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Finanzas de Occidente, finanzas de Oriente

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:50

TRIBUNA ECONÓMICA, 13 Octubre, 2017

Conviene no perderle el ojo a los asuntos que se están cociendo a nivel global porque con algunos podemos terminar escaldándonos. Como el desequilibrio económico y financiero de China. Este gigante asiático reaccionó a la crisis financiera del mundo occidental apuntándose al modelo de crecimiento a base de deuda, con el desarrollo de productos financieros derivados consecuente. Actualmente su sector bancario es uno de los mayores y su progresión ha ido aparejada a una gran expansión de la actividad bancaria en la sombra. Una evolución que recuerda demasiado a la que experimentó EEUU, con los activos tóxicos derivados de las hipotecassubprime, y en la que las cuentas externas de China no fueron ajenas. Entonces, las finanzas de Occidente afectaron al mundo; ahora son las de Oriente las que pueden provocar el mismo caos financiero.

El punto de arranque del proceso de sobreendeudamiento fue la puesta en marcha por parte de su gobierno de un ambicioso plan fiscal y de fuertes estímulos monetarios a partir de 2008: quería que, pese a la crisis, la economía siguiera creciendo a ratios elevados. Según los datos de un reciente informe sobre China del Banco de España, su deuda, en porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), pasó del 150% en 2008 hasta el 257% a finales de 2016. Sobre todo creció la deuda privada de las empresas no financieras, pero también la subida de la deuda de los hogares, por los préstamos para viviendas, ha sido espectacular en ese tiempo.

Esta expansión ha conllevado la proliferación paralela -fuera de la banca- de instrumentos financieros sobre los préstamos concedidos, y que se han distribuido masivamente a inversores minoristas y mayoristas. El nivel de créditos morosos oficialmente se cifra en el 5,3%, pero no faltan consultoras que lo elevan hasta el 25%. El aumento del tamaño, la complejidad y la interconexión entre el sector público, la banca regulada y la banca en la sombra han elevado de forma importante los riesgos financieros, lo que ha llevado a Moody’s y Standard&Poor’s a recortar la nota de su deuda soberana.

Y si estos riesgos latentes se materializaran se contagiarían más allá de sus fronteras. Se vería perjudicado el comercio internacional, descendería el precio de las materias primas y se afectarían el resto de sistemas financieros. En este sentido, esta misma semana, tanto Wolfang Schäuble, próximo presidente del Bundestag, como Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, han advertido de la posibilidad de una crisis financiera global causada por la rápida expansión del crédito en China.

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Aniversario de la crisis financiera

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:45

TRIBUNA ECONÓMICA, 11/8/2017

Esta semana se han cumplido diez años desde el inicio de la crisis financiera. El aniversario ha propiciado que se lleve a cabo en los medios de comunicación una revisión exhaustiva de la misma: los hitos más importantes, el análisis de sus causas y consecuencias, el impacto particular en cada uno de los países o los remedios aplicados para sortearla. No es para menos, la crisis fue de tal magnitud que las economías se resquebrajaron, los mercados financieros y la banca estuvieron a punto de colapsar y han sufrido una intensa reestructuración, transformó la política e incluso ha supuesto un cambio cultural de importancia. Ayer mismo, la Comisión Europea también aprovechaba esta fecha para celebrar la situación económica actual y, al igual que han hecho los otros países desarrollados, daba la etapa por finalizada. Demasiado optimismo derrochan.

Si hay algo que no se cuestiona de la crisis es que la desaforada expansión del sistema financiero fue su principal causa. La llegada de internet junto con la intensa desregulación y la mala supervisión del sistema financiero permitieron que la banca aumentara espectacularmente el volumen de deuda. En 1950 la deuda privada -a hogares y a empresas- en EEUU suponía el 50% del PIB, y en 2007 alcanzó el 160%. En España, creció del 80% del PIB de 1980 al 230% en 2007. “Los bancos ponían dinero en cualquier cosa”, dijo hace pocos días Janet Yellen, la presidenta de la Reserva Federal, recordando el inicio de la crisis.

Sin embargo, a pesar del consenso sobre lo anterior, diez años después, la deuda total sigue creciendo. Si la deuda privada en los países desarrollados se ha reducido significativamente, este descenso se ha visto acompañado del crecimiento de sus deudas públicas. Además, la política de sus bancos centrales, con tipos de interés a niveles nulos o negativos, incitan de nuevo a que se endeuden familias y empresas.

Seguimos instalados, por tanto, en un modelo económico que necesita deuda para el crecimiento. Y si atendemos a la cualificada tesis de Adair Turner, presidente que fue de la Autoridad para la Estabilidad Financiera del Reino Unido, expuesta en su libro Between Debt and the Devil (2015), para crecer es necesario cada vez mayor cantidad de deuda. Y en las décadas anteriores a la crisis ya se necesitó un aumento del 10-15% para lograr un crecimiento del PIB del 5%.

No puede decirse que la crisis haya pasado en balde. La Comisión Europea también hacía balance ayer de las muchas medidas que se han tomado para que nuestras instituciones financieras sean más fuertes y para que estén mejor supervisadas. Pero no deben bajar la guardia. La economía occidental se desarrolla sobre un volumen descomunal de deuda, que habría que restringir y vigilar hacia dónde es canalizada. Además, como consecuencia también de la crisis, otros países se han añadido a este modelo de endeudamiento excesivo. Entre ellos, China, donde se ha cuadriplicado la deuda privada en estos últimos diez años, alcanzando el 304% del PIB. Así, la deuda mundial no deja de batir récords, ya nos debemos a nosotros mismos 217 billones de dólares: la adicción a la deuda se contagia y no para

 

Más capital, menos deuda

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:53

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/3/2017

Hace unos meses publicaba Financial Times una noticia curiosa. Contaba que en tiempos pasados en el Reino Unido se cobraba a los propietarios un impuesto por cada una de las ventanas que tuvieran a la calle en sus viviendas. Muchas se cerraron. Años después se constató el aumento de la incidencia de enfermedades contagiosas en la población por falta de ventilación en las casas: el impuesto a las ventanas fue retirado. Éste es un caso que muestra con toda radicalidad hasta dónde pueden llegar los efectos de una norma. Ahora, Donald Trump quiere eliminar una medida fiscal -la deducción de intereses en la determinación del beneficio empresarial- que contribuye a que se desarrolle una enfermedad en la sociedad: el excesivo endeudamiento. La propuesta es revolucionaria porque estamos tan acostumbrados a esta práctica que se considera ley de la naturaleza.

El efecto más inmediato sería que se recaudarían más impuestos: se estima que los ingresos fiscales perdidos fueron de entre el 2% y el 5% del Producto Interior Bruto (PIB) al año en el mundo desarrollado justo antes de la crisis. Es verdad que este efecto en la actualidad sería menor por los bajos tipos de interés y porque en estos últimos años se han ido estableciendo -también en España- límites, que afectan especialmente a los grupos internacionales, para evitar que eludan impuestos mediante operaciones de financiación entre sus empresas. No obstante, el objetivo de Trump no es recaudar más. Su propuesta es mucho más radical: quiere eliminar la deducción por completo y de forma simultánea bajar el tipo impositivo a las empresas: una cosa por la otra. Así, incluso las empresas de los sectores con menor endeudamiento podrían terminar hasta pagando menos impuestos.

El objetivo es otro: conseguir eliminar el sesgo que la deducción de intereses introduce a favor de la deuda, que anima a las empresas a utilizar una mayor proporción de recursos ajenos frente a los recursos propios. En definitiva, se dejaría de incentivar el apalancamiento. No se trata de demonizar la deuda, el crédito es vital en el sistema económico moderno. Pero a la deuda no hace falta animarla, se basta sola para hacerlo. Y además es el ingrediente principal que infla todo el sistema financiero.

Lo tenemos muy reciente, acabamos de pasar la mayor crisis financiera de la historia y, si el altísimo grado de endeudamiento no fue su única causa, sí que puede asegurarse que hizo que fuera mucho más intensa. No sólo habría que eliminar esta práctica, sino otras -fiscales y monetarias- como la deducción de los gastos financieros en la primera vivienda. “La mayoría de las economías occidentales endulzan el coste de los préstamos. Es una mala idea”, concluía un extenso artículo -A senseless subsidy- en The Economist (2015). Ahora sería el momento ideal para el cambio, porque con tasas de interés tan bajas la distorsión de la reforma sería menor. Pero mejor no ser optimistas. La medida es demasiado revolucionaria y hay demasiados intereses en juego. Lo más probable es que a Trump le tumben su propuesta. Las ventanas se quedarán cerradas y la enfermedad del excesivo endeudamiento la seguiremos padeciendo.

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