que ha seguido España desde 2011. Si miramos el renglón de España en la tabla de los déficits de los países europeos, se observa la importante tendencia decreciente que han ido siguiendo: 9,5% (2011), 10,4% (2012), 6,9% (2013), 5,9% (2014). 2015 se ha cerrado finalmente con un 5,1% de déficit: el pasado año nos hemos gastado 56.608 millones de euros por encima de lo que disponíamos. Aunque es cierto que hemos superado el 4,2%, el máximo autorizado, los datos dejan bien patente el esfuerzo que se ha hecho. Otra defensa es por comparación. No somos el único país europeo deficitario; de los 28 países, sólo Dinamarca, Alemania, Estonia y Luxemburgo no lo son, y aunque muchos han seguido la misma tendencia decreciente (la media europea desciende del 4,2% de 2011 al 2,6% de 2014) ninguno lo ha hecho de forma tan intensa. Tampoco somos los únicos incumplidores; Portugal o Francia, el año pasado, y Alemania en un pasado más lejano, lo fueron: sin que ninguna multa apareciese.

También se contraponen a este dato negativo del déficit otros positivos que matizan la importancia del incumplimiento: nuestra economía está creciendo mucho más que la media europea y está generando empleo. También a causa del crecimiento, el porcentaje de deuda pública sobre el PIB disminuyó el pasado año. Por tanto, el riesgo económico de nuestro país, que es lo que se trata de controlar con la disciplina fiscal, no ha tenido por qué elevarse. Por último, de forma adicional, existen otros argumentos técnicos, como la discutible forma de cuantificarse el déficit o la influencia de la bajísima inflación en los resultados obtenidos.

Pero la posible rigurosidad de la Comisión también sería entendible porque hay cuestiones relevantes en juego. El BCE está amparando de forma indirecta a todos los estados, ya que los tipos de interés a los que están consiguiendo emitir los diferentes tesoros no responden a la libre confluencia de oferta y demanda, sino que vienen fuertemente condicionados por la política monetaria expansiva que está desarrollando. Bruselas tiene claro que esta ayuda financiera no debe servir de ningún modo para que a la vista del dinero barato, y por la reducción del capítulo de intereses en los presupuestos, los gobiernos europeos se animen a seguir gastando. Y como las medidas benefician más mientras mayores son la deuda y la prima de riesgo real propia, como es el caso de España, caso de no vigilarse con máximo celo el cumplimiento de los déficits, el incentivo sería perverso. Por otra parte, hay proyectos en marcha, como la Unión Bancaria, que para culminarse necesitan de la confianza de los socios en que cada país cumplirá con el Pacto de estabilidad y crecimiento. Ni que decir de la importancia de este acuerdo para caminar hacia un Tesoro común, que emita bonos bajo un único riesgo europeo.

La disciplina fiscal no es un capricho, cuando se gasta sin tener, a base de financiación, se compromete el futuro, y más ante crecimientos débiles e inciertos. Los españoles debemos un billón de euros, que oscurece nuestro futuro, el de nuestros hijos y hasta el de nuestros nietos, porque el perfil de vencimientos alcanza ya 2064. No tendría que hacer falta que desde Europa nos dijeran nada para que los partidos políticos buscaran unidos la forma más humana de contener el déficit. La mayor flexibilidad que está teniendo la Comisión europea en este tema seguramente le llevará a no imponernos sanción, o que sea a coste cero, y a renegociar para los próximos años con mayor realismo nuestros objetivos de déficits. Pero la lección, con multa o sin ella, debería ser clara: la disciplina fiscal no sólo seguirá siendo fundamental para asegurar la viabilidad financiera de cada país, y de Europa en su conjunto, sino que va aún más allá, porque se ha convertido en la clave para conseguir una mayor integración europea (y al que piense en unSpainexit, que sepa que la deuda, y en muchas peores condiciones, seguiría siendo nuestra).

Etiquetas: ,

BCE, perdónanos nuestras deudas

Carmen Pérez | 1 de marzo de 2016 a las 8:40

MUCHO se está hablando estos días de la posibilidad de una nueva recesión, y de cómo podrían enfrentarla los bancos centrales en este nuevo contexto, en la que los tipos de interés ya están por los suelos. El bajo precio del petróleo, los desequilibrios con la economía china y las dificultades de muchas economías emergentes son algunas de las causas, todas relacionadas entre ellas, que están provocando una incertidumbre tal que los inversores están paralizados, prefiriendo mantener liquidez incluso al coste de pagar por ella.

Los glorificados bancos centrales para combatir los efectos de la crisis financiera del 2008 tuvieron que sacar su artillería y activaron sus herramientas de política monetaria, tanto las convencionales, como la intervención en los tipos de interés, como las que no lo son, concretadas en la compra masiva de activos financieros, en su mayoría de carácter público. ¿Qué podrán hacer entonces si esta nueva recesión se convierte en realidad?

Podrían, desde luego, intensificar las medidas actuales, como por ejemplo seguir deprimiendo los tipos de interés. Pero las anomalías que están produciendo son enormes -endeudados cobrando e inversores pagando- y tampoco están consiguiendo grandes efectos, porque la inflación sigue manteniéndose a niveles muy bajos. La demanda de crédito solvente se mantiene baja, y no va precisamente a subir ante la expectativa de esta nueva depresión, aunque se prime sustancialmente al que se endeude. Además, no ofrece confianza seguir intentando que el impulso a la economía se realice desde la banca, con la grave crisis que está atravesando; crisis que, por otra parte, con menores tipos de interés se acentuaría aún más.

No obstante, también podrían ponerse en marcha nuevas medidas, más radicales, todavía menos convencionales, como eliminar deuda. El Banco Central Europeo, BCE, por ejemplo, con las compras masivas que está llevando a cabo, se está convirtiendo en propietario de una gran cantidad de deuda pública de los Estados europeos. Hasta ahora, con estas compras está facilitando la labor de los gobiernos al proporcionarles que se financien a un baratísimo coste. Pero ante una nueva e importante recesión tendría que ir más allá y monetizarla, es decir, ir perdonándola (volverla perpetua y a interés nulo) mientras fuera necesario. Esto ya sí que sería realmente imprimir dinero nuevo, que hasta ahora no se ha hecho.

A partir de ahí, se abrirían varias posibilidades. Una de ellas, que los estados europeos, al adquirir mayor margen para el gasto -tanto por la bajada directa de deuda pública que supondría como por la inflación que con seguridad se generaría, que la disminuye también indirectamente- asumieran un mayor papel inversor, tomando protagonismo en la economía real. Si con tanta incertidumbre, bancos, empresas y familias no quieren tomar riesgos, las administraciones públicas, siempre dispuestas al gasto, estarían encantadísimas de hacerlo. Otra posibilidad es que se hiciera esto mismo pero a escala europea, emprendiendo grandes proyectos de inversión con dinero nuevo, por ejemplo ampliando e intensificando el plan Juncker. Una tercera alternativa es que ese alivio de la deuda proporcionado a los estados redundara en una fiscalidad más favorable para los ciudadanos y empresas europeas, y que fueran ellos los que estimularan la economía a nivel individual. Una suerte de “helicóptero del dinero” por la vía impositiva.

Pero lo cierto es que está completamente prohibido por la normativa europea que el BCE se utilice como caja de amortización de la deuda pública, aunque fuera quien lo orquestara, controlando las cuantías y tiempos, y respetando la proporcionalidad adecuada entre los países miembros. Precisamente sus estatutos se han blindado para que no se establezcan estos servicios monetarios a los gobiernos, por lo que llevar la iniciativa a nivel europeo quizá fuera lo más compatible. Aunque entregarlo directamente a los ciudadanos y empresas mediante una fiscalidad mejorada tampoco contradice la filosofía que subyace tras esta norma europea: los gobiernos tendrían que seguir esforzándose en mantener el equilibrio presupuestario, sólo que compensarían las bajadas de los ingresos impositivos con nueva deuda, sustituta de la amortizada.

Si se nos viniera encima una nueva recesión, desde el BCE no tendrán más remedio que poner voluntad y encontrar soluciones, todavía ignotas. Pero todo parece indicar que, sean cuales sean finalmente las fórmulas utilizadas para disolver la incertidumbre y asegurarnos el costoso pan nuestro de cada día, pasarían por establecer a la vez el perdón de nuestras deudas. Y así, al mismo ritmo que somos perdonados, podamos conseguir que en Europa la economía real vuelva a tener el protagonismo que nunca debió perder.

Etiquetas: ,

Los intereses del billón

Carmen Pérez | 25 de febrero de 2016 a las 7:28

sensibilidad

En el gráfico se muestra lo que nos cuesta el total de la deuda , como media, y lo que nos van costando las nuevas emisiones. Con las nuevas emisiones, España renueva cada año unos 180.000 millones de euros y además sigue incrementando el volumen total con mayor deuda.

El coste de las nuevas emisiones depende del nivel general de tipos interés, actualmente muy muy bajos; y de la prima de riesgo propia, esto es, de la confianza que tengan los inversores en la capacidad de pago de España para atender los intereses de toda la deuda viva y afrontar la devolución del principal de las deudas que van venciendo.

Las continuas emisiones van condicionando el tipo medio resultante del total. En el gráfico se observa con claridad que el mayor o menor precio de las nuevas emisiones se traslada al tipo medio. La variación del tipo medio afecta de forma más radical al total de intereses generados en los últimos años porque el volumen de deuda es muchísimo mayor. Por hacer unos cálculos, por cada 1% que suba el tipo medio, el coste de la deuda actual, 1 billón de euros, se incrementaría en 10.000 millones de euros al año. Cualquier programa económico para los próximos años debería tener muy presente esta circunstancia.

 

 

 

 

 

 

Etiquetas: ,

La pirámide convulsionada

Carmen Pérez | 15 de febrero de 2016 a las 8:45

CADA uno de nosotros debería aspirar a alcanzar la cúspide de la pirámide de Maslow. Esta famosa imagen creada por este psicólogo estadounidense establece la jerarquía u orden en el que las necesidades humanas deben satisfacerse, subiendo los escalones desde la parte inferior y más ancha, ocupada por las necesidades humanas básicas o fisiológicas, como respirar o comer, hasta la autorrealización o necesidad de ser, superando los peldaños sucesivos relacionados con la seguridad, la afiliación, y el reconocimiento. Hoy en día, en las sociedades occidentales, el denominado Estado de bienestar desempeña, nos guste o no, un papel fundamental en facilitar este desarrollo vital, disponiendo de un importantísimo presupuesto para ello.

Las cifras nos dan cuenta de la magnitud del cambio en España como Estado de bienestar en estos últimos decenios. En 1980 el gasto público ascendió a 30.066 millones de euros (31,16% del PIB) frente a los 463.041 millones de euros en 2015 (45,40%). Desde 1980 no paró de crecer hasta 2010, con 493.865 millones de euros (45,80%), pero tras la crisis experimentó un ligero retroceso hasta 2012; volvió a elevarse en 2013, alcanzando la mayor cifra de gasto público de la historia, 500.071 millones de euros (48% del PIB), y descendiendo estos dos últimos años hasta los datos actuales ya indicados, y que han supuesto un decremento del 7%.

Este creciente gasto público ha conseguido que desde 1980 la población en su conjunto haya experimentado una mejoría importantísima en sus condiciones de vida. Hace unos pocos años las necesidades fisiológicas y de seguridad las dábamos por superadas y, aunque seguían persistiendo en determinados colectivos, la gran mayoría pudo ir escalando puestos más altos en la pirámide de Maslow. Pero la crisis la mermó y trastocó su orden lógico, dándose, por ejemplo, la paradoja de personas que no tienen para comer pero que disponen de una asistencia sanitaria pública de primera calidad. O que no puedan afrontar la factura de la luz pero que tienen a su hijo estudiando ingeniería en la ciudad o en el conservatorio de música del pueblo. También se bajaron niveles dramáticos con la pérdida del empleo, al dañarse la autoestima o el sentido de pertenencia, aunque no se perdieran los niveles de subsistencia. Tampoco consuela mucho poder disfrutar de los mejores museos del mundo si no se llega a final de mes.

Esta convulsión en la cobertura de las necesidades también se ha visto reflejada claramente en la evolución de la obra social de las cajas de ahorro. Desde su origen, cuando estaban dedicadas fundamentalmente a beneficiencia y atención de las necesidades más básicas, se fue transformando al introducir objetivos que apuntaban a nuevos y más altos deseos de la población, como formación, exposiciones, conferencias, restauración del patrimonio artístico, apoyo a equipos deportivos y actos culturales de todo tipo. Su gestión privada posibilitó que de nuevo en estos últimos años la actividad se reorientara con rapidez, y se volviera a volcar en bancos de alimentos, comedores y ayudas a familias necesitadas, frente a las instituciones públicas, que han sido más tardías en reaccionar y en comprender que la atención de las necesidades de la base de la pirámide de Maslow debe ser siempre un objetivo prioritario e inmediato.

Pero el Estado de bienestar no ha sido en absoluto desmantelado. Pese a las innumerables necesidades básicas que se desataron, pese a las incesantes prestaciones a causa del desempleo, pese a la caída radical de los ingresos de una economía altamente deteriorada…No nos dejemos engañar, ni la corrupción ni el rescate bancario sino el sostenimiento del Estado de bienestar es lo que explica el aumento descomunal de la deuda pública. Muchos alegan que podría haberse hecho más en favor de la población, y reclaman sin pensar mayores aumentos del gasto, pero no olvidemos que los intereses de una deuda creciente pueden aniquilarnos, cuando además no siempre vamos a tener una política monetaria europea tan benefactora.

Conseguir que todos recuperemos, y mejoremos, el lugar que ocupábamos en la pirámide de Maslow antes de la crisis precisa crecimiento que genere empleo. El empleo consigue que cada uno cubra dignamente sus necesidades básicas, gane en autoestima y autorrealización, y además contribuya a la viabilidad de todos los logros -sanidad, educación, pensiones, prestaciones sociales,…- que el Estado de bienestar tiene establecidos. No hay otra solución. Así que, como advirtió Hamilton en El Federalista, prevención contra los que actúan como “defensores fervorosos de los derechos del pueblo, despreciando el celo por la firmeza y la eficacia del Gobierno. La Historia nos ha enseñado que casi todos los hombres que han derrocado las libertades empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo: se iniciaron como demagogos y acabaron tiranos”. Y entonces, serían todas las necesidades de la pirámide de Maslow, incluso las de su base, las que quedarían insatisfechas.

Etiquetas:

Empiezan las subastas

Carmen Pérez | 14 de enero de 2016 a las 10:39

226.694 millones de euros.  Ésa es la cantidad que el Tesoro tiene que conseguir a lo largo de 2016. Hoy se ha celebrado la primera subasta ordinaria del año, de bonos a tres, cinco y siete años.

Ya captó hace dos días 9.000 millones de euros en una emisión sindicada, de bonos a diez años, fuera del calendario regular. Pero el Tesoro quería colocar hasta 14.000 millones de euros en bonos en tres días, por lo que el objetivo para la jornada de hoy  oscilaba entre los 4.000 y los 5.000 millones de euro. Finalmente  ha adjudicado 1.045 millones a 3 años , 1.442 millones a 5 y 1.800 millones a siete años: en total, 4.300 millones de euros.

En la anterior emisión de bonos a tres años, el 19 de noviembre, la rentabilidad media se situó en el 0,124%, exactamente igual a la de hoy.  También se mantiene el interés exigido al bono español a cinco años  en el  0,65%, que alcanzó en la celebrada hace un mes. Para los bonos con vencimiento a siete años,  el interés medio ha sido del 1,266%, ligeramente por encima del 1,184% de la última subasta.

La expectación ante estas primeras subastas del año es máxima porque la incertidumbre política por la que estamos atravesando puede incrementar  los recelos hacia la deuda española. La rentabilidad de la emisión sindicada se situó en el 1,986%, 22 puntos básicos por debajo de la correspondiente a la última obligación del Estado a 10 años, emitida en junio de 2015. Los resultados de la subasta de hoy tampoco reflejan que, de momento, los inversores nos estén penalizando por nuestro mayor riesgo político.

Etiquetas: ,

Unión bancaria: compartir riesgos, pero no desmanes

Carmen Pérez | 28 de septiembre de 2015 a las 6:49

SI alguno de nosotros tuviera que aceptar que el día de mañana le podría tocar rascarse el bolsillo a cuenta de lo que hagan mal otros en un negocio común, se lo pensaría muy mucho y amarraría bien bajo qué condiciones. Porque puede asumirse el riesgo propio de la causa compartida, pero en ningún caso que las pérdidas sean provocadas por los desmanes de alguna de las partes. Esto es lo que piensa Alemania ante la creación de un Fondo de Garantías de Depósitos Europeo, la última fase de la Unión Bancaria: que sí, que este fondo es muy conveniente, pero con la condición de que el comportamiento de cada país en cuanto a la gestión de sus cuentas públicas sea el correcto.

Lo primero que se puso de manifiesto tras la crisis económico-financiera fue que no era lógico que cada país tuviera respecto a sus bancos diferentes, y no las adecuadas, reglas de juego. Felizmente se han mejorado, se han ampliado, y desde el 1 de enero de 2014 ya las comparten todos los bancos de la zona euro. También, se determinó en su día que la supervisión había que apartarla del control nacional por eso de evitar que se hiciera la vista gorda cuando se trataba de los bancos propios, o sea, que fuera imposible barrer para dentro. Dicho y hecho, el Mecanismo Único de Supervisión (MUS), el primer pilar de la Unión Bancaria Europea, culminó con éxito el pasado año y los 123 grupos bancarios de mayor tamaño, con sus test de stress de entrada en la boca, han pasado a ser supervisados por el Banco Central Europeo.

Pero con lo anterior no era suficiente, era absurdo pensar que porque se vigilen estrechamente a los bancos pueda descartarse completamente que alguno termine quebrando. También dicho y hecho, se desarrolló el Mecanismo Único de Resolución (MUR), segundo pilar de la Unión Bancaria Europea, que comenzará a ser operativo en enero de 2016. Su objetivo es claro: ahorrar a los contribuyentes el coste de futuras resoluciones bancarias. Accionistas, tenedores de preferentes y obligaciones subordinadas, bonistas y finalmente depositantes con saldos superiores a 100.000 euros será el orden que regirá a la hora de afrontar las pérdidas en las liquidaciones bancarias. Y si aun así es preciso inyectar dinero, se acudiría al Fondo Único de Resolución (FUR), creado recientemente, financiado por el sector bancario, y que en 2023 dispondrá de unos 55.000 millones de euros.

Pero lo cierto es que todo lo anterior no sirve de nada si quiebra más de un banco importante o vuelve a haber una crisis sistémica. Con 55.000 millones -aproximadamente el 1% de los depósitos cubiertos en la zona del euro- no hay, como suele decirse, ni para pipas. Por eso es fundamental el respaldo público de última instancia que puede proporcionar este Fondo de Garantía Europeo, el tercer y último pilar de la Unión Bancaria, que ahora se cuestiona.

Llegados a este punto, lo que fue una de las causas para impulsar la Unión Bancaria Europea, esto es, evitar los círculos viciosos entre dificultades bancarias y deuda soberana, se ha vuelto el obstáculo a salvar para finalizar su desarrollo. Y es que el círculo vicioso también funciona en el otro sentido: son los bancos nacionales, tras obtener dinero del BCE, los que financian a sus estados. Y los desmanes de los estados pueden complicar a sus bancos. Por eso Alemania exige, entre otras cosas, que se limite el porcentaje de deuda soberana en manos de los bancos antes de meterse en el charco del Fondo de Garantía de Depósitos Europeo.

En el mundo de los negocios se sabe que el que quiere firmar el contrato muy rápido, sin meditar ni discutir las condiciones, es justo porque no piensa cumplirlo, o porque no va a cargar con las consecuencias adversas. Alemania no quiere dejar ningún cabo suelto antes de comprometerse, porque sabe que puede tocarle pagar, y lo hará, si llega el caso. Y sinceramente, no es de extrañar su actitud dada la débil recuperación económica, el alto gasto público comprometido que caracteriza las cuentas públicas de los estados europeos en nuestros días y, como alerta el BCE, el auge de los populismos y “sus recetas para el desastre”.