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La pirámide convulsionada

Carmen Pérez | 15 de febrero de 2016 a las 8:45

CADA uno de nosotros debería aspirar a alcanzar la cúspide de la pirámide de Maslow. Esta famosa imagen creada por este psicólogo estadounidense establece la jerarquía u orden en el que las necesidades humanas deben satisfacerse, subiendo los escalones desde la parte inferior y más ancha, ocupada por las necesidades humanas básicas o fisiológicas, como respirar o comer, hasta la autorrealización o necesidad de ser, superando los peldaños sucesivos relacionados con la seguridad, la afiliación, y el reconocimiento. Hoy en día, en las sociedades occidentales, el denominado Estado de bienestar desempeña, nos guste o no, un papel fundamental en facilitar este desarrollo vital, disponiendo de un importantísimo presupuesto para ello.

Las cifras nos dan cuenta de la magnitud del cambio en España como Estado de bienestar en estos últimos decenios. En 1980 el gasto público ascendió a 30.066 millones de euros (31,16% del PIB) frente a los 463.041 millones de euros en 2015 (45,40%). Desde 1980 no paró de crecer hasta 2010, con 493.865 millones de euros (45,80%), pero tras la crisis experimentó un ligero retroceso hasta 2012; volvió a elevarse en 2013, alcanzando la mayor cifra de gasto público de la historia, 500.071 millones de euros (48% del PIB), y descendiendo estos dos últimos años hasta los datos actuales ya indicados, y que han supuesto un decremento del 7%.

Este creciente gasto público ha conseguido que desde 1980 la población en su conjunto haya experimentado una mejoría importantísima en sus condiciones de vida. Hace unos pocos años las necesidades fisiológicas y de seguridad las dábamos por superadas y, aunque seguían persistiendo en determinados colectivos, la gran mayoría pudo ir escalando puestos más altos en la pirámide de Maslow. Pero la crisis la mermó y trastocó su orden lógico, dándose, por ejemplo, la paradoja de personas que no tienen para comer pero que disponen de una asistencia sanitaria pública de primera calidad. O que no puedan afrontar la factura de la luz pero que tienen a su hijo estudiando ingeniería en la ciudad o en el conservatorio de música del pueblo. También se bajaron niveles dramáticos con la pérdida del empleo, al dañarse la autoestima o el sentido de pertenencia, aunque no se perdieran los niveles de subsistencia. Tampoco consuela mucho poder disfrutar de los mejores museos del mundo si no se llega a final de mes.

Esta convulsión en la cobertura de las necesidades también se ha visto reflejada claramente en la evolución de la obra social de las cajas de ahorro. Desde su origen, cuando estaban dedicadas fundamentalmente a beneficiencia y atención de las necesidades más básicas, se fue transformando al introducir objetivos que apuntaban a nuevos y más altos deseos de la población, como formación, exposiciones, conferencias, restauración del patrimonio artístico, apoyo a equipos deportivos y actos culturales de todo tipo. Su gestión privada posibilitó que de nuevo en estos últimos años la actividad se reorientara con rapidez, y se volviera a volcar en bancos de alimentos, comedores y ayudas a familias necesitadas, frente a las instituciones públicas, que han sido más tardías en reaccionar y en comprender que la atención de las necesidades de la base de la pirámide de Maslow debe ser siempre un objetivo prioritario e inmediato.

Pero el Estado de bienestar no ha sido en absoluto desmantelado. Pese a las innumerables necesidades básicas que se desataron, pese a las incesantes prestaciones a causa del desempleo, pese a la caída radical de los ingresos de una economía altamente deteriorada…No nos dejemos engañar, ni la corrupción ni el rescate bancario sino el sostenimiento del Estado de bienestar es lo que explica el aumento descomunal de la deuda pública. Muchos alegan que podría haberse hecho más en favor de la población, y reclaman sin pensar mayores aumentos del gasto, pero no olvidemos que los intereses de una deuda creciente pueden aniquilarnos, cuando además no siempre vamos a tener una política monetaria europea tan benefactora.

Conseguir que todos recuperemos, y mejoremos, el lugar que ocupábamos en la pirámide de Maslow antes de la crisis precisa crecimiento que genere empleo. El empleo consigue que cada uno cubra dignamente sus necesidades básicas, gane en autoestima y autorrealización, y además contribuya a la viabilidad de todos los logros -sanidad, educación, pensiones, prestaciones sociales,…- que el Estado de bienestar tiene establecidos. No hay otra solución. Así que, como advirtió Hamilton en El Federalista, prevención contra los que actúan como “defensores fervorosos de los derechos del pueblo, despreciando el celo por la firmeza y la eficacia del Gobierno. La Historia nos ha enseñado que casi todos los hombres que han derrocado las libertades empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo: se iniciaron como demagogos y acabaron tiranos”. Y entonces, serían todas las necesidades de la pirámide de Maslow, incluso las de su base, las que quedarían insatisfechas.

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Empiezan las subastas

Carmen Pérez | 14 de enero de 2016 a las 10:39

226.694 millones de euros.  Ésa es la cantidad que el Tesoro tiene que conseguir a lo largo de 2016. Hoy se ha celebrado la primera subasta ordinaria del año, de bonos a tres, cinco y siete años.

Ya captó hace dos días 9.000 millones de euros en una emisión sindicada, de bonos a diez años, fuera del calendario regular. Pero el Tesoro quería colocar hasta 14.000 millones de euros en bonos en tres días, por lo que el objetivo para la jornada de hoy  oscilaba entre los 4.000 y los 5.000 millones de euro. Finalmente  ha adjudicado 1.045 millones a 3 años , 1.442 millones a 5 y 1.800 millones a siete años: en total, 4.300 millones de euros.

En la anterior emisión de bonos a tres años, el 19 de noviembre, la rentabilidad media se situó en el 0,124%, exactamente igual a la de hoy.  También se mantiene el interés exigido al bono español a cinco años  en el  0,65%, que alcanzó en la celebrada hace un mes. Para los bonos con vencimiento a siete años,  el interés medio ha sido del 1,266%, ligeramente por encima del 1,184% de la última subasta.

La expectación ante estas primeras subastas del año es máxima porque la incertidumbre política por la que estamos atravesando puede incrementar  los recelos hacia la deuda española. La rentabilidad de la emisión sindicada se situó en el 1,986%, 22 puntos básicos por debajo de la correspondiente a la última obligación del Estado a 10 años, emitida en junio de 2015. Los resultados de la subasta de hoy tampoco reflejan que, de momento, los inversores nos estén penalizando por nuestro mayor riesgo político.

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Unión bancaria: compartir riesgos, pero no desmanes

Carmen Pérez | 28 de septiembre de 2015 a las 6:49

SI alguno de nosotros tuviera que aceptar que el día de mañana le podría tocar rascarse el bolsillo a cuenta de lo que hagan mal otros en un negocio común, se lo pensaría muy mucho y amarraría bien bajo qué condiciones. Porque puede asumirse el riesgo propio de la causa compartida, pero en ningún caso que las pérdidas sean provocadas por los desmanes de alguna de las partes. Esto es lo que piensa Alemania ante la creación de un Fondo de Garantías de Depósitos Europeo, la última fase de la Unión Bancaria: que sí, que este fondo es muy conveniente, pero con la condición de que el comportamiento de cada país en cuanto a la gestión de sus cuentas públicas sea el correcto.

Lo primero que se puso de manifiesto tras la crisis económico-financiera fue que no era lógico que cada país tuviera respecto a sus bancos diferentes, y no las adecuadas, reglas de juego. Felizmente se han mejorado, se han ampliado, y desde el 1 de enero de 2014 ya las comparten todos los bancos de la zona euro. También, se determinó en su día que la supervisión había que apartarla del control nacional por eso de evitar que se hiciera la vista gorda cuando se trataba de los bancos propios, o sea, que fuera imposible barrer para dentro. Dicho y hecho, el Mecanismo Único de Supervisión (MUS), el primer pilar de la Unión Bancaria Europea, culminó con éxito el pasado año y los 123 grupos bancarios de mayor tamaño, con sus test de stress de entrada en la boca, han pasado a ser supervisados por el Banco Central Europeo.

Pero con lo anterior no era suficiente, era absurdo pensar que porque se vigilen estrechamente a los bancos pueda descartarse completamente que alguno termine quebrando. También dicho y hecho, se desarrolló el Mecanismo Único de Resolución (MUR), segundo pilar de la Unión Bancaria Europea, que comenzará a ser operativo en enero de 2016. Su objetivo es claro: ahorrar a los contribuyentes el coste de futuras resoluciones bancarias. Accionistas, tenedores de preferentes y obligaciones subordinadas, bonistas y finalmente depositantes con saldos superiores a 100.000 euros será el orden que regirá a la hora de afrontar las pérdidas en las liquidaciones bancarias. Y si aun así es preciso inyectar dinero, se acudiría al Fondo Único de Resolución (FUR), creado recientemente, financiado por el sector bancario, y que en 2023 dispondrá de unos 55.000 millones de euros.

Pero lo cierto es que todo lo anterior no sirve de nada si quiebra más de un banco importante o vuelve a haber una crisis sistémica. Con 55.000 millones -aproximadamente el 1% de los depósitos cubiertos en la zona del euro- no hay, como suele decirse, ni para pipas. Por eso es fundamental el respaldo público de última instancia que puede proporcionar este Fondo de Garantía Europeo, el tercer y último pilar de la Unión Bancaria, que ahora se cuestiona.

Llegados a este punto, lo que fue una de las causas para impulsar la Unión Bancaria Europea, esto es, evitar los círculos viciosos entre dificultades bancarias y deuda soberana, se ha vuelto el obstáculo a salvar para finalizar su desarrollo. Y es que el círculo vicioso también funciona en el otro sentido: son los bancos nacionales, tras obtener dinero del BCE, los que financian a sus estados. Y los desmanes de los estados pueden complicar a sus bancos. Por eso Alemania exige, entre otras cosas, que se limite el porcentaje de deuda soberana en manos de los bancos antes de meterse en el charco del Fondo de Garantía de Depósitos Europeo.

En el mundo de los negocios se sabe que el que quiere firmar el contrato muy rápido, sin meditar ni discutir las condiciones, es justo porque no piensa cumplirlo, o porque no va a cargar con las consecuencias adversas. Alemania no quiere dejar ningún cabo suelto antes de comprometerse, porque sabe que puede tocarle pagar, y lo hará, si llega el caso. Y sinceramente, no es de extrañar su actitud dada la débil recuperación económica, el alto gasto público comprometido que caracteriza las cuentas públicas de los estados europeos en nuestros días y, como alerta el BCE, el auge de los populismos y “sus recetas para el desastre”.