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Conócete como inversor

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/7/2017

En el templo de Apolo, en la ciudad griega de Delfos, se encontraba inscrito con letras de oro uno de los más famosos aforismos de todos los tiempos: “Conócete a ti mismo”. Las interpretaciones de esta frase han sido muchas, desde cómo el autoconocimiento es el camino para acceder a la sabiduría filosófica, hasta alguna otra más práctica, muy explotada hoy en día por la literatura de autoayuda: sólo conociéndose, el individuo podrá orientar su propia vida. Sirve para todos los campos donde actuamos cotidianamente, como la familia, el trabajo, la pareja… Y también, como inversores, en el ámbito financiero.

No es sencillo contestar a preguntas como ésta: “¿Se arriesgaría a perder hasta el total de la cantidad invertida a cambio de tener la posibilidad de duplicarla?”. Sin embargo, será una de las que responda cuando la entidad financiera le realice un test para descubrir su perfil como inversor financiero, determinando si es conservador, moderado o agresivo en este aspecto. Además, la entidad financiera tendrá que asegurarse mediante un test de conveniencia de que el cliente conoce el producto financiero a contratar, cuyo riesgo vendrá necesariamente identificado mediante un semáforo de colores o con escalas numéricas.

Y es que la comercialización inadecuada de productos de riesgo en el pasado ha conseguido que se intensifiquen los controles para proteger al inversor minorista. Pero la mejora de los procedimientos por parte de las entidades financieras no elimina la necesidad de que el inversor lleve a cabo un análisis racional y emocional para conocerse a sí mismo de forma previa.

Evaluar nuestra capacidad financiera antes de invertir se hace imprescindible, y no sólo conocer la cuantía que se puede ahorrar, sino también la calidad de esa cuantía, determinando el horizonte temporal en el que estará disponible y hasta qué punto puede uno permitirse obtener pérdidas. También nuestros objetivos vitales cuentan, tenerlos claros es fundamental para elegir los productos más adecuados al efecto. Por otra parte, es necesario tomar conciencia de nuestra formación financiera y del tiempo que tenemos para el seguimiento posterior de las operaciones: si faltan, hay que recurrir al asesoramiento de un experto. Y, por último, y lo más complicado de determinar, ser conscientes de cómo somos, de cuál es nuestra verdadera tolerancia al riesgo. Porque, incluso teniendo capacidad para asumir pérdidas, lo mismo el riesgo no es lo nuestro.

Y si nos atenemos a lo que finalmente hacemos, eso es lo que parece, que primamos más la seguridad que la rentabilidad, que somos conservadores. Los depósitos y el efectivo suponen el 41% del ahorro financiero de las familias españolas. Además, este comportamiento se ha mantenido, sólo con ligeros trasvases hacia los fondos de inversión, a pesar del escenario de nulos tipos de interés que llevamos años viviendo. La obtención de rentabilidad no ha sido lo suficientemente importante para el español como para entregarse al riesgo. ¿Será por nuestra incultura financiera, como dicen los expertos, o porque los españoles nos conocemos y sabemos que no siempre compensa perder ni tiempo ni sueño?

Mejor prevenir que curar

Carmen Pérez | 18 de octubre de 2016 a las 11:36

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/10/2016

ES posible que entre las personas que se encuentren en una sucursal bancaria, guardando la cola para ser atendidas por un agente comercial, alguna de ellas no sea un cliente normal, aunque lo parezca. Puede ser un cliente espía. La figura no es nueva, tradicionalmente se ha utilizado por las empresas para detectar las estrategias de la competencia; o dentro de sí mismas, para medir la eficacia de las personas que cara al público la representan. Lo novedoso, en España, es que trabajen para el supervisor financiero. La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha contratado a mystery shoppers, o inspectores de incógnito, para que comprueben sobre el terreno si los bancos cumplen con la normativa establecida para la comercialización de los productos financieros. Después de la epidemia de reclamaciones del pasado, y ante los virus del presente, mejor intensificar los mecanismos de prevención que dejar que nuevas enfermedades lleguen.

No es la única medida de prevención implantada en los últimos tiempos; también se han adoptado otras que igualmente siguen esta filosofía, como los semáforos financieros y otras clasificaciones obligatorias, que con códigos de colores o mediante escalas con diferentes niveles advierten al cliente de la intensidad y tipos de riesgos que conllevan los productos financieros. Por otra parte, los protocolos de actuación han sido reforzados para garantizar transparencia y claridad en la información así como idoneidad respecto al perfil del inversor. Y se va a exigir legalmente la cualificación profesional de los agentes, aunque es cierto que la inmensa mayoría ya la tienen.

Las quejas y reclamaciones recibidas por los supervisores en estos últimos años constituyen un buen termómetro para tomar conciencia del problema: 20.000 reclamaciones ante el Banco de España en 2015, en su mayoría por cláusulas suelo; y 1.400 quejas ante la CNMV, en un 75% a causa de participaciones preferentes. No obstante, aún siendo todavía muchas, están lejos de las 35.000 y 10.900 respectivamente de 2012. Y cuando el mal está hecho, la curación que pueden ofrecer los supervisores no es eficaz. Los informes que emiten -que además exigen de uno previo del defensor del cliente- no son vinculantes, y los usuarios terminan en los tribunales, si la entidad reclamada no rectifica voluntariamente.

Actualmente, la CNMV está especialmente preocupada por el trasvase de los depósitos hacia los fondos de inversión. Con los tipos de interés tan bajos, son muchos los clientes que están optando por cambiar seguridad por rentabilidad. Esperemos que los nuevos mecanismos de prevención funcionen en dos sentidos, ambos de igual importancia: que protejan al inversor, para que ninguno pueda encontrarse en el futuro con las consecuencias adversas de haber asumido un riesgo excesivo sin haberlo conocido ni deseado; y que desprotejan al mal inversor, ése que intenta aprovechar las aguas revueltas para eludir con artimañas legales los resultados negativos de aquellas decisiones que conscientemente toma. Porque, para ser justos con la banca, hay que reconocer que junto a las miles de reclamaciones legítimas recibidas de clientes engañados, muchas otras eran falsas.

En vigor el semáforo de productos financieros

Carmen Pérez | 4 de febrero de 2016 a las 11:11

Llesemáforogó el momento de su entrada en funcionamiento. Ya en mayo comentamos la iniciativa del ministerio de  Economía de poner en marcha un semáforo de riesgos de los productos financieros, para  alertar a los ahorradores del peligro de determinadas inversiones ( http://blogs.grupojoly.com/pressing-cash/2015/06/30/semaforo-de-productos-financieros/) En noviembre se publicó en el BOE ( https://www.boe.es/boe/dias/2015/11/05/pdfs/BOE-A-2015-11932.pdf) y hoy, tres meses después entra en vigor.

Para el que tenga interés en profundizar en el contenido de esta norma, un buen resumen es el que realiza Jesús Almarcha Jaime de  Gómez-Acebo & Pombo y al que se puede acceder en este enlace:   http://www.gomezacebo-pombo.com/media/k2/attachments/las-obligaciones-de-informacion-y-clasificacion-de-los-productos-financieros-el-semaforo-del-riesgo.pdf

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Semáforo de productos financieros

Carmen Pérez | 30 de junio de 2015 a las 8:41

coloresEn vista de la comercialización incorrecta que se ha realizado en el pasado de los productos financieros, el Ministerio de Economía y Competitividad ha preparado una  orden ministerial relativa a las obligaciones de información y clasificación de productos financieros. Se busca que sea un sistema simple, que no deje ninguna duda al inversor del  riesgo que incorpora la inversión que está realizando. Este proyecto  está actualmente sometido a audiencia pública.

En él se establece un sistema de etiquetado de productos financieros, por colores, para advertir del riesgo y la complejidad a los inversores. Los productos financieros se clasificarán en 8 categorías dependiendo del riesgo que incorporen, perteneciendo a una clase más alta o más baja en función de estos parámetros:

  • Garantía de recuperación del 100% del nominal
  • Carácter no subordinado
  • Moneda
  • Plazo
  • Calificación crediticia del emisor y/o del garante
  • Activo financiero o derivado

Las entidades también tendrán que advertir sobre:

  • El grado de liquidez del producto.
  • La complejidad.
  • La diferencia entre el importe efectivo pagado por el cliente y la estimación que hagan del valor razonable.
  • De los posibles resultados futuros del producto, en diferentes escenarios, con su probabilidad de ocurrencia.

Para más información: http://www.tesoro.es/sites/default/files/leyes/pdf/Sleg7381.pdf

 

Cuidado con los CoCos

Carmen Pérez | 18 de junio de 2015 a las 9:51

Los bonos convertibles contingentes,  CoCos, son un tipo especial de bonos convertibles. Los bonos convertibles son títulos híbridos entre deuda y capital, con los que el inversor recibe un interés periódico y, adicionalmente, tiene la opción de convertir estos bonos en acciones de la empresa o banco que los ha emitido (es decir, pasar de acreedor a accionista). Pero mientras en los bonos convertibles normales el inversor suele tener el poder de decidir si convertir o  recuperar su dinero como un bono simple, en los CoCos el emisor puede obligar a la conversión si su nivel de capital está por debajo de un nivel establecido.

El interés para los que emiten los CoCos es claro, con ellos consiguen incrementar capital/bajar deuda cuando lo necesitan.  Así, estos bonos son considerados como un tipo de capital, no de deuda, desde el día de su emisión.  Para un banco este cálculo puede ser muy importante, ya que se les exige por normativa  cumplir niveles mínimos de capital. Reino Unido, China y España ocupan los tres primeros puestos en volumen de emisión de CoCos, fundamentalmente emitidos por bancos.

Para el inversor es una forma de conseguir una rentabilidad fija y más alta comparada con otros activos de deuda durante la vida del CoCo, mientras funciona como bono. Pero la gran desventaja es que si el emisor fuerza la conversión es porque su nivel de capital está bajo,  es decir, que el inversor pasa de acreedor a accionista en el peor momento. Tendrá que valorar, por tanto, si le compensa ese plus de rentabilidad con el riesgo de asumir que se produzca esa conversión forzosa.

Como quiera que esta valoración de rentabilidad/riesgo es complicada, en el Reino Unido está prohibida su venta a inversores minoristas. Para la Autoridad británica de Conducta Financiera (la FCA, por sus siglas en inglés) no basta con advertir de sus riesgos en el folleto que debe acompañar necesariamente este instrumento, sino que  hace unos días ha decidido mantener por tiempo indefinido la restricción de vender CoCos a inversores minoristas (clientes particulares) que ya funcionaba de forma temporal desde el año pasado (ver https://www.fca.org.uk/your-fca/documents/policy-statements/ps15-14). Es de suponer que esta prohibición llegará en breve a la Europa continental, y, por tanto, a España.

 

 

¿Estamos protegidos por la Mifid?

Carmen Pérez | 4 de diciembre de 2014 a las 18:28

MIFID son las siglas con las que se conoce a la Markets in Financial Instruments Directive o Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros de la Unión Europea. Aunque son varios los objetivos que se pretende alcanzar con esta norma, nos centramos en la regulación que estableció sobre la protección debida al inversor por parte de las instituciones financieras a causa de la creciente complejidad de los productos financieros. No la abordamos porque sea una norma nueva (en España, la Mifid, transpuesta a nuestra legislación, entró en vigor en 2007), sino por la nota emitida hace unos días por la Autoridad Europea de Valores y Mercados, ESMA, en relación con este tema.

Teóricamente, la Mifid obliga a las compañías a clasificar a los clientes por su conocimiento y experiencia, de su situación financiera y sus objetivos de inversión, correspondiéndoles la clasificación de minorista, que otorga el nivel de protección máximo, a la inmensa mayoría de particulares y pequeñas empresas no financieras. Además, respecto al tratamiento de las órdenes de los clientes, la Mifid establece requisitos relativos a la información que necesita obtener la entidad financiera para aceptar estas órdenes, para que se garantice que se está actuando para el mayor beneficio del cliente.

No obstante la Mifid, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores han permitido desde entonces la comercialización de productos financieros complejos de forma imprudente, de forma que no se ha impedido que fueran colocados a clientes minoristas con un poder de negociación y conocimiento muy inferiores a las entidades financieras, y que además contrataban sus operaciones con plena confianza hacia las instituciones financieras con las que operaban habitualmente y hacia estas dos entidades supervisoras.

Toda esta deficiente actuación venía impulsada por una mecánica perversa de remuneración a sus empleados, mediante la cual los empleados de las entidades eran obligados a comercializar productos complejos que no dominaban, porque veían ligados la estabilidad de sus puestos de trabajo y el nivel de sus retribuciones a los altos objetivos de venta que se les imponían en relación a dichos productos.

Además de la Mifid, desde 2007, la CNMV ha ido publicando diferentes documentos de advertencia sobre las exigencias de esta norma, como las Condiciones de comercialización de instrumentos financieros del mercado de valores, de mayo de 2009, en la que se puede leer: “Estas pautas van encaminadas a asegurar un adecuado cumplimiento de la normativa de aplicación y reforzar la protección de los inversores”. Mucho decir pero poco hacer, porque en la práctica las entidades en numerosas ocasiones las ignoraban o bien las cumplían ficticiamente, haciendo firmar al cliente los documentos esenciales obligatorios como si fueran mera rutina, sin más consecuencias para ellas.

Pero, por si no hubiera habido comunicaciones suficientes, la Autoridad Europea de Valores y Mercados, ESMA, preocupada por la falta de cumplimiento de la Mifid en la comercialización de productos financieros complejos, ha publicado un documento -¡en febrero de 2014!- que recuerda el contenido de esta normativa y establece las expectativas mínimas en relación con los estándares de conducta, especialmente en lo relativo a la conveniencia e idoneidad de los mismos para inversores minoristas.

Más palabras en la línea de siempre, aunque ahora se añaden algunas nuevas aconsejando al inversor, que nos llevan a la reflexión. De forma abreviada se recomienda al inversor no experto: 1) si no entiende lo que va a comprar, no lo haga, busque asesoramiento en otra parte; 2) el nombre del producto puede no reflejar la realidad, desconfíe de las promesas de rentabilidad “elevada”, “garantizada”, “cubierta” o “absoluta” porque pueden resultar engañosas; 3) sea precavido si necesita liquidez antes de que venza la inversión; 4) asegúrese de entender cuáles son los costes totales; y 5) puede haber disponibles productos similares menos complejos con costes inferiores.

O sea, la Mifid obliga a las entidades financieras a proteger al inversor minorista, a buscar el producto más idóneo para él y a hacerle comprender todas las características y los riesgos del mismo, pero la ESMA con sus advertencias habla de posible engaño, de deficiencias en la explicación, o incluso de falta o mal asesoramiento. En definitiva, le dice al inversor que no se fíe un pelo y que sea él mismo el que esté alerta. Trasladado a un producto real es como si se dijera: aunque en la caja de galletas especifique que no contienen gluten, desconfíe, puede ser mentira. Si el inversor minorista tiene que protegerse a sí mismo, ¿para qué la Mifid? Ahora con estos avisos de la ESMA lo sabemos, exclusivamente nos servirá para defendernos, el que pueda hacerlo, ante los tribunales.

Publicado el 24 de agosto de 2014.