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El límite de Draghi

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/4/2017

La política de comunicación es una herramienta esencial en política monetaria. Mario Draghi, como cualquier presidente de un banco central moderno, en cada una de sus intervenciones tiene que elegir con sumo cuidado sus palabras. De la credibilidad que trasmita depende en gran parte la eficacia de su política monetaria. En la situación actual, para que la economía siga reactivándose, necesita persuadir a los agentes económicos de que los tipos de interés seguirán siendo por mucho tiempo bajos.

Las palabras que utilizó ayer, tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, fueron prácticamente idénticas a las de la reunión anterior y a las que pronunció el pasado 21 de abril, en la reunión del Comité Monetario y Financiero Internacional, en Washington. De momento, no cambia nada; se mantienen los tipos de interés en el 0%, y la facilidad de depósito en el -0,40 %. Y en cuanto a las compras de activos, que ya han empezado a un ritmo inferior, de 60.000 millones de euros mensuales, continuarán como estaban previstas, hasta final de 2017.

Pero para reforzar el mensaje en estos momentos de hipersensibilidad, Draghi viene comunicando además anticipos de la conducta futura. Así, sobre los tipos de interés afirmó ayer que se mantendrán en los niveles actuales o, incluso, en niveles inferiores por mucho tiempo, más allá del final del programa de compras de activos. Por su parte, de dicho programa aseguró que si es necesario podría ampliarse en volumen y/o en duración.

El reto de Draghi es hacer todo esto creíble, a sabiendas de que no tendría más remedio que adaptarse a nuevos escenarios porque su compromiso con la estabilidad de los precios es ineludible. Como ya dijera hace años Paul Krugman, la política monetaria es efectiva si el banco central puede comprometerse a ser irresponsable. Pero Draghi no puede, ni los alemanes le dejarían. Su mandato es claro: mantener la tasa de inflación por debajo, aunque próxima, al 2%. Incluso su famosa frase de julio de 2012, “el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro”, iba precedida del condicional “Dentro de nuestro mandato” que lo limitaba.

En su conferencia, Draghi señaló que las últimas proyecciones de los expertos del BCE para la zona euro sitúan la inflación subyacente en el 1,7% para este año, en el 1,6% para 2018, y el 1,7% para 2019. El margen respecto al objetivo, por tanto, se estrecha. Posiblemente a Draghi le gustaría ser imprudente, proseguir e incluso intensificar los estímulos hasta que la recuperación económica fuera bien clara. Aunque se pasara de la raya.

Es el dilema de los bancos centrales con un objetivo tan concreto: confiere credibilidad a su actuación, pero también la maniata. Por eso, en sus comunicaciones, Draghi se muestra firme para animar a los agentes económicos, pero no deja a la vez de apelar a los gobiernos nacionales para que su contribución individual sea más decisiva, que actualmente es “subóptima”: algunos Estados Miembros tiene que tomar medidas para cumplir con las normas fiscales; y otros tienen que utilizar el espacio fiscal del que disponen, en clara referencia a Alemania.

Cuándo subirá el euríbor

Carmen Pérez | 24 de marzo de 2017 a las 19:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/3/2017

Desde que en febrero del año pasado el Euríbor a doce meses cruzara el Rubicón cotizando por debajo del 0%, no ha dejado los valores negativos. Ayer este indicador de referencia para derivados, hipotecas y préstamos se situó en el -0,111%. La incógnita ahora es cuándo emprenderá el camino contrario para retornar a la normalidad financiera. Y esa incógnita sólo puede despejarla el Banco Central Europeo (BCE). En principio, sus decisiones se toman de forma aséptica, en función de su único objetivo, que la inflación se mantenga cercana al 2%. Pero no son pocas las presiones para que actúe en uno u otro sentido: todos expectantes, porque unos desean que suba; a otros les puede saber a cuerno quemado que la situación actual se revierta.

Según Eurostat, la agencia estadística de la Unión Europea, la inflación de la zona del euro se situó en febrero en el 2%, pero las previsiones, según dijo Mario Draghi en su intervención de ayer, son que se sitúe en 1,7% en 2017, en 1,6% en 2018 y en 1,7% en 2019. Se estrecha el margen, por tanto, pero Draghi, que considera conveniente proseguir con los estímulos monetarios, se agarra a la inflación subyacente -sin considerar la energía y los alimentos frescos- que sigue en el 0,9%.

Alemania presiona en contra, desea que se acabe ya esta agresiva política monetaria: su inflación sí supera el 2%. También para la banca significaría disfrutar de un mayor margen financiero, que le ayudaría con la disminución del volumen de negocio, a superar los males que aún arrastran del pasado y afrontar los nuevos retos derivados del desafío tecnológico. A los inversores conservadores les sucede lo mismo, estarían encantados con que terminara la represión financiera: tipos ultra bajos combinados con inflación es el peor escenario para ellos.

Pero, en el extremo opuesto, para algunos países, como España, Francia, Italia o Portugal, que los costes financieros se mantengan bajos es esencial para que puedan digerirlos sus presupuestos. Y sus abultadas deudas se vuelven relativamente menos importantes si a la vez de tipos bajos la inflación va creciendo. Seguir así durante más tiempo les supone la posibilidad de salir del pozo financiero en el que están inmersos. Similar situación es la que viven todos los endeudados -familias y empresas- que también están rezando porque esta situación permanezca.

Abundan las opiniones de expertos de fondos de inversión, de entidades financieras, de foros internacionales, de thinktanks: cada uno pone una fecha. Pero lo cierto es que no hay nada cierto. En la reunión de ayer Draghi mantuvo los tipos de interés y confirmó que las compras de bonos -ya menores, de 60.000 millones de euros/mes- seguirán, como estaba previsto, hasta diciembre. No dio más pistas: se irá viendo. Incluso se reserva sobre lo establecido incrementar o un posible arrepentimiento. Él contempla todos los datos, las previsiones y las presiones; las decisiones de otros bancos centrales, especialmente de la Reserva Federal; y los diferentes acontecimientos: Brexit, Trump y el intenso calendario electoral europeo. ¿Que cuándo subirá el Euríbor? De momento, no. Cita a cita, el BCE irá decidiendo.

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‘Tapering’

Carmen Pérez | 14 de noviembre de 2016 a las 9:50

TAPERING, otra palabra inglesa que se cuela en nuestro vocabulario, como tantas que nos ha traído la crisis. En finanzas, este proceso hace referencia a la disminución gradual de las medidas extraordinarias de política monetaria expansiva tomadas por los bancos centrales, esto es, la retirada paulatina del quantitative easing, QE. La Reserva Federal, FED, comenzó a aplicarlo en 2013, pero ahora es cuando vamos a escuchar esta palabra una y otra vez porque se acerca la fecha -marzo- del final del programa de compras de activos del BCE. De momento, Draghi en su última reunión -octubre- no ha mostrado sus cartas: ni negó el tapering ni tampoco que el programa no se pudiera continuar, ampliar o reformar sus características en próximas citas. Todo puede ser. Next meeting: diciembre. Paradójicamente, no parece que genere mucha alegría que el tapering se acerque.

El programa de compras ha llevado al BCE a ser dueño de más de un billón de euros en bonos soberanos de la zona euro: unos 255.000 millones de deuda alemana; 202.000,  francesa; 176.000, italiana; y más de 126.000 de deuda española. Pero aún sólo representa el 10% del total de la deuda europea, lejos del 20% que posee la FED de la deuda federal o del 30% que tiene el BoJ de la nipona. Respecto a los bonos privados, el BCE ha comprado desde junio 29.700 millones de euros. En Europa vamos por detrás de otros bancos centrales; seguimos yendo cuando, por ejemplo, la FED está de vuelta, y en la actualidad se enfrenta a subidas de tipos de interés aunque de forma muy lenta.

Los programas de compras hay que retirarlos como la cortisona, poco a poco,  para evitar movimientos bruscos en los mercados financieros. Por ello, la comunicación de cualquier cambio en la estrategia monetaria debe hacerse con sumo cuidado. Incluso puede darse marcha atrás si es conveniente. Todo depende de cómo vayan evolucionando las variables macroeconómicas, especialmente la inflación, objetivo del BCE. La inflación europea alcanzó en septiembre el 0,4%, y los pronósticos apuntan a 1,2% en 2017, 1,5% en 2018 y 1,8% en el largo plazo. En diciembre, cuando Draghi concretará su postura, se dispondrá también de nuevas proyecciones de crecimiento y de inflación hasta 2019.

Que se hable del inicio del proceso de tapering debería alegrarnos, porque significaría que la economía europea está mejorando, que la tasa de inflación está alcanzando  niveles más saludables y que se está consolidando el crecimiento económico. Así lo subrayó Draghi: “El QE no durará siempre, dependerá de que se consiga llegar a una senda de convergencia duradera y autosostenida hacia el objetivo del BCE”. Antes o después, el tapering será un hecho. Pero la decisión -Alemania apremia- se tomará en función de la situación de Europa en su conjunto, aunque a España no le convenga. Con presupuestos con ingresos insuficientes para abordar el alto volumen de gasto público, pensiones incluidas, preocupa pensar que tengan además que soportar el efecto negativo del tapering en familias y empresas endeudadas, así como asumir el mayor coste de la deuda pública que desenganchados de los estímulos con seguridad tendríamos.

Necesidad de alinearnos

Carmen Pérez | 3 de agosto de 2016 a las 6:01

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/7/2016

MARIO Draghi ha utilizado siempre en sus intervenciones palabras que trasmitieran contundencia y dominio de la situación, que reflejaran que sabía cuál era el camino y que estaba dispuesto a recorrerlo. Frases como “haré todo lo que sea necesario” o “no hay límites” fueron todo un éxito, consiguiendo la confianza de los mercados antes incluso de que empezar a intervenirlos. Sin embargo, sus firmes palabras del pasado contrastan con las que pronunció en su discurso en el Foro de Bancos Centrales, el futuro de la arquitectura monetaria y financiera internacional, organizado por el BCE y celebrado en Sintra hace unos días: “Necesidad de alinearnos” son las palabras con la que, de forma eufemística, demandó un acuerdo internacional que ponga paz a esta guerra financiera.

No hizo ni una alusión al Brexit, pero estaba en la mente de todos: la salida del Reino Unido de la UE constituye una nueva e importante convulsión que va a provocar que los diferentes bancos centrales muevan ficha, y cada movimiento de uno será contestado inmediatamente por los otros en un proceso de acción-reacción que ya se alarga demasiado. La apertura hacia un mundo desconocido con la utilización de políticas monetarias agresivas se inició en 2008 por la Reserva Federal, y las recetas extraordinarias que se aplican son cada vez de mayor intensidad pero con menor impacto, y se tornan normales al poco tiempo.

Todo indica que el Banco de Inglaterra bajará en agosto los tipos de interés para frenar el impacto negativo del Brexit, y probablemente vuelva a las compras de bonos públicos; el BCE, hoy mismo, abre la posibilidad de tipos inferiores y de alargar las compras en el futuro; la Fed quizá paralice nuevas subidas… Así, los balances de los bancos centrales han crecido de forma importante desde 2008: el europeo se ha doblado, alcanzando el 26% de la economía de la eurozona; el de la Fed ha pasado del 6% al 25% del total del PIB americano; y qué decir, por citar otro, del enorme balance del banco de Japón, que supera el 77% de su PIB.

Draghi no encuentra otra solución: en un mundo con libre movilidad de capitales, ¡y pese a tener tipos de cambio flotantes!, es preciso que se aborde la política monetaria desde una dimensión internacional, realizando en común un diagnóstico de las causas fundamentales de los problemas que nos afectan a todos y consiguiendo un compromiso de cada uno para guiar las políticas propias en base a ese diagnóstico.

Sin embargo, bien difícil es el acuerdo que plantea, y tanto más cuanto más internacional quiera que sea. Incluso formalizado, y aunque se tuvieran mejores resultados juntos colaborando, como sucede en el dilema del prisionero, los incentivos serían muy fuertes para desmarcarse y abandonarlo. Y además lo propone él, cuando en su propia casa, el BCE, resulta tan complicado establecer la política monetaria más propicia para todos, y eso sin que haya guerra de divisas de por medio.

Sus palabras, apelando a un consenso internacional, no muestran firmeza sino un futuro fuera de control, y de ellas sólo cabe deducir que no se tiene nada claro cómo paralizar este proceso, y menos claro aún cómo se podrá abordar el camino de vuelta.