El rojo que viajó con la CIA. En memoria de Manuel Ramón Alarcón

Luis Sánchez-Moliní | 26 de mayo de 2015 a las 18:55

Entrevista del domingo. Facultad de Derecho. Despacho de Manuel Ramón Alarcón. Derecho del Trabajo.

MANUEL Ramón Alarcón se sentía a gusto con la etiqueta de izquierdista irredento. Lo fue en su juventud y lo fue hasta el último de sus días como magistrado del Supremo. Pero siempre fue un hombre amable, nada aficionado a los exhibicionismos y estridencias tan habituales en el progresismo extremo de nuevo cuño. Es cierto que fue el que quitó los crucifijos de la muy conservadora Facultad de Derecho de la Hispalense en los años 90, pero también lo es el que lo hizo con sumo tacto, sin humillaciones innecesarias, sin levantar ninguna bandera revanchista.
Al igual que muchos líderes jóvenes de la izquierda del tardofranquismo, este catedrático de perfil califal viajó en los años sesenta a EEUU de la mano de la CIA, la agencia de inteligencia norteamericana considerada como una auténtica bestia negra por la progresía internacional.
Por entonces, la Casa Blanca ya tenía claro que en España, tarde o temprano, las cosas iban a evolucionar hacia la democracia y montó un programa de viajes para mostrarles las bondades del american way life a las jóvenes promesas de la política española, la mayoría de ellos militantes de izquierdas. No andaban muy descaminados los agentes de la CIA si vemos la lista de los invitados: Manuel Chaves, Rafael Escuredo, Cipriano Ciscar… Como dijo el propio Alarcón en una entrevista concedida a este periódico ya como Magistrado de lo Social del Tribunal Supremo: “En general, menos conmigo, los americanos acertaron”.
Este viaje dejó una huella indeleble en Alarcón, quien décadas después todavía lo recordaba con un brillo en los ojos, el brillo que producen las batallitas de juventud. Estuvo en el Harlem y se entrevistó con los Panteras Negras, una de esas organizaciones extravagantes tan caras a la izquierda de los sesenta y setenta; debatió de forma impertinente con Earl Warren, para señalarle las que, a su entender, eran las incoherencias del informe realizado por una comisión presidida por él sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963, una de las fallas más importantes de la historia reciente de EEUU. “A medida que yo iba hablando se le iban hinchando las venas, hasta que se fue”, confesó alguna vez.
Sin embargo, lo que Alarcón recordaba de aquel viaje con mayor entusiasmo fue su encuentro con el senador Rober F. Kennedy, el hermano del presidente que también murió asesinado cinco años después. Se lo encontraron en la calle y, sin previa cita pudieron hablar con él de lo divino y lo humano sentados en el capó de un coche “incluso del Che Guevara”. “Se notaba que creía en lo que decía”, afirmaría 40 años después.

PD: La foto es de Belén Vargas. La realizó en noviembre de 2013, cuando lo entrevisté para mi serie ‘El rastro de la fama’


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