Santa Catalina, en la diana

Luis Sánchez-Moliní | 2 de junio de 2015 a las 10:55

Iglesia de Santa Catalina. Concentración ciudadana para protestar por el estado de la iglesia y pedir por su restauración integral.

Lo dijo en un extraño arrebato de lucidez la exministra y exconsejera socialista de Cultura Carmen Calvo:”Los rojos quemábamos antes las iglesias, pero ahora las restauramos”. Una de las virtudes del PSOE de la Transición fue la superación del viejo rencor clerical de la izquierda, aquel que llevó a Azaña a cometer alguno de los errores garrafales que conducirían a la II República al patíbulo. El apoyo popular a los sublevados el 18 de julio no lo prestó la Falange, entonces un partido minoritario de estudiantes; ni el Carlismo, cuya fuerza social se limitaba a la montaraz Navarra; ni el gran capitalismo ibérico, que se limitó, como siempre, a poner los duros y los puros… El apoyo popular al golpe vino de la gran mesocracia católica española, asustada con razón ante el brillo del hacha con el que las organizaciones de izquierda perseguían a frailes y monjas por los caminos de nuestra Península. Las atroces matanzas de católicos durante los primeros días de la Guerra Civil confirmaron este apoyo casi unánime. Felipe González, el gran constructor del nuevo PSOE y hombre criado por los claretianos, supo evitar este escollo y creó un partido en el que tenía cabida el alma cristiana de España, auque fuese en su versión de guitarra y Eucaristía ye-ye. Para Isidoro, la Iglesia nunca supuso un problema grave.

Sin embargo, desde hace tiempo se detecta el regreso del anticlericalismo, quizás como reverso del rearme conservador que se ha observado en la Iglesia en las últimas tres décadas. En Sevilla, ciudad que a su pesar está influida por las corrientes del mundo, esta vuelta al anticlericalismo se ha visto claramente en las declaraciones de la todavía portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Sevilla, la inefable Josefa Medrano, quien ha exigido al Ayuntamiento que “paralice inmediatamente” el contrato de patrocinio firmado con el Arzobispado, a tan sólo dos días de las elecciones, por el que Emasesa destinará 425.000 euros a las obras de restauración de la iglesia de Santa Catalina. IU no entiende cómo una administración pública colabora con una “institución privada” (definición más que discutible de la Iglesia Católica) en la restauración de un bien declarado Monumento Nacional en 1912, una de las principales joyas del gótico mudéjar sevillano a la que los ciudadanos siempre han podido acceder libremente. En paralelo, la asociación vecinal La Revuelta, ha llevado el convenio ante la Fiscalía al observar en él nada más y nada menos que “una conducta criminal”. El error no puede ser más monumental. Después de una década de lucha de los colectivos de defensa del patrimonio sevillano, resulta ahora que todo es una oscura operación de la derecha más reaccionaria para sacarle las castañas del fuego a sus amigos los curas.

Es verdad que la proliferación hasta el infinito de las procesiones y de los cultos más estrambóticos es un tanto irritante, pero se echa de menos a aquellos rojos que restauraban templos y que se preocupaban más por el bienestar de los ciudadanos que por los viejos rencores familiares de la izquierda. Se echa de menos a Carmen Calvo, que ya es decir.

El rojo que viajó con la CIA. En memoria de Manuel Ramón Alarcón

Luis Sánchez-Moliní | 26 de mayo de 2015 a las 18:55

Entrevista del domingo. Facultad de Derecho. Despacho de Manuel Ramón Alarcón. Derecho del Trabajo.

MANUEL Ramón Alarcón se sentía a gusto con la etiqueta de izquierdista irredento. Lo fue en su juventud y lo fue hasta el último de sus días como magistrado del Supremo. Pero siempre fue un hombre amable, nada aficionado a los exhibicionismos y estridencias tan habituales en el progresismo extremo de nuevo cuño. Es cierto que fue el que quitó los crucifijos de la muy conservadora Facultad de Derecho de la Hispalense en los años 90, pero también lo es el que lo hizo con sumo tacto, sin humillaciones innecesarias, sin levantar ninguna bandera revanchista.
Al igual que muchos líderes jóvenes de la izquierda del tardofranquismo, este catedrático de perfil califal viajó en los años sesenta a EEUU de la mano de la CIA, la agencia de inteligencia norteamericana considerada como una auténtica bestia negra por la progresía internacional.
Por entonces, la Casa Blanca ya tenía claro que en España, tarde o temprano, las cosas iban a evolucionar hacia la democracia y montó un programa de viajes para mostrarles las bondades del american way life a las jóvenes promesas de la política española, la mayoría de ellos militantes de izquierdas. No andaban muy descaminados los agentes de la CIA si vemos la lista de los invitados: Manuel Chaves, Rafael Escuredo, Cipriano Ciscar… Como dijo el propio Alarcón en una entrevista concedida a este periódico ya como Magistrado de lo Social del Tribunal Supremo: “En general, menos conmigo, los americanos acertaron”.
Este viaje dejó una huella indeleble en Alarcón, quien décadas después todavía lo recordaba con un brillo en los ojos, el brillo que producen las batallitas de juventud. Estuvo en el Harlem y se entrevistó con los Panteras Negras, una de esas organizaciones extravagantes tan caras a la izquierda de los sesenta y setenta; debatió de forma impertinente con Earl Warren, para señalarle las que, a su entender, eran las incoherencias del informe realizado por una comisión presidida por él sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963, una de las fallas más importantes de la historia reciente de EEUU. “A medida que yo iba hablando se le iban hinchando las venas, hasta que se fue”, confesó alguna vez.
Sin embargo, lo que Alarcón recordaba de aquel viaje con mayor entusiasmo fue su encuentro con el senador Rober F. Kennedy, el hermano del presidente que también murió asesinado cinco años después. Se lo encontraron en la calle y, sin previa cita pudieron hablar con él de lo divino y lo humano sentados en el capó de un coche “incluso del Che Guevara”. “Se notaba que creía en lo que decía”, afirmaría 40 años después.

PD: La foto es de Belén Vargas. La realizó en noviembre de 2013, cuando lo entrevisté para mi serie ‘El rastro de la fama’

Aguascalientes: vencer a la muerte

Luis Sánchez-Moliní | 4 de mayo de 2015 a las 11:48

FERIA DE SAN MARCOS EN MÉXICO

Hay topónimos que evocan todo un mundo y uno de ellos es Aguascalientes. Es escuchar el nombre de esta ciudad mexicana y venirse al cerebro un torrente de imágenes de flechas chichimecas, yelmos abollados, mulos cargados de plata, trenes artillados, cruces rotas y mestizos positivistas. Decir Aguascalientes es decir América, México, Siglo de Oro, Revolución y, desde la madrugada del pasado domingo, es decir José Tomás, el hombre que volvió al escenario en el que estuvo a punto de morir en 2010 para vencer a la parca con un valor suicida que sólo los locos o los santos pueden exhibir.

Por ahora sólo he visto el resumen de las imágenes de la gran tarde del maestro de Galapagar ofrecido por mundotoro.com, pero poco más hace falta para comprender que lo que pasó en el ruedo mexicano ha entrado ya en el terreno de la épica. No hay que ser muy taurino (de hecho yo no lo soy) para saber valorar el enorme contenido trágico de ese hombre-estaca clavado en la arena ante una fiera malherida mientras los gritos de la multitud ensordecen los sonidos metálicos de una banda que más bien parece charanga. Lástima que faenas como la de José Tomás en Aguascalientes sean una excepción y que los toros, la mayoría de las veces, sean ese espectáculo aburrido y sucio del que se quejaba Caro Baroja.

Comparto el escepticismo de mis amigos más taurinos con respecto al futuro de la Fiesta. El hombre occidental ha inaugurado una nueva sensibilidad por la que ya le resulta insoportable contemplar el dolor de los animales. Guste o no, con razón o sin ella, parece que, en Occidente, los ‘derechos’ de los animales se van a ir equiparando a los de los hombres. No sabemos muy bien cómo acabará este proceso, pero probablemente supondrá la desaparición del espectáculo de los toros tal como lo concebimos ahora, con sus tres suertes culminadas por la muerte de la bestia. Sin embargo, aunque triunfe la “ética y la estética Disney”, como la define Perico Romero de Solís, quedarán siempre documentos que acrediten que el arte de la tauromaquia fue mucho más que una simple barbarie y que produjo momentos de una intensa belleza y emoción. Sin duda, entre estos documentos estará la tarde del 2 de mayo de 2015 en Aguascalientes, cuando José Tomás, como los detectives valientes (Bolaño dixit), volvió a la escena del crimen para vencer a la muerte.

Robert Goodwin, el hispanista golondrina

Luis Sánchez-Moliní | 28 de abril de 2015 a las 14:24

Bob

El hispanista británico Robert Goodwin (Bob para los amigos) es la prueba irrefutable de la estructura circular del tiempo: regresa a Sevilla todas las primaveras, como lo hacen las golondrinas y los escotes de las mujeres. Lo conocí hace más de veinte años, cuando ya hablaba ese español suyo tan peculiar, mezcla de andaluz e inglés de colegio privado, repleto de giros castizos e ironía londinense. Al igual que algunos de sus predecesores (en especial el recién fallecido Raymond Carr) profesa un amor carnal por España, una pasión que no huye de los aspectos más sensuales, como la tauromaquia, la gastronomía o el arte. Hablar con Bob de toros es, además de una experiencia pedagógica, algo francamente divertido, pero beber con él puede tener efectos desastrosos, como pude comprobar una vez más durante la pasada Feria. El hispanista traga con la fiereza de los anglosajones, pero con el estoicismo de los mejores hispanos. Siempre te acaba tumbando.

Robert Goodwin es, desde hace tiempo, uno de esos personajes que patrullan continuamente la ciudad y lo mismo te lo encuentras en las escalinatas del Archivo de Indias que en cualquier tugurio del Moscú Sevillano, siempre dándole vueltas a un nuevo artículo o a un nuevo libro sobre la Historia de España. Una vez le pregunté el por qué de esta obesión por un lugar tan distinto al suyo y me contestó: “Muy fácil, mi padre era experto en Turquía y yo me busqué un país en la otra punta de Europa”. Esa respuesta me enseñó cuál es la gran diferencia entre el imperio español y el británico: el primero parió hijos cerrados al mundo, reconcentrados en sí mismos; el segundo produjos ciudadanos cosmopolitas para los que el orbe es su casa.

Como gran sorpresa que alivió los estragos psicológicos y físicos de la Feria me encontré al regresar al periódico un paquete con su último y voluminoso libro: Spain. The Centre of the World 1519-1628 (incluso los que no sabemos inglés no necesitamos traducción). La obra, publicada por la editorial británica Bloomsbury, es un repaso a nuestra edad dorada tanto como nación como ciudad, el momento en que España y Sevilla fueron el centro del mundo. Lo presentará el próximo 19 de mayo en la embajada española de Londres y, creánme, está pidiendo a gritos un editor español. El que lo haga no se arrepentirá.

La herencia envenenada de la Expo

Luis Sánchez-Moliní | 20 de abril de 2015 a las 11:20

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Sevilla es ciudad a la que le gusta inventar nostalgias y melancolías. En eso tiene mucho de señorita becqueriana dada a los suspiros por los amores perdidos en las brumas del pasado. Echamos de menos el oro de la Casa de la Contratación, el despotismo conspiratorio de los Montpensier, las jaranas alfonsinas del 29 y, cómo no, la explosión posmoderna de la Expo 92, una especie de Feria de Abril con exposiciones de arte, pantallas gigantes y el mismo calor y dolor de pies, pero sin la anestesia del vino a gogó.

Precisamente hoy se cumplen 23 años de la inauguración del evento que, nadie lo pone en duda, trajo consigo la modernización urbanística de la ciudad: desaparición del dogal ferroviario y construcción de Santa Justa, el AVE, apertura de nuevas avenidas y puentes, urbanización de la Cartuja, ampliación del Aeropuerto, inauguración de los teatros de la Maestranza y Central, etcétera. Además, se produjo una cierta “modernización social” que en muchos casos se tradujo en despiporre, divorcios y cosmopolitismo venéreo. Todavía hoy en día, cuando nuestro alcalde Zoido quiere decir que algo va a ser la repanocha afirma que va a ser lo mejor que le ha pasado la ciudad desde la Expo 92, aquella edad dorada y mítica en la que los sevillanos nos trasladamos a vivir a una isla donde todo era posible.

Sin embargo, junto a las grandes infraestructuras y el regreso a la ciudad de la ópera, la Expo 92 dejó una herencia envenenada: la nostalgia, una nostalgia que impide pensar la ciudad en su justa medida y que nos hace anhelar continuamente grandes eventos que nos saquen de nuestro habitual marasmo, como si siempre tuviésemos en la Moncloa a un Felipe González dispuesto a evitar a golpe de talonario que se repita en España la brutal brecha que separa al norte del sur de Italia.

La Expo 92 fue importante para Sevilla y, los que la vivimos, lo pasamos muy bien, pero hay que tener en cuenta que ya hay muchos miles de adultos que nacieron después de su celebración. Debemos ser conscientes de que ni el Estado ni la Junta están dispuestos a volver a invertir los miles de millones que se gastaron en Sevilla durante aquellos años del primer socialismo y que una ciudad que crece a golpe de grandes eventos es, sencillamente, una urbe condenada a vivir de la melancolía durante las décadas que separan a estas celebraciones, como una señorita becqueriana recuerda el breve momento en que su vida fue todo amor y primavera.

Murillo al rescate de Zoido

Luis Sánchez-Moliní | 15 de abril de 2015 a las 5:00

ZOIDO PRESENTA LA EXPOSICION DE MURILLO

Me lo contó el crítico y profesor de Estética Juan Bosco Díaz-Urmeneta. Cuando Carmen Laffón llegó a París, en 1958, Ramón Gaya y Pepe Bergamín le invitaron a acompañarlos al Louvre para ver sus cuadros de Murillo. La pintora se quedó un poco sorprendida, porque para ella Murillo era sinónimo da arte rancio y almibarado. Fue en el extranjero y en compañía de dos foráneos cuando aprendió a valorar la importancia del maestro de La Virgen de la servilleta. Lo cierto es que pocos pintores españoles han cargado sobre sus espaldas con tantos prejuicios a favor o en contra y su valoración siempre ha basculado entre la de una progresía que hasta hace poco renegaba de sus seráficos cuadros y la de una oligarquía para la que era obligado presumir de tener en sus salones alguno de sus lienzos, aunque en la gran mayoría de los casos estos no eran más que copias del XIX u obras de algunos de sus epígonos, como Alonso Miguel de Tovar o Francisco Meneses Osorio.

Lo cierto es que a Murillo le pasó lo mismo que a Romero de Torres: tuvo la mala suerte de ser uno de los primeros pintores que fue reproducido masivamente en calendarios, estampitas de Primera Comunión y latas de carne de membrillo. Fue, en resumen, una de las primeras víctimas de la industrialización de las artes gráficas y la difusión a gran escala, algo que, unida a la amabilidad praxiteliana de sus curvas, le confirió una popularidad que nunca le perdonaron los estetas y los exquisitos de la cosa pictórica.

Todo lo dicho se ha ido suavizando en las últimas décadas y, hoy por hoy, hay que ser muy contumaz para negar que Murillo es uno de los grandes del barroco europeo, que es lo mismo que decir que es uno de los mejores pintores de la Historia del Arte. Es quizás por eso que nuestro alcalde, consciente de que su mandato ha estado huérfano de grandes proyectos, ha decidido iniciar una gran operación para que 2017 sea el año Murillo en Sevilla aprovechando que se cumplen 400 años de su nacimiento, intentando emular la gran operación realizada en Toledo con el Greco. Por ahora, no estamos más que ante palabras y buenas intenciones motivadas por la inminencia de unas elecciones municipales que no pintan (perdón por el chiste) demasiado bien para el regidor popular.

El acto de presentación del pasado martes fue más una lista de los reyes magos que un auténtico programa cultural. Lo definió muy bien un fotógrafo al que se le preguntó qué material había conseguido en la cita: “Sólo tengo a Zoido junto a un cartel”, respondió. Tenía razón, hay muy poco más, por mucho que el alcalde se empeñe en que va a ser la iniciativa más importante para Sevilla después de la Expo 92 (alguien debería aconsejar mejor a Zoido para que no cometa estos excesos verbales que restan seriedad a sus mensajes).  La propia visita del alcalde hoy miércoles a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saénz de Santamaría, para escenificar el apoyo del Estado al proyecto hay que verla, por ahora, como un descarado acto electoral y habrá que esperar a los presupuestos de 2016 para comprobar el verdadero compromiso del ejecutivo nacional.

Independientemente de que nos guste o no el modelo de las grandes conmemoraciones culturales, que suelen esquilmar un tema hasta dejarlo estéril y yermo (en este sentido el Año Lorca fue ejemplar), no deja de ser curiosa esa continua vuelta al pasado barroco de la ciudad por parte del actual equipo de gobierno. Parece que cada vez que Zoido está en problemas echa mano de Zurbarán, Velázquez o Murillo, como si Sevilla apenas tuviese nada más que ofrecer en el plano cultural y artístico. Esta vez, además, está vendiendo un proyecto que a todas luces está crudo y sin financiación garantizada. Mientras tanto se cierran festivales y las bibliotecas públicas no huelen una novedad desde hace años. Zoido está ofreciendo un buñuelo que, mucho nos tememos, nadie va a querer comprar.

Dos mañanas con Fernando Ortiz

Luis Sánchez-Moliní | 11 de abril de 2015 a las 10:20

 

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Lo conocí muy superficialmente durante sus visitas a la antigua redacción de la revista Mercurio, en la Cuesta del Rosario. Ni siquiera me caía demasiado bien. Era un hombre de trato hosco y mirada malaje para aquellos que no éramos sus amigos. Quizás la edad y los abusos nocturnos, quizás la sordera, quizás un excesivo pesimismo lo convirtieron para los extraños en alguien de trato imposible. Sin embargo, tenía momentos de súbita ternura. Me contó Manuel Rosal que una vez que estaba firmando ejemplares de su poemario Oro en la Feria del Libro de Sevilla se le acercó, cogió un ejemplar, leyó unos versos y, antes de comprar un ejemplar, le dijo: “eres un poeta”.

Recuerdo hoy a Fernando Ortiz sin ninguno de esos pies que da el periodismo para hablar de las cosas. No se cumple ningún aniversario de su nacimiento o muerte, no se ha reeditado ninguna de sus obras, no se ha descubierto gavilla alguna con poemas inéditos. Esta gacetilla la podría haber escrito en agosto, cuando la solana quema los campos y los periódicos son eriales desesperantes. Pero, sin embargo, al levantarme hoy he sentido la necesidad de releer algunos de sus versos sabios, de masticar sus palabras llenas de caballerosidad sureña. A los que somos unos saltimbanquis nos producen una inmensa envidia esas personas que saben encontrar en la vida un norte hacia el que orientar continuamente la proa. La Polar de Fernando Ortiz fue la poesía, amante a la que se entregó arbitraria e incondicionalmente: “Quise ir con el Cid en su destierro,/ catar el vino de Berceo en su vaso./ El firme aldabonazo de Manrique/ oír, y el lamentar de Garcilaso” (poema Mi patria, de su libro Verano, 1992).

No me caía muy bien Fernando Ortiz, no, pero me dejó en involuntaria herencia algunos versos que me ayudan a vivir mejor y a afrontar los días con más entereza, con más sabiduría, con la valentía del que sabe segura la derrota y aun así carga contra el enemigo. Algunos encuentros con su obra han sido para mí auténticas epifanías, como cuando en la Biblioteca Infanta Elena me tropecé con sus Moneditas: “¿Qué nos queda del presente?/ del pasado y del futuro/ ¿qué esperamos?/ Tan sólo la transparente/ certeza de lo inseguro/ en las manos”.

La noticia de su muerte me la dio Manuel Gregorio González una fría mañana de enero que me encontraba en la Cartuja para entrevistar a Miguel Delibes de Castro. Me tuvo que impresionar más de lo que en aquel momento comprendí, porque me sorprendo ahora, en esta otra tibia mañana de abril, rememorando el lugar exacto en el que me encontraba: un desolado aparcamiento junto a la Escuela de Ingenieros. Recuerdo también mi ansiedad para avisar a la página web del periódico para que colgásemos la noticia los primeros (así de crudo, este oficio es como es) y mis primeros recuerdos del que ya era un difunto. Quizás por eso, por mi insensibilidad de intrépido reportero o porque le debo la friolera de unos cuantos versos dedico ahora unos minutos a escribir unas líneas en memoria de un tipo que tampoco me caía demasiado bien.

El sombrero cordobés del Metrocentro

Luis Sánchez-Moliní | 8 de abril de 2015 a las 18:33

Metrocentro

Se detecta en los últimos días una tímida polémica por el disfraz de Tío Pepe que le han enfundado al Metrocentro, con sombrero cordobés colorado incluido, algo que los críticos consideran “poco serio”. A mí, personalmente, me hace hasta gracia y lo incluyo dentro de esas clásicas acciones publicitarias de preferia que tan bien entonan con el ambiente un tanto kitsch y plastiquero que la ciudad adopta en estas semanas. Según el canon que nos proponen los airados internautas habría que retirar también el neón de Tío Pepe del Puesto de los Monos (uno de los indiscutibles iconos pop de la ciudad), algo que no creo que nadie esté dispuesto a permitir.

Aunque Sevilla es una ciudad a la que, al igual que ciertos clubes de fútbol, le gusta presumir de “señorío”, lo cierto es que la Feria, pese a sus enganches, sus galantes caballistas y sus hermosas señoritas vestidas de gitana, es una fiesta que, como todas en las que se bebe alcohol a mansalva, suele degenerar rápidamente hacia lo chabacano. Esta es precisamente, excepto para los estetas, los puritanos y los estirados, la gracia que tiene la cosa. Ya se sabe que allí donde Dionisio tiene su reino el desenfreno suele hacer, tarde o temprano, acto de presencia. Toda bacanal es sagrada en el fondo. Uno de los grandes mitos instalados en nuestro imaginario popular es que los sevillanos saben beber, algo tan falso como el supuesto extra de ardor de nuestras mujeres o la simpatía de sus habitantes.

Cuando empezaba sus lecciones sobre el Barroco, el historiador Carlos Álvarez Santaló instaba a sus alumnos de la vieja Fábrica de Tabacos a acudir a la Feria, la ciudad donde todo es teatralidad, fingimiento e ilusión. El disfraz del Metrocentro nos viene a recordar, al fin y al cabo, que entramos en esos días en los que todos dejamos de ser nosotros mismos para disfrazarnos y actuar como figurantes en el gran escenario del Real de Los Remedios. Algunos huirán despavoridos, pero yo prometo quedarme, al menos mientras el cuerpo aguante.

Foto: Antonio Pizarro.

La ‘lista Morales’ del patrimonio de Sevilla

Luis Sánchez-Moliní | 6 de abril de 2015 a las 10:37

Foto: Julio Vergne

En una revisita al prólogo de Sevilla Insólita (Universidad de Sevilla, 1972), el texto de Francisco Morales Padrón pionero en el conservacionismo del patrimonio histórico, me encuentro con este párrafo escrito hace ya casi 44 años:

“… y no me lanzo a hacer elogio sobre los hombres actuales porque la historia exige perspectivas, y hasta no saber qué pasará con la Casa de la Moneda; con los restos góticos del Convento de San Agustín; con la calle San Fernando; con la Torre del Oro; con la Torre de la Plata; con los restos del antiguo convento mercedario sito en la calle Alfonso XII; con la Venta de los Gatos; con algunos corrales de vecinos; con la casa de la Virreina de la calle Betis; con la antigua iglesia convento de Los Remedios, hoy clausurado y casi en ruinas Instituto Hispano Cubano; con el río; con las Atarazanas; con el barrio de San Bartolomé y la Casa de Mañara; con la Casa de los Artistas; con el Hospital de las Cinco Llagas; con los fosos de la Universidad; con la Casa del Rey Moro en la calle Enladrillada; con las murallas de la ciudad dentro del Colegio del Valle; con la Casa de las Columnas…”

Debido a que dichas páginas están escritas en la Sevilla pre-Expo  -­la del dogal ferroviario, el muro de la Calle Torneo, la Cartuja salvaje y el apocalipsis de nuestro Casco Histórico-, sirven de guía para evaluar los resultados de la política patrimonial de las últimas décadas, aquéllas que coinciden prácticamente con la llegada de la Democracia. El balance, a primera vista, es bueno. Evidentemente, muchos de los problemas enumerados en esta lista por el historiador canario se han solucionado. Por ejemplo, recuerdo que en mi niñez los fosos de la Universidad eran auténticos e inaccesibles bosques en los que prosperaban formas de vida desconocidas; las Cinco Llagas un hospital en el que los enfermos tenían que sortear los puntales que sostenían los artesonados; y la Torre de la Plata una dama encalada, totalmente desconocida y moribunda en la orilla del río. En el recuerdo, aquélla Sevilla histórica de la Transición aparece en mi memoria quizás idealizada, como una ciudad crepuscular y desconchada, con la belleza innata que dicen que tienen algunos tuberculosos agonizantes.

Sin embargo, lo que llama la atención son los problemas que permanecen de forma contumaz, como la Casa de la Moneda o el Convento de San Agustín (cara y cruz de la ciudad profana y sagrada) y la aparición de nuevos agujeros negros que en los años de la psicodelia no se contemplaban: la Real Fábrica de Artillería (el gran talón de Aquiles del Ayuntamiento en política patrimonial) y los síntomas de deterioro y fatiga que empieza a mostrar una parte importante del patrimonio eclesiástico, cuya solución está absorbiendo gran parte de los esfuerzos de los activistas del patrimonio histórico y de las autoridades culturales y urbanísticas (El Salvador, Santa Catalina, Santa María la Blanca, ahora San Bartolomé y los conventos de San Leandro y Madre de Dios…). Y todo por no hablar de algo que entonces no se tenía en cuenta: el patrimonio industrial de finales del XIX y principios del XX, que es harina de otro costal y de otra gacetilla.

Si don Francisco volviese a redactar hoy la lista sería distinta en gran parte, pero seguro que no menos extensa. La correcta conservación del patrimonio histórico es como el Jardín de las Hespérides, siempre está un poco más a occidente del punto al que se ha llegado. Ya se sabe: no es el camino, sino el caminar.

Un nuevo pastiche en la Puerta de Jerez

Luis Sánchez-Moliní | 1 de abril de 2015 a las 9:01

Sev.

Adolf Loos tituló Ornamento y delito el ensayo con que, en 1908, enterró para siempre el historicismo y el pastiche en la arquitectura occidental. Después de ver lo que han hecho en la fuente de la Puerta de Jerez, uno saca la conclusión de que nadie en el Ayuntamiento ha leído este texto fundacional de la estética contemporánea. En lo que al adorno del viario público se refiere, el actual gobierno local parece funcionar por ocurrencias: un día propone alicatar la zapata de la calle Betis, otro dedicarle un monumento a los costaleros en la milla de oro del patrimonio sevillano… Globos sondas que lanza a una ciudad curada de espantos a la que todavía, según se ve, le quedan fuerzas para frenar las fantasías de los políticos y sus asesores. Sin embargo, algunas se cuelan por la puerta falsa, sin previo aviso, por sorpresa. Es el caso del nuevo espanto consumado en la fuente de la Puerta de Jerez, que ha dejado de ser un elemento de discreta elegancia provinciana para convertirse en una especie de piscina municipal atestadas de “niños meones” que hacen menos que recomendable el baño.

Alguien en nuestra Casa Consistorial ha tenido la idea de recuperar el aspecto original que tuvo la llamada Fuente de Sevilla, diseñada por Delgado Brackembury para la Exposición del 29, y colocar en el mar de dicho artefacto hidráulico cuatro réplicas de las esculturas de párvulos (bautizados en su día como “los niños meones”) que la adornaron antaño y que el alcalde Eduardo Luca de Tena mandó retirar en 1939, a mi humilde entender con bastante acierto. Nada, un capricho en el que se han enterrado 60.000 de los modernos euros.

Si estas esculturas de los meones hubiesen sido las auténticas, la cosa habría tenido un pase, un cierto sentido, pero el gran horror es que son réplicas (muy documentadas, eso sí, según el Ayuntamiento), por lo que la Fuente de Sevilla se ha convertido irremediablemente en uno de esos pastiche que tanto parece gustarle al gobierno local actual.

Poco a poco, la Puerta de Jerez se ha ido convirtiendo en un viejo desván donde se han ido hacinando elementos sin ton ni son: la pérgola de la Expo, el monumento al 27, un mobiliario discutible… Y ahora estos “niños meones”. Casi se echa de menos los viejos tiempos en los que pasaba el tráfico por allí. Aunque sea por lo de la juventud perdida.

Foto: Antonio Pizarro.