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Inflación y mercado de trabajo

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 30/6/2017

Vaya despliegue de conceptos económicos hizo Mario Draghi esta semana, en su discurso de apertura del Foro organizado por el BCE en Sintra. Sacó a relucir la curva de Phillips, la holgura económica, o las tasas U6 y Nairu. El discurso fue todo un alegato a favor de su política monetaria. Y es que su actuación está siendo muy cuestionada por los que se sienten perjudicados: ahorradores, algunos países y la banca. Pero, sobre todo, necesita defenderse del ataque a la premisa mayor: que su política monetaria no está funcionando. Tras años con bajísimos tipos de interés, y de haber llevado el balance del BCE a superar los 4 billones de euros -el 38,2% del PIB de la zona euro-, no ha conseguido cumplir con su mandato. Así que fue directo al grano: ¿por qué la inflación se resiste a alcanzar el objetivo del 2%? Y señala el comportamiento del mercado laboral como una de las causas.

Sí está funcionando -defiende- sus efectos en la economía real se están notando con claridad. Ahí están los 16 trimestres consecutivos de crecimiento, con poca dispersión además entre los países, y ahí están las tasas de crecimiento del empleo: 6,4 millones de puestos de trabajo nuevos en la Eurozona desde el inicio de la recuperación. Sin embargo, esta reactivación de la economía no se está traduciendo en inflación a la velocidad que debiera. Y apunta varias causas. Alguna, más que comentada en el pasado, como los bajos precios en los mercados de energía y de materias primas a nivel mundial. Algunas otras, que por primera vez desarrolla, como la situación del mercado de trabajo.

El empleo que se está creando es precario: a muchos trabajadores les gustaría trabajar más horas o tienen trabajos temporales y quieren ser fijos. Así, en las negociaciones priorizan conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. Además, la cifra de paro oficial es engañosa, debería incluirse en ella a los desempleados, a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. De esta forma, el paro en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa. Por otra parte, la misma baja inflación provoca que suban poco los salarios, se retroalimentan, porque suelen estar indexados.

Confianza, persistencia y prudencia son las tres palabras que destacan en el discurso de Draghi: las pone en cursiva y las repite hasta tres veces. Con ellas afirmaba que va a seguir manteniendo un caldo de cultivo propicio para la recuperación. Y considera que circunstancias concretas, como la baja calidad del mercado de trabajo, retrasan pero no van a impedir que se alcance el objetivo de inflación. Pero el desplazamiento que hace desde los conceptos financieros habituales a los económicos es muy significativo. Ya no habla en abstracto, sino que desciende a señalar problemas económicos concretos que tienen que resolverse: defendía su actuación, pero a la vez estaba lanzando una nueva llamada -como tantas lleva hechas- para que las políticas fiscales acompañen a las monetarias.

(Un año ya a cargo de esta Tribuna Económica. Muchas gracias a todos mis lectores. Espero haber sido útil.)

Sutileza financiera

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/6/2017

Nueva cita ayer con Draghi. Otra vez el mismo rito. Nota de prensa a las 13:45 comunicando las decisiones de política monetaria del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE). Conferencia posterior, a las 14:30, justificando esas decisiones. Y preguntas finales de los periodistas, indagando sobre las circunstancias en las que se han tomado, sobre si el acuerdo ha sido unánime o por la influencia que han tenido los acontecimientos políticos recientes o los que están por venir en un tiempo próximo. Y en esta ocasión, además, el Banco Popular acaparó parte del espacio. Pero la nota de prensa y el discurso posterior tienen siempre tan parecido formato que permite comparar frase a frase, detectando las variaciones de una cita a otra. Como hace el BBVA Research, que con el “control de cambios” del procesador de textos señala las que permanecen, las nuevas y las que se han eliminado.

Se esperaban cambios en la política monetaria, pero en la reunión de ayer no se abordaron. Se mantuvieron los tipos de interés en los mismos niveles que estaban, y se confirmó que las compras de activos mensuales por valor de 60.000 millones de euros seguirán realizándose -como estaba previsto- hasta finales de 2017. Casi que podían haber cogido la nota de prensa de hace seis semanas y haberla reutilizado, salvo por unas palabras en las ya habituales coletillas a ambas decisiones que sí han variado: se continua precisando que se podría ampliar el volumen y/o la duración del programa de compras si fuese necesario, pero ya sólo se espera que los tipos se mantengan en los niveles actuales por un largo tiempo: “O en niveles inferiores” se ha tachado.

Esto puede interpretarse como un sutilísimo gesto de cambio de tendencia, el inicio hacia la normalización monetaria. Se esperaba esto como mínimo, dado el consistente crecimiento de la economía de la Eurozona. No obstante, las previsiones de la inflación han sido retocadas a la baja: el 1,5% para 2017, el 1,3% para 2018 y el 1,6% para 2019. Por eso Draghi fue firme defendiendo que hay que seguir manteniendo la actual política monetaria, que no procede discutir por ahora la retirada. Ya lo había anticipado en la conferencia que impartió en Madrid el 29 de mayo: “Hay que mantener los estímulos a un nivel sustancial pese a que los riesgos se hayan equilibrado”.

El presidente del Bundesbank, el banco central de Alemania, Jens Weidmann, comparó el lunes pasado la política monetaria del BCE con la Coca-Cola. Por sus efectos estimulantes y sus adversos efectos secundarios. Fue muy suave al añadir lo de Cola. La economía de la Eurozona está demasiado enganchada a los bajos tipos de interés y a las compras. Su vigor actual puede venirse abajo si se suprime la droga. Al final de su discurso, Draghi volvió a pedir a los países que acometan reformas estructurales y que intensifiquen sus esfuerzos para lograr una composición de las finanzas públicas más favorable al crecimiento. El “control de cambios” lleva ya muchas citas sin modificar en las frases sobre estas peticiones ni una palabra. Y mientras persistan, quizá tampoco Draghi podrá tachar las de su política monetaria.

El límite de Draghi

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/4/2017

La política de comunicación es una herramienta esencial en política monetaria. Mario Draghi, como cualquier presidente de un banco central moderno, en cada una de sus intervenciones tiene que elegir con sumo cuidado sus palabras. De la credibilidad que trasmita depende en gran parte la eficacia de su política monetaria. En la situación actual, para que la economía siga reactivándose, necesita persuadir a los agentes económicos de que los tipos de interés seguirán siendo por mucho tiempo bajos.

Las palabras que utilizó ayer, tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, fueron prácticamente idénticas a las de la reunión anterior y a las que pronunció el pasado 21 de abril, en la reunión del Comité Monetario y Financiero Internacional, en Washington. De momento, no cambia nada; se mantienen los tipos de interés en el 0%, y la facilidad de depósito en el -0,40 %. Y en cuanto a las compras de activos, que ya han empezado a un ritmo inferior, de 60.000 millones de euros mensuales, continuarán como estaban previstas, hasta final de 2017.

Pero para reforzar el mensaje en estos momentos de hipersensibilidad, Draghi viene comunicando además anticipos de la conducta futura. Así, sobre los tipos de interés afirmó ayer que se mantendrán en los niveles actuales o, incluso, en niveles inferiores por mucho tiempo, más allá del final del programa de compras de activos. Por su parte, de dicho programa aseguró que si es necesario podría ampliarse en volumen y/o en duración.

El reto de Draghi es hacer todo esto creíble, a sabiendas de que no tendría más remedio que adaptarse a nuevos escenarios porque su compromiso con la estabilidad de los precios es ineludible. Como ya dijera hace años Paul Krugman, la política monetaria es efectiva si el banco central puede comprometerse a ser irresponsable. Pero Draghi no puede, ni los alemanes le dejarían. Su mandato es claro: mantener la tasa de inflación por debajo, aunque próxima, al 2%. Incluso su famosa frase de julio de 2012, “el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro”, iba precedida del condicional “Dentro de nuestro mandato” que lo limitaba.

En su conferencia, Draghi señaló que las últimas proyecciones de los expertos del BCE para la zona euro sitúan la inflación subyacente en el 1,7% para este año, en el 1,6% para 2018, y el 1,7% para 2019. El margen respecto al objetivo, por tanto, se estrecha. Posiblemente a Draghi le gustaría ser imprudente, proseguir e incluso intensificar los estímulos hasta que la recuperación económica fuera bien clara. Aunque se pasara de la raya.

Es el dilema de los bancos centrales con un objetivo tan concreto: confiere credibilidad a su actuación, pero también la maniata. Por eso, en sus comunicaciones, Draghi se muestra firme para animar a los agentes económicos, pero no deja a la vez de apelar a los gobiernos nacionales para que su contribución individual sea más decisiva, que actualmente es “subóptima”: algunos Estados Miembros tiene que tomar medidas para cumplir con las normas fiscales; y otros tienen que utilizar el espacio fiscal del que disponen, en clara referencia a Alemania.

Coletazos de la crisis

Carmen Pérez | 16 de enero de 2017 a las 14:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/12/2016.

Hace décadas que en los países desarrollados se impuso la idea de que la política monetaria debía estar fuera del alcance de los gobiernos. Por una razón de peso: los políticos, sujetos a los ciclos electorales, se mueven por objetivos partidistas a corto plazo, que no son los óptimos para las decisiones monetarias. Era, por tanto, más conveniente que se tomaran por expertos desde entidades -los bancos centrales- con total independencia.

Además, en estos últimos años, no sólo han sido independientes sino que se les tomó por omnipotentes al descargarse sobre ellos toda la responsabilidad de combatir la intensa crisis financiera. Pero la agresiva y prolongada política monetaria que han ido aplicando ha conseguido unos resultados tan poco perceptibles por parte de la población que toda su actuación, incluso su independencia, se ha terminado cuestionando. Y en este estado de cosas, Donald Trump ha llegado dispuesto a tomar el mando.

El enfrentamiento de Trump con la Reserva Federal durante la campaña ha sido importante; las críticas a la gobernadora, Janet Yellen, han sido continuadas, llegando a decir que debería estar avergonzada de las decisiones que tomaba; sus asesores incluso han declarado que el recién elegido presidente quiere alguien con su misma ideología al frente de la Fed. Sin embargo, por mucho que lo desee, acabar con la independencia no está dentro de su competencia, y tampoco parece probable que lo intente ni siquiera de facto, porque Yellen estará hasta 2018 y no hay precedentes de relevos de gobernadores antes del final de sus mandatos.

Pero lo que de ningún modo está dispuesto a aceptar de la Fed es su preponderancia. Quiere devolver el protagonismo a las políticas fiscales; inversiones, infraestructura, comercio, salarios, impuestos, fábricas…, éstas son sus claves, dejando en segundo plano los tipos de interés, la prima de riesgo, la inflación o la masa monetaria. No es de extrañar este retorno a la economía real cuando él es un empresario, que ha dedicado su vida a materializar proyectos empresariales. El problema no está en esta nueva y necesaria revitalización de las políticas fiscales, sino en cómo la incógnita Trump va a enfrentarla, porque no son pocos los temores de que la deuda y la inflación se disparen.

Theresa May, en la misma línea, ha criticado con dureza la actuación del Banco de Inglaterra, y dispuesta a potenciar la inversión ha iniciado una gran negociación con las empresas británicas. En la eurozona, en cambio, seguimos confiando en la magia de Draghi, a pesar de que él declare su impotencia de forma continuada. Ni a nivel nacional ni con el Plan Juncker la inversión europea está alcanzando la energía necesaria. Y, sin embargo, es aquí, por nuestra configuración plurinacional, donde el cambio hace más falta: numerosos partidos populistas se han manifestado no contra la independencia del BCE sino directamente a favor de eliminarlo: quieren uno propio, que puedan utilizar sin límites y a conveniencia. O en la Eurozona alguien con fuerza coge el mando o lo cogerá un Trump cualquiera, pero de forma independiente en cada uno de sus estados ya separados.

‘Tapering’

Carmen Pérez | 14 de noviembre de 2016 a las 9:50

TAPERING, otra palabra inglesa que se cuela en nuestro vocabulario, como tantas que nos ha traído la crisis. En finanzas, este proceso hace referencia a la disminución gradual de las medidas extraordinarias de política monetaria expansiva tomadas por los bancos centrales, esto es, la retirada paulatina del quantitative easing, QE. La Reserva Federal, FED, comenzó a aplicarlo en 2013, pero ahora es cuando vamos a escuchar esta palabra una y otra vez porque se acerca la fecha -marzo- del final del programa de compras de activos del BCE. De momento, Draghi en su última reunión -octubre- no ha mostrado sus cartas: ni negó el tapering ni tampoco que el programa no se pudiera continuar, ampliar o reformar sus características en próximas citas. Todo puede ser. Next meeting: diciembre. Paradójicamente, no parece que genere mucha alegría que el tapering se acerque.

El programa de compras ha llevado al BCE a ser dueño de más de un billón de euros en bonos soberanos de la zona euro: unos 255.000 millones de deuda alemana; 202.000,  francesa; 176.000, italiana; y más de 126.000 de deuda española. Pero aún sólo representa el 10% del total de la deuda europea, lejos del 20% que posee la FED de la deuda federal o del 30% que tiene el BoJ de la nipona. Respecto a los bonos privados, el BCE ha comprado desde junio 29.700 millones de euros. En Europa vamos por detrás de otros bancos centrales; seguimos yendo cuando, por ejemplo, la FED está de vuelta, y en la actualidad se enfrenta a subidas de tipos de interés aunque de forma muy lenta.

Los programas de compras hay que retirarlos como la cortisona, poco a poco,  para evitar movimientos bruscos en los mercados financieros. Por ello, la comunicación de cualquier cambio en la estrategia monetaria debe hacerse con sumo cuidado. Incluso puede darse marcha atrás si es conveniente. Todo depende de cómo vayan evolucionando las variables macroeconómicas, especialmente la inflación, objetivo del BCE. La inflación europea alcanzó en septiembre el 0,4%, y los pronósticos apuntan a 1,2% en 2017, 1,5% en 2018 y 1,8% en el largo plazo. En diciembre, cuando Draghi concretará su postura, se dispondrá también de nuevas proyecciones de crecimiento y de inflación hasta 2019.

Que se hable del inicio del proceso de tapering debería alegrarnos, porque significaría que la economía europea está mejorando, que la tasa de inflación está alcanzando  niveles más saludables y que se está consolidando el crecimiento económico. Así lo subrayó Draghi: “El QE no durará siempre, dependerá de que se consiga llegar a una senda de convergencia duradera y autosostenida hacia el objetivo del BCE”. Antes o después, el tapering será un hecho. Pero la decisión -Alemania apremia- se tomará en función de la situación de Europa en su conjunto, aunque a España no le convenga. Con presupuestos con ingresos insuficientes para abordar el alto volumen de gasto público, pensiones incluidas, preocupa pensar que tengan además que soportar el efecto negativo del tapering en familias y empresas endeudadas, así como asumir el mayor coste de la deuda pública que desenganchados de los estímulos con seguridad tendríamos.

Decidir desde arriba sin contar con los de abajo

Carmen Pérez | 3 de octubre de 2016 a las 8:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/9/2016

AYER tocó reunión del Banco Central Europeo (BCE) y a lo largo de septiembre vendrán las del Banco de Inglaterra, la Reserva Federal y el Banco de Japón. Se ha hecho imprescindible llevar un calendario para ellos, y no sólo de éstos, que son los que más suenan en los medios de comunicación, sino de otros muchos, como el de Suecia, Suiza o Australia. Porque, más allá de la cita de ayer -en la que no hubo sorpresas-, causa cierto desconcierto que se haya llegado a una situación en la que todos y cada uno de los agentes económicos -las familias, las empresas, las entidades financieras y los Estados- queden afectados perceptiblemente, para bien o para mal, por sus resoluciones. De ahí que se esperen estas citas con tantísima expectación. Al mismo tiempo, causa preocupación que estas decisiones tan poderosas, tomadas por sólo un puñado de personas, no terminen de conseguir los resultados esperados.

Desde luego, a estos dirigentes financieros no les falta formación en absoluto y sus trayectorias profesionales demuestran una experiencia más que acreditada en el mundo financiero. Y cuentan con muchísima información, datos, tablas, gráficos, ratios, y con numerosos análisis especializados, que utilizando complejos modelos matemáticos aventuran el movimiento futuro de variables claves tanto de la economía real como de otras de na’turaleza monetaria. Así, si observan desviaciones del objetivo que se les tiene definido -mantener la inflación en el 2%, en el caso europeo- abren su caja de herramientas y actúan para reconducirlas mediante diferentes instrumentos monetarios.

Pero la política monetaria que venían trayendo, cuyos retoques acomodaban la actuación de los agentes económicos al objetivo de la inflación, se radicalizó por la crisis, volviéndose extremadamente intervencionista. Al llevar los tipos de interés hasta niveles negativos han conseguido que la irracionalidad financiera se instale en la economía, y se han embarcado en operaciones que no eran habituales, como las compras masivas de activos financieros, públicos y privados, que están distorsionando con fuerza precios y mercados. Todo ello está acarreando importantes y negativos efectos secundarios, incluso más allá del ámbito económico.

Pese a esta radicalidad, y en gran parte por la misma incertidumbre que produce esta radicalidad, los estímulos monetarios no están funcionando. O al menos no lo hacen con la intensidad y con la rapidez que correspondería al enorme esfuerzo que los bancos centrales llevan, ya por largo tiempo, desarrollando. Es el problema de tomar las decisiones desde arriba sin contar con los de abajo: los millones de agentes económicos no están comportándose como ellos desean por mucho que les estén presionando: los bancos no prestan sólo porque obtengan el dinero barato; las empresas no deciden sus inversiones únicamente porque los costes financieros estén bajos; y las familias no consumen más o asumen mayores riesgos porque vean la rentabilidad de sus ahorros mermada, ni van a endeudarse si no ven el futuro claro. Los que sí tenderán a gastar más son los Estados al comprobar que la deuda pública se les está subvencionando.

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Necesidad de alinearnos

Carmen Pérez | 3 de agosto de 2016 a las 6:01

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/7/2016

MARIO Draghi ha utilizado siempre en sus intervenciones palabras que trasmitieran contundencia y dominio de la situación, que reflejaran que sabía cuál era el camino y que estaba dispuesto a recorrerlo. Frases como “haré todo lo que sea necesario” o “no hay límites” fueron todo un éxito, consiguiendo la confianza de los mercados antes incluso de que empezar a intervenirlos. Sin embargo, sus firmes palabras del pasado contrastan con las que pronunció en su discurso en el Foro de Bancos Centrales, el futuro de la arquitectura monetaria y financiera internacional, organizado por el BCE y celebrado en Sintra hace unos días: “Necesidad de alinearnos” son las palabras con la que, de forma eufemística, demandó un acuerdo internacional que ponga paz a esta guerra financiera.

No hizo ni una alusión al Brexit, pero estaba en la mente de todos: la salida del Reino Unido de la UE constituye una nueva e importante convulsión que va a provocar que los diferentes bancos centrales muevan ficha, y cada movimiento de uno será contestado inmediatamente por los otros en un proceso de acción-reacción que ya se alarga demasiado. La apertura hacia un mundo desconocido con la utilización de políticas monetarias agresivas se inició en 2008 por la Reserva Federal, y las recetas extraordinarias que se aplican son cada vez de mayor intensidad pero con menor impacto, y se tornan normales al poco tiempo.

Todo indica que el Banco de Inglaterra bajará en agosto los tipos de interés para frenar el impacto negativo del Brexit, y probablemente vuelva a las compras de bonos públicos; el BCE, hoy mismo, abre la posibilidad de tipos inferiores y de alargar las compras en el futuro; la Fed quizá paralice nuevas subidas… Así, los balances de los bancos centrales han crecido de forma importante desde 2008: el europeo se ha doblado, alcanzando el 26% de la economía de la eurozona; el de la Fed ha pasado del 6% al 25% del total del PIB americano; y qué decir, por citar otro, del enorme balance del banco de Japón, que supera el 77% de su PIB.

Draghi no encuentra otra solución: en un mundo con libre movilidad de capitales, ¡y pese a tener tipos de cambio flotantes!, es preciso que se aborde la política monetaria desde una dimensión internacional, realizando en común un diagnóstico de las causas fundamentales de los problemas que nos afectan a todos y consiguiendo un compromiso de cada uno para guiar las políticas propias en base a ese diagnóstico.

Sin embargo, bien difícil es el acuerdo que plantea, y tanto más cuanto más internacional quiera que sea. Incluso formalizado, y aunque se tuvieran mejores resultados juntos colaborando, como sucede en el dilema del prisionero, los incentivos serían muy fuertes para desmarcarse y abandonarlo. Y además lo propone él, cuando en su propia casa, el BCE, resulta tan complicado establecer la política monetaria más propicia para todos, y eso sin que haya guerra de divisas de por medio.

Sus palabras, apelando a un consenso internacional, no muestran firmeza sino un futuro fuera de control, y de ellas sólo cabe deducir que no se tiene nada claro cómo paralizar este proceso, y menos claro aún cómo se podrá abordar el camino de vuelta.

BCE independiente

Carmen Pérez | 12 de mayo de 2016 a las 9:54

Cuando estalló la crisis, y los años siguientes, se criticó mucho a Alemania por imponer sus criterios en el Banco Central Europeo, BCE. Ahora, que la política monetaria que lleva a cabo el BCE es contraria a los intereses alemanes, también se la sigue criticando. Tanto, como para que Martin Wolf titulara su artículo de ayer en el Financial Times: Alemania, el mayor problema de la eurozona.

(http://www.ft.com/intl/cms/s/0/7fcb38e8-15f5-11e6-9d98-00386a18e39d.html#axzz48QkbekUr).

Es cierto que Alemania se ha quejado de que los tipos de interés negativos y  la relajación cuantitativa que está llevando a cabo el BCE les perjudica, Esto, por mucho análisis lleno de estadísticas que haga el BCE para demostrar lo contrario, es cierto. Los alemanes están tan descontentos que Wolf  incluso destaca las declaraciones de Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas de Alemania, afirmando que esta circunstancia  era en gran parte responsable del aumento de la popularidad del partido alemán que está totalmente en contra del euro.

Pero la conclusión que extrae Wolf de todo esto no parece correcta: si se muestra a favor de la actual política monetaria del BCE  si reconoce que Alemania está perjudicada con ella, y si el BCE se está comportando de forma independiente, tomando las medidas que cree convenientes para el conjunto, pese a la oposición de uno de los socios más potentes:¿cómo puede concluir que Alemania es el problema de la eurozona? Alemania defiende sus intereses como un socio más,  y en su defensa señala los efectos negativos que conllevan las actuaciones del BCE, que los tiene. Lo único que cabe es alegrarse de que por fin la eurozona  esté actuando como eurozona, y esperar que esto siga siendo así siempre.

Europa: ahorradores y endeudados

Carmen Pérez | 5 de abril de 2016 a las 10:20

En todos los países las decisiones de política monetaria que toman sus bancos centrales tienen implicaciones fiscales, buscadas o inesperadas, pero que en todo caso quedan en casa. El problema se plantea en este país de países que es la Unión Europea:  la política monetaria de Draghi -una para todos- provoca efectos fiscales que afectan desigualmente a cada uno de los miembros: perjudica a unos, beneficia a otros. Así lo advertía hace unos días en la presentación del “Anuario del euro”, de la Fundación de Estudios Financieros, el economista Fernando Fernández Méndez de Andés: “Hay una transferencia de renta de los países ahorradores a los países endeudados”, opinando que si desde el BCE se están llevando a cabo es porque “no le queda más remedio”.

Como ya comentamos en algunas entradas anteriores (por ejemplo: http://blogs.grupojoly.com/pressing-cash/2016/02/05/ahorra-pero-no-ahorres/), la situación desde hace años favorece al endeudado, que se beneficia de unos tipos de interés que nunca soñó; Alemania -con exceso de ahorro- resulta como país perjudicado; por contra, España -muy endeuda en su conjunto- resulta favorecida con ese tipo de decisiones del BCE.

El problema de fondo es que Europa tiene una política monetaria única, aplicada por el BCE, pero no ha desarrollado de forma paralela mecanismos de gobernanza fiscal única -que requerirían de una mayor soberanía fiscal-, que permitiría, por ejemplo, la posibilidad de  emitir eurobonos por un Tesoro  europeo. A falta de esto, se ve obligada a conseguir efectos fiscales indirectamente a través de la política monetaria, creando este tipo de situaciones.

BCE, prueba y error

Carmen Pérez | 29 de marzo de 2016 a las 8:00

ES todo un arte hacer que otros hagan, mucho más difícil que el solo hacer. Aunque se pongan las condiciones ideales para propiciarlo, el que al final tiene que dar el paso tiene su propia opinión al respecto. Es lo que le pasa al Banco Central Europeo, BCE, que no actúa directamente en la economía real sino que lo hace en gran parte a través de los bancos. Cuando de lo que se trata es de enfriar la economía -para bajar la inflación- lo tiene más fácil, cierra el chorro del dinero y sube los tipos de interés, y se restringe ipso facto el crédito; pero cuando se trata de calentarla -para subir la inflación- ya puede abrir las mangueras al máximo y bajar los tipos, que los bancos pueden no entrar al trapo y negarse a expandir el crédito, o al menos no hacerlo todo lo que al BCE le gustaría. La política monetaria es así, asimétrica, y como actualmente estamos en el lado difícil, al BCE no le ha quedado otro remedio que ir probando medidas, y al errar, volver a probar otras que incorporen la experiencia aprendida.

Que hace falta suministrar liquidez, pues barra libre, con las LTRO de 2011; que los bancos de la periferia usan este dinero -en parte este efecto era deseado- para hacer carry trade, o sea, comprar deuda pública con rentabilidad alta con dinero barato, entonces el BCE condiciona la liquidez a que se use para prestar a familias y empresas, con las TLTRO a cuatro años en 2014. Que no es bastante con bajar y bajar los tipos de interés, pues se sitúa la tasa de depósito a niveles cada vez más negativos. Que estos instrumentos convencionales no son suficientes, se utilizan otros que no los son, y se establece un programa de compras de activos directamente, deuda pública en su mayoría.

No obstante, la economía está siendo tozuda, hay otros países fuera del eurosistema también defendiéndose. El mismo Draghi el pasado 10 de marzo reconocía que ha habido un recorte en las previsiones de crecimiento para 2016, un 0,3% menos, situándolo en el 1,4 %; y en cuanto a la inflación, señaló que durante los próximos meses continuará estando en terreno negativo y que hacia el final del año debería repuntar. Esto no quiere decir que sus actuaciones no estén provocando efectos positivos, el crédito ha empezado a recuperarse. Mas ahora se presenta un nuevo obstáculo: la rentabilidad de la banca está por los suelos, así que Draghi le ha echado imaginación y ha intensificado las medidas aunque sin ahogar a los bancos.

Recorta de nuevo los tipos de interés, dejando claro que no se seguirá insistiendo por esta vía en el futuro. Aumenta las compras mensuales, incluyendo determinados bonos corporativos, y aumenta los límites de emisión y los emisores. Y lanza las TLTRO II, con las que intenta potenciar el crédito pero sin seguir dañando la rentabilidad bancaria. En principio se establecen al 0%, aunque el BCE podría llegar a pagar a los bancos por pedir prestado estos fondos hasta un 0,4%, siempre que sirvan para aumentar sus préstamos a la economía real.

El efecto inmediato que han conseguido estas medidas es que el euríbor a doce meses, el más utilizado como referencia para préstamos de familias y empresas, incluyendo las hipotecas, detuvo al día siguiente su evolución negativa. El 10 de marzo cotizaba a -0,025%, y día tras día ha ido aumentando hasta situarse actualmente en -0,003%. Todo indica que recuperará su valor positivo en pocos días. El fantasma de que los bancos vayan a pagar por prestar se aleja.

Se necesita seguir reactivando la economía, pero esto depende de que los bancos dinamicen el mercado del crédito. Ellos no están dispuestos, con buena lógica, a prestar si la demanda no es solvente; precisan, a su vez, que la economía se recupere. Además, Draghi tiene que ir hilando fino con sus actuaciones, porque si ya resulta difícil hacer que otros hagan, es imposible conseguirlo si te cargas al que lo tiene que hacer. Por ello, se tuvo que acudir en ayuda de la banca cuando al principio tuvieron problemas de liquidez; con los rescates públicos se solucionó su falta de solvencia; ahora de nuevo se les asiste cuando les falla la rentabilidad, y más vale que así sea, porque en caso contrario volvería pronto el problema de solvencia. No cabe duda de que la aplicación de una política monetaria expansiva ha mostrado con toda crudeza la complicada interrelación público-privada en que consiste nuestro sistema financiero. Pero, ¿sería posible mantener nuestros estados de Bienestar sin este sistema? Ésta es la cuestión.