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La inflación despierta, cesan las compras

Carmen Pérez | 3 de julio de 2018 a las 9:57

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/6/2018

Nueva reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) y nuevas caras entre sus miembros: Luis de Guindos, vicepresidente de la entidad, y Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España. Se han estrenado en estos encuentros en un momento crucial. Ya lo había adelantado Peter Praet, miembro del Comité Ejecutivo, en una conferencia la pasada semana: en esta ocasión se evaluaría si la mejora de la situación económica permite el desmantelamiento del tinglado de bonos levantado estos últimos años. Así ha sido, y el final de las compras ha quedado fijado para diciembre de 2018. Y por primera vez se ha mencionado un plazo, aunque abierto, para poder empezar a subir el precio del dinero: a partir del verano de 2019.

Con seguridad esta decisión ha venido presionada por la aceleración en la normalización monetaria en EEUU. Tal y como se esperaba, el miércoles la FED subió un cuarto de punto los tipos de interés. Con un crecimiento del 2,8%, una tasa de paro en mínimos históricos y la inflación en el 2,8%, esta decisión estaba más que descontada. Pero también elevó el ritmo futuro, dejando establecido que subirán dos veces más a lo largo de este año, en lugar de una más, como estaba programado.

Pero, sobre todo, lo que habrá empujado con fuerza para tomarla es el repunte de la inflación del mes de mayo, que alcanzó el 1,9% en la zona euro. También lo había comentado ya Praet en su conferencia. La principal intersección entre el crecimiento y la inflación es el mercado laboral. Y la fuerte creación de empleo de estos últimos años está presionando los salarios al alza, y éstos a su vez al incremento de los precios. Ayer Draghi señaló que el BCE había elevado sus estimaciones de inflación (IAPC) para este año hasta el 1,7%, frente al 1,4% previsto en marzo, y que esta tasa se mantendrá en los dos años siguientes.

Así, el cese de las compras se ha determinado a pesar de que los indicadores económicos siguen apuntando a una ralentización de la expansión. De hecho, las previsiones del PIB de la Eurozona se han corregido a la baja. Pero Draghi consideró que era normal tras el alto crecimiento de los años anteriores. Además, afirmó que “los riesgos que rodean las perspectivas de crecimiento de la zona del euro siguen siendo ampliamente equilibrados”, en referencia al mayor proteccionismo comercial o a lo ocurrido en Italia.

No obstante la firmeza de la decisión de ayer, el BCE se ha guardado cartuchos muy importantes. Prolonga las compras, aunque a menor nivel, hasta diciembre. Cuenta con la reinversión de los títulos que van venciendo, que persistirá durante el tiempo necesario. Y ha dejado abierta la fecha de subida de tipos. El apoyo monetario, por tanto, continuará. Pero ha sido una contundente advertencia a los países europeos, para que no sigan obviando los habituales mensajes finales de los discursos de Draghi: la necesidad de reformas estructurales que potencien el crecimiento, de que los países muy endeudados construyan colchones fiscales, de que se respeten las normas del euro, y de que se complete la unión bancaria y de los mercados de capitales. Porque se acaba el tiempo.

Salir de la droga financiera no será fácil

Carmen Pérez | 30 de abril de 2018 a las 20:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/4/2018

No, no va a ser fácil acabar con el dopaje del Banco Central Europeo. La buena marcha de la economía del pasado año permitió a Mario Draghi iniciar el abandono de los estímulos. Por entonces, dejó planificado el camino hacia la normalización financiera, aunque de forma muy gradual y sin cerrar ninguna puerta. Ayer se celebró una nueva reunión del Consejo de Gobierno del BCE. En esta ocasión, con la expectación puesta en si la debilidad de los datos económicos recientes de la eurozona iban a obligarle a reevaluar sus cálculos. No obstante, Draghi no ha alterado en absoluto su hoja de ruta.

“El misterio de la desaceleración de la Eurozona”, “La economía de la Eurozona: ¿una desagradable sorpresa?” o “La debilidad de la zona del euro plantea la perspectiva de una larga despedida para el estímulo de la crisis” son los títulos de algunos artículos del Financial Times de estas de estas últimas semanas donde se resaltan las debilidades de la eurozona. Es verdad que algunos autores de ese periódico suelen ser agoreros, no sin cierta alegría, con nuestra economía. Pero contienen datos. Y los datos no son subjetivos.

La producción industrial cayó un 1,6% en febrero. Las exportaciones descendieron un 3,2% desde enero, la mayor caída desde agosto de 2015. En Alemania, el indicador ZEW, uno de los más vigilados del país, que mide la confianza en la economía, cayó en marzo a un mínimo de cinco años. El índice Sentix, que evalúa el sentimiento de los inversores para la eurozona, descendió en marzo por tercer mes consecutivo. Gavyn Davis, el autor de uno de esos artículos, lo resume: “El optimismo se ha debilitado por una desaceleración repentina y bastante brusca de la actividad en la zona del euro, una región que hasta hace poco lideraba la expansión mundial”.

Draghi, ayer, reconoció la existencia de este estancamiento: “Casi todos los países de la zona euro han experimentado una moderación del crecimiento o una pérdida de momentum“. Sin embargo, prefirió darle a la economía el beneficio de la duda y no cambiar en nada el plan programado. Confía en que el crecimiento se mantenga sólido, y achaca esta situación a factores puntuales como el frío extremo, las huelgas, la fecha de la Semana Santa, y a la amenaza de guerra comercial lanzada por EEUU.

La reunión de junio será decisiva. Entonces no tendrá más remedio que pronunciarse sobre si la compra de bonos seguirá el próximo año, lo que conllevaría que el aumento de las tasas de interés se retrasaría. Además, todo dependerá de la inflación, la única variable por la que el BCE decide actuar en uno u otro sentido. Las estimaciones la mantienen en los próximos años por debajo del 2% objetivo. Si se disparara, por el incremento de los precios de la energía o de las materias primas, se aceleraría sin más remedio la retirada de estímulos. Si deja margen, y persiste la debilidad de la eurozona, podría incluso incrementarlos. En este último caso, la tragedia estaría al llegar la próxima recesión, que llegará, porque el BCE se encontraría con sus armas gastadas: sin salir del dopaje actual, tendría que diseñar una nueva droga que suministrar para volver a activar la economía.

El BCE y la gestión del miedo

Carmen Pérez | 26 de marzo de 2018 a las 8:44

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/3/2018

El que piense que el protagonismo del Banco Central Europeo va a ser menor ahora que la las economías de la Eurozona están recuperadas se equivoca. La etapa actual es incluso más delicada que la pasada. Durante estos últimos años, el BCE ha comprado masivamente activos financieros, engordando su balance hasta los 4,5 billones de euros. No le va a resultar nada fácil deshacerse de todo eso. Tampoco va a ser moco de pavo subir los tipos de interés después de haberlos mantenido tanto tiempo por los suelos. El BCE quiere que la transición sea muy lenta, para no fastidiar la recuperación económica y para que no se produzcan turbulencias en los mercados financieros. Pero cualquier señal que augure un ritmo más rápido puede desatar el miedo. Y, como dijo Montaigne, “no hay cosa a la que se tenga que tener más miedo que al mismo miedo”.

Ha pasado en EEUU, que nos lleva la delantera en este desarrollo. El conocido como el “indicador del miedo”, tras una anormal calma chicha de meses y meses, dio de repente un respingo y subió a más del doble en una sola sesión de febrero. La Bolsa sufrió un importante descenso. Llevaba años creciendo gracias a la política monetaria, que fue debilitando el sentido del riesgo. Ha sido una primera cura de verdad: si los tipos de interés suben, esos precios no son correctos. La posibilidad de que la subida se acelerara por la política fiscal de Trump, que añade palos a una economía que arde con fuerza, desencadenó el proceso.

No le viene mal este suceso al BCE, porque ayuda a que en la Eurozona se tome conciencia de que progresivamente también aquí se irá caminando hacia la normalización financiera. De hecho, ayer, el BCE, que celebró un nuevo Consejo de Gobierno, dio un pasito más en esta línea, suprimiendo la posibilidad de aumentar el volumen de las compras, aunque mantuvo que podrían prolongarse en los términos actuales más allá de septiembre. Los tipos de interés permanecen sin cambios, y así seguirán hasta más allá de que el programa de compras cese.

Draghi se mostró optimista en cuanto al crecimiento, elevando una décima el esperado para la zona euro este año (2,4%). También afirmó que aún no hay presiones inflacionistas preocupantes. Y mientras la inflación lo permita, la retirada de los estímulos será muy gradual, y el BCE podrá conseguir que no decaigan las inversiones de las empresas, y que sigan generando empleo; que no se venga abajo el consumo de los ciudadanos; y que no haya pánicos en los mercados financieros.

Pero en la conferencia posterior salieron a relucir importantes riesgos que podrían perjudicar este proceso, como la guerra comercial que ha declarado Trump o la elevada deuda de algunos países europeos. No son los únicos riesgos. La incertidumbre política de Italia, la actividad económica de China o el problema catalán en España son otros, que aunque no se nombraran están sobre la mesa. Y de fondo de escenario, un mundo con una descomunal deuda, el 318% del PIB, por la que cada subida de tipos causará un gran efecto. En este complicado contexto, el BCE tiene que gestionar bien que no se desmande el miedo. Porque, como decía Sófocles, “todo son ruidos, para quién tiene miedo”.

Draghi, estímulos y reformas

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:56

TRIBUNA ECONÓMICA, 27 Octubre, 2017

La política monetaria desarrollada por el Banco Central Europeo (BCE) trae a la memoria una de las increíbles historias del barón de Münchhausen. Concretamente aquélla en que contaba que había sido capaz salir de una pantano cenagoso donde había quedado atrapado con su caballo sin más que tirar de sus propios cabellos. También la Eurozona se ha dado, bajo el mando de Mario Draghi, un fuerte tirón monetario para salir de la crisis. Con el programa de compra de activos, el balance del BCE ha aumentado desde marzo de 2015 en más de 2,2 billones de euros, hasta situarlo en 4,4 billones de euros: nos hemos comprado una ingente cantidad de bonos a nosotros mismos. Al igual que la hazaña del barón Münchhausen es del todo imposible, Draghi sabe que con el esfuerzo monetario sólo no es suficiente.

Está dispuesto a que el tirón monetario, aunque suavizado, siga perdurando. Ayer comunicó que las compras seguirán desde enero hasta septiembre de 2018, si bien reduciendo de los 60.000 millones de euros al mes actuales hasta los 30.000 millones. Y dejó abierta la posibilidad, para entonces, de extender la duración, y de subir o bajar esa cifra. En todo caso, posteriormente, se mantendrá el balance, reinvirtiendo el principal de lo que vaya venciendo. En cuanto a los tipos de interés, ni los ha movido ni lo hará hasta mucho más allá de que las compras cesen.

Pero a pesar del crecimiento y del aumento del empleo, la inflación no termina de estar en su sitio. Esta circunstancia está preocupando a todos los bancos centrales porque pone en evidencia que algo se escapa. Por esto, conviene unir al discurso de ayer el del pasado miércoles, en Fráncfort, Structural Reforms in the Euro Area, donde Draghi lo dijo claro: es totalmente necesario que la política monetaria sea respaldada por medidas de los gobiernos nacionales.

Y señaló que la política monetaria actual es la oportunidad para abordar reformas en el mercado laboral y en los mercados de bienes y servicios, agilizar la apertura de los negocios, acelerar los procesos judiciales, luchar contra la evasión fiscal, abordar intereses creados o mejorar la educación y capacitación. Además, especialmente resaltó que el desafío está en emparejar las reformas con la inclusión, cuidando a los que han sido “dejados atrás” por la expansión de las fuerzas del mercado.

Incluso, se le podría añadir, se debería afrontar cómo se genera y distribuye la riqueza actualmente. En este sentido, Manuel Muñiz, en su artículo Economic Growth Is No Longer Enough, apunta que los modelos de crecimiento nuevos e inclusivos deberían tener en cuenta, por ejemplo, el impacto de la tecnología en el empleo, que hace crecer el de alta y el de poca destreza, vaciando el centro. Y deberían reducir la desigualdad -los ricos lo son más desde 2008-, desplazando la presión fiscal del trabajo al capital, y utilizar nuevos mecanismos redistributivos que complementen el papel decreciente de los salarios en la economía.

La política monetaria está haciendo su papel, ha conseguido que saquemos la cabeza de la ciénaga de la crisis, y la mantiene fuera. Pero la recuperación hay que apuntalarla en tierra firme.

Un Plan E financiero

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:54

TRIBUNA ECONÓMICA, 20 Octubre, 2017

Hagamos un poco de historia. La tendencia descendente del euríbor comenzó en 2008, y fue hace tres años, a finales de 2014, cuando los tipos euríbor empezaron a ponerse en rojo. Primero fue el eonia o euríbor a 1 día, pero enseguida le siguieron el euríbor a una semana, a dos semanas, y así se fueron tiñendo de valores negativos los euríbor a plazos más amplios. Pero la noticia no saltó a los medios de comunicación hasta febrero de 2016, cuando alcanzó al euríbor a 12 meses, la referencia utilizada en la mayoría de las préstamos a tipo de interés variable. Ahora el euríbor es noticia de nuevo porque se ha vuelto lo suficientemente negativo como para que la posibilidad remota que existía de cobrar intereses por tener un préstamo deje de ser eventualidad para ser un hecho. Sucede ya con las hipotecas más agresivas de antes de la crisis, con diferenciales de 0,17% y 0,18%.

Así, los hipotecados han ido comprobando año tras año que las decisiones de política monetaria que se adoptaban desde el inicio de la crisis en el Banco Central Europeo (BCE) no eran algo lejano y ajeno, sino que condicionaban la evolución del euríbor, afectando directamente a sus bolsillos con ello: las cuotas se iban reduciendo de forma sustancial en cada una de las revisiones periódicas. Por ejemplo, la cuota de una hipoteca de un importe de 150.000 euros, a 20 años, contratada a euríbor+0,40% , en 2008, cuando el euríbor estaba a 5,3%, era de 1.049 euros mensuales; ahora, para esa misma hipoteca, es de 639 euros: 410 euros menos.

Pero las políticas del BCE no sólo han beneficiado a las familias hipotecadas, sino también al Estado y, principalmente, a las empresas no financieras. Según los datos del Boletín Económico de este organismo, el ahorro neto en intereses en España equivaldría aproximadamente al 4,2% del PIB (el ahorro de los hogares, un 0,8%; el de las empresas no financieras, el 3,2%; y el del Estado, el 0,2%) o, lo que es lo mismo, ha supuesto un ahorro de intereses de algo más de 45.000 millones de euros desde el tercer trimestre de 2008 hasta finales de 2016. Cifra que se incrementará en 2017, y en los próximos años, porque las medidas monetarias están a pleno rendimiento.

Dinero que no se destina a intereses y queda liberado para impulsar la actividad económica del país y el empleo. El mismo objetivo que tuvo el Plan E o Plan Zapatero: fueron más de un centenar de medidas de política económica las que se llevaron a cabo a partir de 2008 para hacer frente a la crisis. Entonces, los 16.000 millones de euros que se movilizaron los soportamos todos los contribuyentes, salieron de los presupuestos. También el BCE nos está proporcionado un plan E, pero a lo financiero: su agresiva política monetaria realmente se ha convertido en una política fiscal encubierta. La diferencia es que los 45.000 millones no han sido soportados por todos. Con sus actuaciones monetarias, el BCE está favoreciendo a algunos agentes económicos y dañando a otros: especialmente están siendo perjudicados los depositantes y ahorradores pequeños. El fin último puede justificarlo, pero ¿está legitimado el BCE para llegar tan lejos?

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Inflación y mercado de trabajo

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 30/6/2017

Vaya despliegue de conceptos económicos hizo Mario Draghi esta semana, en su discurso de apertura del Foro organizado por el BCE en Sintra. Sacó a relucir la curva de Phillips, la holgura económica, o las tasas U6 y Nairu. El discurso fue todo un alegato a favor de su política monetaria. Y es que su actuación está siendo muy cuestionada por los que se sienten perjudicados: ahorradores, algunos países y la banca. Pero, sobre todo, necesita defenderse del ataque a la premisa mayor: que su política monetaria no está funcionando. Tras años con bajísimos tipos de interés, y de haber llevado el balance del BCE a superar los 4 billones de euros -el 38,2% del PIB de la zona euro-, no ha conseguido cumplir con su mandato. Así que fue directo al grano: ¿por qué la inflación se resiste a alcanzar el objetivo del 2%? Y señala el comportamiento del mercado laboral como una de las causas.

Sí está funcionando -defiende- sus efectos en la economía real se están notando con claridad. Ahí están los 16 trimestres consecutivos de crecimiento, con poca dispersión además entre los países, y ahí están las tasas de crecimiento del empleo: 6,4 millones de puestos de trabajo nuevos en la Eurozona desde el inicio de la recuperación. Sin embargo, esta reactivación de la economía no se está traduciendo en inflación a la velocidad que debiera. Y apunta varias causas. Alguna, más que comentada en el pasado, como los bajos precios en los mercados de energía y de materias primas a nivel mundial. Algunas otras, que por primera vez desarrolla, como la situación del mercado de trabajo.

El empleo que se está creando es precario: a muchos trabajadores les gustaría trabajar más horas o tienen trabajos temporales y quieren ser fijos. Así, en las negociaciones priorizan conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. Además, la cifra de paro oficial es engañosa, debería incluirse en ella a los desempleados, a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. De esta forma, el paro en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa. Por otra parte, la misma baja inflación provoca que suban poco los salarios, se retroalimentan, porque suelen estar indexados.

Confianza, persistencia y prudencia son las tres palabras que destacan en el discurso de Draghi: las pone en cursiva y las repite hasta tres veces. Con ellas afirmaba que va a seguir manteniendo un caldo de cultivo propicio para la recuperación. Y considera que circunstancias concretas, como la baja calidad del mercado de trabajo, retrasan pero no van a impedir que se alcance el objetivo de inflación. Pero el desplazamiento que hace desde los conceptos financieros habituales a los económicos es muy significativo. Ya no habla en abstracto, sino que desciende a señalar problemas económicos concretos que tienen que resolverse: defendía su actuación, pero a la vez estaba lanzando una nueva llamada -como tantas lleva hechas- para que las políticas fiscales acompañen a las monetarias.

(Un año ya a cargo de esta Tribuna Económica. Muchas gracias a todos mis lectores. Espero haber sido útil.)

Sutileza financiera

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/6/2017

Nueva cita ayer con Draghi. Otra vez el mismo rito. Nota de prensa a las 13:45 comunicando las decisiones de política monetaria del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE). Conferencia posterior, a las 14:30, justificando esas decisiones. Y preguntas finales de los periodistas, indagando sobre las circunstancias en las que se han tomado, sobre si el acuerdo ha sido unánime o por la influencia que han tenido los acontecimientos políticos recientes o los que están por venir en un tiempo próximo. Y en esta ocasión, además, el Banco Popular acaparó parte del espacio. Pero la nota de prensa y el discurso posterior tienen siempre tan parecido formato que permite comparar frase a frase, detectando las variaciones de una cita a otra. Como hace el BBVA Research, que con el “control de cambios” del procesador de textos señala las que permanecen, las nuevas y las que se han eliminado.

Se esperaban cambios en la política monetaria, pero en la reunión de ayer no se abordaron. Se mantuvieron los tipos de interés en los mismos niveles que estaban, y se confirmó que las compras de activos mensuales por valor de 60.000 millones de euros seguirán realizándose -como estaba previsto- hasta finales de 2017. Casi que podían haber cogido la nota de prensa de hace seis semanas y haberla reutilizado, salvo por unas palabras en las ya habituales coletillas a ambas decisiones que sí han variado: se continua precisando que se podría ampliar el volumen y/o la duración del programa de compras si fuese necesario, pero ya sólo se espera que los tipos se mantengan en los niveles actuales por un largo tiempo: “O en niveles inferiores” se ha tachado.

Esto puede interpretarse como un sutilísimo gesto de cambio de tendencia, el inicio hacia la normalización monetaria. Se esperaba esto como mínimo, dado el consistente crecimiento de la economía de la Eurozona. No obstante, las previsiones de la inflación han sido retocadas a la baja: el 1,5% para 2017, el 1,3% para 2018 y el 1,6% para 2019. Por eso Draghi fue firme defendiendo que hay que seguir manteniendo la actual política monetaria, que no procede discutir por ahora la retirada. Ya lo había anticipado en la conferencia que impartió en Madrid el 29 de mayo: “Hay que mantener los estímulos a un nivel sustancial pese a que los riesgos se hayan equilibrado”.

El presidente del Bundesbank, el banco central de Alemania, Jens Weidmann, comparó el lunes pasado la política monetaria del BCE con la Coca-Cola. Por sus efectos estimulantes y sus adversos efectos secundarios. Fue muy suave al añadir lo de Cola. La economía de la Eurozona está demasiado enganchada a los bajos tipos de interés y a las compras. Su vigor actual puede venirse abajo si se suprime la droga. Al final de su discurso, Draghi volvió a pedir a los países que acometan reformas estructurales y que intensifiquen sus esfuerzos para lograr una composición de las finanzas públicas más favorable al crecimiento. El “control de cambios” lleva ya muchas citas sin modificar en las frases sobre estas peticiones ni una palabra. Y mientras persistan, quizá tampoco Draghi podrá tachar las de su política monetaria.

El límite de Draghi

Carmen Pérez | 25 de mayo de 2017 a las 15:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/4/2017

La política de comunicación es una herramienta esencial en política monetaria. Mario Draghi, como cualquier presidente de un banco central moderno, en cada una de sus intervenciones tiene que elegir con sumo cuidado sus palabras. De la credibilidad que trasmita depende en gran parte la eficacia de su política monetaria. En la situación actual, para que la economía siga reactivándose, necesita persuadir a los agentes económicos de que los tipos de interés seguirán siendo por mucho tiempo bajos.

Las palabras que utilizó ayer, tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, fueron prácticamente idénticas a las de la reunión anterior y a las que pronunció el pasado 21 de abril, en la reunión del Comité Monetario y Financiero Internacional, en Washington. De momento, no cambia nada; se mantienen los tipos de interés en el 0%, y la facilidad de depósito en el -0,40 %. Y en cuanto a las compras de activos, que ya han empezado a un ritmo inferior, de 60.000 millones de euros mensuales, continuarán como estaban previstas, hasta final de 2017.

Pero para reforzar el mensaje en estos momentos de hipersensibilidad, Draghi viene comunicando además anticipos de la conducta futura. Así, sobre los tipos de interés afirmó ayer que se mantendrán en los niveles actuales o, incluso, en niveles inferiores por mucho tiempo, más allá del final del programa de compras de activos. Por su parte, de dicho programa aseguró que si es necesario podría ampliarse en volumen y/o en duración.

El reto de Draghi es hacer todo esto creíble, a sabiendas de que no tendría más remedio que adaptarse a nuevos escenarios porque su compromiso con la estabilidad de los precios es ineludible. Como ya dijera hace años Paul Krugman, la política monetaria es efectiva si el banco central puede comprometerse a ser irresponsable. Pero Draghi no puede, ni los alemanes le dejarían. Su mandato es claro: mantener la tasa de inflación por debajo, aunque próxima, al 2%. Incluso su famosa frase de julio de 2012, “el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro”, iba precedida del condicional “Dentro de nuestro mandato” que lo limitaba.

En su conferencia, Draghi señaló que las últimas proyecciones de los expertos del BCE para la zona euro sitúan la inflación subyacente en el 1,7% para este año, en el 1,6% para 2018, y el 1,7% para 2019. El margen respecto al objetivo, por tanto, se estrecha. Posiblemente a Draghi le gustaría ser imprudente, proseguir e incluso intensificar los estímulos hasta que la recuperación económica fuera bien clara. Aunque se pasara de la raya.

Es el dilema de los bancos centrales con un objetivo tan concreto: confiere credibilidad a su actuación, pero también la maniata. Por eso, en sus comunicaciones, Draghi se muestra firme para animar a los agentes económicos, pero no deja a la vez de apelar a los gobiernos nacionales para que su contribución individual sea más decisiva, que actualmente es “subóptima”: algunos Estados Miembros tiene que tomar medidas para cumplir con las normas fiscales; y otros tienen que utilizar el espacio fiscal del que disponen, en clara referencia a Alemania.

Coletazos de la crisis

Carmen Pérez | 16 de enero de 2017 a las 14:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/12/2016.

Hace décadas que en los países desarrollados se impuso la idea de que la política monetaria debía estar fuera del alcance de los gobiernos. Por una razón de peso: los políticos, sujetos a los ciclos electorales, se mueven por objetivos partidistas a corto plazo, que no son los óptimos para las decisiones monetarias. Era, por tanto, más conveniente que se tomaran por expertos desde entidades -los bancos centrales- con total independencia.

Además, en estos últimos años, no sólo han sido independientes sino que se les tomó por omnipotentes al descargarse sobre ellos toda la responsabilidad de combatir la intensa crisis financiera. Pero la agresiva y prolongada política monetaria que han ido aplicando ha conseguido unos resultados tan poco perceptibles por parte de la población que toda su actuación, incluso su independencia, se ha terminado cuestionando. Y en este estado de cosas, Donald Trump ha llegado dispuesto a tomar el mando.

El enfrentamiento de Trump con la Reserva Federal durante la campaña ha sido importante; las críticas a la gobernadora, Janet Yellen, han sido continuadas, llegando a decir que debería estar avergonzada de las decisiones que tomaba; sus asesores incluso han declarado que el recién elegido presidente quiere alguien con su misma ideología al frente de la Fed. Sin embargo, por mucho que lo desee, acabar con la independencia no está dentro de su competencia, y tampoco parece probable que lo intente ni siquiera de facto, porque Yellen estará hasta 2018 y no hay precedentes de relevos de gobernadores antes del final de sus mandatos.

Pero lo que de ningún modo está dispuesto a aceptar de la Fed es su preponderancia. Quiere devolver el protagonismo a las políticas fiscales; inversiones, infraestructura, comercio, salarios, impuestos, fábricas…, éstas son sus claves, dejando en segundo plano los tipos de interés, la prima de riesgo, la inflación o la masa monetaria. No es de extrañar este retorno a la economía real cuando él es un empresario, que ha dedicado su vida a materializar proyectos empresariales. El problema no está en esta nueva y necesaria revitalización de las políticas fiscales, sino en cómo la incógnita Trump va a enfrentarla, porque no son pocos los temores de que la deuda y la inflación se disparen.

Theresa May, en la misma línea, ha criticado con dureza la actuación del Banco de Inglaterra, y dispuesta a potenciar la inversión ha iniciado una gran negociación con las empresas británicas. En la eurozona, en cambio, seguimos confiando en la magia de Draghi, a pesar de que él declare su impotencia de forma continuada. Ni a nivel nacional ni con el Plan Juncker la inversión europea está alcanzando la energía necesaria. Y, sin embargo, es aquí, por nuestra configuración plurinacional, donde el cambio hace más falta: numerosos partidos populistas se han manifestado no contra la independencia del BCE sino directamente a favor de eliminarlo: quieren uno propio, que puedan utilizar sin límites y a conveniencia. O en la Eurozona alguien con fuerza coge el mando o lo cogerá un Trump cualquiera, pero de forma independiente en cada uno de sus estados ya separados.

‘Tapering’

Carmen Pérez | 14 de noviembre de 2016 a las 9:50

TAPERING, otra palabra inglesa que se cuela en nuestro vocabulario, como tantas que nos ha traído la crisis. En finanzas, este proceso hace referencia a la disminución gradual de las medidas extraordinarias de política monetaria expansiva tomadas por los bancos centrales, esto es, la retirada paulatina del quantitative easing, QE. La Reserva Federal, FED, comenzó a aplicarlo en 2013, pero ahora es cuando vamos a escuchar esta palabra una y otra vez porque se acerca la fecha -marzo- del final del programa de compras de activos del BCE. De momento, Draghi en su última reunión -octubre- no ha mostrado sus cartas: ni negó el tapering ni tampoco que el programa no se pudiera continuar, ampliar o reformar sus características en próximas citas. Todo puede ser. Next meeting: diciembre. Paradójicamente, no parece que genere mucha alegría que el tapering se acerque.

El programa de compras ha llevado al BCE a ser dueño de más de un billón de euros en bonos soberanos de la zona euro: unos 255.000 millones de deuda alemana; 202.000,  francesa; 176.000, italiana; y más de 126.000 de deuda española. Pero aún sólo representa el 10% del total de la deuda europea, lejos del 20% que posee la FED de la deuda federal o del 30% que tiene el BoJ de la nipona. Respecto a los bonos privados, el BCE ha comprado desde junio 29.700 millones de euros. En Europa vamos por detrás de otros bancos centrales; seguimos yendo cuando, por ejemplo, la FED está de vuelta, y en la actualidad se enfrenta a subidas de tipos de interés aunque de forma muy lenta.

Los programas de compras hay que retirarlos como la cortisona, poco a poco,  para evitar movimientos bruscos en los mercados financieros. Por ello, la comunicación de cualquier cambio en la estrategia monetaria debe hacerse con sumo cuidado. Incluso puede darse marcha atrás si es conveniente. Todo depende de cómo vayan evolucionando las variables macroeconómicas, especialmente la inflación, objetivo del BCE. La inflación europea alcanzó en septiembre el 0,4%, y los pronósticos apuntan a 1,2% en 2017, 1,5% en 2018 y 1,8% en el largo plazo. En diciembre, cuando Draghi concretará su postura, se dispondrá también de nuevas proyecciones de crecimiento y de inflación hasta 2019.

Que se hable del inicio del proceso de tapering debería alegrarnos, porque significaría que la economía europea está mejorando, que la tasa de inflación está alcanzando  niveles más saludables y que se está consolidando el crecimiento económico. Así lo subrayó Draghi: “El QE no durará siempre, dependerá de que se consiga llegar a una senda de convergencia duradera y autosostenida hacia el objetivo del BCE”. Antes o después, el tapering será un hecho. Pero la decisión -Alemania apremia- se tomará en función de la situación de Europa en su conjunto, aunque a España no le convenga. Con presupuestos con ingresos insuficientes para abordar el alto volumen de gasto público, pensiones incluidas, preocupa pensar que tengan además que soportar el efecto negativo del tapering en familias y empresas endeudadas, así como asumir el mayor coste de la deuda pública que desenganchados de los estímulos con seguridad tendríamos.