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La cena del conspicuo Tyrion Lannister

Pineda&Pastor | 23 de enero de 2015 a las 23:04

Cuando llegó a nuestros oídos que el mismísimo Tyrion Lannister había elegido el ConTenedor en su última visita al reino de Dorne, supimos que había llegado el momento de acudir a uno de los locales de moda en Sevilla. Si el Flavio Briatore de Desembarco del Rey lo había elegido, sin lugar a dudas allí se tenía que comer y beber bien, porque entre las muchísimas virtudes del “mediohombre” destaca una, darle placer a los sentidos, a todos y cada uno de ellos.

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Los propietarios y los responsables de la cocina tienen un firme compromiso personal con un estilo de vida que trasladan de una manera natural al negocio. Allí se va sin prisas, que no significa arrítmico, a disfrutar de una buena comida que siempre tiene presente los productos ecológicos y prioriza el consumo de lo producido aquí antes que lo de allí, suponemos que en base a la “huella ecológica” y para favorecer la economía local. Y hablando de locales, la decoración, de personalidad marcada, llama la atención por su eclecticismo y su punto de rastrillo, con detalles muy curiosos que animamos a descubrir. Una de sus paredes es de cristal y está decorada con una de las más bellas expresiones del barroco que en nuestra ciudad se puedan disfrutar, la Iglesia de San Luis de los Franceses. La cocina muy visible, pudiéndose evidenciar el trajín, el buen hacer de los oficiantes, el ir y venir, y los humos moverse al compás. La carta es de rotación continua, y ya saben que eso siempre denota un cariño especial por lo fresco, por el producto de calidad, y la cocina llamada de mercado.

Empezamos nuestra visita con un plato de presentación impactante, destacando sus colores brillantes e imposibles. Las verduritas con setas de temporada y huevo pochado -eco of course- caldo de jamón y trufa negra. Verduras articuladas en torno al concepto “atemporal” de temporada. El punto perfecto de cada una de las piezas de este puzzle hacen de éste, un plato para el recuerdo. La belleza de lo simple. Nos contaron en la sobremesa, tras preguntarles, que son verduras compradas a proveedores locales directamente, lo que denota cierto compromiso ético con su propia filosofía.

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El pulpo salteado con verduras, curry rojo y crema de puerros y coco fue un viaje relámpago a una de las esencias de la cocina tailandesa, la mezcla equilibrada de los sabores fundamentales. Posiblemente la mejor fusión thai que hemos probado últimamente. Y además picaba como tenía que picar, así que ojo a los poco amantes de las emociones fuertes.

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Mientras degustábamos un Botani, garnacha, de la Sierra de Málaga, en una carta donde abundan los caldos andaluces -más compromiso- llegó el arroz negro crujiente de calamar. Los arroces del chef Carlos Mitchel son sobradamente conocidos y admirados, y no es por casualidad. Éste era pura ortodoxia. El calamar, sutil, de sabor elegante y de corte fino, nos traslada a nuestra admirada Euskadi, y a su cultura del chipirón de anzuelo o los “begi aundi”, esos calamares de ojo grande y de tersura locuaz. Francamente, él solo valía lo que el plato entero.

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Relamiéndonos como gatos, nos plantamos en los canelones caseros de ternera, con acelgas y crema de patata trufada. Otro plato enorme en su presentación y en su ejecución, con unas formidables acelgas, que harto difícil es hacerlas brillar, y una crema exquisita a la que sólo le faltaba un poco más del aroma de la Perigord, pero con la trufa ya se sabe…

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El último plato, fue la lubina salvaje con fideuá marinera y crema de ajo tostado. Y tampoco somos capaces de ponerle un solo pero. Es tan redondo el plato que los tres ingredientes por separado podían ser protagonistas de un espacio propio en la carta. Bravo.

Disfrutando nos lanzamos a dos de sus postres más reconocidos no sin antes terminar nuestro vino malagueño con una selección de magníficos quesos sevillanos -y más compromiso- destacando uno de cabra cremoso de Castilblanco. Migas de cacao, cítricos y Aove fue el primer postre, pareciéndonos divertida la mezcla de las migas y el helado. Dulces, ácidos y amargos se entremezclan en un plato equilibrado, que sería la mejor guinda al pastel sino fuera porque llegó una sublime tarta de queso con manzanas. No nos gusta esto de categorizar, hacer rankings, etc…pero éste es uno de los mejores postres que hemos probado últimamente. Llega la cuenta, 4 comensales y 130 euros, un precio exiguo para la experiencia gastronómica que vivimos.

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Terminando la cena nos damos cuenta que la actitud de todo el staff, desde los dueños hasta el último de la plantilla pasando por el chef Carlos y su equipo, trabajan para hacer de una cena una velada inolvidable y eso se nota en todas y cada una de las mesas llenas del cambalache en el que hemos estado sentados. La felicidad de una buena comida, en buena compañía y animada conversación es aquí contagiosa. Coquinaria colorista, perfundida por el barroco que se asoma por el cristal, especiada, honda pero directa, que lleva siendo admirada algunos años, aunque su evolución en los últimos tiempos resulta asombrosa. A día de hoy comer allí es una experiencia altamente recomendable. Aquí se mezclan en equilibrio los conceptos de excelencia ética y excelencia culinaria que tan bien define nuestro admirado Fernando Huidobro. Al salir del local, maravillados con la genialidad de la fachada de Leonardo de Figueroa, ponemos rumbo a la casita, exactamente igual, o eso suponemos, que haría hace unos meses Tyrion Lannister, sólo que nosotros nos fuimos a la nuestra….

 

Restaurante ConTenedor

c/San Luis, 50

Chef: Carlos Mitchel

www.contenedorcultural.com